jueves, 7 de junio de 2012

Instantánea 32 - El lento renacer. (Segunda parte.)


En uno de los balcones de
la sala Prometeo
En esos días de expectación, mientras aguardaba el “dictamen de mi caso”, una continua desazón enfermaba mis días y mis noches. Era posible que al remover la mierda, como había dicho Mitjans, la latente amenaza que se cernía sobre mí   saliera de su letargo y, sin más, me devorara. El gobierno no necesitaba demasiadas justificaciones para borrarme del mapa. Esas arbitrariedades eran de sobra conocidas. Por otra parte ardía en deseos de que alguien me explicara, de forma oficial, porqué una muchacha de 19 años había sido anatemizada solo por negarse a hacer una “declaración pública de repudio” contra el hombre que amaba y de cuya vida no conocía más que la parte artística y amorosa. Lo cierto es que aunque hubiese sabido que Homero era un disidente activo jamás habría permitido que me utilizaran como un arma política contra él, eso estaba tan claro como el agua. (Ver Instantánea 27. La Odisea), Él había sido hecho prisionero, acusado de “actividades contrarrevolucionarias”. Yo ni siquiera había sido interrogada por el temible G2. Y sin embargo mi veto laboral era obvio ya que nadie, a partir de entonces, me había llamado para trabajar. El rechazo de mis compañeros de CMQ fue evidente. Ni una llamada amistosa había recibido de ellos desde entonces, ni mucho menos una visita. Estaba aislada por completo de lo que había sido mi mundo. Sí, era el momento de “tomar al toro por los cuernos”.
Mis experiencias en el Ateneo, mis reuniones con el grupo de poetas habían sido como transfusiones de sangre valerosa. Y un día tuve la bendita idea de ir a un estreno en la sala Prometeo, ¡el primer espectáculo al que asistía desde hacía dos años!
  
Francisco Morín
Esa pequeña sala-teatro rebosaba del prestigio que su director, Francisco Morín, se había ganado a base de años de hacer buen teatro, teatro sin concesiones,  de enfrentamientos con la mediocridad  y de un antagonismo total hacia todo lo establecido. Se contaba que en el año 48, siendo director del grupo ADAD, en contra de la opinión en pleno de la directiva, había luchado con dientes y uñas para estrenar Electra Garrigó, del inmenso Virgilio Piñera, jugándose con ello su cargo y hasta sus amigos. Eso le valió, dentro del teatro y desde entonces, la fama de luchador empecinado y progresista.

La primera vez que mis pies se detuvieron frente a la sala Prometeo experimenté una avalancha de sensaciones. Subí la estrecha escalera que conducía al hall  como si toda mi vida hubiese estado esperando ese momento. Una vez arriba, los postreros rayos del  sol que   penetraban por los balcones, tiñendo mi cuerpo de oro viejo,  sumergiéndome en una eclosión de dorados y rojos tan irreales,  me parecieron premonitorios de bellas y luminosas cosas por venir. Y no me equivocaba. Ese mismo día conocí a personas que iban a ser de una importancia vital en mi vida.

José Triana
Lyda TrianaEn el hall estaban Pepe Triana, poeta y autor teatral, (Medea en el espejo, La noche de los asesinos), Lyda Triana, actriz llena de talento y belleza y Gladys Triana, pintora. Estupenda pintora y sobre todo mujer poseedora de una de las almas más generosas que he conocido en mi vida.  Ella fue quien me facilitó, en primer lugar, el acceso a la programación de aquella sala  y  posterioriormente al auténtico mundo de la intelectualidad cubana, aquel prolijo universo en el que los Triana se desenvolvían como peces en el agua. 
Gladys Triana

