sábado, 24 de marzo de 2012

Instantánea 21- Cuba en la década de los 50. (Segunda Parte.) Adolescencia.



Lucy y yo. 1956
Solo mis amigas Lucy, Mimi, Zoilita y Emilia lograron hacerme más soportable esa terrible época de la adolescencia. Tal vez porque las cinco éramos distintas al entorno generacional habíamos convertido nuestra amistad, tras un melodramático pero hermoso pacto de sangre, en una especie de bunker pentagonal, cada una de nosotras una firme pared, y en el cual nada externo o lesivo podía penetrar. Creíamos.
La primera que llegó a mi vida, al mudarnos a 5 y 12, Ampliación de Almendares, fue Lucy.  En aquellos días yo no sabía que existieran niñas de chocolate con ojos de miel, así que desde el primer momento que la vi me enamoré de ella. 9 años tenía yo y Lucy 8. ¡Cuántos años pasamos juntas, jugando, experimentando ilusiones, desengaños, sueños que se esfumaban y más tarde  esas heridas que la pubertad inflige y que intentábamos restañarnos mutuamente! Ella fue mi primera amiga en el exilio y del brazo recorrimos 18 años de la historia de Cuba, muchas veces a trompicones y puñetazos con la vida.
Yo era tímida y sensible. Aquella violación de la que había sido víctima en mi niñez española (de la cual tarde años en  poder hablar sin angustias), me había convertido en un ser renuente a los contactos físicos, fuesen estos del género que fuesen. Mientras mis amigas y compañeras conocían y aceptaban sus cuerpos, yo detestaba todos los síntomas de madurez que  iban surgiendo en mi.
Zoilita, Mimi y yo haciendo el tonto.
Año 1955
Mimi era avasalladora como el sol de la isla. Ella había nacido efervescente y sus burbujas alegraban la vida. Dios, cómo la quería cuando llegaba a mi casa, durante esas interminables horas que mi madre me tenía amarrada al piano, y entre zalamerías y tozudez, lograba arrancarme de aquella banqueta, venciendo la renuencia materna. Juntas volábamos entonces en su pequeño coche Hillman hacia esas cosas de quinceañeras que se habían convertido en osadas  y casi prohibidas aventuras a causa de la férrea disciplina a la que mis alemanas me tenían sometida. Fugaces y furtivos viajes a las  playas de Santa Fe o Santa María del Mar, que tan lejanas me parecían, asaltos gastronómicos a la barra del Woolworth en la calle Galiano, esa fábrica de elefantiásicos sándwiches y pirámides de helados y otras veces a  divertidos “drive inns” con sus suculentas hamburguesas
Woolworth. (Ten Cent Store)

Emilia, por el contrario, era un ser de extrema fragilidad y prácticamente enferma de introversión. Su espíritu lastimado, sabe Dios por qué heridas infantiles, la llevaba a aislarse de la gente. Sus grandes ojos negros, sus oscuros cabellos salpicados de canas desde la adolescencia, eran la imagen misma del sufrimiento. Sin embargo, a veces conseguíamos arrancarla de su mundo de soledad y, gracias a nuestros juegos y cotorreos, podíamos ver asomarse a sus pupilas  la niña que se había perdido en algún momento de su vida.



Zoilita era el retrato fiel de la primavera. Mientras mi cuerpo era poco más que un garabato formado por líneas rectas y largas el suyo, a los once años, ya prometía exuberancias y ella aceptaba esos obsequios sin mojigaterías ni complejos. Una limpia y floreciente sensualidad emanaba de ella de  forma contagiosa.
Zoilita y yo. 1955




Juntas las cinco hablábamos de lo humano y lo divino, por supuesto en diminutivo, y allí en el salón del chalet de Zoilita, casi pegado a mi casa, disfrutábamos oyendo  brotar música americana  de aquellos LPS que con tanto cuidado había que tratar. Pat Boone,  Los Platters o Ricky Nelson para embelesarnos y Fats Domino o el disco “Rock Around the Clock”, (el arrollador hit de Bill Halley and the Comets), para bailar hasta quedar exhaustas. Y un poco después llegó él, aquel torbellino de sexualidad que era Elvis Presley,  alborotando el gallinero mundial y convirtiéndose, como no, en nuestro ídolo. 



              Ricky Nelson                           Pat Boone                                Los Platters
              Fats Domino                            Bill Halley and the Comets                Elvis Presley  

Estas “bacanales” tenían lugar solamente durante los meses de vacaciones y algún que otro fin de semana. En esa casa pasé los momentos más auténticos de aquella época, observando desde el porche  las hojas caer en otoño, el cielo desplomarse en época de ciclones, las flores brotar en la omnipotente primavera o simplemente viendo el tráfico fluir. Y fue en ese fluir del tráfico donde intentó fraguarse mi primer romance.

          Dodge                  Cadillac                       Ford
Por la avenida 12,  desde ese privilegiado mirador que era el porche del chalet, veíamos transitar bajo el sol o la lluvia  granizaderos, con aquellos carritos  cuyo contenido era una polifonía de colores y sabores tentándote desde el interior de botellas de cristal, pasar  los tamaleros, cargando al hombro sus grandes latas portadoras de esas delicias de maíz, que, según rezaba su pregón, picaban o no picaban. O sea, "los tamalitos de Olga". Por esa amplia calle pasaban Chevrolets, Dodges, Cadillacs, Fords… Y pasaba la  guagua que iba hasta la Concha y que era el transporte obligatorio para desplazarme a mis clases de ballet. La línea 2 de mis tormentos.

