sábado, 22 de junio de 2013

Instantánea 81 - Yolanda y los veinte enanitos. (Segunda parte)




Foto Nanín
Pues bien, el último día de mi participación en el rodaje de Gulliver, iba a convertirse en la ponzoñosa guinda que coronara el pastel de cemento en que se habían convertido los 14 días consecutivos de doblete. ALGO estaba a punto de lograr que las madrugadas viajando en el coche de producción, tras  las agotadoras dos horas de show en el Music-Hall, parecieran un agradable juego de niños.

Al llegar aquella mañana a locación, tras mi incursión en el barreño donde la encantadora scrip,  me dejaba “pasada por agua”, cubo  va, cubo  viene, tras mi siempre reconfortante paso por las manos del maquillador Goyo y regresada ya a la vida gracias a sus generosos masajes, Alfonso Ungría se presentó en el cuarto de maquillaje diciendo que tenía algo importante que consultarme.

Fernando Fernán Gómez y yo
Según la versión original, en un acto de rebelión del pueblo contra su dictador cuatro de los enanos violaban a su amante, es decir a mí. Era la última secuencia que me quedaba por rodar. Varias veces habíamos hablado Ungría y yo sobre ese momento, aun más desagradable de lo normal por la reciente experiencia sufrida en la filmación de El Perro, a lo que mi director me repetía que no tenía nada que temer, que confiara en él. Durante los precedentes días de trabajo yo había entablado buena relación con mis futuros violadores y, siendo los cuatro unos profesionales en los cuales podía confiar, mis preocupaciones no eran demasiadas.

Pero mira por donde, de repente me encuentro sentada en maquillaje, con mi mano cálidamente sujeta por la de mi director, con sus límpidos ojos azules mirándome en actitud casi suplicante mientras me intentaba vender, todo sonrisas y amabilidad, sus últimas elucubraciones. “He llegado a la conclusión que la película ganará en intensidad dramática si son los veinte enanos en tropel los que te agreden”. ¡Los veinte enanos! Un montón de personas descontroladas  a la caza y captura de mi integridad física.
Enrique Fernández y yo

Apuesto, queridos amigos,  que estáis convencidos de mi rotunda negativa ante la locura de esa proposición. Pues os diré que media hora más tarde, tras la renovada promesa de Ungría de que sólo los cuatro profesionales, tal y como  estaba planeado, fingirían la violación, tras reiterarme que ellos  me protegían con sus cuerpos de cualquier posible desmadre, mi buen criterio flaqueó. Sí señor,  tras su rotunda afirmación  de que el resto del grupo estaba instruido para limitarse a hacer bulto y crear algarabía alrededor, Yolanda Farr, la disciplinada, la devota amante de su trabajo, entre escalofríos y retortijones, por el bien de la película, aceptó  la proposición. 

Un par de horas más tarde mi cuerpo se dirigía al plató mientras mi cerebro intentaba detenerle  con todo tipo de advertencias.

El elenco de enanos
Una vez allí, ante la visión de aquel montón de pobres seres deformes que esperaban el momento para abalanzarse dentro de la habitación y rodearme mi desazón llegó a límites increíbles. Por más que me decía que todo estaba controlado, que tenía que confiar en el buen juicio y autoridad de Ungría, mi cuerpo temblaba como si mis entrañas fuesen el epicentro de un terremoto semejante al de San Francisco.

Alfonso Ungría
Llenándome de valor me coloqué en mi marca, y un momento después escuché las familiares palabras de “¡silencio!”, “¡preparados!”, “¡cámara!”, “¡claqueta. Toma uno. Violación!” Pero en lugar de la consabida orden de “¡acción!”, el oír un grito de “¡a por ella!”, hizo que me sacudiera hasta la médula de los huesos. Y eso es lo último que recuerdo con claridad. Tengo una lejana consciencia de mi cuerpo aplastado por una bulliciosa masa, la sensación de decenas de zarpazos en mi piel, una voz que podía ser la mía gritando una y otra vez, “¡basta ya, por favor!” y luego un potente aullido masculino; “¡joder Ungría, corta ya, me cago en la leche!”  Después llegó la oscuridad. Más tarde supe que aquel exabrupto provino de Goyo, nuestro maquillador, que indignado ante lo que pasaba, había zarandeado  al director, sacándole de una especie de éxtasis contemplativo y conminándole a dejar de grabar.

Estuve un par de días ingresada en una clínica, más por el shock que por las heridas, ya que, sin duda gracias a la fuerte musculatura de mis piernas  largamente trabajadas por el ballet, aquellas pequeñas manos no habían logrado traspasar esa barrera, dejándome tan solo arañazos y moratones en los muslos y el pecho. Y por supuesto, en el alma. En el Music Hall hubieron de sustituirme de urgencia y eliminar mis solos. 

Mis compañeros, los cuatro enanos que debían haberme protegido, vinieron a verme   bastante maltrechos y jurando no haber podido contener la avalancha. Ungría acudió asegurando no tener ni idea de por qué o de dónde había surgido el grito de “¡a por ella!” y felicitándose por haber tenido la inspiración de dejar esa escena para el final de mi participación. ¡Pues que bien! 



Pero aquel demoníaco Gulliver no había cesado aún de darme disgustos. Cuando  sentí mi cuerpo recuperado fui a la productora para cobrar los honorarios por mi trabajo. Allí me dieron una palmadita en la espalda, a modo de condolencia por lo sucedido,  y un cheque. Al ir el día siguiente a cobrarlo me encontré con que no tenía fondos así que sorprendida, pues nunca me había pasado algo igual, llamé por teléfono a la oficina. La secretaria que respondió a la llamada se excusó diciendo que habían tenido un retraso en los pagos, pero que pronto todo estaría solucionado,  que esperara una semana a la total finalización del rodaje y entonces volviese por allí para cobrar, en efectivo, mi salario “tan duramente ganado”. No lo sabía ella bien.