Esa misma tarde Gladys me presentó a Francisco Morín quién, de esa forma suya tan directa, me preguntó el porqué de mi actual ausencia del mundo teatral.  Con una espontaneidad poco frecuente en mí,  le conté la historia de mi veto y él, impactado por lo absurdo de la situación, obedeciendo a su innata rebeldía, me ofreció  el papel protagónico de su próxima obra, Tierra Baja, del autor catalán Ángel Guimerá. Estas fueron sus palabras en ese momento; mira muchachita, yo soy Francisco Morín, un hombre libre que no admite absurdas imposiciones. Ni en mi vida ni en mi profesión. Te llamaré muy pronto para empezar los ensayos.” 
Ensayo general de Tierra Baja. Sala Prometeo

Y ya estábamos ensayando Tierra Baja  Raúl Xigés, Jorge Martínez, Estela Padrón, Luisa María Güell, yo y varios actores más que completaban el amplio reparto, cuando un día, tras una de las reuniones de nuestro grupo de poetas, Mitjans me repitió con sigilo esas palabras, tengo algo importante que decirte, que tanto me habían conmocionado dos semanas antes. Así que quedamos en vernos, como la vez anterior,  en el Parque del Río Almendares. Sabía que  ese momento iba a ser trascendental para mí. Allí se decidiría mi futuro, se acabarían las incertidumbres y, para bien o para mal,  me enfrentaría cara a cara al monstruo que me había mantenido, con total iniquidad, dos años en un mundo de zozobra. Ni yo ni mi familia, a la que como es natural tenía al tanto de todo lo que estaba sucediendo, pudimos pegar ojo aquella noche. Los tres me presionaban para acudir conmigo a la cita y al fin conseguí que solo mi padre me acompañara, con la condición de que su presencia fuese invisible a los ojos de Mitjans. Le hice jurarme que, a menos que observase alguna actividad  alarmante, se mantendría alejado y en total anonimato.  Así que, aquella mañana, con mi padre  escondido entre los árboles como en una película de espías, sentada en el mismo banco que la vez anterior, esperé la llegada del “mensajero de mi destino”.

Nada más verle acercarse, vestido con el temible uniforme verde olivo, pistola al cinto, paso militar, pero en esta ocasión con una expresión  de evidente alegría en el rostro, todos los músculos de mi cuerpo se fueron “descontracturando” y los hermosos colores de la naturaleza que nos rodeaba comenzaron a cobrar ante mis ojos su verdadero fulgor. Era como si mi vida estuviese pasando de ser una película en blanco y negro a una en maravilloso tecnicolor. Y  estas fueron sus palabras. “He indagado en todas las fuentes que me ha sido posible. He mencionado tu nombre y tu problema a altos cargos políticos y ni a diestra ni a siniestra han podido darme una explicación. Nadie del gobierno  o de la policía parece saber de tu caso y en lo que se refiere a tu veto,  te aseguro que en ningún sitio figura constancia oficial de su existencia. Así que, dado lo kafkiano de la situación, he decidido que actuarás en mi programa  Intermezzo dentro de dos semanas. Veremos si alguien se atreve a hacer objeciones”.

¿Qué estaba pasando? ¿Tal vez las malignas erinias, aburridas ya de la monotonía de mi vida, se habían mudado? ¿Acaso los dragones que vigilaban mi mazmorra se habían jubilado? ¿Qué sucedería dentro de dos miércoles, cuando mi imagen, transportada por las ondas hertzianas, penetrara de nuevo en los hogares cubanos?

Pues, bien, llegó el miércoles de marras y salvo que hice el peor trabajo profesional de mi vida, atenazada como estaba por el miedo y los nervios, no pasó NADA. Tras la emisión en directo, Mitjans y yo permanecimos en el plató, ya vació, sentaditos en sendas sillas y con nuestros corazones palpitando al unísono, esperando una llamada de reprobación o alguna visita uniformada. Pero nada sucedió. Ni ese día ni en los sucesivos. Como si nunca hubiese existido en realidad aquel veto. ¿Sería tal el terror reinante en Cuba que las solas palabras de una odiosa mujer hubiesen causado esa avalancha de rechazos? ¿Que aquella frase   “¡tu presencia está prohibida aquí, gusana!” pronunciada tiempo atrás por Violeta Jiménez,* hubiese sido tan solo un acto de rencor personal, sin base oficial alguna? (Ver Instantánea 27. La Odisea.) ¿Hasta tal punto era corrosivo y paralizante el temor general que nadie  osó siquiera  hacer un intento por  llegar al fondo de aquel veto que había castrado mi vida? 
La cuestión fue que, gracias al coraje y la amistad de Humberto Mitjans, a partir de ese programa de prueba, me convertí  en personaje casi fijo de aquel hermoso Intermezzo que, con tanta sensibilidad, él dirigía.  

