sábado, 23 de junio de 2012

Instantánea 34 - Un caso muy misterioso


                                                                     

Allí en Ciudad  de Méjico, Lee recorrió por tercera vez en dos semanas las calles que le conducían a la embajada cubana. No estaba dispuesto a cejar en su empeño de viajar   al país que tanto admiraba, aquella pequeña pero valerosa isla de Cuba que le estaba plantando cara al “maldito imperialismo Yanki”. ¡Cuantas veces había renegado de su nacimiento en New Orleans, USA, de los gobernantes de su nación, de sus adocenados compatriotas  y cuantas había visto en Fidel Castro la imagen, valiente y justiciera, del líder, del progenitor que no llegó a conocer!

Lee Harvey Oswald
Mientras se encaminaba a la embajada, en aquel 1963, tenía la seguridad de que, más tarde o más temprano, los funcionarios cubanos comprenderían cuan enorme era su admiración por Fidel y lo beneficiosa que  podría resultar su presencia en Cuba. No en vano llevaba años en Dallas desarrollando esa intensa actividad procastrista que le había ocasionado problemas y hasta detenciones, injustas por supuesto, ya que su objetivo había sido tan solo  abrir los ojos de sus conciudadanos ante las absurdas calumnias que   los desagradecidos exiliados cubanos lanzaban contra Castro.


Durante los años que sirvió en los marines, es decir, del 56 al 59, Oswald tuvo la sensación de haber vivido realmente en “las entrañas del monstruo”. El conocimiento de las injusticias capitalistas había ido penetrando poco a poco en su cerebro hasta que, finalmente,  decidió pedir la baja voluntaria y dirigirse hacia el único faro de luz que veía en ante él: la Unión Soviética. 


En los años que vivió en Rusia nunca comprendió  por qué el gobierno  que tanto admiraba le había negado repetidamente la ciudadanía.   Aquello acabó provocando  que, herido en su amor propio, abandonara un día el país en compañía de su esposa rusa, Marina, y de su hijita recién nacida. Por fortuna para él su regreso a América fue determinante. Fidel Castro y la reciente revolución cubana penetraron en su alma con la intensidad de un dogma.


Como dije al principio, aquel día de 1963 Lee Harvey Oswald se dirigía a la embajada cubana por tercera vez,  seguro de que al fin obtendría el visado de entrada a la isla. Al salir del edificio con una nueva negativa, la furia y la desilusión lo invadían. Dicen que a las puertas de la embajada exclamó; “pues muy bien, tendré que matar a Kennedy para que me hagan caso”.



                                                                       II


J.F.K.



John comenzó a preparar su estrategia para la reelección a mediados de 1963. Desde que fuera   elegido el segundo presidente más joven de la historia de USA, después de Theodore Roosevelt,  muchas cosas había pasado. Gobernar el país más poderoso del mundo no era “moco de pavo” y además,  aquella islita en medio del Caribe le estaba dando muchos problemas…Los comunistas intentaban infiltrarse en el continente americano usando Cuba como trampolín y él no podía permitir que el enemigo se instalase cómodamente frente a su casa.  Así que decidió tomar cartas en el asunto apoyando a la  contrarrevolución  en aquel desafortunado desembarco de Bahía de Cochinos. Aquello provocó que su imagen de estadista fuerte y coherente resultase debilitada. Los cubanos de la Brigada 2506, que habían confiado en su promesa de apoyo, viéndose luego abandonados a su suerte y finalmente canjeados por alimentos y combustible, se convirtieron, no en una mácula, sino en un virulento sarampión  que infectaba su prestigio y la fiabilidad de los sistemas informativos norteamericanos. Por su parte, los cubanos que en la isla habían visto frustrados sus sueños de libertad, nunca iban a olvidar lo que ellos consideraban, no sin justificación, una innegable traición. Solo 13 meses después Kennedy hubo de “ajustarse bien los machos” ante su pueblo y ante el orbe. La crisis de los Misiles, aquellos días que conmovieron al mundo poniéndonos al filo de una guerra nuclear, necesitaron de toda la diplomacia y a la  firmeza de su gobierno. (Ver instantáneas 29 y 30) John sabía bien que no había sido un triunfo personal, sino un triunfo de la humanidad. Las imágenes de lo que podía haber sucedido si Nikita y él no hubiesen logrado llegar a un acuerdo en aquellas arduas negociaciones, lo atormentaban diariamente.




Jacqueline Kennedy
Ahora, en noviembre de 1963, mientras realizaba la campaña para su reelección, siempre en compañía de su elegante esposa Jacqueline Lee Bouvier, su estado de ánimo era eufórico y combativo. Se preveían unas de las elecciones más reñidas desde 1919 pero él, como buen miembro de la familia Kennedy, como fiel hijo de la inflexible matriarca Rose, estaba dispuesto a luchar con todas las armas que tuviese a su disposición. Con todas. Su oponente era Richard Nixon.







La última imagen de John F. Kennedy vivo
Entre los vítores del pueblo, mientras avanzaba por las calles de Dallas en un coche descapotable, rozó afectuosamente la mano de su compañera. Ella, sentada a su lado y siempre sonriente, le aportaba la clase y la imagen de estabilidad que el pueblo norteamericano aprecia tanto en sus políticos. Jackie, que había sabido, a lo largo de los años, soportar su inestable carácter , su mal estado de salud, y sobre todo, esa tremenda inseguridad que le impelía a buscar en amoríos y devaneos la confirmación continua de su masculinidad.

