sábado, 3 de mayo de 2014

Instantánea 116 - Chicho Ibáñez Serrador y nuestro encuentro.



Foto Jesús Alcántara

Después de  más de un año representando Ocho mujeres en el teatro Fígaro y  la posterior gira de tres meses por las plazas más importantes de la península, la disolución de la compañía, eso que debía haber significado un descanso  para nosotras, fue en realidad una dolorosa separación que nos negábamos a aceptar. Por lo tanto durante meses  las ocho actrices permanecimos en  contacto.  Pero, como es usual en estos casos, nuestros encuentros y llamadas se fueron espaciando. Así fue con la excepción de tres casos en los que la amistad arraigó de tal manera que nos ha mantenido unidas durante todos estos años. Elisenda Ribas, Pepa Sarsa y Eva Higueras tienen desde entonces su particular altar en la catedral de mis afectos.  


Playa La Carihuela. Torremolinos

La cuestión es que, después de esa larga etapa laboral, Jesús y yo decidimos regalarnos un mes en nuestro apartamento de Torremolinos, un municipio de Málaga a tan solo 14 kilómetros de la ciudad, el reducto al cual solíamos correr "huyendo del mundanal ruido”, buscando oxigenarnos cada vez que el trabajo nos lo permitía, llegando incluso a iniciar nuestro viaje, algunas veces,  un domingo tras la función teatral de la noche y regresando a Madrid el martes tan solo con el tiempo suficiente para la representación de la tarde. ¡Y se trataba de atravesar casi 600 kilómetros de la geografía española de ida y vuelta! Señor, que jóvenes y algo inconscientes éramos en aquellos tiempos.


Vivir en Madrid solo tenía un problema para mí. A pesar de que esa ciudad a la que amo lograba alimentarme sobradamente de belleza, de cultura, de actividades lúdicas, de relaciones amistosas, una parte de mi alma añoraba a gritos algo que me había rodeado durante mis largos años en Cuba y de lo que nunca me cansé de disfrutar. Ni siquiera en los meses de supuesto invierno isleño en el que los cubanos hacen caso omiso de esas maravillas que les rodean: las playas.



De izquierda a derecha, yo, Mavi, la cuñada de Jesús,
Meli , su hermana y Esrher, la hija de Mavi



El mar fue siempre para mí como un imán y el sol como una droga de la que nunca me saciaba. Cuántas veces, en lugar de finalizar en nuestro apartamento esos largos trayectos, atendiendo a mi necesidad perentoria de comprobar que el mar aún estaba ahí, Jesús me dejaba sobre una  hamaca  mientras él, demasiado sensible a los rayos solares, se dedicaba a desempacar y después a leer un libro en alguno de los muchos chiringuitos de la playa. Mientras, yo permanecía  en apasionado romance con un sol que, en reciprocidad a mi afecto, jamás mordió mi carne, jamás hirió una piel que desde niña se le había entregado incondicionalmente. 

Ahí me quedaba horas y horas, obedeciendo tan solo la  ley del “vuelta y vuelta”, hasta ver que mi fulgurante amado, negándose a abandonarme,  se aferraba  al cielo mientras resbalaba hacia la inevitable despedida cotidiana.



Carmen vistiéndome para la Feria






Ya que durante nuestras muchas visitas a la ciudad nunca lo habíamos hecho, estando en el mes de agosto y coincidiendo con la famosa Feria de Málaga, ambos decidimos que aquella ocasión  era idónea para nuevas experiencias, para sumergirnos en el conocimiento de tradiciones populares. Aunque parezca mentira ni a Jesús ni a mí nos gustaron nunca las aglomeraciones. Ese jolgorio del bailoteo y el chateo, que para muchas personas eran   solo accesibles en “bodas y bautizos” y ferias llevaba años formando parte de nuestra obligatoria “vida social” y de “relaciones públicas”. Por lo cual la cosa carecía del interés de la novedad.






Jesús y yo
Así que,  desconocedores en la materia, pedí ayuda e información a la familia malagueña. Y con qué acierto. Meli, la hermana de Jesús, me prestó un vistoso vestido de gitana que su madre Carmen se dedicó a ajustar a mi cuerpo y, Laló, su hermano, aportó una chaquetilla corta para Jesús, porque  era indispensable, a la vez que divertido, participar en la fiesta con trajes típicos andaluces, sobre todo las mujeres, que se ufanaban de ir medio escondidas entre flores y volantes, es decir con el típico vestido de faralaes. Y hacia el tumulto nos dirigimos aquel día, soportando los jocosos comentarios familiares de que yo parecía una sueca disfrazada.






Espontáneas bailando sevillanas y la muchedumbre transitando por la calle Larios de Málaga

Este acontecimiento  que está plenamente vigente, la feria, tiene dos facetas; la diurna transcurre por el casco histórico de la ciudad, abarrotando las calles, los bares y los "colmaos" con un público bullicioso y variopinto. Tanto turistas como nacionales, se lanzan al asalto de plazas y  patios y entre “sevillanas” van y “finitos” vienen, típico vino blanco de Jerez, agotan sus fuerzas y la paciencia de los pocos no participantes desde las nueve de la  mañana hasta bien pasado el medio día. La segunda faceta, mucho más selecta, transcurre en el recinto ferial situado en la carretera Málaga-Torremolinos, comenzando al anochecer y llegando hasta una hora indeterminada de la madrugada.