Fernando Fernán Gómez y yo
A la semana siguiente la cola para entrar a una productora que ya no existía casi daba la vuelta a la manzana. El local estaba vacío y empleados y cualquier otra señal de vida anterior, desvanecidos.  No me sorprendió demasiado notar la ausencia en el lugar de  Fernando Fernán Gómez, de nuestro director de fotografía, José Luis Alcaine, ni de Alfonso Ungría. Estaba claro que tan solo a los débiles, a los ingenuos cooperantes nos habían engañado. En una España donde estafadores y trabajadores sin derechos eran el pan nuestro de cada día, nunca llegué a cobrar por mi trabajo en Gulliver. Por aquellos tiempos  las empresas fantasmas surgían y desaparecían como su mismo nombre indica: fantasmagóricamente.

La película, ya terminada y montada, fue secuestrada por la censura. Decían que, a consecuencia del mensaje político, aún  después de la muerte de Franco,  su exhibición no era recomendable.  Tuvieron que pasar  dos años, hasta 1979, para que se estrenara a bombo y platillo en el Cinema Palace de Madrid. Solo entonces pude ver el film y comprobar, con tristeza, que mi agonía en la famosa escena de la violación había resultado inútil. Todo lo que  quedaba plasmado en el celuloide era una masa de veinte cuerpos deformes ensañándose sobre algo que yacía en el suelo, algo que bien podría ser yo o un maniquí  pues ni una sola vez se logró captar claramente mi rostro. Es posible que, de todos mis infortunios relacionados con ese rodaje, aquél fuera el que más me entristeció. 

 La cuestión es que tras aquella experiencia y el agotamiento acumulado durante los días en que logré simultanear el Music-Hall y Gulliver, quedé  tan machacada que me vi forzada a despedirme de ese Top Less que tantas satisfacciones me había proporcionado durante un año. Eso sí, tras prometer a su propietario, Jordi, que regresaría en cuanto  recuperara  mis fuerzas, cosa que por aquellos días se me antojaba un objetivo inalcanzable.


Pero ya que la depresión es un lujo que tanto los artistas como los pobres no nos podemos permitir, unas semanas después me unía al rodaje de Los claros motivos del deseo, una película dirigida por Miguel Picazo, ese preclaro ser humano y gran director con el que, años atrás, había participado en varios programas de TVE. Por supuesto asegurándome con anterioridad de que no habría en mi papel ni una escena que remotamente oliese a sexo.¡Faltaría más!

En realidad fue una suerte volver a la actividad bajo la batuta de Miguel. No creo haber trabajado nunca, ni antes ni después, tan relajada y satisfecha. La sensibilidad y bondad del director de La tía Tula, se convirtieron en un paliativo para mi resentido corazón.

Luego vino Madrid, Costa Fleming, basada en la novela homónima de Ángel Palomino, una comedia ligera y risueña,  dirigida por José María Forqué. A pesar de que  su argumento se basaba  en la vida de un grupo de “call girls”, el tema estaba tratado con tal buen gusto y cándido sentido del humor que podría haberse catalogado como “para todos los públicos”. En el amplísimo reparto figuraba la mayoría de las grandes figuras del momento, Juanjo Menéndez, Rafael Arcos, Ismael Merlo, Agustín González y Francisco Cecilio, entre el equipo masculino y Claudia Gravi,  Mabel Escaño, Mary Carmen Yepes, África Prats, Mari Carmen Prendes, y una chica debutante, Verónica Forqué, joven hija del director. Y por supuesto también estaba yo, en vías de recuperación total,  en un tierno papel, que a pesar de ser secundario, prometía resultar de gran lucimiento.

De izquierda a derecha Yolanda Farr, Mari Carmen Yepes, Pepe Ruíz
África Prats y Claudia Gravi
Foto fija de Madrid, Costa Fleming. Fotógrafo A. Diges
Y fue durante este rodaje que su director, José María Forqué, me dio una desoladora pero irrefutable “lección magistral”.


Necrológica.


Miguel Narros. Foto Jesús Alcántra
Hoy viernes 21 de junio, ha fallecido uno de los grandes directores teatrales de España; Miguel Narros.  En el año 1983 tuve la suerte de que me dirigiera en una de las obras más difíciles que he interpretado en mi vida: El rey de Sodoma.  Una experiencia estupenda para solo dos actores, enfrentados a seis personajes cada uno, afortunadamente bajo la batuta de  este director preciosista, 
Su dedicación y amor al teatro fueron, durante muchos años, absolutos, como podemos afirmar los miles de actores que le acompañamos durante su labor. Por siempre para él mi agradecimiento por todo esto. La capilla ardiente con los restos mortales del director está instalada en el Teatro Español de Madrid.

Próximo capítulo. Forqué y Arturo Fernández, dos grandes maestros.

sábado, 15 de junio de 2013

Instantánea 80 - Yolanda y los veinte enanitos. (Primera parte.)





Como decía al finalizar el capítulo anterior, una noche, Alfonso Ungría se presentó en Top Less Music-Hall para ofrecerme la protagonista de una película que podía resarcirme de mi intrascendente presencia, hasta ese momento, en el cine español. Aquellos papelitos en Con ella llegó el amor, de Ramón Torrado, Zorrita Martínez, de Vicente Escribá, El libro del buen amor II, de Jaime Basarri, El espiritista, del portugués Augusto Fernando o Mauricio mon amour, de Juan Bosch no tenían valor alguno en mi carrera. Habían sido participaciones en films que, dado su brevedad, pude  compaginar sin problemas con el teatro o, últimamente, con el show El ángel azul. Tan solo El Perro, de Antonio Isasi Issasmendi, rodada a mediados de 1976, había sido importante y satisfactoria.

