sábado, 20 de abril de 2013

Instantánea 72 - El primer desgarro definitivo.





Foto Jesús Alcántara
Qué hallazgo magnífico fue conocer a Víctor Andrés Catena, el hombre que dirigió Se infiel y no mires con quién,  éxito clamoroso que en agosto del 72 estrenamos en el teatro Maravillas. El título era una burda pero comercial adaptación del que los ingleses, Cooney y Chapman, habían dado a su delicioso vodevil Not know, Darling. Nuestros empresarios invitaron a estos autores  al estreno de la función y  quedaron encantados con la versión española, hecha por Artime y Azpilicueta. Como buenos comerciantes, intuyendo el éxito que su obra tendría en España, no pusieron ni una pega al montaje o a una adaptación  cuyos textos, naturalmente, no entendían en absoluto. Los pocos días que estuvieron en Madrid, al igual que otras tantas veces a lo largo de mi vida, hube de ser yo quien realizara la traducción simultánea, pues, como ya he comentado con anterioridad, escasísimas personas hablaban aquí el idioma de Shakespeare.  Aquello no fue ningún engorro pues ambos autores eran encantadores y amantes del “typical spanish”. (Frase creada por el político Fraga y que siempre me ha mosqueado.)

Pero volveré a Catena. El primer encuentro con él solía ser algo chocante. Pequeño y regordete, mayor, con una voz de “tenorino” y un constante e irónico sentido de un humor muy andaluz, la gente tendía a subvalorarle. Por el contrario yo, desde que durante la primera reunión de compañía escuché su memorable discurso de presentación, comprendí que había encontrado un alma gemela. Estas fueron sus palabras: “compañeros, no os preocupéis que no vengo a dirigir actores. Ya sabéis que desde hace tiempo  solo me contrato para dirigir el tráfico”. Víctor quería decir con eso que él se dedicaría tan solo a marcar las entradas, salidas, el ritmo y nuestro  movimiento escénico, cosa que hizo con destreza. Tras esas palabras los varios divos que había en la compañía quedaron  tranquilos y encantados. Incluyéndome a mí, aunque por motivos bien diferentes. Al oír su afirmación intuí que mucho más se escondía dentro de esa humildad  rezumante de  sutil ironía. Como se demostró durante los ensayos.

Víctor Andrés Catena
En el transcurso de uno  de ellos, tras haberle repetido varias veces una indicación de movimiento a nuestra primera actriz, Licia Calderón, con la cual sin duda  la actriz no estaba de acuerdo, ya que no le hacía ni "repajolero" caso,  Víctor, en el más tierno de los tonos le dijo; “mira, preciosa, te lo voy a repetir muy despacio, pues empiezo a darme cuenta de que eres rubia natural”. En otra ocasión, le dijo a Romero Godoy, actor argentino, “¿ves esa percha que hay a tu izquierda? La he mandado poner ahí para que cuando entres a escena cuelgues en ella tu bombín, tu bastón y tu acento.” Otra de sus salidas que no olvidaré fue la que tuvo  un día con el protagonista de la obra, Pedro Osinaga, famosísimo actor polifacético; “Pedro, cariño”, le dijo, “luego pasaré por tu camerino para que me des las correcciones”. Ironías  de tal sutileza que a veces ni siquiera eran comprendidas.

Con el pasar del tiempo y el afianzarse de nuestra amistad supe que Catena había sido, en los años cincuenta, quién hizo llegar  las vanguardias culturales europeas a su Granada natal, atreviéndose  a representar  autores prohibidos por la dictadura como Alberti, León Felipe o Pablo Neruda. Sometido en su terruño a toda clase de rechazos y presiones, debidos tanto a sus ideas progresistas como a sus tendencias sexuales, a principios de los 60 había “emigrado” a Madrid, haciéndose al tiempo la promesa de no volver a meterse en problemas políticos. En ese momento nació el Víctor Andrés Catena que la profesión madrileña conocía, director de comedias insustanciales y enemigo de tertulias y fiestas. Así que el teatro de la capital se perdió el gran bagaje cultural de aquel pequeño, muchas veces sarcástico  pero siempre maravilloso ser humano.


Licia, Pedro y yo el día del estreno.
Foto Gyenes
En cuanto a mi relación profesional con Pedro Osinaga, con fama de divo insoportable, no pudo ser más grata. Tras mi experiencia anterior con Lola Herrera y Manuel Tejada, me había temido lo peor pero quedé  sorprendida ante su amabilidad y compañerismo. Durante los casi dos años que estuve en la compañía ni una sola queja tuve de él. y estaba claro que ni él mía.