Caballistas y coche tirado por mulas.

Calles formadas por casetas a ambos lados hacen las veces de pasarela  para caballistas vestidos con las clásicas "toreras" y las cabezas cubiertas con sombreros cordobeses, así como para hermosas mujeres montadas airosas en coches tirados por mulas o caballos  enjaezados con esmero. Pero es dentro de las casetas donde los visitantes se nutren, hasta las claras del día, de copitas de vino, tapas surtidas y de un ritmo que  nunca he llegado a dominar: esas “sevillanas” que aquí bailan con gracia hasta las palmeras del Paseo Marítimo.


Jesús, su madre Carmen y yo
Estos festejos, que comienzan con una serie de majestuosos fuegos artificiales, unos de los más largos y suntuosos de España,  duran una semana y al parecer no están resultando afectados ni siquiera por la crisis que afronta este país  en la actualidad.

Su origen se remonta al año 1491 y se iniciaron como conmemoración de la expulsión morisca y la toma de la ciudad de Málaga por los Reyes Católicos. Se considera que, en la actualidad, atraen a unos dos millones de visitantes, muchos de ellos turistas, estimándose el impacto económico en unos 35 millones de euros. ¡Ahí es “na”!


Foto del programa Un, dos, tres.
De izquierda a derecha Valentín Tormos,
Ibáñez Serrador y Bobby Deglané

Pues bien, en pleno disfrute de playa y juerga flamenca, a mediados de agosto recibí una llamada telefónica ofreciéndome un trabajo que no estaba dispuesta a rechazar: el polifacético Narciso Ibáñez Serrador me ofrecía un papel en su próxima producción teatral. Aquel hombre, nacido en Uruguay de dos prestigiosos actores españoles, Narciso Ibáñez Menta y Pepita Serrador, llevaba años revolucionando la televisión del país con sus magníficos inventos, programas que copaban los más altos ratings de audiencia.


Historias para no dormir, en el año 67, Historias de la frivolidad, en el 68 y el imperecedero Un, dos, tres, responda otra vez, el concurso más recordado de la T.V., estrenado en el 72 y cuya emisión paralizaba cualquier otra actividad, son algunos de sus logros. Pero esa era solo una de sus facetas. Las otras consistían en la dirección de películas de  éxito, un poco frecuente trabajo como actor y una amplia labor como guionista y escritor teatral que ejercía bajo el seudónimo de Luis Peñafiel.



Ibáñez Serrador y yo
Aprobado en castidad era una función escrita para su madre en el año 59 y que la gran actriz había estrenado en Argentina con notable éxito. Pero Chicho, como gusta ser llamado, llevaba cargando con la frustración de su relativo fracaso  en la España franquista. Culpaba de ello a  la censura, que le había forzado a cambiar el título original por el de Aprobado en inocencia, así como a retocar algunas castas escenas que los maléficos ojos de los censores veían como pecaminosas. Aquello le había llevado a suspender, las representaciones a los pocos días del estreno. 


La cuestión era que, a estas alturas de su vida, y a consecuencia de un dramático hecho del  que solo más tarde me enteré, decidió darle al original de la obra una nueva oportunidad, con el  aliciente de ser él uno de los protagonistas. Naturalmente aquello prometía ser un clamoroso éxito. ¿Quién no iba a querer ver a ese gran  personaje en su casi desconocida faceta de actor?




El reparto estaría completado por Susana Canales, estupenda actriz, ya retirada del teatro pero que conservaba el prestigio ganado durante las décadas de los 50 y los 60, Andrés Resino, Mari Begoña, Carlos Urrutia, Nieves Aparicio y el debut y creo que única aparición teatral de una jovencísima Sandra Barneda, la cual es en la actualidad, además de exitosa escritora,  una de las más populares presentadoras de televisión.

Pero de estos actores y de las venturas y desventuras de Aprobado…hablaré en mi próximo capítulo.

Necrológicas.

Alfredo Alcón. 

Alfredo Alcón


Considerado el actor teatral de repertorio más importante de su generación, falleció el 11 de abril, a los 84 años, en Argentina, su país natal. Habiendo desarrollado parte de su extensa carrera en España, sin duda el público lo recordará por su magnífica interpretación en obras de la categoría de Eduardo II, de Marlowe o A Electra le sienta bien el luto, de Eugene O¨Neill, solo por mencionar algunas de las más memorables.  Los prestigiosos escenarios del teatro María Guerrero, El Español y El Bellas Artes  echarán por siempre de menos su magnífica labor y su gallardía. .




Ramón Pons.