Al volante de una de sus unidades iban unos hermosísimos ojos azules,  una pícara sonrisa y un pelo negro azabache y ensortijado, el cual su propietario dejaba asomar con generosidad bajo la gorra de su uniforme de guaguero. es decir, una réplica cubana  de Tony Curtis. Y de esa atractiva imagen se enamoraron todos y cada uno de mis 15 hambrientos años, con un “platonicismo” que no excluía enloquecidas palpitaciones o extraños calores que recorrían todo mi cuerpo y acababan concentrándose bajo mis braguitas. Sensaciones nunca experimentadas anteriormente y que hacían tambalearse mi ascetismo. Razón por la cual siempre evitaba coincidir con él en  mis viajes.


Mis amigas, al verme alternativamente enardecerme y languidecer al paso de mi galán y ante las indudables sonrisas que él me dirigía, decidieron actuar de “celestinas”.


Una  tarde me comunicaron que, habiendo establecido  a mis espaldas contacto con mi guagüero y tras hablarle de mi timidez y averiguar que su nombre era Segundo Díaz Delgado, (que curiosa es la memoria), habían concertado nuestra primera cita. El domingo, en su último viaje,   a las siete de la tarde y ya de recogida, yo subiría a su guagua y seguiría con él hasta las cocheras.
Fueron inútiles mis protestas. Las malditas aseguraron que, aunque fuese a empujones, ellas acabarían con mis fobias y con el “terrible problema” de haber cumplido quince años sin que un beso de amor hubiese  inaugurado mi boca. Y el domingo llegó.

Aunque parezca imposible, mi corazón había logrado sobrevivir tres días a 160 pulsaciones por minuto. Y sobre todo, había conseguido que los síntomas de mi “enfermedad” no fuesen detectados por mi familia. Y llegó la hora cero.




En la parada de la guagua, cuatro alebrestados lebreles acorralaban a una aterrada liebre con palabras como “es tu momento”, “el amor es maravilloso”, “arréglate la cola de caballo”, “ay, que ilusión”…Cuando finalmente  el vehículo se detuvo ante nosotras ocho manos me empujaron hacía adentro.

Entre eso, la excitación y la confusa luz del atardecer tropecé con el escalón de entrada, de tan tremebunda manera que sobre el asfalto quedó el tacón derecho  de mis únicos zapatos de fiesta y sobre el suelo de la guagua el garabato de mi cuerpo desparramado. Poco más recuerdo con claridad de ese bochornoso momento o del posterior viaje hasta las cocheras. Tan solo tengo memoria clara de una dicotomía de voces gritando en mi cerebro: “¡Yo me bajo en la próxima!”, “¡Ni lo sueñes, tú sigues hasta el final!”
Y el final llegó. O quizá debía decir el remate de mi catastrófica aventura.


Segundo aparcó en una recóndita, solitaria y oscura esquina del hangar. Las cálidas oleadas que hasta entonces me había provocado su lejana presencia, ante lo inminente de su proximidad se estaban convirtiendo en un frío polar que recorría mi columna y, paradójicamente, se convertía en fuego al llegar a mi cabeza.
Sentada en uno de los últimos asientos vi una figura que se acercaba, recortada contra la mortecina luz exterior, y que no debía exceder en más de medio metro la altura de los respaldos que la flanqueaban. Al  irse aproximando, un repelente olor a “grajo” me abofeteó. Y entonces, sin darme ocasión  a reaccionar, el hombrecito se arrojó sobre mí, introduciendo de súbito al menos 50 centímetros de lengua en mi aterrada boca y asfixiándome con un sabor mezcla de tabaco y ajo que revolvió mi estómago. Quise contener las nauseas, lo juro, pero los continuos trasteos de aquella lengua en mi cavidad bucal, esos manejos y prospecciones que intentaban en vano hacer con ello cómplice a la mía, acabó desencadenando lo inevitable. Un  chorro de vómito salió disparado de mi estómago, dejando su uniforme hecho un auténtico estercolero.


Él quedó totalmente paralizado. Yo, levantándome de un salto y soltando un absurdo “gracias” que debió de acabar de fundir sus meninges, me alejé por el estrecho pasillo que formaban las dos filas de asientos, caminando con toda la dignidad y el donaire que me permitía la falta de aquel tacón que, quizá intentando prevenirme, se había quedado en la acera de mi calle, negándose a ser testigo de tan lamentable experiencia.


Por supuesto esos grotescos momentos rompieron para siempre el hechizo entre mi guagüero y yo.  Sin duda no fue un buen inicio, para mí, en el mundo de la sexualidad pero cosas pasarían en el futuro que compensarían con creces ese fracaso.



NECROLÓGICAS.


Pepe Rubio
En estos últimos días han desaparecido dos de los pilares de nuestro maltrecho teatro español. El día 15 de marzo fallecía Pepe Rubio, entrañable actor conocido sobre todo por sus papeles de pillo y bribonzuelo. Comenzó su carrera a  finales de los 50, curiosamente gracias a los contactos que adquirió siendo botones en una productora. Su debut teatral fue en el Teatro Español pero la popularidad le vino en el 67 a consecuencia del gran éxito obtenido en la obra “Cómo Enseñar a un Sinvergüenza” con la cual triunfo en Madrid y en unas  giras por la península que duraron años. Su último trabajo en el teatro fue la segunda parte de aquel su gran éxito, “¿Qué fue del Sinvergüenza?” Nunca trabajé con él pero en nuestros esporádicos encuentros en estrenos y eventos  Pepe fue siempre el encantador y caballeroso hombre al que todas las actrices que con él compartieron escenario, adoraban.


Francisco Valladares
Francisco Valladares era un ser excepcional y lo afirmo no por eso de que “una vez muerto todos son flores”. Su voz que enamoraba, su gallardía, su sentido del compañerismo y la amistad hacían de él una persona especial. Su musicalidad, sus facultades actorales, su donaire escénico, lo convirtieron en una gran figura. Fue el primer rostro que vieron los televidentes en el año 1956, durante aquella inauguración de Televisión Española, emitida desde los estudios del Paseo de la Habana. Él era aquel apuesto joven que fungía como locutor de continuidad. Amplísima fue una carrera que cubría teatro clásico, televisión, recitales de poesía, thrillers,  musicales. 2,300 representaciones de “Mamá quiero ser Artista” con Concha Velasco. 2.500 de “Por la Calle de Alcalá”, con Esperanza Roy. “Víctor o Victoria” con Paloma San Basilio.