Sí, él, católico practicante, sabía perfectamente que la idea generalizada de su perfección espiritual era tan falsa como unos diamantes de 2 quilates en las orejas de una prostituta callejera.


                                                              III

                                                           
Eran las 12.30 cuando se escucharon los disparos. El policía Marion Baker, de la comitiva presidencial, miró aterrado hacia el coche del presidente, pero la algarabía general le impedía apreciar detalladamente lo que pasaba en su interior. Instintivamente buscó el lugar de donde provenían  las detonaciones, el edificio de la TSBD, Almacén de Libros de Texto de Texas,  situado justo delante de la comitiva. Hacia él se dirigió a toda velocidad y al inspeccionar un salón del segundo piso vio a un joven que entraba nerviosamente y se comportaba de forma extraña mientras sacaba un refresco de una máquina expendedora. Se informó con el intendente del edificio, Mr. Truly, sobre quién era el individuo y cuál era su nombre; “se llama Lee Harvey Oswald y trabaja aquí desde hace tiempo” fue la respuesta.


Pero Marion Baker no hizo nada por detenerle, tan solo puso el hecho en conocimiento de sus superiores.  Unas horas más tarde la policía local detenía a Oswald a la salida de un cine,  acusándolo de magnicidio. Se le dijo que se había hallado un rifle, con una huella palmar suya, en una oficina del edificio donde trabajaba y de donde se presumía habían salido los disparos. Oswald negó  insistentemente haber participado en ese atentado. Pero nuevas huellas aparecían en cajas y cartones encontrados en el supuesto lugar de tiroteo. Más pruebas incriminatorias.
Jack Ruby disparando contra Oswald


Dos días más tarde, mientras era trasladado por los estacionamientos subterráneos de la comisaría a la prisión del condado, Jack Ruby, propietario de un bar nocturno y antiguo correo de la mafia de apuestas en Cuba, (según averiguaciones del Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos) se le acercó pistola en mano y, delante de los policías que lo custodiaban, le disparó con un Colt  a quema ropa en el estómago. La herida resultó mortal. Al ser preguntado por la prensa sobre cuál ha sido el motivo de su acto Ruby  dijo, “quería evitar a Jacqueline Kennedy el dolor de tener que testificar ante una corte frente a frente con el asesino de su esposo”. Lee Harvey Oswald nunca llegó a ser juzgado por este atentado. Jack Ruby fue juzgado y condenado por el asesinato de Oswald, falleciendo en la cárcel, de forma misteriosa, un tiempo después.

                                                          IV

J.F.K. muerto
John Fitzerald Kennedy fue llevado al Hospital Parkland con tres heridas de bala. La tercera había atravesado su cabeza haciendo estallar su cerebro. A las 13 horas el equipo médico lo declaraba muerto y a las 13.30 del 22 de noviembre de 1963 se anunciaba oficialmente su fallecimiento.






Aunque los detalles y las diversas versiones de este hecho son de sobra conocidos no he podido evitar incluirlo en mis narraciones a causa de su impacto mundial y, en particular, por lo que afectó a Cuba. Entre las distintas opiniones sobre quiénes fueron los ejecutores de ese asesinato, la mafia italiana, el propio FBI, las compañías petroleras, el gobierno cubano, era esta última la más popular en esos días.

Una vez más las calles de La Habana se llenaron de armas y de sus tensos manipuladores, y el hermoso malecón volvió a sembrarse de cañones y ametralladoras antiaéreas. Los Comités de Defensa hacían guardia las 24 horas del día y más de una tropelía e injusticia se cometió en la isla bajo la justificación del temor a un ataque norteamericano. Se decía que lugares y calles emblemáticas de la ciudad habían sido socavadas y rellenadas de dinamita. Realmente hasta en Cuba se daba por sentada la responsabilidad del gobierno de Castro en el magnicidio de J.F.K.

No osaría ni siquiera opinar  sobre de quién fue la mano ejecutora o la voluntad impulsora. Son tantos y tan disímiles los resultados de las innumerables investigaciones que se han llevado a cabo que este acto siniestro permanecerá por siempre como uno de los grandes secretos de la historia.


El más obvio sospechoso, Fidel Castro, juró y perjuró no conocer a Oswald, el supuesto magnicida, ni tener noticia alguna de sus varios intentos de viajar a Cuba desde Méjico. Curiosamente Castro se encontraba, en el momento del asesitato, con el periodista Jean Daniel, director de La Nouvel Observateur, el cual afirmó que, en el momento de enterarse ambos de la noticia del asesinato de Kennedy la expresión corporal y las palabras de sorpresa de Castro le parecieron de total sinceridad. Pero sin duda Cuba entera conocía ya las facultades histriónicas del “máximo líder”.



Dicen que la gente recuerda ese día  con toda clase de detalles “¿Recuerdas dónde estabas cuando mataron a Kennedy?”. He querido hacer una pequeña encuesta entre algunos de mis amigos para comprobar hasta qué punto esto es cierto y,  con el permiso de ellos, paso a haceros un resumen de sus respuestas.

Pepa Sarsa. (España)

Imagino que el día 22 de Noviembre de 1963 estaba en el colegio, con mis trenzas y calcetines a juego con el uniforme; no tenía ni idea de quién era John F. Kennedy; sólo veía en la tele, que ese año entró en mi casa, la programación infantil. Siento no poder decirte más.

                                           
                               Francisca Munuera. (España).