Ramón Pons
Este  hombre que en los 70 y 80,  esa bastante negativa época del destape español, fue considerado como uno de los galanes más guapos del cine, ha fallecido a los 74 años en Madrid. Su carrera se inició en el Teatro Español Universitario y era tanta su dedicación y amor por su profesión que solía asistir a cursos interpretativos en Francia y en Estados Unidos. Algo bastante inusual en los jóvenes actores españoles. Pero no es al Ramón Pons actor al que quiero dedicar mi eterno recuerdo sino a ese hombre entrañable que durante años cargó con una enfermedad que nunca logró vencer su  amor por la vida, su arraigado sentido de la amistad y su dedicación al teatro. Creedme que  el mundo ha perdido a un gran ser humano.



Próximo capítulo. “Sorpresas nos da la vida…”

sábado, 12 de abril de 2014

Instantánea 115 - La Merlo y siete grandes mujeres más.



Foto Jesús Alcántara

Supongo que recordáis la histeria colectiva que provocó el “efecto 2000”, o Y2K,  en el mundo de los ordenadores. La amenaza de una debacle informática se sumó, el mes de diciembre de 1999, a las catastróficas predicciones del fin del mundo sostenidas por “Nostradamus  and company”. Los informáticos temían que una vez alcanzado el año 2000, es decir el final del milenio,  si el planeta tierra aún existía, las fechas en los ordenadores marcarían tan solo 00, lo cual nos retrotraería al 1900. ¿Cuál era la causa? Algo tan sencillo como incomprensible en tan doctas mentes. Las limitaciones iniciales de los equipos, la falta de memoria y capacidad de almacenamiento habían hecho que los programadores señalaran los años con tan solo las dos cifras finales; 68 por 1968 o 90 por 1990, por ejemplo. Es decir que 2000 quedaría marcado como 00, indicando eso automáticamente que estábamos ¡en 1900! Las consecuencias, en un mundo que vivía regido por la cibernética, podrían haber sido  catastróficas. Al descubrir este fallo garrafal los países invirtieron miles de millones en tratar de remediar tal absurda falta de previsión. Por fortuna los daños  fueron mínimos y puntuales y a las pocas horas del nuevo siglo estaban solucionados. Es decir que llegamos a enero del XXI vivitos, coleando y ubicados en el tiempo con corrección.


Genocidio en Namidia. 1904.                                             Campo de concentración Nazi. 1945

El siglo XX se había marchado llevando sobre sus espaldas algunos importantísimos descubrimientos científicos, muchos útiles inventos, emblemáticos acontecimientos que propiciaron libertades civiles, pero también  grandes contiendas y terribles masacres.

Parecía que no hubiese pasado un solo día de esos largos cien años sin asesinatos indiscriminados, genocidios, guerras mundiales o tribales  y luchas sangrientas por defender o expandir fronteras. El siglo de los extremismos, (hambre aniquiladora junto a la más exagerada riqueza), de la tecnología, del nacimiento o muerte de mártires y de asesinos había dejado lugar a un siglo XXI que nos asustaba por la velocidad con que la técnica se desarrollaba, llegando incluso a inspirar en el individuo el temor a resultar desplazado por las máquinas. Pero también  nos dejaba, a los optimistas,  la esperanza de que el ser humano hubiese aprendido con sus errores. Viéndonos supervivientes de tan negros vaticinios tal vez recapacitásemos y enmendásemos el daño que nos hacíamos los unos a los otros y, aún más importante, a nuestra Gran Madre, esa tierra que desde hacía tiempo esquilmábamos y maltratábamos.


María Luisa Merlo y yo en Ocho mujeres

Y daba la impresión de que el 2000 venía con buenas intenciones, al menos para Jesús y para mí. Aquella función, Ocho mujeres, estrenada el 11 de noviembre de 1999 en el Teatro Fígaro, estaba teniendo un éxito espectacular gracias a las actrices que componíamos el reparto y a la flexibilidad del director, Ángel García Moreno. Paso a explicar el porqué de mi afirmación. Durante los ensayos fuimos descubriendo que la obra, concebida por el autor parisino Robert Thomas como un thriller puro y duro, con tan solo darles una “vuelta de tuerca” a los personajes, podía convertirse en una divertida comedia de suspense. Las situaciones, muchas veces límites, se prestaban bien para ello. Y así, sin cambiar ni una palabra del texto, día a día fue brotando sobre el escenario la versión que los franceses  llevarían al cine con posterioridad y que tantas veces se ha representado desde entonces. Cuando el film llegó a Madrid las actrices que estrenáramos la obra, llenas de curiosidad, nos reunimos para ir a verla  y vaya si nos llevamos una sorpresa: era como si el director hubiese estudiado nuestro montaje imitándolo sin pudor alguno.  Y  aquello no podía ser una coincidencia pues incluso parte del vestuario era similar.

Pero volvamos a nuestras representaciones en el Fígaro.