Poco después estrenaríamos, en la Sala Prometeo, Tierra baja, en una magnífica puesta en escena de Francisco Morín.
Y de esta manera estaba a punto de empezar para mí un fecundo año1963.




* No es la primera vez que narro mi terrible encontronazo con Violeta Jiménez ocurrido en Cuba en 1960, pero en esta ocasión voy a dar un salto hacia adelante en el tiempo para contar mi último encuentro con ella, ya en España, y en el año 1971.
Miguel Llao, Armando Soler y Violeta Jiménez.
Foto de la TV cubana, cortesía de J. Cueto-Roig

Tras mi exilio, el cual debido a mi nacimiento español   fue en realidad una repatriación, durante los primeros años en mi patria, solía trabajar a menudo con un prestigioso productor-director de teatro llamado Manolo Collado. El reencuentro con Violeta tuvo lugar durante el tercer montaje que iba a hacer con él, Romeo y Julieta, en el cual yo interpretaría a la señora Capuleto, madre de Julieta. El día antes de la primera reunión de compañía, el director y amigo me llamó con el fin de notificarme que tenía una sorpresa para mí. Iba a contratar a una actriz cubana, una "compatriota". Cuál no sería, en efecto, mi sorpresa cuando, al llegar al teatro,  me encontré frente a frente con aquel ser que había torturado mi vida: Violeta Jiménez. Collado me dijo entonces que estaba recién exiliada   y me pidió referencias de su trabajo en Cuba.
Durante unos segundos me debatí entre la repulsa que me provocaba el recuerdo de su comportamiento conmigo, su archiconocida actitud proselitista y radical en la isla, y lástima por la angustia que se dibujaba en sus  prematuramente envejecidas facciones. Pensé que era el remordimiento lo que nublaba sus ojos  y contraía los músculos de su cara. En aquel momento, gracias a la amistad que me unía con Collado,  su futuro inmediato en España  estaba en mis manos. Curioso teje y maneje del destino. La cuestión es que  decidí no sembrar cizaña, limitándome a decirle al director que en efecto, ella era una actriz  muy estimada en Cuba. Y la reunión de aquel día  terminó mientras evitaba cualquier contacto personal con ella. Pero el pensar que tendría que compartir tiempo y escenario con Violeta me resultaba tan doloroso que llegué a considerar el despedirme del montaje. Para mi sorpresa eso no iba a ser necesario.
Al día siguiente, al llegar al ensayo, mi amigo el director, con una irónica sonrisa en los labios me preguntó qué le había hecho yo a mi "pobre compatriota” pues la susodicha Violeta nada más acabar la reunión del día anterior  le había dicho, llena de furia, que jamás volvería a trabajar con "esa", es decir, conmigo, y le instó a que escogiera entre las dos. "O ella o yo", así, sin más explicaciones. "¡Vaya  mujer tan loquita!", apostrofó Collado. Huelga decir que yo estrené la función y que a ella no volví a verla nunca.


 Las vacas comienzan a engordar.


2 comentarios:

  1. Como siempre, fascinante. Esto es mejor que una novela de espionaje. Yolanda, TIENES QUE SACAR ESTE LIBRO... Es que hasta para una pelicula. Tu vas tan al grano, y tan sincera en todo que es como hablar contigo.

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  2. Yolanda Farr alcanzó el tamaño de mito en Cuba, pero nunca escuché nada sobre Violeta Jiménez. Y es la pura verdad.

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