El director Isasi me había escogido, por primera vez en mi vida, para hacer de una sufrida campesina, cosa que me ilusionaba pues ya me sentía un poco harta de interpretar mujeres sofisticadas o prostitutas con clase. Aunque las horas de peluquería y maquillaje eran largas, a causa de la transformación que el director quería de mí, la posibilidad de interpretar un personaje distinto me ilusionaba. El papel de aquella campesina era clave en la huida del protagonista a través de la campiña, perseguido por militares y por un perro pastor alemán que nunca le perdía el rastro.  

Jason Miller y yo
En medio de su desordenada fuga, un día llegaba a mi choza el fugitivo y yo, solidarizándome con su situación, le ofrecía albergue. Y  algo más.  Pero aquello, como era de esperar, no terminaba bien. El ejército, guiado por el fino olfato del can, acababa localizando mi casa y, aunque el hombre había logrado escapar, el perro mataba a uno de mis hijos pequeños y, en revancha por haber dado acogida al huido, los soldados me violaban salvajemente. Todo esto ocurría en un supuesto país de Sudamérica.

A pesar de mi profesionalidad y la de los actores que interpretaban a mis verdugos, la secuencia de marras tardó dos días en rodarse. Dos días en los que todos lo pasamos muy mal, sobre todo yo, esposada de tobillos y muñecas a una cama de hierro mientras seis malévolas manos se movían por mi cuerpo arrancándome la ropa al tiempo que yo forcejeaba desesperada. Las  muestras de dolor en mi rostro resultaban muy reales, ya que los hierros de las esposas que me sujetaban  me laceraban  la piel con saña.


La escena de la violación. Película El perro

Estas escenas de violación en el cine son muy traumatizantes pues exigen un realismo que acaba dejándote la sensación de haber sido verdaderamente ultrajada. Por mucho que los compañeros se deshagan  en disculpas y el equipo técnico intente minimizar la cosa con mimos o disimulos.

Para colmo de desgracias la censura cortó esos dramáticos momentos  y  mi papel, después de tanto sufrimiento, quedó reducido a un par de insulsas escenas.

Tan solo una cosa  buena saqué de aquellos agotadores días de filmación. Conocí a Jason Miller, el protagonista. Este culto hombre, al que recordareis como al padre Karras de la famosa película  El exorcista, resultó un ser encantador y, puesto que tan solo el director y yo hablábamos inglés, acabamos, a pesar de la sordidez de aquel rodaje, convirtiéndonos en tan amigos como nos permitió el poco tiempo  que trabajamos juntos.

En aquellos gloriosos días de las coproducciones era necesario para los actores españoles hablar inglés, incluso si las películas eran mayormente nacionales. No en balde era el idioma de los protagonistas, que siempre eran traídos del extranjero. El caso es que, de pronto, todos los actores del país aseguraban dominar el idioma de Shakespeare, y siendo esto en la mayoría de los casos falso, durante los rodajes se formaban auténticos problemas.


Jason Miller y yo durante una pausa en el rodaje
En una ocasión  Jason vino a mí con este ruego; “Yolanda, por favor, me es imposible seguir así. Este actor no solo no habla inglés sino que tampoco  entiende una palabra de lo que digo. Como el sonido no es en directo se pasa todo el tiempo repitiéndo ante la cámara, con variadas inflexiones,  one, two, three, four, five,  y yo no sé dónde insertar mi texto ni como demostrarle, cuando lo logro,  que he terminado y que le toca a él hablar. No quiero recurrir a nuestro director, Isasi, para no perjudicar a ese muchacho, aunque bien podía haberse aprendido sus “bocadillos” fonéticamente, así que he encontrado una solución. Como estamos trabajando la escena con dos unidades en primer plano y contraplano, dile que cuando yo haya terminado mi parlamento me pondré la mano en la cintura para indicarle que puede empezar el suyo y que él haga a la inversa para darme la entrada. De esa forma no nos pisaremos  los diálogos.” Y así se rodó una  escena de enfrentamiento entre “el bueno” y uno de los “malos”. Durante años este caso,  verídico al cien por cien, fue, con variaciones,  una constante en las coproducciones españolas. Las escenas se rodaban sin que hubiese real comunicación verbal entre los actores de distinta lengua, amparados en  que luego, unos maravillosos dobladores profesionales colocarían, como por milagro, cada palabra del verdadero texto en esos labios que se movían, sí, pero al tuntún. 


Ya que se solían hacer dos versiones, una en castellano y otra en inglés para la exportación,  Jason pidió a Antonio Isasi que yo fuese a EE.UU. para doblar mis escenas con él. Por desgracia, al estar trabajando en el Music-Hall,  me fue imposible. Durante un corto tiempo estuvimos intercambiándonos amistosas misivas. Luego,  el contacto se rompió, pero siempre recordaré con afecto a ese gran caballero  y actor, Jason Miller, desgraciada y prematuramente fallecido en el año 2001.


Pero volvamos a finales de 1976, al exitoso Top Less y al día en que Alfonso Ungría se presentó en el local "poniendo ante mi boca una tarta de los más exquisitos y exóticos frutos, servida nada más y nada menos que por mi admirado actor Fernando Fernán Gómez", como describo en mi capítulo anterior..

La oferta era tentadora. Protagonizar junto a Fernando un film  era ya un regalo, pero si el director era Ungría y el tema una ácida crítica al poder destructivo que un dictador ejerce sobre el pueblo la cosa no podía ser más apetecible. Lo malo del asunto era que yo no estaba dispuesta a abandonar ese “Ángel azul”, que tantas satisfacciones me proporcionaba, y pensar en hacer un doblete de más de  seis o siete sesiones era algo que merecía ser meditado..