De izquierda a derecha, Verónica Luján, María Luisa Merlo, Eva Higueras, Queta Claver,
Ana Labordeta,  Elena Maurandi, Yolanda Farr y Elisenda Ribas en Ocho mujeres

Estas eran las actrices y estos sus roles: María Luisa Merlo, la madre de familia de la que yo, ex cabaretera y oscuro personaje, era antagonista, Elisenda Ribas, la inquietante ama de llaves, Eva Higueras, Ana Labordeta y Verónica Luján, las tres hijas, revestidas de una inocencia demasiado subrayada para resultar creíble, Queta Claver, la escurridiza y mentirosa abuela, y Elena Maurandi, la casquivana doncella. Todas éramos sospechosas del asesinato de un dueño y señor de la casa que nunca llegaba a aparecer físicamente. Así, con gran inteligencia, se iba desarrollando la trama hasta llegar al más sorprendente final, el cual no voy a contar pues sería destripar la obra para cualquiera que decida ver el montaje o la película.

Con María Luisa Merlo
Como en el mejor de los sueños, aquellas mujeres y yo, fuera de escena, nos convertimos en una familia bien llevada. La Merlo resultó ser una persona entrañable, a veces hasta demasiado ingenua y soñadora pero siempre plena de bondad y compañerismo. Hasta tal punto era una profesional que, a pesar de haber sufrido una fractura de tibia unos días atrás y estar escayolada, se negó a retrasar el estreno. Esa mujer, que llegaba de la calle arrastrando su blanca y elefantiásica pierna como si le pesara treinta kilos, en el escenario manejaba su escayola con la gracia y el donaire de la bailarina de ballet que un día fue.

En los entreactos o entre funciones solía contarnos historias de su padre, el gran actor Ismael Merlo, nos narraba momentos vividos junto a su veleidoso ex marido Carlos Larrañaga, o nos relataba anécdotas de esos hijos que tan orgullosa le hacían sentirse: Juan Carlos, Pedro, Luis, y Amparo, (por cierto que estos últimos, Luis Merlo y Amparo Larrañaga han resultado  ser unos estupendos actores).

Elisenda Ribas
Elisenda Ribas se convirtió en mi gran hallazgo. Aunque conocía con anterioridad su buen hacer teatral  jamás hubiese podido sospechar la ternura y la generosidad que se escondían tras su avasalladora personalidad. Virtudes estas que consolidaron una amistad entre nosotras que llegaría hasta nuestros días.

Con Eva Higueras
Con  Elena y  Eva, jóvenes y neófitas pero ansiosas de aprender, se estableció desde el principio una relación provechosa para las tres. Cada día antes del primer pase se dirigían a mi camerino y allí les enseñaba y practicábamos ejercicios de respiración, de colocación de voz, de expresión corporal… Huelga decir cuanto nos beneficiábamos de esto, pues nunca un actor está lo suficientemente preparado como para abandonar los calentamientos previos. Muchas lesiones musculares  y de cuerdas vocales se hubiesen podido evitar siguiendo esta sencilla regla, cosa  poco frecuente entre los a menudo indisciplinados actores españoles.

Ana Labordeta era una agradable muchacha, de carácter un poco retraído, pero muy eficiente como actriz y fácil como compañera.




En cuanto a Queta Claver, aquella hermosísima mujer que durante su juventud había sido una importante vedette de revista con sobrado poder para enloquecer a los hombres, logró con los años convertirse en una buena actriz dramática. Lo que nunca consiguió fue abandonar las actitudes de estrella adquiridas durante su apogeo. Aunque sin exageración, nos miraba a todas con un aire de superioridad que, teniendo en cuenta su edad y su inevitable deterioro físico, en realidad nos hacía gracia y nos inspiraba ternura. Nunca formó al cien por ciento parte de la familia pero todos la aceptamos como a una pariente excéntrica pero, en el fondo, querible.

Y con pleno éxito se mantuvo Ocho Mujeres en el teatro Fígaro de Madrid durante más de un año. Como suele suceder cuando las obras tienen una larga duración en cartel, hubo que hacer sustituciones, en este caso a Labordeta y a Luján, pero con tanta fortuna que las sustitutas, Pepa Sarsa y Marisa Lahoz, encajaron en el grupo y en sus papeles a la perfección.


Montaje de Jesús en la galería Margarita Summer

Por su parte Jesús expuso su obra en la prestigiosa sala Margarita Summer de Madrid en Marzo del 2000. Hay que admitir que fue un éxito más de crítica que de ventas. Su estilo seguía levantando roncha. Sus colores explosivos y su originalidad encandilaban a una gran parte del público pero el  tamaño de sus lienzos y su peculiar forma de tratar las figuras ahuyentaban a conservadores y pequeños compradores.  

Frente a uno de sus cuadros

De izquierda a derecha, Roberto Cazorla, Carlos Sánchez, Tete Blanco, Norberto Sosa, yo,
José María Salmerón y Jesús

Ya que era muy difícil vivir de la pintura, su trabajo como  fotógrafo del Teatro de la Zarzuela y del teatro Español era la base principal de nuestros ingresos.  Sin duda a Jesús le hubiese gustado dedicar todo el tiempo a su verdadera vocación, pero muchas veces la vida se opone a nuestros deseos.  A lo largo de mi azarosa existencia yo había comprobado que contra eso nada se podía hacer.