Estar, estar, supongo que aprendiendo cuanto son dos más dos. Mi impresión, ninguna, por entonces no sabía ni donde estaban los EE.UU y mucho menos quién era su presidente.   Y mi profesora, que era la típica falangista solterona institutriz del más rico del pueblo y que cada mañana nos hacía cantar las “Montañas nevadas…..”, comentó que algo malo habría hecho el americano ese para que le pegaran tres tiros.

Manolo Sánchez Arillo. (España)

Yo concretamente estaba en el colegio el 22 de noviembre de 1963. El profesor nos mandó a casa, tras contarnos por encima quién era JFK. Estuvimos tres días sin clase. Sí que lo recuerdo.


José Taín. (Miami)

Yo había ido a La Habana vieja  a una tienda de antigüedades en la calle Obispo con mi amigo, el fallecido actor Wilfredo Casal y regresábamos a casa en un autobús que iba muy lleno, pasando por un costado del teatro Payret. Al hacer la parada en la esquina de Prado y Zulueta, se monta un hombre que recuerdo era bajito y calvo con gafas y anuncia a todos lo del asesinato de John F. Kennedy. Yo recuerdo que eso ocurrió unos minutos pasadas las 3:00 PM. Comenzaron las especulaciones entre los pasajeros y Wilfredo comenzó a hablar en voz alta, como era su costumbre, haciendo vaticinios de represalia hacia Cuba porque él sospechó, instantáneamente, que los responsables de ese asesinato tenían que ser del bloque soviético y posiblemente de Cuba. Las opiniones continuaron divididas durante el resto de la trayectoria. Yo me mantuve en silencio puesto que me di cuenta de la magnitud de ese suceso y las repercusiones que podría tener para Cuba. Y ya en esos momentos yo estaba tratando de encontrar una vía para lograr salir de Cuba, información que no había compartido con nadie absolutamente y  no quería verme envuelto en ningún tipo de investigación ideológica, no sabiendo quienes pudieran ser los otros pasajeros.

Sergio González. (Méjico)
Si, recuerdo bien que estaba en Méjico, (al igual que ahora)… En el D.F. en la UNAM, en la facultad de Ciencias políticas y Sociales, donde cursaba en  ese momento el segundo semestre de diplomacia… Que en un final fue el camino preparatorio para mi carrera con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Méjico…Bueno, basta de anuncios histórico-políticos y vamos a tu pegunta.
La primera reacción general, si recuerdo bien, fue de gran  incredulidad…Seguida por los aspavientos estudiantiles de justicia anti-yanki. Al llegar a casa, al igual que por todo el mundo, supongo,  la gente estaba pegada a la tele, sin moverse, tal vez por incredulidad, esperando que dijeran que había habido un error y que J.F.K. estaba vivo. En mi caso sé que me causó un gran dolor pues lo consideré un atentado contra la democracia, las libertades individuales y de las naciones y que había sido un golpe muy bajo pues el que había pagado por ello era un hombre muy carismático.

Nancy Algazi (USA)
Yo llevaba ya un tiempo casada, pero me parecía que nunca iba a ser mamá. Cuando dieron la noticia, al menos en La Habana, donde yo vivía, en ese mismo momento yo salía a cumplir con un turno con el médico que me estaba ayudando a quedar embarazada. La sirvienta de mi casa me dio tremendo grito para detenerme y darme la noticia. (Hasta recuerdo la ropa que llevaba puesta, increíble después de tanto tiempo). Nunca me ha gustado la política, así que los políticos menos, pero un asesinato  siempre es penoso y doloroso. Primero sentí pena, después de unos minutos pensé en las consecuencias para este gran país en el que ahora vivo, por último pensé en su joven esposa y en sus pequeños niños.

José M. Salmerón. (Cuba)
Lo recuerdo como si fuese hoy. La noticia de la muerte de Kennedy me llegó estando en la guagua mientras volvía de mi trabajo. Un individuo subió y nos informó. Recuerdo que la tensión que se formó en el interior de la guagua se podía cortar con un cuchillo. Nadie se atrevió a hacer un comentario al respecto y como por milagro el vehículo se quedó casi vacío. Al llegar a casa me pegué a la radio intentando obtener más información al respecto. Los miembros del Comité de Defensa iban para arriba y para abajo conmocionados y esperando la invasión.

Bobby Jiménez. (Bélgica)
Yo era muy joven y había cosas de la política que no entendía .Yo estaba en casa de Mary Shepperd una señora muy querida que era como mi madre, escuchaba la radio americana como era costumbre y oí la noticia en vivo en el momento que sucedían los hechos, llamé a Mary y le dije, “Mary acaban de matar al presidente Kennedy” y me dijo, “¿estás loco Nene? Eso no puede ser, y después repitieron la noticia y ella se puso muy mal pues lo admiraba mucho....

Miriam Barredo (N.Y.)
Yo estaba en la cafetería del Hospital donde trabajaba. Recuerdo hasta lo que estaba comiendo aquel día. Cuando dieron la noticia el hospital en pleno se paralizó. Creo que hasta los quirófanos. Solo se oían voces de “imposible, no puede ser” y muchos llantos.
Fausto Canel (Miami)
Salía con Laura Yussem del ascensor en el quinto piso del ICAIC, a eso de las 7 de la noche, camino de la sala de proyección donde estaba previsto ver “ Vivre sa vie”, de Jean Luc Godard... Fue entonces que alguien nos lo informó... No recuerdo si se suspendió la proyección o no... Creo que no...