Pero a Alfonso, perfecto encantador de serpientes, no le costó demasiado trabajo convencerme de que participar en Gulliver era mi “gran oportunidad”. Me prometió un sueldo sustancioso que me sería abonado al terminar la película,  concentrar todas mis secuencias en 14 días, recogerme cada noche al finalizar la función, o sea,  a la una de la madrugada, en un amplio coche de producción y traerme de vuelta a Madrid con tiempo sobrado para reintegrarme al show de Top Less.

Me contó por encima la trama: un recluso fugado  llegaba a un pueblucho abandonado desde hacía décadas por sus moradores originales y en el que un amplio grupo de enanos se reunía durante el invierno con el fin de ensayar y preparar sus números para las eventuales  actuaciones veraniegas. Allí, oh casualidad, se encontraba con su examante,  vedette venida a menos, que se había convertido en concubina del jefecillo del clan.

Fernando, en complicidad con la mujer,  se hacía pasar por un famoso empresario y  se iba apoderando, con falsas promesas y utilizándome  a veces como moneda de cambio, de la voluntad de los enanos, hasta llegar a convertirse en un déspota.

Lo que no me explicó  en ese momento fue que el rodaje sería en Granadilla, ¡a casi trescientos kilómetros de Madrid!, lo cual me obligaría a intentar dormir cada noche en el auto durante las horas de viaje, es decir, que no volvería a ver mi  cama mientras durara la filmación. ¡Catorce noches con sus correspondientes días! En realidad la culpa fue mía al aceptar el proyecto antes de estudiarlo en profundidad, sobrestimando mis fuerzas y dejándome llevar por mi entusiasmo artístico. Y aquello resultó ser agotador.

Tampoco supe, en un principio, que entre los veinte enanos del elenco  había un ínfimo grupo de profesionales. Para conseguir el resto se habían puesto anuncios en los periódicos solicitando personas de esa condición que deseasen trabajar en el cine. El resultado, como es de esperar, fue que la inmensa mayoría eran mendigos o indigentes totalmente incultos, personas sin la más mínima idea de que eso del “cine” precisaba de conocimiento, disciplina e incluso  amor.

El grupo "Los bomberos toreros"
No obstante, entre la habilidad de Alfonso Ungría y la ayuda de  los profesionales que les guiaban, el grupo “Los bomberos toreros”, payasos,  Enrique Fernández y Espinosa, actores, se consiguieron planos y momentos de gran impacto visual.

Fernando Fernán Gómez, al que tanto gustaba disertar, tras dormir toda la noche en un cómodo albergue de carretera, llegaba al rodaje animoso y parlanchín mientras que yo me iba “desinflando” a ojos vista.

En una pequeña habitación anexa a maquillaje, la scrip me tenía preparado cada mañana un barreño y nada más bajarme del coche me introducía  en él, lanzado sobre mi dolorido cuerpo baldes de agua fresquita. Puesto que en aquel pueblo deshabitado  no había agua corriente, lo del balde y el cubo era indispensable Terminado el proceso pasaba yo a maquillaje, sin duda el momento más placentero,  pues allí me esperaba Goyo, el maquillador, uno de los seres más encantadores y eficientes que he conocido. Sin mediar otra palabra, al verme entrar me decía, “hala, a trabajar”, me sentaba en el sillón de maquillaje y durante largos minutos me regalaba el más maravilloso masaje en hombros, cabeza y cara. Luego, con esas enormes manos que increíblemente poseían a la vez habilidad, fuerza y delicadeza, pasaba a intentar reparar los destrozos que la falta de sueño iban dibujando cada día con más profundidad sobre mi rostro.


Fueron días de los que, tan solo gracias a mi juventud y a un milagro de disciplina y amor a mi profesión, pude sobrevivir. Sacar cada noche las energías necesarias para enfrentarme a dos horas de show trepidante en el Music Hall era una tortura que,  para mi sorpresa, a medida que iba cogiéndole el ritmo, desaparecía. 

Y así logré llegar a la última de aquellas 14 jornadas de mis angustias. A pesar del terrible agotamiento, esa mañana una llamita de felicidad iluminaba mis ojos y una satisfacción por la labor cumplida aligeraba el peso que se acumulaba sobre mis extenuados huesos. ¡Hurra! ¡Ese iba a ser mi último día de rodaje!

¿Cómo iba a suponer que lo peor de aquella pesadilla estaba aún por llegar?

Foto Cotarelo



Próximo capítulo. Yolanda y los veinte enanitos. (Segunda parte)


sábado, 8 de junio de 2013

Instantánea 79 - El Music-Hall Topless.



Preparándome para el Music-Hall
Foto Jesús Alcántara

Aquella mañana, al llegar a los diarios ensayos en el Music Hall, la noticia de que debíamos hacer esa misma noche un pase para la censura  sembró el pánico entre el equipo. A técnicos y artistas se nos agarrotó el corazón.  Nuestro empresario, Jordi, intentaba reinstaurar la calma, sobre todo entre los franceses, Jean Marie Riviere, Jean Francoise, Pascal, Ingrid y Didier para los que la tortura de la censura era algo desconocido y absurdo y despotricaban sin parar, en el idioma de Moliere, contra aquello. Los dos últimos se habían subido recientemente al carro del estreno aportando sus especiales números y caracterizaciones, Didier con su parodia de Josephine Baker y la exótica bailarina Ingrid, hermosa y de cabeza  rapada, con una alucinante versión de The acid queen, del musical Tommy, en la que pocos centímetros de su cuerpo desnudo eran negados al disfrute del público.



En el "opening"
Foto JesusÄlcánta
Sólo lo peor se podía esperar de aquel pase pues, de los muchos cuadros que componían las casi dos horas de espectáculo, no más de cuatro o  cinco se podían mostrar sin peligro ante las mentes estrechas y calenturientas de esos señores. Pero, como no queríamos ni contemplar la posibilidad de que tanto trabajo, tanto talento y tanto dinero invertido se fuese al garete, nos sumergimos todos  en la febril tarea de aportar ideas y tratar de encontrar soluciones. 




