sábado, 1 de septiembre de 2012

Instantánea 43 - La nueva amenaza.



(Mi agradecimiento a los varios lectores que han intentado encontrar en Internet el nombre del libidinoso anciano del que hablo en mi Instantánea anterior. Ha sido infructuoso, así que dejemos que el hombre, sin duda muerto hace años, descanse en paz.)

Mi padre Arsenio Mariño. 1930
Aquella primavera de 1967 mi padre pareció rejuvenecer de pronto 30 años. La furia que le provocó mi desafortunada historia con el cónsul de España en Cuba le transformó de nuevo en el joven luchador que durante la guerra civil española se había dedicado, con el único uniforme que en toda su vida había aceptado vestir, el de enfermero, a salvar vidas en los campos de batalla. O en aquel adolescente que llegó a la isla de polizón y gracias al coraje y la lucha diaria logró rescatar a su familia de una Galicia paupérrima. (Ver Instantáneas 2 y 4). Al día siguiente de que le contara lo sucedido, con los ojos brillantes y los músculos en tensión propios de un muchacho, se dirigió, a pesar de mis intentos de disuadirle, al Consulado Español dispuesto a defender a capa y espada a su humillado cachorro.

Según me contó a su regreso, el "señor" cónsul  estuvo largo rato negándose a recibirle con variados pretextos, hasta que mi padre, airado, solicitó  los papeles para poner una denuncia oficial contra él. Solo entonces fue recibido. El anciano diplomático, tras  rechazar indignado mi versión de los hechos, le   informó que  la visa de salida se me negó porque  el consulado había sido notificado de que existía una causa judicial pendiente contra mí.  Aseguró que la comunicación recibida del gobierno cubano fue que yo no podría abandonar el país hasta someterme a uno de esos humillantes “juicios populares” que se estaban poniendo de moda.

Retrato mío realizado por Korda. 1960
Estos increíbles Tribunales Populares, como el gobierno los denominó, estaban compuestos  por los miembros del Comité de Defensa de la Revolución encargado de la manzana donde tuviese su residencia el acusado, y carecían totalmente de las garantías legales que  aportarían, en un verdadero juicio, un abogado o un  juez cualificado,  celebrándose en casa de alguno de los miembros del Comité o hasta en la propia calle. Aunque en ellos se juzgaban causas menores estos individuos tenían el derecho a imponer penas hasta de cárcel, según fuese el acusado más o menos del agrado del “tribunal”. Pero la humillación que la víctima  sufría al ser acusado ante sus propios vecinos de cosas de las que no podía defenderse, el ver airear sus “trapos sucios” ante conocidos y desconocidos, debía ser una experiencia terrible. Oírse tildado de  “gusano”, “traidor a la revolución”, "maricón" o “vende Patria”, con la única justificación de haber encontrado en su poder algún producto fuera de  la tarjeta de racionamiento, recordemos que el mercado negro estaba penado, o por ser sospechoso de adúlterio o de homosexualidad,  era, creo yo, el peor de los castigos. Lo increíble resultaba que el público solía asistir a esos juicios con el ánimo jubiloso del que se  dirige a ver una representación teatral. Así de aletargada, a base de miedo y consignas, estaba la conciencia y sensibilidad de una gran parte del pueblo cubano. La idea de que algo semejante me pudiese suceder me llenaba de terror.
Retrato 1962
Así que, al día siguiente de  visitar  mi padre  la embajada , él y yo, dejando en casa a unas mellizas sumidas en la expectación, nos dirigimos al Ministerio del Interior con el fin de obtener más información.  Aquello era como retroceder a la terrible época del encarcelamiento de Homero Gutiérrez del que tanto he hablado. Pero esta vez el problema no provenía de un bulo lanzado por una supuesta compañera llena de radicalismo y envidia  sino que era una orden proveniente del propio gobierno, al menos según las palabras del cónsul.

Foto para la revista Cuba. 1966

Pero en el Ministerio no conseguimos aclaración. alguna.  No sé cuantas veces volvimos papá y yo para obtener una explicación que me exonerara  o inculpara. Cualquier cosa era mejor que un fantasma  contra el que no se podía luchar. Siempre aseguraban no saber de qué estábamos hablando. El Ministerio del Interior guardaba un sádico silencio. 
Y los meses pasaban.