Guido G. del Valle.(España)
Yo estaba en la Isla, metido de lleno en sacar adelante el grupo Danza Contemporánea que las UMAP se llevó por delante en el 65. A mi alrededor saltaron muchas opiniones sobre la posible mano castrista en el asunto, pero yo, a pesar de saber la calaña de estos hermanos, siempre creí que era una cuestión interna de los USA o  bien relacionada con la mafia y el gansterismo. Todavía hoy sigue habiendo puntos oscuros en el asunto.

Alfredo Brito. (España)
Querida Yolanda, lo único que recuerdo es que estaba en La Habana y mi impresión fue de estupor.


Inés (Argentina)
Hola Yolanda, estaba caminando por la Av. Santa Fe en buenos aires, creo que buscando comprar un par de zapatos,  y fue una impresión enorme. Como toda la gente de los alrededores, quede pasmada, helada y alelada.




Estos son los recuerdos que algunos de mis amigos guardan de ese momento histórico. Un crimen tan sumido en los ardides políticos que jamás será totalmente aclarado. Me temo.


NECROLÓGICA:


Juan Luis Galiardo

Ayer, día 22 de Junio falleció en Madrid un estupendo actor: Juan Luis Galiardo. Nuestra coincidencia en varios trabajos, a lo largo de 40 años de profesión, me dieron la oportunidad de conocerle personal y profesionalmente y en ambos campos era un ser muy especial. Su sentido del humor, ácido y agresivo, su poderoso físico hicieron de él una persona y un actor de gran fuerza. En el año 2007 interpretó a Fidel Castro en el film de A. González Padilla “I Love Miami”, (Dios o el demonio). Uno de sus trabajos más señalados fue en la película “El Caballero Don Quijote”, donde hizo una muy personal interpretación del Hidalgo Caballero. Su lucha contra el cáncer ha finalizado. Descansa en paz, amigo.



Próximo capítulo. Al fin años de bienes.


martes, 12 de junio de 2012

Instantánea 33 - Las vacas comienzan a engordar.



 “Tierra baja”, aquel drama rural catalán que representamos en Prometeo fue, para mí,  el mayor éxito que imaginarse pueda. No por el número de espectadores que asistieron, los cuales solían ser escasos aunque entregados en cuerpo y alma, no por las críticas que  nos lapidaron, tachando la obra de “absurdamente anodina  y totalmente desposeída del espíritu revolucionario que debe impregnar todo proyecto teatral”. Aquel fue para mí, repito,  el mayor éxito  puesto que me devolvió el sonido de mis pasos sobre el escenario, el eco de mi voz rebotando entre butacas y telones, la confirmación de que aún podía ejercer la magia de mentir con tanta sinceridad que nadie pudiera intuir la existencia de  la máscara tras la máscara, de la felicidad tras el desgarro, del miedo tras el arrojo. Es decir, me devolvió la condición de actriz.



Nadie interrumpió mis parlamentos con gritos de “¡contrarrevolucionaria!”, ni me esperó al terminar mis actuaciones para conducirme a las mazmorras del G2. En fin, nada de aquello con lo que había sido amenazada sucedió y eso a la vez que me producía  un tremendo alivio me llenaba de indignación. La sensación cada vez más firme de que había perdido, sin justificación alguna, dos años de mi vida me enfurecía. Solía pensar, y aún ahora lo hago, que solo en medio del surrealismo y el terror que reinaban en Cuba podía haberse dado un caso como el mío.
Programa Intermezzo.
Jorge Pais y Yolanda Farr

La cuestión es que gracias a los bien puestos atributos masculinos de Morín y de Mitjans, mi vida renacía.  De pronto me convertí en la mascota de Morín y en la carta de ajuste del programa músico-cultural de televisión Intermezzo que dirigía Mitjans. En él canté desde boleros hasta fragmentos de operetas, me acompañé al piano canciones internacionales, interpreté  dúos con Jorge Pais, Armando Pico, con José LeMatt, recité hermosos poemas de amor junto a mis queridos “parnasianos” Roberto Cazorla y Carilda Oliver Labra… Sí, cada miércoles salía al aire, en el más riguroso directo, uno de aquellos programas que con tanta sensibilidad creaba su director. Y ya que menciono lo del “riguroso directo” os voy a relatar una anécdota que, aunque divertida de recordar, no lo fue en absoluto de vivir.

Mi madre y mi tía, entusiasmadas con mi resurgimiento personal y artístico, me confeccionaban para cada programa un traje distinto. No sé cómo se las arreglaban, teniendo en cuenta las carestías de todo tipo que sufría Cuba. Parece ser que adaptaban uno ya usado, logrando como por magia que pareciera otro,  o compraban a alguna clienta un trapito que tuviese en desuso convirtiéndolo, gracias al arte de sus manos, en un “modelito francés”.

Un día me hicieron un precioso vestido “strapless” o “palabra de honor”. La ausencia en el mercado de las “ballenas” necesarias para sostenerlo en su honesto sitio no supondría obstáculo, pues mis jóvenes senos ignoraban aún los problemas de la ley de gravedad. Para esta ocasión Mitjans me había colocado, a la manera de la Maja de Goya, tumbada en un sofá Luis XV desde el que entonaba  una canción.  En medio de mi actuación,  para mi desconcierto, noté  un "correcorre" de gentes y cámaras y un soterrado murmullo que salía de la penumbra del plató. En esas condiciones, a duras penas logré terminar  ese número que cerraba el programa.  Al escuchar el “estamos fuera”, indicador de que  ya no estabamos en el aire, observé que los cámaras, el sonidista y demás componentes del staff evitaban mirarme. Lo que no podían evitar era la sonrisita maliciosa que se dibujaba en sus rostros.