En el año 1998 sufrió un infarto que le alejó durante un tiempo de los escenarios, para desgracia de sus fans y amigos.

Hace cuatro años le fue diagnosticada una leucemia y la forma en que llevó su enfermedad y tratamiento fue una lección para todos. Al ser dado de alta todos creímos que la enfermedad estaba superada,  pero el mes pasado, en una de las periódicas revisiones, le detectaron una recaída. Recuerdo perfectamente sus palabras  durante una de nuestras frecuentes charlas  y ante el primer dictamen médico “Esta cabrona no podrá conmigo”. Y así fue. El día 17 de este mes Paco Valladares moría de una neumonía, dándole esquinazo a la leucemia que, al menos directamente,  no pudo vencer a la más hermosa voz del teatro en España.

(Retratos por cortesía de JESÚS ALCÁNTARA)


Próximo Capítulo. Cuba.Cabaret, Hotel Riviera. 



sábado, 17 de marzo de 2012

Instantánea 20 - Cuba en la década de los 50. (Primera Parte). La T.V.


Portada Revista Bohemia.
Navidades 1951
Desde nuestro arribo a Cuba, hacía ya tres años, para mí la primavera casi no se diferenciaba  del invierno. Las buganvillas, los jazmines, los “marpacíficos” o Hibiscus, esas flores que,   arrebujadas en los sedosos mantones de sus hojas, de pronto te sorprendían con una eclosión de colores y belleza,  en fin, todos estos arbustos, digo, estaban en diciembre casi tan preñados y fragantes como en primavera. Durante todo el año el sol calentaba el suelo y el ánimo, y tanto los totís como los sinsontes dejaban  sus intrincados bordados sobre el inigualable azul del cielo cubano. Las temperaturas de esa paradisíaca isla poco oscilaban  de estación en estación y el vasto jardín de mi abuela, con su pequeña capilla en el centro, presumía siempre de un verdor esplendoroso. Recuerdo bien que aquel invierno del 51, ese mes de diciembre, fue  para mí inusitado en todos los sentidos.



Las mellizas y yo. 1951


Decían los oriundos que  en el trienio de 1950 a 1953 la isla había gozado de un tiempo  benigno, incluso sin que alguno de esos ciclones, tan frecuentes en el Caribe,  nos amenazara ni  desde lejos. A consecuencia en la primavera del 53, la falta de lluvia abundante produjo una euforia de pólenes que maltrató las narices y los bronquios de muchas personas. Curiosamente este mal parecía afectar en especial a los miembros de la colonia norteamericana. Lo sé porque entre ellos  me desenvolvía desde que, recién cumplidos los 11 años, mi madre me había inscrito en la academia de ballet de Irma Hart Carrier. No es que aquella fuese la escuela idónea para mis sueños de convertirme en una “prima ballerina” pero estaba en Miramar, bastante asequible desde nuestro apartamento de 5 y 12, Ampliación de Almendares y sobre todo, era económica.

En el jardín de la abuela.1952

A decir verdad todo lo que conformaba mi mundo  estaba cercano  en aquellos días. El círculo en el que me desenvolvía abarcaba solo lo imprescindible para mi diario bregar, la academia Cima, mis clases de piano con la señorita Ofelia,  mis amigas Lucy, Miriam, Zoilita y Emilia, las clases de ballet, los cines Metropolitan y San Carlos y, en verano, la playa de La Concha y el Conney Island. ¿Para qué quería más? Poco tiempo después  aquel ámbito se amplió un poco  con el fin de incluir al “Little Theatre and Choral Sociaty of Havana” situado en Miramar.


Se trataba de un   pequeño pero  precioso teatro edificado por y para los americanos. Allí, un amplio grupo de amateurs representaba, con el rigor de profesionales, obras dramáticas, comedias muy actuales e incluso musicales.  Era en estos últimos en los que Mrs. Carrier aportaba su “amplio cuerpo de ballet”, el cual  se componía en realidad de tres chicos y cuatro chicas, sus alumnas más destacadas, entre las que estaba mi amiga Esther Tato, hija de la gran  cantante Esther Borja.

Yo (1ª por la Izquierda) en “Anything Goes” en el “Little Theatre”
Con el barítono José Le´Matt

Es indescriptible la emoción que me embargaba participando en grandes musicales como “Anything Goes”, “Oklahoma” o “Carrousel”. Al fin estaba de nuevo sobre el escenario, retomando la nunca olvidada vocación de artista. Cada día acudía a los ensayos con  absoluta devoción. Y no era solo en ese “Little Theatre”, donde actuaba el ballet de “Irma Hart Carrier Studio of Dance”. Llenos de ilusión (y en esas ocasiones, además remunerados),  llegamos a participar en varios programas de la incipiente televisión cubana.