La situación económica amenazaba convertirse en catastrófica para la familia Mariño-Pfarr. Sin la posibilidad de trabajar en mi profesión, al igual que le sucedía a cualquiera que solicitase la salida del país, inhabilitada para percibir oficialmente un sueldo (ver instantánea anterior), las mellizas pretendieron intensificar su labor de costureras, pero la falta de materiales había diezmado sus posibilidades. Por otra parte las personas que podían permitirse el lujo de confeccionarse ropa eran cada día más escasas. Aquellas mujeres de la alta sociedad a las que ellas vistieran, en un principio más como hobby que por  necesidad, habían abandonado Cuba. Y entonces apareció mi hada madrina con una oportunidad de "trabajo clandestino" que alivió nuestros problemas económicos.

Calonge, Gladys Triana y yo. 1966

Mis amigos Gladys y Gilberto trabajaban de “free lance” para el INIT, Instituto Nacional para la Industria Turística, vendiéndoles cuadros de producción propia con los que decorar sus instalaciones. Calonge, un buen hombre que tenía un alto cargo en ese Instituto, les había abierto aquella puerta. De pronto mi  amiga tuvo una idea genial. Se le ocurrió que, teniendo acceso a una serie de naves en las que el INIT almacenaba muebles viejos, sillas en desuso pero forradas de estupendo cuero, estanterías de caoba y roble, incautadas a sus antiguos dueños, es decir los desechos del ministerio de Recuperación de Bienes, se le ocurrió, repito, que esos trastos podrían ser reconvertidos en obras de arte. Pensó en cortar las baldas de maderas nobles en cuadrados o rectángulos y, a base del duro mordisco de las gubias, convertirlos en decorativos y originales cuadros. Realizó una muestra que encantó a Calonge y fue así como mi padre, como ayudante de Gladys, se volvió a sentir útil durante unos meses. Recuerdo a Arsenio con una tabla  sobre su regazo,  manejando con entusiasmo las gubias hasta conseguir la  textura de los fondos o  el realce de aquellas figuras geométricas dibujadas por ella. Gracias a esa ocupación, papá lograba olvidar, durante el tiempo de la dura tarea, pasados angustiosos y dudosos futuros.

Retrato para la entrada al Salón Rojo
del Capri. 1966
Me viene a la memoria la imagen de Gladys, de Gilberto y  mía trabajando sobre una larga y gruesa madera  que había sido la barra de un bar, empeñados hasta el agotamiento en hacer de ella un gran tótem. Finalizamos el trabajo   tras un mes de denodado esfuerzo y más de un accidente laboral, pues aquellas gubias, aquellos martillos y cinceles, únicos instrumentos con los que contábamos para traspasar sus treinta centímetros de grosor, podían ser  en realidad  muy   peligrosas. Pero el hermoso resultado nos hizo sentir que todo  había merecido la pena. Nuestro espíritu artístico se sentía realizado.  El dinero que Gladys recibía por los trabajos era compartido generosamente con nosotros.

En una ocasión mientras visitaba esos almacenes, al ver los yacientes cuerpos  de aquellos sillones y sofás que sin duda extrañaban sus días de esplendor, muchos de los cuales aún portaban sus lujosos ropajes de fino cuero, se me ocurrió rescatar algo de esa grandeza para alegría de clientes y amigos. Se pidió permiso a Calonge para despojar las más deterioradas piezas del material que las cubría, permiso que nos fue concedido con la condición de que todo se realizase en el mayor de los secretos. Y así fue como aquellos trozos de piel se convirtieron en sencillos pero bonitos bolsos y en cinturones que salían de las primorosas manos de las mellizas, adornos que las amigas y las amigas de las amigas compraban con esa naturalidad ante  la clandestinidad a la que la escasez nos tenía acostumbrados. Así logró subsistir la familia Mariño Pfarr. Escamoteando, creando y vendiendo artesanía.
Pero los días pasaban, las semanas pasaban y nada referente a mi salida o a la amenaza de aquel “juicio popular” se movía. Esa “calma chica” me estaba enloqueciendo. En busca de una respuesta  recurrí incluso a un mundo que siempre había rechazado; la santería. 