Programa Estampas de España. "El gran amor
de Becquer" con Humberto Diez.

Entonces, ¡horror! me di cuenta de que uno de mis senos se había escapado del escote y estaba insolentemente al descubierto. No exagero un ápice si digo que, en esos momentos, hubiese querido convertirme en una bibijagua para escabullirme de aquel plató del Canal Cuatro. Cualquier cosa menos ser la desvergonzada mujer que había yacido en el sofá, durante interminables minutos, mostrando a la teleaudiencia un trozo tan íntimo de su anatomía. Entonces apareció Mitjans y me aseguró que no debía preocuparme, que en el momento del “desliz”, la cámara estaba conmigo en un primer plano y que él se ocupó de mantenerla así durante toda la actuación. O sea que nadie, fuera del estudio, había sido testigo del percance. 
Sala Prometeo. Antígona

En la faceta teatral, tras terminar Tierra Baja,  Morín me dio la oportunidad de interpretar a un torturado pero “corajudo” personaje, Antígona, en la versión de Jean Cocteau.  Esta vez tuvimos  buenas críticas, sobre todo la de Alejo Beltrán, al que siempre hube de agradecer palabras de estímulo y apoyo. Tanto él como Montes Huidobro hacían esas “críticas constructivas”   que tanto se agradecían.

Sala Prometeo. La Endemoniada.
Carlos de León, Yolanda Farr y Roberto Cabrera

Después, para mi absoluto disfrute, Morín puso en mis manos ese “bombón” con el que todo interprete sueña, el papel de La Mujer en la obra de Carl Schoenherr La endemoniada. Se trataba de un intenso melodrama austriaco, erótico y brutal, que daba la oportunidad a sus tres protagonistas, La Mujer (Yolanda Farr), El Marido, (Carlos de León) y El Gendarme (Roberto Cabrera), de recorrer toda la escala de los sentimientos más violentos y primitivos. Una de las críticas, en este caso de mi admirado Virgilio Piñera, extensa y pormenorizada, comenzaba con este título; “Morín sigue teniendo demonio”, y elogiaba el trabajo del director, la maestría de Schoenherr y la excelente labor de los actores. Morín, sacando del fondo de su talega las mejores monedas de su taumaturgia, supo extraer de la pieza, y de nosotros, los actores, todo el jugo. Este trabajo me valió ser elegida la mejor actriz del año 1963.

Entonces llegó el Festival de Música Popular en el Teatro Amadeo Roldán la dirección del cual, para mi fortuna, encargaron también a Francisco Morín. Se escogió  para la ocasión reponer dos piezas del teatro bufo-cubano que habían sido estrenadas en las primeras décadas de 1900  y en el famoso Teatro Alhambra. Estas eran La casita criolla y La Isla de las cotorras, ambas con amplísimos repartos en los cuales yo participaba con papeles muy lucidos, la Caña de Azucar en La Casita…y La Abeja Reina en La Isla…Gladys Puig, Celeste Mendoza, Armando Pico,  Idalberto Delgado, Carlos Badías, Reinaldo Miravalles y María de los Ángeles Santana eran solamente algunas de las figuras que componían los lujosos repartos.

El crítico Calvert Casey resaltó mi trabajo en La isla de las cotorras con una "mención aparte" y con la afirmación de que mi Abeja Reina era uno de los números más conseguidos.
José Urfé

Y fue durante los ensayos musicales de estas obras que conocí a quién  se iba a convertir en uno de mis mejores amigos: José Urfé. Él llevaba la parte musical del espectáculo y, como siempre me sucedía con los músicos, el hecho de que habláramos el mismo idioma de arpegios, sostenidos y bemoles, hizo que nos sintiéramos, desde el primer ensayo, identificados. Pero con Urfé la cosa iría mucho más lejos. José escribía hermosas y difíciles corales polifónicas a las que yo me dediqué a poner letra durante años. Así ganamos varios premios nacionales y el prestigioso Concurso de Canciones Polifónicas de Karlovy Vary. Nuestra relación se volvió tan personal y afectuosa que, años más tarde,estando yo ya en España, él solía mandarme nuevas partituras suyas. “Galleguita” me decía, “nunca encontraré alguien que sepa plasmar mis sentimientos como lo haces tú.  Para siempre serás mi letrista”. Una vez fuera de Cuba seguimos comunicándonos con asiduidad  así que, cuando sus cartas dejaron de llegar, supe que solo la muerte podía haber roto el hermoso hilo de nuestra amistad.

Recital de canciones en el Ateneo.
José Urfé y Yolanda Farr

Aprovecho este capítulo para rendirle un homenaje a este gran músico y amigo que siempre estará en mi corazón. José Urfé.








Próximo capítulo. Un caso muy misterioso

jueves, 7 de junio de 2012

Instantánea 32 - El lento renacer. (Segunda parte.)