Portada de un folleto promocional

Por suerte, antes que llegara el terrible pase de censura, habíamos logrado recomponer el show, dejándolo en menos de una hora a base de eliminar algunos de los números. La original presentación a lo Cabaret (la película) que hacíamos  Miki Gener y yo se mantuvo. Mis números de Charles Chaplin, de David Bowie y de Carmen Miranda no fueron tocados. Incluso el de Marlene Dietrich, indispensable en el show, se pudo salvar. Las chicas que salían mostrando los senos fueron vestidas con mallas color carne que Jordi mandó comprar y el número desnudo de Ingrid se suprimió.  Más difícil fue  como arreglar el asunto  del travestismo masculino.




El número de Marlene en El ángel azul
Foto Jesús Alcántara
Por ejemplo, ¿cómo disimular el impactante momento en el que todos, chicos y chicas aparecíamos en escena vestidos de Marlene en la famosa canción Lola-Lola de la película El ángel azul? La impresionante imagen de 22 Marlenes, entre ellas 10 travestidas, una gorda, Emilio, y una enana, Espinosa, bajando por las escaleras mecánicas o surgiendo en el escenario de entre la neblina, era fundamental y el sello del espectáculo. Pues hubimos de solucionarlo chapuceramente  utilizando tan solo a   las chicas del ballet  y la auténtica Marlene, es decir yo, cantando bajo el cañón en primer plano. Como imaginareis, una chapuza  que empobrecía el número.

Cuando llegó la noche, frente a tres censores de largas caras y plegados entrecejos, hicimos una función de la que, en otras condiciones, nos habríamos sentido  avergonzados. Pero el mal rato pasó y, para nuestra sorpresa, obtuvimos el permiso de estreno. (Tiempo después supe que uno de aquellos individuos pudo muy bien haber sido Francisco Alcántara, un tío de mi marido Jesús, al que yo  no conocía  en persona. La censura de espectáculos era uno de los menesteres a los que se dedicaba el hombre. Cosas de la vida).




El estreno fue algo apoteósico. Madrid nunca había visto algo tan lujoso, original y atrevido. Las reservas para obtener una mesa eran de semanas y el local se llenaba de todo tipo de público, pero sobre todo de la gente de la profesión. Todas las figuras del momento pasaron por El ángel azul y la inmensa mayoría repetía gustosa, disfrutando de cada visita como si fuese la primera. Esa era una de las grandes cualidades del show: había tanto que ver, tan brillantes e impactantes eran los cuadros, tan bien conseguido estaba el contacto con el público que se necesitaban varias revisiones para superar el embrujo y poder captar cada detalle.

Una noche, ya en pleno éxito del espectáculo, uno de los maitre me dijo que “un joven muy educado” quería verme tras la función. Y allí estaba él,  Miguel Bosé, con un sobre blanco en las manos y una encantadora sonrisa iluminando aún más su rostro. (Ver Instantánea 78). Grande fue mi alegría al volver a verle pero mucho más me emocionó el entrañable regalo que, dentro de ese sobre, había para mí; la maqueta de su primer disco. Aquel muchacho había iniciado la senda para convertir su gran sueño en realidad: ser un artista. Esa fue la última vez que le vi personalmente. Cosas del mundo del espectáculo y sus caminos unas veces convergentes y otras divergentes.



José María Amilibia, José Luis Uribarri, Agustín Trialasos, Tico Medina
Muchas noches tras la representación, Jesús y yo nos reuníamos, en el local ya cerrado, con fieles admiradores,  amigos, o periodistas como José Luis Uribarri, Tico Medina, Jesús María Amilibia, Agustín Trialasos… ¡Hasta las claras del día!

Otras veces, gracias a mi conocimiento del idioma francés, los tertulianos éramos Riviere, Jean Pascal, Françoise, Jordi y algunos misteriosos personajes, también franceses, que pululaban por el local con tanta frecuencia que aquello hacía que me preguntara quiénes eran y qué función invisible desempeñaban en el Music-Hall.

Y de estas reuniones fui recopilando información sobre ciertas cosas que desde el principio me habían intrigado. Por ejemplo supe  de la existencia de una organización argelina llamada OAS, nacida, según sus miembros, de una terrible traición pero catalogada en todo el mundo como banda terrorista.



Según me fui enterando, el gobierno de izquierdas existente en Francia en 1958 se había declarado proclive a negociar con el FLN (Frente de Liberación Nacional), el cual demandaba que Argelia dejase de ser un estado francés y poder lograr así una total independencia. La posibilidad de que aquello sucediera era  rechazada con fuerza por gran parte de los argelinos, colonos galos y  pied noires, argot con el que se designaba a los franceses nacidos en África. Así que, unidos  decidieron dar un golpe de estado con el fin de tomar el completo control de Argelia. Y fue el triunfo obtenido por esta rebelión  lo que provocó que la Cuarta República fuera disuelta y el general De Gaulle resultara proclamado de urgencia presidente de un “gobierno de salvación nacional”. Es decir que, creyendo en la  promesa  del militar de que bajo su mandato Argelia seguiría siendo francesa, fue el empuje de los golpistas lo que llevó a De Gaulle a la presidencia de Francia.


Años después, viendo que aquel hombre en el que habían confiado no estaba dispuesto a continuar la guerra contra el FLN, convencidos de que estaban a punto de perder todas sus propiedades y hasta su nacionalidad, los golpistas se sintieron  traicionados. El tiro de gracia fue el referéndum realizado en Francia que apoyó la autodeterminación argelina. Tras comprender que todas sus luchas habían sido en vano, en 1961 se creó lo que se conoce como la OAS, (Organisatión de L’armee Secrète), convirtiéndose al momento en una formación terrorista tan activa y mortífera que incluso realizó un atentado fallido contra De Gaulle. La reacción  del gobierno francés fue formar un grupo especial de inteligencia, cuyo objetivo era capturar y, en muchos casos ejecutar “in situ”, a los principales dirigentes de aquella organización.