Se decía que por esos  años existía en Regla una santera excelente .

Olga Guillot

Aseguraban que era la hermana de Olga Guillot, con la que antes de su salida de Cuba yo había tenido una cierta amistad, así que, en el colmo de mi desesperación un día me dirigí a su casa en busca de ayuda. Me temo que fue una experiencia nada fructuosa. La mujer me recibió rodeada de toda la parafernalia de su “profesión”. La habitación era oscura y un humo  perfumado en demasía cubría todo con un mareante  velo de misterio. En el fondo, sentada en una mecedora estaba una mulata que sostenía en los labios un descomunal habano.

Retrato colocado a la entrada del
Salón Rojo del Capri.
"Los tiempos de mamá y papá". 1966






Mientras me hablaba, tras un prolegómeno de toses y sonidos ininteligibles, yo permanecía hipnotizada por ese enorme puro que, milagrosamente, se resistía a   caer de  sus labios en constante movimiento  al tiempo que daba la impresión  de no irse consumiendo ni un centímetro. El  encantamiento se rompió cuando, con un acento extraño, pronunció estas palabras. “Ja caraj, niña tú “sabe” bien que ese hombre no te conviene. Va por tu dinero. ¡Sáfate!”. Ante tamaño desatino abandoné la habitación convencida de nuevo de que mis relaciones con la santería y el espiritismo eran imposibles. Yo había acudido a ella con una acuciante pregunta, "¿qué  pasa con mi salida?", y ella se había perdido, tras una visión superficial de mi persona,  por “los cerros de Úbeda”.
Ante el silencio oficial y mi desesperación Gladys decidió que acudiéramos al hermano del comandante Vallejo,  vecino y conocido de los Triana. El hombre nos recibió con amabilidad y prometió averiguar, por medio de su hermano, qué sucedía con aquella Yolanda Farr que él admiraba y a la cual ya creía fuera de Cuba. Y de esa afortunada visita saldría, en diciembre de 1967, un sorprendente resultado.

Contraportada de la revista "Romances"
Corresponde a la portada editada en la Instantánea anterior.


NECROLÓGICA.

Cito al periódico La Vanguardia editado hoy viernes 31 de Agosto del 2012.
“Muere el actor Carlos Larrañaga a causa de complicaciones por la descompensación cardíaca por la que tuvo que ser hospitalizado en una clínica de Marbella la semana pasada”

El artículo se extiende en la descripción de una vida que, por agitada y bohemia, yo prefiero narrar abreviar con mis propias palabras.

Carlos Larrañaga
Este enorme galán, hijo de actores, se inició en el teatro a los 4 años. Fue Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y Premio al Mejor Actor por el Círculo de Escritores Cinematográficos. En su haber tiene más de setenta películas pero su gran popularidad, como suele suceder, la obtuvo en la televisión. Aunque su trabajo en ese medio fue fecundo, su mayor éxito fue en la serie Farmacia de Guardia que estuvo en pantalla de 1991 al 1995 y después varias veces repuesta.

Su agitada vida sentimental, compuesta de innumerables y sonados romances y cuatro matrimonios, no logró eclipsar su valía como actor. Gozaba, sobre todo,  cuando podía imprimir en sus personajes esa retranca e ironía que le caracterizaban.

Aunque sus últimos años estuvieron marcados por las enfermedades, en sus más recientes declaraciones, al ser preguntado sobre el tema de la vejez afirmó, “quiero envejecer con dignidad pero alegremente” y ante la pregunta inevitable sobre su vida sexual dijo, “hijo, yo ya no jodo, yo molesto”.
Que en la muerte halle esa paz que, sin duda, no fue su objetivo primordial en vida.

¡Dios, España se está quedando sin sus maravillosos galanes maduros!


Próxima Instantánea: De como rechacé las proposiciones de Humberto Solás

1 comentario:

  1. Yolanda muy especial la fotografía de su señor padre. Como dice el viejo refrán, los ojos son el espejo del alma.
    En cuanto a la foto de Korda, un verdadero espectáculo.

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