sábado, 8 de septiembre de 2012

Instantánea 44- De cómo rechacé la proposición de Humberto Solás.


En medio de aquellos meses de 1967, tan llenos de angustias y hambruna profesional, en medio de la crisis ocasionada por mi solicitud de salida de mi querida y surrealista isla, la esencia misma de la Cuba que yo tanto amaba, es decir  las almas de las gardenias y buganvilias, de los totíes y sinsontes,  me tenían una sorpresa preparada. Un emocionante regalo de despedida. Debo aclarar que en la isla nada, bueno o malo, era impensable y las posibilidades  resultaban tan innumerables como aquella flora que había sido mi primer impacto sensorial al pisar  su suelo. Ese año 1948 tan lejano ya en el tiempo pero no en mi memoria.
Humberto Solás

La búsqueda de una respuesta al rechazo de mi solicitud de salida, esa amenaza trasmitida a mi padre por el rijoso cónsul de España meses atrás, aquella fantasmagórica amenaza de un “juicio popular”, seguían    sin        tener explicación. Una mañana en mi casa se recibió una sorprendente llamada: “¿Yolanda Farr, por favor?” dijo una agradable y juvenil voz masculina. “Sí, soy yo, ¿quién eres?” Así comenzó mi última gran aventura artística en la isla.

La voz pertenecía a Humberto Solás, un joven y prometedor director del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica) al que las lenguas viperinas llamaban “el niño mimado” ya que en su corta carrera había conseguido del Instituto las mejores condiciones de rodaje, el mejor equipo, en fin, todo lo que se le antojara para su trabajo. Humberto me pidió una cita personal con el objeto de hacerme lo que el llamó "una proposición muy especial"  Así pues, llena de curiosidad, ese mismo día acudí a aquellas oficinas del ICAIC que había creído cerradas para mí  “per sécula”.

La cuestión es que, inesperadamente, me vi en medio del rodaje de la película que sería la consagración de Humberto Solás, Lucía. Se trataba de un largometraje conteniendo la historia de tres mujeres llamadas Lucía en distintas etapas de la historia de Cuba, la época de los mambises,  la del  machadato y los comienzos de la revolución castrista.  En la parte de la narración que transcurría durante la dictadura de Machado, es decir, en los años treinta, Solás iba a incluir  una multitudinaria orgía para la cual había solicitado y obtenido la participación desinteresada de la “crema de la intelectualidad” habanera. Pero necesitaba una actriz que representara un personaje específico y esa, según él, tenía que ser yo. Por supuesto, ninguna de estas personas aparecerían en los créditos de la película. Tanto insistió aquel joven director en contar conmigo y de tal manera me aseguró que olvidara mis preocupaciones, ya que  él me garantizaba que no habría ningún problema con la ley,  que durante dos días estuve rodando  esa escena de Lucia consciente de estar rodeada de actores e intelectuales que nunca volvería a ver, aprovechando el momento para despedirme de cada foco, de cada cámara, de cada técnico, conocido o no, de cada compañero de rodaje, amigo o no, en fin, de cada persona, animal o cosa con la que coincidí en esa emocionante ocasión. Fue como un milagro.
 Imágenes mías en la película Lucía
Nunca he dejado de sentirme agradecida a Humberto Solás por aquel inestimable regalo. Pero allí no terminan mis buenos recuerdos de ese muchacho. Al acabar el rodaje del segundo día,  con sus tiernos veinte y pocos años y me  agradeció la colaboración y me pidió que considerase lo de mi marcha de Cuba, asegurándome que él podía arreglarlo, a niveles oficiales, como si mi solicitud de salida nunca hubiese existido. “Déjalo en mis manos,” afirmó. Me dijo que había muy pocas actrices cubanas de mis características y que mi partida iba a dejar (esto dicho con una sonrisa pícara) a la burguesía isleña sin representación cinematográfica. Pero ya era demasiado tarde. Demasiadas desilusiones habían debilitado mi adicción a Cuba.  La posesión de aquellas características físicas  que él   había señalado con tanto acierto, me convencían aún más de lo oscuro que era mi futuro en una industria que se dedicaba a refocilarse en personajes e historias del proletariado y en figuras marcadamente étnicas. Eran aquellos unos años en los que todo lo que oliese a burguesía era rechazado. Así que, aunque muy agradecida por su interés, rechacé las generosas proposiciones de ayuda de Humberto Solás. Así fue y por esos motivos.

Tras esa maravillosa experiencia volví a la angustiosa espera, sumiéndome cada vez más  en las más felices efemérides de mis experiencias cubanas, a momentos inolvidables, a mi primera aparición en la gran pantalla, a  la imagen de mis primeras y queridas amigas. 


Homenaje a mis primeras amigas. 