Pero no quiero terminar este capítulo sin reiterar lo maravillosa que fue aquella etapa de Ocho Mujeres para mí. Y no solo a nivel profesional: de esa experiencia conservo grandes amigas.  Por ejemplo Elisenda Ribas, Pepa Sarsa y Eva Higueras, de las que hablaré más adelante.


De izquierda a derecha Eva Higueras, Anne Igartiburu, yo, María Luisa Merlo, Luis Merlo, Queta Claver, Ana Labordeta, Verónica Luján, Elisenda Ribas y Elena Maurandi en la celebración de las primeras cien
representaciones de Ocho mujeres

Volveremos a vernos la próxima semana.

Fotos de Ocho mujeres, Jesús Alcántara.


Necrológica.

Michey Rooney

Mickey Rooney, nacido en New York en 1920 falleció el pasado domingo 6 de abril, a los 93 años, dejando tras de sí una carrera plagada de éxitos, una reputación de persona conflictiva y ocho matrimonios, siendo el primero y más notorio el que contrajo con la bellísima Ava Gardner.

A pesar de que continuó trabajando casi hasta el final de sus días, siempre será recordado por su época de niño prodigio o de revoltoso adolescente en el cine hollywoodiense. En esos films, a menudo acompañado por Judy Garland, consiguió despertar  la adoración del público gracias a su desbordante energía y su gracejo. Adiós a otro de esos niños a los que la fama arrebató la infancia.






Próximo Capítulo. Mi encuentro con Chicho Ibáñez Serrador.



sábado, 5 de abril de 2014

Instantánea 114 - Los últimos años del siglo XX. (3ª parte)



Foto Jesús Alcántara

El interior del hospital de La Fuenfría resultó tan amplio y luminoso como su exterior hacía prever. Amplios pasillos, desahogadas habitaciones con tan solo dos camas y provistas de un balcón por donde entraba a raudales la luz y desde el cual se podía admirar la maravillosa vista del bosque circundante. El médico director de las dos plantas dedicadas a enfermos terminales, con el cual inmediatamente establecí contacto,  era  encantador.

En nuestro primer encuentro, al ver aquella increíble radiografía del deformado cerebro de mi madre me confirmó este diagnóstico: el proceso de deterioro era imparable y, por supuesto, no había esperanza alguna de recuperación. Al mismo tiempo me aseguró que allí se ocuparían de que su final fuese apacible e indoloro. Aceptar que solo eso  se podía hacer por aquella mujer tan importante en mi vida me rompía en mil pedazos.

Mi madre Dora. 1928

 A la mañana siguiente, acompañé a mi madre en una ambulancia hasta La Fuenfría. No estaba segura de que entendiera mis palabras, pero le conté una mentira piadosa: estaba siendo trasladada a un hospital que contaba con los equipos técnicos y el personal idóneo  para curarla. Ella se limitó a tomarme la mano y sonreír. No es posible describir   el remordimiento que sentía al alejarla de mí y de su entorno, aunque ya había comprobado como su cerebro desorientado tenía consciencia casi nula de lo que la rodeaba. Cien veces le repetí, durante el largo viaje, que vendría a estar con ella a diario y cien veces me respondió con una sonrisa y un “ya, mama” que me envolvía en una mezcla de ternura y desolación.

Dos meses  estuvo allí ingresada y ni una sola vez falté a mi promesa. Cuando a Jesús le era posible me llevaba en nuestro coche. Cuando no era así, por la mañana temprano tomaba en Atocha el tren de cercanías hasta Cercedilla y, una vez en el pueblo hacía uso de un autobús de la empresa Larrea dedicado en exclusiva a cubrir, cuatro veces al día, el viaje de ida y vuelta al hospital. En total, un recorrido de casi dos horas. Con el fin de darle yo misma la comida siempre estaba allí antes de que sirvieran el almuerzo y me iba después de la cena. Me empeñaba en que comiera, con un tesón casi enfermizo, como si eso fuese a devolverle la vida. Y así pasaron largos días, viendo como aquel manantial de energía y brillantez iba agotándose pacíficamente, sin estridencias pero de manera irremisible.

Hasta que una mañana se desataron todos los demonios del infierno.

Desde La Fuenfría me comunicaron telefónicamente que, durante la madrugada, mi madre se había caído de la cama fracturándose por varios lugares un fémur. Cuando llegué a su lado la imagen de su pierna escayolada hasta la ingle me hizo romper a llorar con desconsuelo. Me garantizaron que no tenía dolores, drogada como estaba, y que así la mantendrían, pero yo sabía el significado de todo aquello: había llegado el auténtico final. Nunca más volví a ver esa radiante sonrisa con la cual muchos años atrás deslumbrara a amigos y admiradores, la misma que hasta ese accidente había encandilado, durante sus numerosos ingresos, a médicos y enfermeras. Nunca más su mano agarró la mía. Y el 17 de febrero de 1999, pocos meses antes de cumplir los 90 años, Dora Pfarr de Mariño, la inseparable melliza de Yenny, la abnegada esposa de Arsenio, una de las integrantes de esa pareja de bailes, Las Farry Sisters, que el público tanto había admirado durante las décadas de los  20, 30 y 40, mi  madre, dejaba este mundo en el que tanto había luchado y del que también había disfrutado a plenitud.