En uno de los balcones de
la sala Prometeo
En esos días de expectación, mientras aguardaba el “dictamen de mi caso”, una continua desazón enfermaba mis días y mis noches. Era posible que al “remover la mierda”, como había dicho Mitjans, la latente amenaza que se cernía sobre mí   saliera de su letargo y, sin más, me devorara. El gobierno no necesitaba demasiadas justificaciones para borrarme del mapa. Esas arbitrariedades eran de sobra conocidas. Por otra parte ardía en deseos de que alguien me explicara, de forma oficial, porqué una muchacha de 19 años había sido anatemizada solo por negarse a hacer una “declaración pública de repudio” contra el hombre que amaba y de cuya vida no conocía más que la parte artística y amorosa. Lo cierto es que aunque hubiese sabido que Homero era un disidente activo jamás habría permitido que me utilizaran como un arma política contra él, eso estaba tan claro como el agua. (Ver Instantánea 27. La Odisea), Él había sido hecho prisionero, acusado de “actividades contrarrevolucionarias”. Yo ni siquiera había sido interrogada por el temible G2. Y sin embargo mi veto laboral era obvio ya que nadie, a partir de entonces, me había llamado para trabajar. El rechazo de mis compañeros de CMQ fue evidente. Ni una llamada amistosa había recibido de ellos desde entonces, ni mucho menos una visita. Estaba aislada por completo de lo que había sido mi mundo. Sí, era el momento de “tomar al toro por los cuernos”.
Mis experiencias en el Ateneo, mis reuniones con el grupo de poetas habían sido como transfusiones de sangre valerosa. Y un día tuve la bendita idea de ir a un estreno en la sala Prometeo, ¡el primer espectáculo al que asistía desde hacía dos años!
  
Francisco Morín
Esa pequeña sala-teatro rebosaba del prestigio que su director, Francisco Morín, se había ganado a base de años de hacer buen teatro, teatro sin concesiones,  de enfrentamientos con la mediocridad  y de un antagonismo total hacia todo lo establecido. Se contaba que en el año 48, siendo director del grupo ADAD, en contra de la opinión en pleno de la directiva, había luchado con dientes y uñas para estrenar Electra Garrigó, del inmenso Virgilio Piñera, jugándose con ello su cargo y hasta sus amigos. Eso le valió, dentro del teatro y desde entonces, la fama de luchador empecinado y progresista.

La primera vez que mis pies se detuvieron frente a la sala Prometeo experimenté una avalancha de sensaciones. Subí la estrecha escalera que conducía al hall  como si toda mi vida hubiese estado esperando ese momento. Una vez arriba, los postreros rayos del  sol que   penetraban por los balcones, tiñendo mi cuerpo de oro viejo,  sumergiéndome en una eclosión de dorados y rojos tan irreales,  me parecieron premonitorios de bellas y luminosas cosas por venir. Y no me equivocaba. Ese mismo día conocí a personas que iban a ser de una importancia vital en mi vida.

Gladys Triana

Esa misma tarde Gladys me presentó a Francisco Morín quién, de esa forma suya tan directa, me preguntó el porqué de mi actual ausencia del mundo teatral.  Con una espontaneidad poco frecuente en mí,  le conté la historia de mi veto y él, impactado por lo absurdo de la situación, obedeciendo a su innata rebeldía, me ofreció  el papel protagónico de su próxima obra, Tierra Baja, del autor catalán Ángel Guimerá. Estas fueron sus palabras en ese momento; “mira muchachita, yo soy Francisco Morín, un hombre libre que no admite absurdas imposiciones. Ni en mi vida ni en mi profesión. Te llamaré muy pronto para empezar los ensayos.” 
Ensayo general de Tierra Baja. Sala Prometeo

Y ya estábamos ensayando Tierra Baja  Raúl Xigés, Jorge Martínez, Estela Padrón, Luisa María Güell, yo y varios actores más que completaban el amplio reparto, cuando un día, tras una de las reuniones de nuestro grupo de poetas, Mitjans me repitió con sigilo esas palabras, “tengo algo importante que decirte”, que tanto me habían conmocionado dos semanas antes. Así que quedamos en vernos, como la vez anterior,  en el Parque del Río Almendares. Sabía que  ese momento iba a ser trascendental para mí. Allí se decidiría mi futuro, se acabarían las incertidumbres y, para bien o para mal,  me enfrentaría cara a cara al monstruo que me había mantenido, con total iniquidad, dos años en un mundo de zozobra. Ni yo ni mi familia, a la que como es natural tenía al tanto de todo lo que estaba sucediendo, pudimos pegar ojo aquella noche. Los tres me presionaban para acudir conmigo a la cita y al fin conseguí que solo mi padre me acompañara, con la condición de que su presencia fuese invisible a los ojos de Mitjans. Le hice jurarme que, a menos que observase alguna actividad  alarmante, se mantendría alejado y en total anonimato.  Así que, aquella mañana, con mi padre  escondido entre los árboles como en una película de espías, sentada en el mismo banco que la vez anterior, esperé la llegada del “mensajero de mi destino”.

Nada más verle acercarse, vestido con el temible uniforme verde olivo, pistola al cinto, paso militar, pero en esta ocasión con una expresión  de evidente alegría en el rostro, todos los músculos de mi cuerpo se fueron “descontracturando” y los hermosos colores de la naturaleza que nos rodeaba comenzaron a cobrar ante mis ojos su verdadero fulgor. Era como si mi vida estuviese pasando de ser una película en blanco y negro a una en maravilloso tecnicolor. Y  estas fueron sus palabras. “He indagado en todas las fuentes que me ha sido posible. He mencionado tu nombre y tu problema a altos cargos políticos y ni a diestra ni a siniestra han podido darme una explicación. Nadie del gobierno  o de la policía parece saber de tu caso y en lo que se refiere a tu veto,  te aseguro que en ningún sitio figura constancia oficial de su existencia. Así que, dado lo kafkiano de la situación, he decidido que actuarás en mi programa  Intermezzo dentro de dos semanas. Veremos si alguien se atreve a hacer objeciones”.