Corta era sin duda la trayectoria televisiva cubana pues había sido el 24 de octubre de 1950 cuando saliera a las ondas, desde Unión Radio, Canal 4, la primera emisión oficial.  Esos estudios estaban, en un principio, ubicados en la casa de su promotor, Gaspar Pumarejo. He dicho “primera emisión OFICIAL” ya que  la gran María de los Ángeles Santana y su marido Julio Vega habían intentado la misma aventura en el ¡año 46!, llegando a emitir, tras ímprobos gastos y obstáculos, espectáculos musicales durante toda una semana.
María de los Ángeles Santana




En parte patrocinadas por la Cuban American Television estas emisiones se realizaban de 6  p.m. a 1 a.m. desde el Show Room de la agencia de autos Dodge y también desde el estudio-teatro de Radio Progreso en el Centro Gallego. Las imágenes era recibidas tan solo  por algunos equipos instalados en comercios  e importantes entidades habaneras. Parece ser que, debido a motivos económicos y zancadillas de las grandes empresas radiofónicas, el proyecto se paralizó. Amado Trinidad, propietario de la poderosa Cadena Azul, intentó persuadir a María de los Ángeles para que cejara en su empeño de introducir en Cuba ese “absurdo invento” y al no conseguirlo  llegó a rescindir su contrato con dicha cadena.
Carlos Prio Socarras




Aquella inauguración oficial del Canal 4 en el año 50 consistió en la retransmisión de una gran fiesta en los jardines del chalet de Pumarejo a la cual asistieron artistas extranjeros como Jorge Negrete y figuras cubanas como Raquel Revuelta y Carmen Montejo,  culminando el evento con un control remoto desde el Palacio Presidencial y unas palabras del entonces presidente de la República Carlos Prío.



Tan solo meses más tarde, en Radiocentro y bajo la dirección de Goar Mestre,  salía al aire ese Canal 6 en el que, años después, tendrían lugar cosas importantísimas para mí, tanto en lo profesional como en lo personal.


La televisión fue inventada por el físico británico John Logie Baird a mediados de la década de los veinte, pero tardaría años en ser de disfrute público. Me ha sorprendido descubrir, en medio de mis indagaciones, que Hitler, durante las olimpiadas de 1936, utilizó ya este sistema, mandando instalar 25 grandes pantallas por todo Berlín para que el pueblo disfrutara de los juegos. Terminados los mismos, el único canal que continuó en funcionamiento emitía tan solo  durante 90 minutos y tres veces por semana, como supondréis con fines propagandísticos y políticos. Esto duró hasta la total derrota del país en  1945. A partir de ese año la TV alemana dejó de trasmitir hasta mucho tiempo después.
             M. Bujones             A.González Rubio            V. Martínez

En Cuba ese aparato, que  en España llamamos “la caja tonta”, puso cara a grandes voces de la radio. Formidables actores como Minin Bujones, Alberto González Rubio, Velia Martínez, Alejandro Lugo, Lilia Lazo, Enrique Santiesteban, Gina Cabrera, Carlos Badías, Adela Escatín, Homero Gutiérrez, y tantos y tantos más,  penetraban en los hogares convirtiéndose, con esa hospitalidad tan cubana, en parte de las familias. Aunque en el 53 pocos eran aún los hogares que contaban con aparatos de televisión,  el problema se solía solventar compartiendo con vecinos menos afortunados el disfrute de determinadas emisiones, llegando a formarse auténticos y divertidos saraos en el salón de la casa anfitriona.  Como ya he dicho con anterioridad, esa hospitalidad tan cubana. Aquella Cuba en la que las puertas de los hogares se mantenían abiertas las 24 horas del día.

              L. Lazo                        E. Santiesteban                 G. Cabrera

Como era de esperar el teatro burlesco,  típico de la isla, ocupaba un importante espacio televisivo. Tres veces por semana se trasmitía un programa llamado El Teatro Polar, (patrocinado por la cerveza Polar), que protagonizaban  Garrido y Piñeiro, (Chicharito y Sopeira),  Candita Quintana y Alicia Rico. En esos días los televidentes podían gozar de las peripecias de entrañables personajes creados por estupendos artistas, Mimí Cal, Fanny Kauffman (“Vitola, la que se defiende sola”), “El viejito Bringuier”,  Manela Bustamante e Idalberto Delgado, (Cachucha y Ramón), es decir, una retahíla de seres divertidos que hacían las delicias de grandes y chicos. Ni en páginas enteras podría incluir los nombres de todos los que  deberían ser mencionados.

           M. Cal           Cachucha y Ramón           Vitola
Pero me es imposible no escribir sobre aquellos jóvenes y guapos actores, adoración de pepillas y menos pepillas, que batían record de audiencia radiofónica en el programa “De Fiesta con los Galanes”.  Con casi todos ellos, algo más adelante y habiéndome despojado del apellido Mariño e incorporado el de Farr, compartiría   platós y a veces escenarios: Jorge Félix, Rolandito Barral, Jorge Marx, Carlos Barba, Enrique Montaña, Enrique Almirante, Albertico Insúa, Carlos Alberto Badías… (Estos dos últimos víctimas de trágicos sucesos que narraré en su momento).

    E. Almirante.          J. Félix           C. Barba          A. Insua 

No puedo olvidar el día en que mi amiga del alma Lucy y yo, ebrias de loco  amor y adolescencia, con trece añitos, decidiéramos romper el pequeño círculo en que nos desenvolvíamos  para asistir a ese programa  que se emitía desde Radiocentro. A escondidas de nuestras familias, como auténticas prófugas, tomamos la guagua, por primera vez las dos solas, atravesamos el puente Almendares y, poco después, nos bajamos en L y 23 completamente aterradas. “¿Lo hacemos o no lo hacemos?” nos preguntábamos la una a la otra mientras formábamos parte de la larga cola de alborotadas muchachitas que esperaban para entrar en el estudio de Los galanes.




La cuestión es que en medio del “que sí, que no”, sin saber cómo, nos vimos empujadas hacia adentro por la juvenil turba. Nuestros corazones latían con desaforo cuando nos encontramos, sin saber como, en la primera fila de la audiencia. A nuestro alrededor  aullidos ensordecedores acompañaban la entrada a “escena” de cada uno de los actores. Entre la turbación y la admiración que nos embargaba no puedo recordar cuanto tiempo pasamos allí, embelesadas por tanto “adonis”.