Dora y Yenny, las Pfarry Sisters

No pienso extenderme en la narración de cuan larga y profunda fue mi depresión tras su muerte. Solo os contaré que, en los meses siguientes, rechacé varias propuestas de trabajo y  la invitación de amigos a pasar en sus hogares, dentro y fuera de España, el tiempo que desease. No me sentía capaz de abandonar mi casa. Aunque suene increíble  añoraba enfermizamente  los años de cuidados y hasta la falta de libertad dedicados a la invalidez de mi madre, estaba tan aferrada a ese olor suyo impregnando cada rincón, que Jesús decidió que debíamos mudarnos. Con un resto de lucidez comprendí cuanta razón tenía. Aquella actitud morbosa de refocilarme en los recuerdos era insana, debía pasar página y reanudar mi vida, como Dora, aquella valerosa superviviente de tantas pérdidas, hubiese deseado.

Nuestro adosado en Estrecho de Corea

Por lo tanto en noviembre de 1999 nos mudamos a un chalet adosado de tres plantas en la Calle Estrecho de Corea, una zona residencial prácticamente en el centro de Madrid.

Nochebuena del 99
Y la terapia funcionó. La mudanza, la ardua labor de acondicionar nuestro nuevo hogar, su “presentación en sociedad” hizo que mis biorritmos fuesen poco a poco recobrando una relativa normalidad. 

Jesús y yo, primera nevada en el chalet

La cuestión es que llegó el 1 de enero del nuevo siglo sin que el negro vaticinio de Nostradamus sobre el fin del mundo se cumpliera: la tierra siguió girando, la nieve cayó límpida y hermosa ese invierno y, al llegar la primavera no solo los árboles renacieron y las plantas florecieron; también milagrosamente lo  había hecho mi carrera. 


Rodeando a Maria Luisa Merlo, desde el suelo y siguiendo las agujas del reloj;  Eva Higueras,
Yolanda Farr, Ana Labordeta, Verónica Luján, Elisenda Ribas, Queta Claver y Elena Maurandi


Ángel García Moreno, director y gestor del teatro Fígaro de Madrid me había ofrecido, en septiembre del 99, hacer una de las dos protagonistas en “Ocho mujeres”, de Robert Thomas. Y os aseguro que jamás he disfrutado tanto con un papel ni me he sentido más cómoda y arropada como entre aquellas siete  actrices que completaban el reparto: María Luisa Merlo, Elisenda Ribas, Queta Claver, Eva Higueras, Verónica Luján, Ana Labordeta y Elena Maurandi. Si, amigos finalizar ese terrible año haciendo “Ocho mujeres” fue un bálsamo para mi tristeza.


Próximo capítulo. La Merlo y otras siete grandes mujeres más.


















sábado, 29 de marzo de 2014

Instantánea 113 - Los últimos años del siglo XX. (2ª parte).


Foto Jesús Alcántara

Como os contaba en el capítulo anterior, la noche en que Jesús y yo vimos actuar al grupo Elé, la sorpresa y la emoción que nos embargaron fueron enormes. No solo por la calidad de las polifonías que Lucy había conseguido en canciones tan conocidas como El manisero, Siboney, La Macorina o Alfonsina y el mar, sino también por la divertida e inteligente manera en que los cantantes imitaban el sonido de tumbadoras, contrabajos y hasta   de una armónica que no existían más que en la garganta de alguno de los integrantes del grupo.

Actuación del grupo Elé

En un principio el público los recibió con cierta frialdad. Era obvio lo que esperaban de un grupo de jóvenes cubanos: salsa y meneíto. Pero tras un par de interpretaciones los aplausos eran  entusiastas. Lo cual demuestra que lo bueno acaba abriéndose paso entre la mediocridad, es decir, que los espectadores, capaces de tragarse casi todo lo que se les echa, en el fondo de sus almas conservan la virtud de reconocer  la belleza y la calidad. Solo hay que abrirles las puertas a su disfrute y dejar de adocenarlos con productos basura.  

Mi amigo Pedro
Los componentes de Elé eran Tamara, soprano, Tatiana, contralto, Lucy, soprano o mezzo, según se terciara (y como ya he dicho, directora), Luis, tenor, Franquel, tenor, Denis, barítono y como bajo Pedro, que años más tarde vino a vivir a España y con quién mantengo una buena amistad: siete cubanos de pura cepa llenos de vitalidad, simpatía y, como era de esperar, deslumbrados por el mundo que estaban descubriendo.