Frente al fracaso de la intentona de magnicidio y la persecución a la que se vieron sometidos, muchos pied noirs  y todos los altos dirigentes de la OAS se exiliaron y la mayoría vino a recalar, por afinidad política y geográfica, en el sureste de España. Y en este país vivieron el resto de sus vidas, bajo falsas identidades, imposibilitados de regresar a Francia y desterrados de su patria argelina. Hay quien tacha a los miembros de la OAS de sanguinarios terroristas de ultraderecha, otros los definen como románticos nacionalistas traicionados. Yo sólo he intentado recopilar datos que os familiaricen con acontecimientos y personas de las que hablaré a continuación.

Como ya habréis adivinado, mi gran descubrimiento fue que el Top Less Music-Hall, así como otros muchos negocios, principalmente cabarets de Madrid, estaban en manos de antiguos dirigentes de la OAS. Por supuesto, bajo el amparo del gobierno de Franco el cual, con objeto de proteger sus intereses en el norte de África, les había apoyado desde el principio.


Número de Carmen Miranda
Foto Jesús Alcántara
Comencé entonces a entender de dónde provenía la inmensidad de dinero que costó la realización del proyecto, la celeridad con se habían conseguido permisos de obras y apertura, el sorprendente resultado de nuestro desastroso pase de censura, el ningún entusiasmo con que Jordi y sus amigos habían recibido la muerte de Franco…

Recordé y comprendí el noctambulismo de mi empresario durante aquel viaje a París, previo a la preparación del espectáculo, y del que hablo en mi capítulo anterior. (Ver Instantánea 78). Esa actitud de jamás salir de día que yo había catalogado, por supuesto en broma, como vampirismo obedecía a que  su cabeza tenía un precio. Su presencia debía ser indetectable para las fuerzas policíacas. Viajando con pasaporte falso, su estancia en la ciudad sólo podía ser conocida por esos fieles  partidarios de la mítica OAS.


Foto J.M. Castellví


No sé si esperaréis de mí alguna reacción heroica de rechazo, pero confieso que tras las desilusiones, engaños e injusticias a los que la política me había sometido en Cuba, tras las historias que mi padre me había contado sobre los crímenes cometidos, hermanos contra hermanos, durante la guerra civil española  mi valoración del bien y del mal estaba bastante deteriorada. Ya no me era tan fácil como en la adolescencia distinguir a los buenos de los “malos de la película”. Así que, sin hacer juicio de valores, acepté, como un regalo del cielo, aquel estupendo trabajo.

Gracias a él Madrid me  reconocía como a una artista importante. En los periódicos y revistas, mi imagen y mi nombre eran publicados continuamente. Me catalogaban de descubrimiento, de estrella, de fiel remedo de Marlene Dietrich, de alma del music-hall…

Grand Finale
Fotos Jesús Alcántara

Durante más de un año gocé de la tranquilidad de tener un trabajo fijo y satisfactorio. Hasta que una noche, el director de cine Alfonso Ungría, se presentó en el local poniendo ante mi boca una tarta de los más exquisitos y exóticos frutos, servida nada más y nada menos que por mi admirado actor Fernando Fernán Gómez. ¿Quién podría resistirse a tamaña tentación?



Necrológica:
Ha muerto una sirena y el mar está de luto. Aunque se vaya a los 91 años mientras dormía en su casa de Beverly Hills. Aunque deje por siempre en nuestra memoria su maravillosa figura, su sonrisa. Aunque  consiguiese que muchos tímidos o asustados detractores llegaran a amar el agua. Aquella a la que, en mi época,  las jovencitas intentábamos imitar en las piscinas del hotel Hilton o del Riviera, allá en La Habana.  Esther Williams me cautivó desde su primera película Escuela de Sirenas hasta que, a los 40 años, decidiera abandonar el séptimo arte antes de que él la abandonase. Que en paz descanse esa bella e inteligente sirena. O mejor dicho, que regrese a ese fondo del oceano del que sin duda surgió, y bajo la tutela de Neptuno reinicie su existencia entre peces, corales y algas. Su verdadero mundo. Por toda la eternidad.
Esther Williams


Próximo capítulo. Yolanda y los veinte enanitos.

sábado, 1 de junio de 2013

Instantánea 78 - Sí, Franco ha muerto.





¿Cómo se podría entender, o hacer entender a algunos de mis lectores, la sorprendente decisión del Generalísimo Francisco Franco sobre quién le sucedería tras su muerte? En un país gobernado durante más de cuarenta años por una dictadura fascista, sometido por entero al Movimiento Nacional ¿de dónde surgió y por qué se implantó una monarquía? Esta es, a grandes trazos, la narración de un proceso enrevesado y lleno de sorpresas.

Don Juan de Borbón y Battenberg, nacido en Segovia en 1913, hijo tercero de Alfonso XIII, el que fuese rey de España de 1902 al 1931  vivió desde niño en el exilio, obligado por la deserción de su padre y la posterior proclamación en España de la II República. Siendo heredero por derechos dinásticos de la Casa Real Española, en 1941 encabezó la causa monárquica en el extranjero y desempeñó, desde Estoril, una parte muy activa en la oposición al franquismo.

Juan Carlos de niño
Foto de archivo de Willy Uribe
A pesar de esto, años más tarde y tras varias inusitadas entrevistas con Franco, por razones que tan solo las grandes cabezas políticas pueden entender, Juan de Borbón consintió en que su hijo Juan Carlos, un niño en esos momentos, fuera educado en España.