Lucy, Miriam, Emilia y Zoilita

Lucy, Miriam, Emilia y Zoilita.  Esas que se convirtieron en mis hermanas gracias a un romántico “pacto de sangre” tan eficaz que, pese al tiempo y la distancia, nos ha mantenido unidas durante casi 60 años. Mis amigas de la infancia y de la vejez. 

Zoilita, la que, a los 11 años,  mientras mi anatomía era poco más que un garabato formado por líneas rectas y largas, ya prometía exuberancias, con los senos y las caderas en evidente floración y una inocente y plena aceptación de aquellos regalos de la naturaleza.

Miriam, avasalladora como el sol de Cuba, con olores a galán de noche y al salitre de su ciudad natal, Cienfuegos. La única que, entre zalamerías y testarudez, (tras la desesperada rendición de mi madre) lograba arrancarme de las interminables horas de estudio al piano,  esa muchachita con la que, en su Hillman rojo, me llevaba hacia unas aventuras de quinceañeras que la férrea disciplina alemana, (empeñada en que nada me distrajese de mis múltiples estudios), me tenía prohibidas.

Lucy, mi primer descubrimiento de que existieran niñas de chocolate con ojos de  miel. Ambas recorrimos del brazo 18 años de la historia de Cuba, a veces a trompicones y puñetazos con la vida. Esos terribles años de la pubertad, el calvario del autoaprendizaje, el desconcierto. Siempre apoyándonos. En las tristezas y en las alegrías.

Emilia, introvertida y silenciosa, que llegó un día a nuestro grupo con timidez y a la que siempre intentábamos sacar de la profunda tristeza que la absorbía. De su casa salía continuamente el olor a lejía y a jabón lagarto con el que lavaba las ropas de los más privilegiados del barrio. Nunca olvidaré la impresión que causaban a mi  espíritu infantil sus pequeñas manos siempre rojizas, mostrando la marca de los productos  químicos que usaba y corroían su piel. Sabe Dios qué avatares habían convertido a aquella criatura de once años en un ser huidizo y ácido, pero el caso es que le había sido imposible superarlos. Así que entre todas nos esforzábamos por  dibujar en su bonito rostro esa sonrisa de la que tan necesitada estaba.
Zoilita y Miriam fueron enviadas a EE.UU. por sus padres al comenzar las canalladas del gobierno Castrista. ¡Dos  de las innumerables castraciones familiares que marcaron aquella época cubana! Tras superar la lucha que conlleva el exilio, Zoilita vive con la familia que ha formado en Miami. Miriam comparte su tiempo entre España, donde años después  se compró una casa, y su hogar de N.Y. Lucy permaneció en Cuba, se casó y tuvo dos hijos. Del primero, Alex, nacido durante mi estancia en la isla, yo soy la madrina.  Emilia, mi cuarta hermana de sangre,   tras el triunfo de la revolución, por motivos que nunca entenderé, se hizo miliciana y presidente del Comité de Defensa de la Revolución del  barrio. Esto, naturalmente, cortó nuestra relacion, pero no logró dañar el profundo cariño que nos tenemos, según me ha demostrado el paso del tiempo. El tiempo que todo lo cura. Si le das oportunidad.

Y mi primera aparición en la gran pantalla.


Foto sacada del documental
Lo cuentos del Alhambra..
 Mi imagen como la Abeja Reina.
Cuando mi amigo Julio Gómez me llevó aquella tarde de 1962 a la Cinemateca no sospechaba yo lo que me esperaba. "Es una sorpresa", me dijo Julio. Y vaya si lo fue. Proyectaban un documental de Manuel Octavio Gómez titulado Los cuentos del Alhambra. El Alhambra había sido un famoso teatro, especializado en el género bufo cubano, por el que a principios del siglo veinte habían pasado  las mejores figuras del género, Blanquita Becerra, Enrique Arredondo, Candita Quintana, en fin, un elenco de artistas que trasciende la capacidad de mi memoria. El caso es que Manuel Octavio Gómez había rodado un documental "como cálido homenaje a aquel teatro y sus artistas de antaño". Pero mi sorpresa fue que gran parte del mismo eran escenas y números musicales de la obra La Isla de las cotorras, que yo había representado en el teatro Amadeo Rodán. Los artistas nunca fuimos informados  de esta filmación ni de lo que se proyectaba hacer con ella, por lo cual supongo que mi sorpresa fue compartida por el extenso elenco de la obra. Así era el ICAIC. Omnipotente. Sintetizando: esa fue mi primera y sorpresiva aparición en la gran pantalla cubana.



Próximo capítulo. Homenaje a Cuba.

1 comentario:

  1. Querida Yolanda, buen resumen! Solás fue uno de los más carismáticos cineastas de la isla. Hermoso y talentoso al infinito!

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