Rolando Barral



Lo que sí se me quedó  grabado con nitidez   es la imagen de Rolandito Barral, micrófono en mano y frente a nosotras. "¿Y ustedes que nombre tienen, lindas?" nos preguntó acuclillándose y acercando la alcachofa a nuestras desarticuladas bocas. En ese momento,  Lucy y yo nos agarramos de la mano y, ante el estupor general, salimos huyendo como si el mismísimo diablo nos persiguiera, incapaces de sostener un “tú a tú” con una de nuestras ensoñaciones hecha carne y hueso,  aterradas de que nuestras familias descubrieran nuestra escapada, 



Lo más curioso fue que, en un futuro, mientras compartíamos trabajo, como damita y galancete, en una emisión de Historias Sherwin Williams, Rolandito me sorprendió asegurándome que recordaba  a las dos muchachitas que, tiempo atrás,  le habían dejado con  la palabra en la boca.



Y volviendo al comienzo de esta perorata, es decir, rebobinando hasta mis reflexiones iniciales. Esos primeros  tres años de mi vida en Cuba, de 1950 a 1953,  estuvieron plenos de experiencias.


Entre aquellas buganvillas  y jazmines que no cesaban de brotar, entre aquellas embriagadoras fragancias,  empezaron a ocurrir sobre mí cosas que me estremecían, cosas muy importantes. En mi cama, durante las noches, iluminada tan solo por las  luces de los astros  colándose por mi ventana, en el silencio de la dormida casa, PODIA OIR CRECER mis huesos, podía sentir despertarse y brotar, poco a poco, dos impertinentes cúmulos de carne sobre la hasta entonces planicie de mi pecho, podía sentir como emergían de mi pubis tímidos e inesperados vellos. Toda una serie de cosas que asustaban y a la vez excitaban. Una avalancha de sorpresas y descubrimientos  abatiéndose sobre aquel cuerpo impúber que se negaba a seguir siéndolo. ¡Qué desconcertantes años aquellos!


Próximo Capítulo. Cuba en la década de los 50. (Segunda Parte.)

sábado, 10 de marzo de 2012

Instantánea 19 - Alemania tras la guerra


La cuestión era que, mientras mi abuela Jenny y el Papa Pio XII mantenían “largas ” conferencias telepáticas, según ella afirmaba, en  países que habían estado ocupados   por los nazis  iban saliendo a la luz hechos escalofriantes. Cuando entraron los Aliados en Alemania y se fueron descubriendo los campos de concentración y las inimaginables atrocidades en ellos cometidas el mundo se estremeció.

Hornos crematorios en Dachau
Dachau, situado en Babiera, al norte de Berlín, construido en 1933 y ostentando el dudoso honor de haber sido el primero de su clase, al ser liberado por las tropas Aliadas en el 45, mostró al mundo que la capacidad de crueldad del nazismo fue infinita. Este era lo que se podría llamar un campo de concentración elitista pues estaba especializado en acoger a presos religiosos, políticos, intelectuales y miembros de la realeza. (Recordemos que no solo los judíos sufrieron en esa época persecución y muerte.) Allí estuvieron retenidos  miembros  de la familia Real de Babiera, la familia de los Duques de Hohenberg, el príncipe español Francisco José de Borbón-Parma y el príncipe Luis Fernando de Prusia.



Se cuenta algo muy curioso sobre este campo. Supuestamente un tal Malco, alquimista, convenció al temible Heinrich Himmler de la posibilidad de transformar los metales en oro y fue  allí donde se desarrollaron los experimentos, llegando a crear un Equipo Secreto de Alquimia.


También estaba el campo de Auschwitz, el cual en el año 41 hubo de abrir una sucursal por “overbooking”, Birkenau. En su crematorio  podían ser incinerados más de 24.000 cadáveres diarios…Me pregunto si Pio XII comentaría con mi abuela los horrores que allí vivieron, por ejemplo, Maximiliano Kolbe y Benedicta  de la Cruz, Carmelita Descalza, ambos posteriormente canonizados por la iglesia católica,  o el sacerdote Leny, mártir de Dachau y beatificado por Juan Pablo II.

Josef Mengele



Fue  en  Auschwitz donde Josef Menguele, doctor en antropología, se ganaría el sobrenombre de “El ángel de la muerte”. Menguele, herido en batalla con el grado de capitán e inhábil para la acción, fue nombrado “lagerartz”, es decir, médico de campo de concentración, y asignado a Auschwitz. Fueron tantos los crímenes cometidos “en aras de la ciencia” por este diabólico ser que ha pasado a la historia emulando  hasta las más febriles fantasías del Marqués de Sade. Los experimentos que allí se hacían con hombres, mujeres y niños están, sin duda, en el libro Guinness de la crueldad. Valgan estas palabras suyas, según declaración de un superviviente, para mostrar la maldad y el cinismo del personaje: “Cuando un niño  judío nace aquí no sé qué hacer con él. No puedo dejarle en libertad, pues no existen judíos libres y no sería humano separarle de su madre. Así que mando gasear juntos a la madre y a la criatura.” Menguele logró huir y residió en varios países latinoamericanos hasta que, en el año 1979,  se ahogó mientras nadaba en una paradisíaca playa de Brasil y en la más absoluta impunidad. Demasiadas veces la vida no es justa.



Muchos más eran los campos de exterminio por ejemplo Treblinka, Belzec, Sobidor.  Las personas allí  fallecidas por tifus, hambre, gaseadas o fusiladas sumaron cifras tan enormes que se convirtieron en incalculables.

Ante el conocimiento  de lo que en Alemania había estado sucediendo, (he de advertir que en España jamás se publicaron estas noticias), las Pfarry Sisters renegaban  de su patria, desconcertadas sobre todo por la actitud impasible de sus compatriotas frente a tamaños horrores.


Definitivamente esos primeros años en Cuba, del 1950 al 1952, no fueron en absoluto propicios para mi familia y tampoco para una parte del mundo.