¿Qué estaba pasando? ¿Tal vez las malignas erinias, aburridas ya de la monotonía de mi vida, se habían mudado? ¿Acaso los dragones que vigilaban mi mazmorra se habían jubilado? ¿Qué sucedería dentro de dos miércoles, cuando mi imagen, transportada por las ondas hertzianas, penetrara de nuevo en los hogares cubanos?

Pues, bien, llegó el miércoles de marras y salvo que hice el peor trabajo profesional de mi vida, atenazada como estaba por el miedo y los nervios, no pasó NADA. Tras la emisión en directo, Mitjans y yo permanecimos en el plató, ya vació, sentaditos en sendas sillas y con nuestros corazones palpitando al unísono, esperando una llamada de reprobación o alguna visita uniformada. Pero nada sucedió. Ni ese día ni en los sucesivos. Como si nunca hubiese existido en realidad aquel veto. ¿Sería tal el terror reinante en Cuba que las solas palabras de una odiosa mujer hubiesen causado esa avalancha de rechazos? ¿Que aquella frase   “¡tu presencia está prohibida aquí, gusana!” pronunciada tiempo atrás por Violeta Jiménez,* hubiese sido tan solo un acto de rencor personal, sin base oficial alguna? (Ver Instantánea 27. La Odisea.) ¿Hasta tal punto era corrosivo y paralizante el temor general que nadie  osó siquiera  hacer un intento por  llegar al fondo de aquel veto que había castrado mi vida? 
La cuestión fue que, gracias al coraje y la amistad de Humberto Mitjans, a partir de ese programa de prueba, me convertí  en personaje casi fijo de aquel hermoso Intermezzo que, con tanta sensibilidad, él dirigía.  

Poco después estrenaríamos, en la Sala Prometeo, Tierra baja, en una magnífica puesta en escena de Francisco Morín.
Y de esta manera estaba a punto de empezar para mí un fecundo año1963.




* No es la primera vez que narro mi terrible encontronazo con Violeta Jiménez ocurrido en Cuba en 1960, pero en esta ocasión voy a dar un salto hacia adelante en el tiempo para contar mi último encuentro con ella, ya en España, y en el año 1971.
Miguel Llao, Armando Soler y Violeta Jiménez.
Foto de la TV cubana, cortesía de J. Cueto-Roig

Tras mi exilio, el cual debido a mi nacimiento español   fue en realidad una repatriación, durante los primeros años en mi patria, solía trabajar a menudo con un prestigioso productor-director de teatro llamado Manolo Collado. El reencuentro con Violeta tuvo lugar durante el tercer montaje que iba a hacer con él, Romeo y Julieta, en el cual yo interpretaría a la señora Capuleto, madre de Julieta. El día antes de la primera reunión de compañía, el director y amigo me llamó con el fin de notificarme que tenía una sorpresa para mí. Iba a contratar a una actriz cubana, una "compatriota". Cuál no sería, en efecto, mi sorpresa cuando, al llegar al teatro,  me encontré frente a frente con aquel ser que había torturado mi vida: Violeta Jiménez. Collado me dijo entonces que estaba recién exiliada   y me pidió referencias de su trabajo en Cuba.
Durante unos segundos me debatí entre la repulsa que me provocaba el recuerdo de su comportamiento conmigo, su archiconocida actitud proselitista y radical en la isla, y lástima por la angustia que se dibujaba en sus  prematuramente envejecidas facciones. Pensé que era el remordimiento lo que nublaba sus ojos  y contraía los músculos de su cara. En aquel momento, gracias a la amistad que me unía con Collado,  su futuro inmediato en España  estaba en mis manos. Curioso teje y maneje del destino. La cuestión es que  decidí no sembrar cizaña, limitándome a decirle al director que en efecto, ella era una actriz  muy estimada en Cuba. Y la reunión de aquel día  terminó mientras evitaba cualquier contacto personal con ella. Pero el pensar que tendría que compartir tiempo y escenario con Violeta me resultaba tan doloroso que llegué a considerar el despedirme del montaje. Para mi sorpresa eso no iba a ser necesario.
Al día siguiente, al llegar al ensayo, mi amigo el director, con una irónica sonrisa en los labios me preguntó qué le había hecho yo a mi "pobre compatriota” pues la susodicha Violeta nada más acabar la reunión del día anterior  le había dicho, llena de furia, que jamás volvería a trabajar con "esa", es decir, conmigo, y le instó a que escogiera entre las dos. "O ella o yo", así, sin más explicaciones. "¡Vaya  mujer tan loquita!", apostrofó Collado. Huelga decir que yo estrené la función y que a ella no volví a verla nunca.


 Las vacas comienzan a engordar.


jueves, 31 de mayo de 2012

Instantánea 31 - El lento renacer. (Primera parte.)



Aquel pequeño grupo de poetas, aquel regalo del Ateneo de Marianao, (en el cual llevaba ya bastante  tiempo ofreciendo representaciones de todo tipo), seguía reuniéndose cada semana.  por supuesto de forma clandestina.  Ora aquí, ora allá, como conspiradores errantes, empeñados en abatir a la Hydra de mil cabezas de la intolerancia blandiendo nuestros sonetos, nuestras odas o nuestras elegías. Aquellas eran nuestras armas de guerra. Siempre en guardia frente a algún ruido sospechoso que proviniera de la escalera, trepara por una ventana o se deslizara bajo la puerta del lugar donde nos encontráramos. Siempre con la adrenalina corriendo a chorros por nuestros cuerpos. Lo dicho, como auténticos conspiradores.