La emoción con que se enfrentaban a esta experiencia los llenaba de una fragilidad que me hacía temer por ellos, así que intenté informarles someramente sobre las peligrosas alucinaciones, los espejismos que la opulencia del capitalismo solían producir. Todo lo imaginable estaba al alcance del pueblo, pero nada era gratis. Las tensiones que imponía el consumismo eran en realidad frustrantes y agotadoras.  Pero sobre todo quise abrirles los ojos a la despótica forma en que algunos empresarios trataban a los artistas de la isla, traídos por medio de un “intercambio cultural” que les dejaba  desprotegidos y  explotados. 


CD del grupo

Por fortuna ellos tuvieron suerte. Salvo el  hacerles viajar cada día a una plaza distinta de la geografía nacional, apretados los siete y el representante en una furgoneta con capacidad para seis, el tener que actuar en jardines públicos, polideportivos sin condiciones, centros culturales donde desconocían el significado de la palabra cultura, sin tiempo para un ensayo o para familiarizarse con la megafonía, en el caso que la hubiese, salvo por la dificultad de alimentarse con la escuálida dieta que tenían asignada, ellos se declaraban felices y agradecidos por la experiencia. Sobre todo en los frecuentes casos en  que, a causa de las exigencias del público, una representación que debía durar hora y media, pasaba de las dos a consecuencia de bisar y bisar.

Mi Lucy

En las dos semanas que estuvieron en España tuvimos la oportunidad de volver a verles actuar en Cuenca, con el mismo éxito rotundo. Pero poder gozar de la compañía de Lucy fue imposible. A ellos los tenían demasiado ocupados y para mí el desplazamiento a Zaragoza era imposible. Ya conocéis el forzoso enclaustramiento al que la salud de mi madre me tenía sometida. Cuando marcharon a Cuba en mi alma quedó una mezcla de desazón y alegría. Lucy se había convertido en una estupenda músico y su corazón se conservaba tan cálido y puro como cuando, recién llegada a la isla a finales de los 40, yo descubriera gracias a ella que existían “niñas de chocolate y ojos de miel”. 

La cuestión es que, en agosto de 1998, la compañía en pleno de La rosa tatuada estaba de nuevo actuando en el teatro Alcázar de Madrid. Pero la zozobra convirtió para mí los meses que duró nuestra rentrée en una tortura. 


Mami y yo en su último cumpleaños
A partir del 88 cumpleaños de mi madre los síntomas de su depauperación se iban acentuando  con una  agresividad aterradoras. La primera constancia que tuve fue comprobar que ya no reconocía a los amigos de siempre cuando la visitaban. Personas que habían formado parte de nuestras vidas desde hacía años se convirtieron de pronto en desconocidas para ella. Pero solo cuando perdió el apetito vi con claridad precipitarse el final. Aquella mujer que tanto disfrutara de cualquier plato, mientras más picante y sabroso mejor, comenzó a rechazar la comida. Su incontinencia urinaria me obligaba a ponerle durante todo el día unos pañales  humillantes para ella pues por aquel entonces aún tenía consciencia de lo que le estaba pasando. Su angustia era patente y mi dolor al no poder ayudarla, una corona de espinas sobre mi corazón.


Yo como Miss Yorke en
La rosa tatuada

A consecuencia las horas que debía pasar  en el teatro me resultaban una agonía. A pesar de que contratamos una enfermera para que permaneciera a su lado durante mis horas de trabajo, ni un segundo logré recuperar, durante ese periodo, mi usual disfrute del escenario. Los compañeros,  conociendo  mi situación, intentaban inútilmente solidarizarse con un dolor cuya magnitud les era imposible aquilatar. 

No os debe, pues,  sorprender mi alivio cuando Paco Marsó nos comunicó que a principios de noviembre se disolvería la compañía. Concha Velasco había decidido terminar antes de tiempo en Madrid y suspender la gira para irse a rodar la película París-Tombuctú, dirigida por Berlanga, con Michel Piccoli y Amparo Soler Leal. Eso resultó un palo inesperado para los compañeros, ilusionados con la promesa de una larga y exitosa temporada de bolos. Para mí, en cambio, fue un alivio.

Visto eso, en el mes de noviembre Yolanda ya estaba en casa, acompañando las veinticuatro horas del día a su madre en su desmoronamiento, siendo testigo de cómo esa catedral de fortaleza y coraje iba convirtiéndose en ruinas. Y fue entonces cuando comenzó la peor parte de esta historia.

El brillante cerebro de Dora comenzó a sufrir micro infartos cerebrales. Hasta dos veces en una semana fue ingresada en urgencias, estabilizada y dada de alta. Pasaba de confundirme con su madre a mascullarme palabras en su idioma natal, un alemán que poco tiempo antes  ella aseguraba no recordar en absoluto. Y ni siquiera se daba cuenta. En uno de esos ingresos, durante los cuales yo permanecía  sujetando su mano toda la noche, un joven médico, el único que  nos había prestado la debida atención, quiso tener una conversación conmigo. Una vez en el pasillo me explicó que los micro infartos de mi madre serían cada vez más frecuentes y devastadores.