Los Rosenberg.
En marzo del 50 se había  producido en USA el sonado  juicio del matrimonio Rosenberg, acusados de espionaje a favor de La Unión Soviética y los cuales, pese a las múltiples y mundiales peticiones de clemencia, fueron ejecutados en 1953.


En junio la invasión de Corea del Sur, llevada a cabo  por Corea del Norte, desencadenó una guerra  que dejó una profunda herida en el pueblo norteamericano.
Eva Perón con Franco,
detrás Carmen Polo de Franco


En el 51 Perón era reelegido  presidente de Argentina. Su esposa, la famosa Eva Duarte de Perón, esa emblemática mujer que removió hasta los cimientos de España en su visita del 1947, fallecería de cáncer dos años más tarde.


En el 52, presidiendo la nación Dwight D. Eisenhower, los EE.UU. probaron la primera  bomba de hidrógeno sobre el atolón de las Islas Marshall. Durante fracciones de segundos, la temperatura alcanzada en la zona cero tras la explosión fue de 15 millones de grados, es decir la  que posee el núcleo del sol.

Chaplin y familia abordo del
Queen Elizabeth

 


En ese mismo año, ya a bordo del trasatlántico Queen Elizabeth e intentando iniciar un viaje de placer, Charles Chaplin y su familia fueron desembarcados y detenidos por orden del Fiscal General de EEUU, acusándolo de pertenecer al partido comunista. Tras infinitas vicisitudes Chaplin decidió abandonar el país y prometió públicamente no volver jamás. Promesa que solo incumplió cuando, en 1971, le fue entregado en Hollywood un Oscar honorífico.


En el 50 se estrenaban dos films, uno japonés y otro norteamericano,  que iban a quedar para la posteridad. “Eva al Desnudo”, bajo la dirección de Joseph L. Mankiewicz, protagonizada por Bette Davis y Anne Baxter. Esta película recibió 6 Oscar, entre ellos el de mejor actor secundario para George Sanders. En el Marilyn Monroe hacía uno de sus primeros papeles destacados. La segunda era  “Rashomon”, premio a la mejor película de habla no inglesa, dirigida por Akira Kurosawa y protagonizada por Toshiro Mifune y Machiko Kyo.

                       Eva al Desnudo                                                Rashomon


En el 51 que exibiría “La Reina de África”, de John Huston, con dos maduros pero geniales Katharine Hepburn y Humphrey Bogart, al que se le entregó un Oscar por su trabajo  y “Un Tranvía Llamado Deseo”, dirigida por Elia Kazan y en el cual sus principales protagonistas, Marlon Brando y Vivien Leigh, realizaban una labor imposible de olvidar. Vivien Leigh fue galardonada con el Oscar.

Cyd Charisse y Gene Kelly
Yolanda Farr y Paco Grimón


Aquel mismo año la industria cinematográfica americana lanzaba al mercado una de las más valiosas joyas del cine musical, “Cantando Bajo la Lluvia”, bajo la batuta de Stanley Donen y protagonizada por Gene Kelly,  Donald O´Connor, Debbie Reynolds y la aparición de Cyd Charisse en un espléndido número musical. Por cierto, ese momento fue uno de los homenajes que  hice al cine en mi espectáculo “Imágenes”, una vez en España y durante el año 1984. De ese show daré detalles bastante más adelante.


Fulgencio Batista.

En Cuba, en 1952, Fulgencio Batista, que ya había sido elegido presidente en 1940, era  de nuevo candidato. A escasos cuatro meses de las elecciones, sabiendo que ocupaba el tercer lugar en las encuestas, dio un golpe de estado, usurpando la presidencia al legítimamente elegido Carlos Prío Socarras. Se dice que la corrupción política campaba por sus respetos durante el mandato de Prío pero para mí y mi familia, recién liberados de la dictadura de Francisco Franco y de los horrores de la guerra y de la posguerra,  en esos momentos Cuba era un dechado de paz, prosperidad y alegría. Bastante teníamos con nuestra angustiosa situación laboral y económica para ocuparnos de los intríngulis de la política.


Las Pfarry Sisters



Poco después de nuestra llegada a la isla las Pfarry Sisters intentaron reverdecer sus laureles. Se tomaron unas fotos con Narcy,  se hicieron algo de vestuario y se lanzaron a la búsqueda de aquellos amigos empresarios que en tanta estima les habían tenido años atrás. Búsqueda inútil. Los que no habían muerto o dejado la profesión, estaban en “otra onda”. Cuba había cambiado. El mundo había cambiado. Los gustos del público habían cambiado y aquellas exquisitas danzas de salón que fueron el gran  triunfo de las mellizas ya no interesaban.  Consiguieron algunas actuaciones en el teatro Payret, pocas pero las suficientes para comprobar que su momento había pasado. Mi padre, por su parte, tan solo  lograba eventuales trabajos de contabilidad en pequeñas empresas.


Mi imagen  en 1952


Y la niña seguía creciendo y el vasto plan de estudios que la familia tenía planeado para ella costaba un dinero que consideraban una  ineludible inversión para el futuro. Así que, haciendo con el orgullo  tragables pelotitas de gofio, (las cuales a veces se les atascaban dolorosamente en la glotis), fue necesario solicitar la ayuda del matrimonio Orozco-Yeck, mis “abuelos”, los pudientes dueños del  Shanghai. Como miserable resultado mi padre se  convirtió en taquillero del teatro. Pero meses más tarde, gracias a su  disposición para los números, lo elevaron a  gerente. Todo esto con sueldos de miseria, el desagrado de las alemanas y la frustración del gallego.  Pero gracias a estos sacrificios  pude iniciar mis estudios en la academia bilingüe Cima y tomar, en el conservatorio Falcón, esas clases de música que tan útiles me serían en una negra etapa de mi vida.