Así que aquí tenemos, ya a mediados de los cuarenta, en pleno auge de la dictadura, a nuestro actual rey, hijo de un monarca sin corona, cursando todos sus estudios bajo la tutela del Generalísimo.

Los años pasaron. Y muchas cosas sucedieron en la vida de nuestros protagonistas, demasiadas y demasiado farragosas para caber en este capítulo.
Juan Carlos y Francisco Franco

La cuestión es que el muchachito Real  se convirtió en un hombretón muy listo y su protector en un decrépito anciano empecinado en que en España, tras su muerte, se instaurara de nuevo la monarquía de los Borbones. Todo atado y bien atado en virtud de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947  que Franco hiciese ratificar por las Cortes Españolas en el año 69.

Finalmente, después de una larga agonía, el veinte de noviembre de 1975 moría el hombre que con  mano de hierro había tenido al pueblo español sometido a sus caprichos. El 22 de ese mismo mes Juan Carlos, aquel que había aceptado tiempo atrás los términos franquistas de sometimiento a los Principios del Movimiento Nacional destinados a perpetuar el franquismo,  era investido Rey. Por supuesto rodeado del escepticismo tanto de los adeptos al régimen como de la oposición democrática.

El tiempo aclararía estas dudas, por fortuna con resultados positivos para el bien del país y de la democracia. Pero de eso ya se hablará.

Tras este resumen  algo chapucero, regreso a la narración de “Las aventuras y desventuras de Yolanda Farr”, devolviendo la política a las manos de nuestro, en aquellos días, flamante Rey Juan Carlos I y dejando al pueblo español sumido en el desconcierto.

Ojo por ojo y cuerno por cuerno, el delicioso vodevil de Feydeau que estábamos interpretando en el teatro Arniches, no volvió a levantar cabeza tras estos drásticos acontecimientos.  La gente tenía miedo a salir, sobre todo de noche. Las defraudadas tripas de la derecha, sobre todo las de Fuerza Nueva y su mano ejecutora, los Guerrilleros de Cristo Rey, sonaban con tanta violencia como las de un volcán que augurara una inminente erupción. Las primeras semanas tras la muerte de Franco fueron  amedrentadoras.
Franco en su ataúd

Durante las 50 horas que permaneció expuesto  en el Palacio de Oriente, su cuerpo fue visitado por más de 300,000 personas que hacían gala de su dolor. Había muerto Francisco Franco, adorado caudillo de una España y verdugo de la otra y el pueblo estaba convulso, unos por la esperanza y otros por el dolor. “Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, había predicho años atrás el gran poeta Antonio Machado. La duda era si, tras aquellos momentos de tensión extrema que estábamos viviendo, las dos Españas, desdiciendo esos  versos, aprenderían a olvidar, a convivir transformando este fraccionado país en la patria de todos, en una gran madre que abrazara por igual a sus hijos, sin hacer distinciones políticas ni religiosas. 

La cuestión es que los teatros, tras mantenerse cerrados durante varios días, reabrieron sus puertas para una  audiencia tan pequeña que era desolador. Tanto los empresarios de compañía como los actores nos veíamos en el paro y sin cercanas perspectivas de trabajo. Pero la historia nos había demostrado que era imposible aniquilar a una ciudad como Madrid, una ciudad que, incluso durante el asedio y los bombardeos de la Guerra Civil, había logrado mantener viva su actividad artística y alto el espíritu de sus ciudadanos. Así que España en pleno decidió aguantar el chaparrón de pérdidas económicas a la espera de tiempos mejores.

En cuanto a los eventos de mi vida he de decir que, tras la injusta y prematura desaparición de  Ojo por ojo, me surgió un nuevo trabajo que enriquecería mi trayectoria artística enormemente.

Mari Carmen Calleja, que hacía tiempo había dejado de ser mi representante para convertirse en mi amiga, me presentó a un tal Jordi, un misterioso francés que vivía en España desde hacía años. En la sesera de este soñador bullía un proyecto, tan bello como ambicioso y en apariencia inadecuado para el momento que estábamos viviendo. Pero él estaba  dispuesto a llevarlo a cabo. Hacer un music hall en Madrid de la calidad de  L'Ange Bleu, El Crazy Horse o de L’Alcazar de Paris. Y yo debía ser presentadora, estrella y, en gran parte, alma del espectáculo. Así que, un buen día, acompañada de Mari Carmen y de Jordi,  me encontré en la “ciudad de la luz”, viendo espectáculo tras espectáculo y entablando relación con artistas de la talla de Zizi Jeanmaire, a la que había admirado en grandes películas musicales como Hans Cristian Andersen o Folies-Bergère, o con nuevos talentos como Jean Marie Riviere, Jean Français y Pascal. Por cierto que este  trío, durante aquel viaje a Francia, quedaría ya contratado para nuestro estreno madrileño. Todo iba a una velocidad de vértigo,  y además con una precisión que no dejaba duda alguna sobre lo importante e inminente del proyecto. Pero yo sentía que algo misterioso estaba sucediendo durante nuestra estancia en París.


Por el día Mari Carmen y yo hacíamos las inevitables visitas turísticas, lugares que mi amiga me mostraba con admirable paciencia, teniendo en cuenta que para ella la ciudad era como de la familia. Por supuesto la Torre Eiffel, el Barrio de Montmartre  con su plaza de los pintores, tan cercana al Sacré Coeur,  y por la que me parecía ver deambular a Van Gogh, Toulouse, Gauguin y a un sinnúmero de talentos, muchos de los cuales jamás llegaron a la posteridad pero que, sin duda, disfrutaron de aquella gloriosa época de bohemia. La hermosísima catedral de Notre Dame, el barrio de Pigalle, donde Lautrec tuvo su estudio, eterno centro de la “vida alegre” de la urbe y cuyo corazón húmedo y palpitante era, sin duda, el cabaret Moulin Rouge.