Me mostró entonces una radiografía cerebral que me dejó pasmada; de los dos hemisferios en que se divide el cerebro el izquierdo presentaba una imagen mucho más pequeña y arrugada, algo parecido a una nuez seca. Me aseguró estar sorprendido de que la portadora de ese cerebro aún conservara la consciencia y me aconsejó ingresarla en un hospital donde estuviera debidamente atendida durante el poco tiempo que le quedara de vida. Me habló entonces de uno administrado por la Seguridad Social, poseedor de dos plantas especializadas en enfermos terminales y me prometió que, a pesar de la larga lista de espera para los ingresos, él me conseguiría una plaza. Nunca supe por qué, pero aquel muchacho se preocupó por nuestra situación con un interés encomiable. Demasiadas veces había comprobado  en esos días la frialdad, cuando no la incompetencia, con que los pacientes eran tratados en Urgencias y aquella actitud me conmovió.

La idea de alejar a mi madre de mí me parecía espantosa, pero estaba claro que yo no podía atenderla como ella necesitaba y que ni mi cuerpo ni mi alma eran lo suficientemente fuertes para soportar por mucho tiempo el esfuerzo físico de manejarla y el desgaste espiritual de verla irse sin poder hacer nada al respecto.

El hospital en cuestión se llamaba La Fuenfría. El único problema era que estaba en Cercedilla, pueblo situado en la sierra de Guadarrama y a sesenta kilómetros de Madrid.

El camino hacia el hospital
Cuando a la mañana siguiente comenté todo esto con Jesús, aprovechando que aquel médico-ángel había logrado ingresar a mi madre en planta, lo cual nos daba libertad de movimiento, decidimos inspeccionar el lugar antes de tomar una  decisión tan drástica. Y, tras un viaje de  casi una hora por carretera  hasta Cercedilla y una corta subida a los montes por un camino bordeado de hermosos pinos y abetos, nos topamos  con un gran y luminoso edificio que parecía dejado caer entre la frondosa vegetación por las hadas del bosque. (Continuará).


Hospital de La Fuenfría

Necrológica.

Los que viajan a Madrid por avión, a partir del 24 de este mes de marzo, ya no aterrizan en el aeropuerto de Barajas, sino en el de Adolfo Suárez-Madrid-Barajas, homenaje del pueblo y el gobierno español al que se reconoce, desgraciadamente tras su muerte, como el mejor y más honesto de nuestros presidentes democráticos. 

Adolfo Suárez

El fallecimiento de este hombre nacido en Cebreros, Ávila, en 1932, ha convulsionado a España entera, uniendo a antiguos detractores y seguidores en un sentido duelo. Las colas frente a Las Cortes madrileñas, lugar donde se veló durante dos días su cuerpo, tuvieron una longitud de varios kilómetros. Todos querían despedir al que fuese artífice y sustento de la afortunada Transición Española.



A pesar de provenir de las entrañas del franquismo, durante los 5 años que se mantuvo como presidente del gobierno, realizó grandes y arriesgadas jugadas que garantizaron para el país un futuro dentro de la democracia. Fue uno de los padres de la nueva Constitución Española, y de la importantísima Carta Magna, refrendada por el pueblo en 1978.  Restauró  la Generalidad de Cataluña, en la figura de su presidente Josep Tarradellas, limando así graves asperezas con esa autonomía. Y legalizó, tras años de clandestinidad, el partido comunista. Todo esto provocó las críticas y la aversión de la ultra derecha, hasta tal punto que su propio partido, compuesto por una derecha moderada y algunos centristas, UCD, (Unión de Centro Democrático) acabó dándole la espalda.

Pero por lo que será mayormente recordado es por la valentía que demostró enfrentándose en Las Cortes a las armas de Tejero y sus secuaces durante el intento de Golpe de Estado militar el 23 de febrero de 1981. (En la Instantánea 90 hablo extensamente sobre esa intentona).

Tal fue el acoso que soportó  de la ultra derecha, de los grupos terroristas ETA y GRAPO y hasta del grupo de la oposición, el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), tal fue su desilusión al verse abandonado por el partido que él mismo había creado, que en febrero del 81 presentó su irrevocable dimisión. Para la ultra derecha resultaba demasiado liberal, para los conservadores demasiado joven e inexperto y para los socialistas era demasiado flagrante  su pasado franquista.

Todos coinciden en señalar como sus mayores virtudes un espíritu dialogante y un encanto personal que cautivaba. También su vida personal estuvo jalonada de obstáculos y tragedias. Su esposa Amparo murió de cáncer en 2001 y su hija Miriam le siguió tres años después.

Totalmente alejado de la política, se le diagnosticó una enfermedad de Alzheimer tan agresiva que en poco tiempo había olvidado incluso su condición de expresidente del gobierno español y de adalid de la Transición.

Próximo capítulo. Los últimos años del siglo XX. (3ª parte).