Próximo Capítulo. Cuba en la década de los 50. (Primera parte).















viernes, 2 de marzo de 2012

Instantánea 18 - El Shanghai. Un teatro muy especial (Segunda parte)





En los comienzos de 1950 y a las 10 de la mañana, la calle Zanja era una delicia, una alarde de exotismo. Tentadores olores brotaban de los restaurantes donde ya  se comenzaban a preparar los aromáticos platos de la rica cocina asiática, chop sui, lo mein,  wanton mee… También embriagaba la fragancia a naranjas frescas que surgía de los carritos donde un ingenioso artilugio, gira que te gira, iba convirtiendo sus mondaduras en perfectas serpentinas de las que emanaban promesas  de jugoso deleite. “¡Nalanjas de la China! ¡A la lica nalanja!".



Era esa calle una fantasía visual de pequeñas chinitas, siempre sonrientes, siempre diligentes, con sus multicolores qipaos o cheongsam, moviéndose con esos diminutos pasos que parecían incapaces de llevarlas a sitio alguno, cargando cestas rebosantes de  verduras destinadas a convertirse en apetitosos guisos. Y también estaban ellos, con sus camisolas muy blancas y sus pantalones negros, su larga trenza, tan educados y caballerosos, inclinando suavemente la cabeza ante quien se cruzara en su camino, fuese blanco, negro o coterráneo.


Al menos esa era la matutina Zanja de la que mi madre y yo disfrutábamos en nuestro trayecto desde Galiano hasta la morada de mi  anciano piano vertical: el “Teatro Shanghai”. Nada que ver con la tenebrosa  y pecadora Zanja de las noches habaneras. 


Aunque nunca volvió a repetirse lo del ensayo, aquel lugar aún me guardaba impactantes sorpresas.

El tercer piso, llamado coloquialmente “gallinero”, estaba cerrado al público y el tramo de escalera que lo precedía era vigilado, durante las funciones, por un fornido hombretón dedicado a impedir todo acceso al mismo . Desde el patio de butacas, sobre todo durante el día, se podían observar  las oscuras cortinas que cubrían aquella última balconada, obstaculizando cualquier visión al interior. Esa misteriosa ocultación  llegó a ser demasiado para mi curiosidad infantil. Así que, aprovechando que nunca había visto en mis mañanas "pianísticas" rastro alguno de mi abuela o su marido, amparándome en la ausencia momentánea de mi “guardiana” y en la total soledad imperante, decidí un día escabullirme hacia las escalinatas y desvelar  aquel misterio. La suerte me acompañó en la aventura y llegué sin percances al cortinón que cerraba el último tramo de escaleras. Cuál no sería mi sorpresa al descorrerlo y hallarme frente a frente con una serie de estatuas, tamaño natural, de vírgenes y santos.

         San Lázaro                            Virgen de las Mercedes                  Santa Bárbara
Ante mis ojos aparecieron una Santa Bárbara, un San Lázaro el Pobre, una Virgen de las Mercedes que excedían en mucho mi tamaño y que me miraban como  reprochando mi intrusismo. Esas figuras, y varias más que yo no reconocía, llenaban aquel espacio en forma de herradura. Y en el centro de ese semicírculo había un pequeño altar cubierto por el primoroso tapete de blonda que habíamos traído de España como regalo para mi abuela.



Sobre él reposaban varios vasos de agua y algunas figurillas, inidentificables para mí.  Llena de sorpresa, de pie frente a la Virgen de las Mercedes recordé de pronto aquella caja de madera de dos metros por uno y medio que había viajado con nosotros en el Vapor Habana y  cuyo contenido me había sido un día revelado; “Hijita, traíamos una virgen de las Mercedes que tu abuela nos encargó le compráramos  en España”. (Ver Instantánea 16).  Recuerdo que al instante de ver la hermosa talla pensé, “así que aquí está, frente a mí, otra española inmigrante, seguramente sintiéndose tan perdida y desplazada como yo”. No sospechaba que, al igual que sus compañeros de estancia, mi compatriota  había sido rebautizada. Ella era, desde su “nacionalización Yoruba”, Obatalá,  San Lázaro el leproso era Babalú Ayé, Santa Bárbara era Changó y algunas de esas grandes figuras que yo no  reconocía eran La Caridad del Cobre, patrona de Cuba e identificada por la santería como Oshún y La Virgen de Regla, o Yemayá.

La Caridad del Cobre

La santería es una creencia religiosa surgida de un sincretismo de elementos europeos y africanos. Los negros esclavos, los yorubas,  a los que pronto se conoció como lucumíes por su saludo, “o lu ku mi”, que quería decir  “mi amigo”,  tenían prohibido por los amos ejercer su religión así que decidieron amalgamar a sus santos con los católicos. En la santería existe una sola fuerza universal a la que llaman Olodumare, equivalente a nuestro Dios. Luego están los Orishas, deidades que rigen los diversos aspectos del mundo.

La señora Jenny Jeck de Orozco era nada más y nada menos que una “babalosha”, es decir, una santera con ahijados consagrados. ¡Un alto cargo! En el lugar que acababa de descubrir  se hacían misas de sanación y se pretendía contactar con parientes muertos.  Es lo que ahora conozco de esa religión y de aquella “iglesia”. Pero en un principio toda esa parafernalia me parecía  algo maléfico y hasta diabólico.

También había en el salón un gran cuadro del Papa Pío XII, quién, a pesar de no estar aún muerto, convivía con los  rebautizados santos católicos.  Según mi abuela Pio XII era su alma gemela y con él sostenía, ella aseguraba, largas charlas diarias. Telepáticas, supongo.