Seis éramos las personas que compartíamos esa “clandestinidad”; Roberto Cazorla, Julio Trujillo, Ana, una encantadora mujer de cuyo apellido, desgraciadamente, no logro acordarme, Teresita Fernández, Humberto Mitjans y yo. Carilda Oliver Labra, siendo matancera y ejerciendo allí el magisterio, a pesar de oficiar como nuestra madrina, poco podía acudir a estas reuniones.  Julio y Cazorla, actores, Teresita, cantautora, Ana también maestra, Mitjans, director de televisión y yo formábamos ese grupo de bardos. Con el tiempo comenzaron a estrechase esos lazos de amistad que el peligro compartido suele fortalecer. A todos conté mi caso un buen día y todos me ofrecieron una entrañable solidaridad. 

Empecé a dar largos paseos con Cazorla,  joven hecho de pura sensibilidad. Nos dirigíamos al malecón y allí sentados, tomados de la mano, nos dejábamos poseer por la belleza acuática de ese azul universo de vida y muerte.


Mis momentos con Julio eran distintos. Él, volcán de energía, analizaba furioso mi caso, intentado contagiarme su rabia ante la injusticia cometida contra mí.  Decía que mi alma necesitaba una espita por donde los malos humos pudiesen salir o acabaría convirtiéndome en una chimenea obstruida, es decir, que  explotaría. Con Ana se estableció una hermosa relación maternal. Muchas veces, sin motivo aparente, me abrazaba con los ojos llenos de húmedas estrellas. Teresita me dedicó una canción en la que convirtió mi tragedia en un cuento de hadas con final feliz. Ella no podía ver la vida de otra manera. En cuanto a Mitjans, siempre silencioso e introvertido, tan solo al despedirnos solía apoyar su mano sobre mi hombro con una efímera pero cálida   presión.

Mas sucedió que un día, tras nuestra semanal sesión de catarsis, aquel  hombre me pidió  una cita  privada pues, según él, tenía algo importante que decirme. Confieso que la inesperada solicitud me sobresaltó. Temí que ciertas proposiciones, a las que yo era  renuente, mancharan nuestra amistosa relación. Desde la pérdida de mi gran amor, Homero,  mi cuerpo se había mantenido tan virgen como destrozado estaba mi corazón.  Me sentía una vieja catedral derrumbada en cuyo altar jamás volvería a celebrarse una misa.  no No queriendo herir los  sentimientos de Mitjans, decidí aceptar la propuesta y, por lo cual, quedamos citados para el día siguiente en el parque del Río Almendares.

Aún ahora puedo sentir los temblores que recorrieron mi humanidad aquella tarde cuando, para mi sorpresa, lo vi acercarse  vistiendo el temido uniforme verde olivo, pistola en la cadera y paso militar. “Este es mi fin”, pensé, “ahora voy a pagar por mis pecados de amor. Desapareceré  dejando en la vida de mis padres un agujero de impotencia y dolor semejante al que por tanto tiempo ha absorbido mis energías.”

Ninguno de estos pensamientos debió reflejarse en mi rostro pues Mitjans, ya a mi lado, esbozando una algo incomoda sonrisa, pronunció unas palabras que fueron cayendo sobre mi como bendito rocío. “Nada debes temer de mí. Tu historia me ha conmovido y asombrado. Dentro de mi concepto de la justicia y mis ideas sobre la revolución no caben tamañas arbitrariedades. Durante un tiempo he dudado en intervenir entendiendo que al hacerlo descubriría mi secreto. Mi pertenencia al ejército rebelde. En mi  época estudiantil los esbirros de Batista torturaron y asesinaron a mi mejor amigo, lo cual me impulsó a unirme a los rebeldes en la Sierra del Escambray,  bajo las órdenes del comandante  Eloy Gutiérrez Menoyo."
Eloy Gutiérrez Menoyo
"Sé que el conocimiento de estos hechos haría que un grupo tan  antimilitarista como es el vuestro me rechazara y eso sería un terrible golpe para mí.  Yo tan solo deseo  rodearme del ambiente lírico que es mi verdadera pasión. Por lo cual te ruego que ocultes todo esto al resto de los compañeros. Dadas mis relaciones puedo indagar, en las altas esferas, qué sucede con tu veto. Todo es demasiado oscuro e impreciso. Si  te parece bien  de inmediato me encargo de remover toda esa mierda.” Dicho esto,  por unos segundos nos miramos en silencio, como en una foto fija, unos segundos acompañados por el fondo musical que componían los latidos de mi desaforado corazón y el murmullo de las hojas de los árboles que nos rodeaban.  Y de pronto el hombre se alejó con el mismo decidido paso militar que antes me llenara de terrores.
Unos días después, cuando nos reencontramos en  la  reunión de nuestro grupo poético, las primeras palabras que le dirigí fueron  aquellas “sí, quiero” que la sorpresa, en su momento, me había impedido articular. Por supuesto no había comentado en el grupo nada de lo ocurrido . La verdad era que no podía juzgarle por dejar que le deslumbrara una revolución que, en un principio,  había cegado a casi toda la isla. Ese hombre podía, sin duda, utilizar su pertenencia al sistema y su profesión de director de televisión para ayudarme y era conveniente mantenerlo cerca.  Bueno, si sus palabras eran sinceras. Cosa que mi intuición y la expresión que había visto en su rostro me inclinaban a creer. ¿Sería posible que esos dos años en la cárcel de mi aislamiento estuvieran a punto de convertirse en mi pasado? ¿O era aquello tan solo otra trampa de mi negro destino? Lo sabréis en el próximo capítulo.

 El lento renacer. (Segunda parte.)