Pero jamás Jordi participó de estos paseos diurnos. Mari Carmen lo justificaba diciendo que todos aquellos lugares tan emotivos para mi  eran archiconocidos para él y que, además, padecía de insomnio nocturno y, a causa de ello,  tenía la costumbre de dormir de día. Pero eso sí,  al llegar la noche despertaba de su sueño y de su abulia, se vestía sus mejores galas y nos llevaba a cenar a maravillosos restaurantes en los cuales éramos recibidos con calidez y especial familiaridad y  acomodados en lugares selectos y reservados. Todo esto antes del diario, y ya mencionado, tour por los cabarets de la ciudad. El comportamiento de aquel hombre me resultaba extraño pero, sin querer meterme en demasiadas intimidades con el que iba a ser “mi jefe” decidí aceptar su actitud "vampírica" sin hacer preguntas indiscretas. 

Nada más regresar a Madrid comenzamos las audiciones. La cosa no fue fácil, pues el que era nuestro director, Jean Marie, había creado un estilo  donde la destreza de los bailarines o de los cantantes era tan solo una parte de lo requerido. Los elegidos debían tener tipos físicos muy definidos y estar dispuestos, ellos a travestirse y ellas a semidesnudarse. Por ejemplo, se contrató a un actor obeso y gracioso, Emilio Aguado y a un enano, J.J. Espinosa, que desde hacía años pertenecía al mundo del espectáculo ya que estaba casado con una famosa cupletista, Perlita de Hueva.  Entre las varias bailarinas escogidas una era altísima, Isi, mientras que otra era pequeña y frágil, Martina. Contábamos con  un transformista, Raúl,  y una hermosa mujer, Didi,  de raza negra y que cantaba como los ángeles. También  contábamos con Micki Gener, cantante y actor… En cuanto a los bailarines unos eran recios y musculosos y otros delicados y amanerados, es decir, que cuando el show se estrenara, el público podría ver un amplio muestrario de la humanidad.

Además de los extenuantes ensayos, el reparto en pleno debíamos hacer  cada día una hora de barra convencional tras la cual Pascal,  ex bailarín de L’Alcazar de Paris, nos daba lecciones de estilo, de un estilo tan innovador que atrajo a nuestras sesiones a decenas de bailarines. Con el generoso permiso de Jordi, el empresario, la diaria clase, que debía estar compuesta por los veintidós componentes de la compañía, llegó a abarrotarse de profesionales deseosos de conocer la nueva escuela nacida en el parisino cabaret creado por Jean Marie Riviere.

Miguel Bosé en 1976
Una mañana, en el salón dedicado a nuestra preparación y calentamiento, vi aparecer un joven,  un efebo tan bello que una luz especial lo rodeaba. Su cuerpo estilizado y su rostro imberbe y ambiguo, poseían un  encanto al cual era imposible resistirse. Aquel muchachito tímido era  un personaje ideal para la estética de nuestro espectáculo. Así que decidí entablar conversación con él y averiguar de quién se trataba. Poco pude sacar en claro de nuestra primera charla, tan solo que se llamaba Miguel y que la meta de su vida era convertirse en artista. Ante mi pregunta sobre si pretendía entrar a formar parte de la compañía su respuesta fue negativa. Tan solo quería enriquecer sus conocimientos asistiendo a esas clases de las que tanto se hablaba en el mundo de la farándula madrileño.

En días sucesivos nuestras chácharas se hicieron más largas, llegando a convertirse en un agradable intercambio de vivencias. Su trato era tan educado que esos momentos estaban llenos de encanto. Así supe que su nombre completo era Luis Miguel González Bosé, aunque tenía decidido que el artístico sería  Miguel Bosé, que su padre era el famoso torero Luis Miguel Dominguín y su madre la hermosa actriz italiana Lucía Bosé, que había nacido, casi por accidente, en Panamá y que su padrino era el cineasta italiano Luchino Visconti. Desgraciadamente no solo nuestro trato nunca se extendió fuera de aquel recinto si no que, en los días de los agotadores ensayos generales, sin tiempo ya para clases ni calentamientos, dejamos de vernos y  nuestra comunicación se cortó casi del todo. Y digo casi, por algo que sucedió poco más adelante y que contaré en su momento.

La cuestión es que ni por un momento dudé  que ese encantador muchacho llegaría a ser una estrella. Lo llevaba en la sangre y tatuado por todo su ser.


Foto Jesús Alcántara
Y para terminar esta parte de mi relato, sólo me queda contaros cómo, durante uno de los últimos ensayos generales, una desagradable sorpresa nos tuvo a todos en vilo durante un par de días.

Tras haber pasado más de un mes del fallecimiento de Franco, con un Rey ya sentado en el trono de España, descubrimos que aún existían los temidos censores de espectáculos.  Una mañana nos notificaron que debíamos hacer para ellos, aquella misma noche, un pase íntegro del show. Un gran golpe ya que todos creíamos que “muerto el perro, se acabó la rabia”. ¿Qué iba a ser de aquel libérrimo invento nuestro del cual travestismo, desnudo e imaginación desbocada, ( todas cosas prohibidas hasta aquel momento) eran parte indispensable? ¿Sabrían esos zopencos apreciar la clase, sutileza y pericia con que estos temas eran tratados? ¿Qué pasaría con los millones que Jordi había gastado en acondicionar el local, en proveer al escenario de escaleras mecánicas y giratorios, en un vestuario tan caro que solamente el número del grand finale había costado tres millones  de pesetas?

¿Qué sería del flamante Music-Hall Topless y de su hermoso espectáculo El ángel azul?






Próximo capítulo. El Music-Hall Topless.