Papa Pio XII

Este Pontífice ha sido un personaje controvertido. En 1941,  el New York Times le dedicaba su editorial de las navidades, elogiándolo por su declaración de estar contra el hitlerismo. Acérrimo anticomunista, al  finalizar la segunda guerra mundial Pío XII se volvió exageradamente intransigente. Él fue quién, en el 49, ordenó nada menos que excomulgar a todos los comunistas “pasados, presentes y futuros”, como ya he mencionado en una de mis narraciones anteriores.  Más tarde, en el año 53, firmó con el dictador Francisco Franco un concordato que dio origen al llamado “Nacional-catolicismo” español, convirtiendo así a la Iglesia en una institución omnipotente e intocable en España. Lo mismo hizo en una República Dominicana que estaba en esos momentos bajo otra férrea dictadura; la de Rafaél Leónidas Trujillo.


A la muerte de Pío XII, algunos de los mismos judíos que durante la guerra le habían agradecido públicamente actitudes  que parecían solidarias, se volvieron en su contra.   Tras una ardua investigación, el Estado de Israel le acusó de haber archivado, en 1939, una carta contra el antisemitismo y el racismo que su predecesor había dejado  preparada para que se hiciera pública. Y no fueron estos los únicos cargos que le imputaron. Fue también acusado, tanto de no haber elevado protesta verbal ni escrita contra el asesinato de judíos como de haberse negado a firmar, en el 42, una declaración de los Aliados que condenaba el intento de exterminación de los judíos. Así de confusa fue la actitud de este Papa. Y es que así de contradictorio y confuso tenía que ser ese individuo para convertirse en el favorito, en el “alma gemela” de mi señora abuela. Pío XII falleció en 1958.

Pero volvamos al tan especial Teatro Shangai. Pasado algún tiempo de mi último descubrimiento, es decir, de aquel “gallinero” que  mi familia calificó como una "iglesia diferente", así, sin más explicaciones, tal y como solía hacerse en esos tiempos con los niños, uno nuevo  me llenó de sobresalto.

Una de esas mañanas en las que, sentada frente al piano, la inspiración y la disciplina habían decidido abandonarme, el diablillo de la curiosidad volvió a picarme. Pensé que hacía demasiado tiempo que no me embriagaba con el olor a maquillaje y polvo que llenaba los camerinos, con la excitante visión de esos desordenados trajes y zapatos que guardaban golosamente, de noche a noche, los recuerdos de aplausos y bravos. Así que, envalentonada por el éxito de mi anterior aventura, me dirigí al foso donde se encontraban los vestidores. Una por una fui abriendo puertas que me retrotraían a mis días teatrales en España, encontrando tras una, un sinfín de gasas, tules y volantes, tras otra, braguitas y sostenes de pedrería y lentejuelas, en el de más allá esmóquines, sombreros y multicolores pantalones y en el que  pertenecía a la orquesta, trompetas, saxofones, maracas y bongoes…Todo un festín visual haciéndome regresar a  un mundo que durante años había sido el único para mi.

Pero al abrir la última puerta una violenta ráfaga de desconcierto me zarandeó. Tan solo unas sillas, algunos juguetes y pañales tendidos a secar  ocupaban aquel recinto y una mezcla   de olor a  leche, caca,  orina y talco agredió  mis fosas nasales. ¡Sin duda allí habían estado, en tiempos cercanos, niños! En mi calenturienta imaginación surgieron imágenes de bebés secuestrados e inmolados  en honor a alguna satánica deidad, a alguna de aquellas inidentificables y oscuras figuras que yacían sobre el blanco mantel de blonda que habíamos regalado a la abuela. Ante estos espantosos pensamientos salí despavorida del lugar, subí a trompicones los escalones que me llevaban al patio de butacas y esperé a mi madre, acurrucada y aterrada junto al piano. Al llegar  Dora a buscarme y contarle entre sollozos mi hallazgo, la explicación que entre risas me dio fue mucho más explícita de lo habitual. “Yolandita, varias de las mujeres que aquí trabajan cada noche tienen hijos pequeños y nadie con quien dejarlos. Esa es la habitación habilitada para que puedan estar los niños,  acompañados por alguna de las abuelas, mientras las madres están en escena.” Ante la aplastante lógica de estas palabras no me quedó más remedio que pedir perdón con el pensamiento a Frau Jenny Jeck de Orozco y liberarla, de momento,  del apodo de Bruja Mala que yo le había impuesto desde aquella cruel encerrona a la que me había sometido   a los pocos días de llegar  la familia Mariño-Pfarr a Cuba. (Instantánea 16. Cuba y las sorpresas.)



Sintetizando: en el “gallinero” del Shangai, mientras el burlesco, los desnudos y las películas porno alborotaban la sala,  hermosas figuras de santos aguardaban las mañanas de los  fines de semana. Era entonces cuando  ante ellas se celebraban misas espirituales, invocaciones a difuntos, limpiezas y toda la parafernalia que rodea a esos ritos propios de la santería. Aquella era la auténtica utilidad que se daba al misterioso y encortinado tercer piso del anfiteatro. ¡Aunque muchos lo supusieran una especie de mueblé, un lugar donde las artistas, tras las funciones,  engrosaban sus estipendios con servicios personales! Y para colmo en el foso de ese teatro, en un “Kirdergarten”  lleno de risas y juegos, los hijos de las sicalípticas pero amorosas madres esperaban, bien cuidaditos, a que ellas  acabaran sus labores. ¡Sorpresas, sorpresas!
En fin, esta eera la “cruz” de la “cara”,  el anverso y el reverso del famoso Teatro Shanghai de La Habana.

P:D:
He aquí la Puerta de los Dragones, la nueva entrada a la calle Zanja, un regalo que le hizo  la República Popular China a Cuba a finales de 1990. Sin admitir comparación con las suntuosas  entradas a barrios chinos de otros lugares del mundo sí tiene ésta una peculiaridad;  al traspasarla se pueden observar viandantes de cualquier nacionalidad menos chinos. Prácticamente todos los asiáticos que allí regentaban negocios y  moraban, abandonaron Cuba tras el triunfo de la revolución.  Es decir, que realmente la isla tiene un barrio chino casi carente de chinos.
 
Próximo capítulo. Alemania tras la guerra.