Con Licia Calderón no tuve relación alguna, ni buena ni mala. Ella era muy suya. Bueno,  suya, de sus dos caniches blancos, a los cuales llevaba a todas partes, y del que en esos momentos aún era su amante, el actor y director Jesús Puente. Años más tarde contraerían matrimonio. Licia era una hermosa mujer de la cual emanaba una frialdad distanciadora.


Pepe Sacristán, en medio de aquella dictadura franquista que yo había bautizado como “dictablanda”, proclamaba libremente ser un comunista convencido. Sus ideas políticas habían provocado en un principio algunos enfrentamientos entre nosotros, eso sí, de una manera muy educada. Yo intentaba abrir sus ojos a una realidad cubana que él estaba empeñado en ignorar. Como tanta otra gente. La cuestión es que, a causa de eso,  solía llamarme “gusanita”, lo cual, dicho siempre en tono “apastelado”, resultaba tan solo un inocente intento de coqueteo.

Julia Caba Alba, miembro de una larga y prestigiosa dinastía teatral, era, aparte de estupenda actriz, un ser entrañable y la tía de tres actores que yo admiré toda la vida; Julia, Irene y Emilio Gutiérrez Caba. En mis ausencias de escena, que afortunadamente coincidían con las suyas, mi mayor placer era ir a su camerino y sonsacarle historias de aquel brillante pasado  teatral que ella y su familia habían colaborado  en gran medida a crear.

Pepe Cerro, José Santamaría, Manuel Salguero,
yo, Julia Caba Alba, Licia Calderón,
Paquita Villalba, Pedro Osinaga y Bárbara Lys

En fin que, incluidas las simpáticas y bellas Bárbara Lys y Paquita Villalba, Manuel Salguero y el argentino Romero Godoy,  formábamos  lo más parecido a una familia.

Meses después del estreno Pepe Sacristán y Romero Godoy quisieron dejar la compañía y fueron sustituidos por  Pepe Cerro y José Santamaría. Sacristán había recibido una oferta teatral que le interesaba más y Godoy decidió regresar a su patria, Argentina.

Mis ilusionados planes para las navidades de 1972, consistían en pedir permiso para que mi familia subiera a escena y celebrara con nosotros y con el público el 31 de diciembre. Mi intención era obsequiar a las Pfarry Sisters con la emoción de volver a pisar un escenario, de volver a sentir el calor del público, de participar los cinco juntos, por supuesto Jesús incluido, de ese divertido rito de serpentinas y champán con el que, como ya informé en otro capítulo, espectadores y artistas aguardábamos el sonido  de las  esperanzadoras doce campanadas de fin de año. 

Cómo iba a suponer que un rayo hendiría de tal manera el árbol familiar que ya nunca más sus hojas recuperarían totalmente el pujante verdor. 

En los últimos días  de septiembre moría mi querida tía Jenny, esa que había sido tan madre para mí como mi madre genética, el platónico amor de mi padre, la inseparable melliza de mamá, la mitad más etérea de las Pfarry Sisters. Debíamos haber adivinado que su tierna fragilidad no resistiría mucho tiempo los embates de la vida pero el amor te vuelve ciego, sobre todo ante esas cosas de la muerte. Una mañana amaneció con “un pequeño ictus ya superado”, según palabras del médico. La siguiente semana tuvo otro ictus que al cabo de un par de días parecía también superado.  Según afirmó el médico. A la tercera semana, con una hemiplejia que rompía el corazón,  tras recorrer varios hospitales de Madrid en una ambulancia alquilada, tras ser rechazada hasta en La Cruz Roja con el pretexto de que su problema no era de ingreso, al llegar al hospital Francisco Franco pedí que su camilla fuese bajada, y a voz en grito hice el solemne juramento de no moverme de esa puerta hasta que mi Jenny fuese atendida e ingresada. No sé si por miedo al escándalo o porque toqué alguna fibra sensible, mi tía fue admitida casi con el tiempo justo para que yo pudiese llegar a la función de la tarde del Se infiel y no mires con quién. Así estaba en aquellos años el sistema sanitario del país. Aunque yo llevaba un par de años cotizando a la Seguridad Social, según las leyes tan solo el titular tenía derecho a asistencia médica. Es decir que ni siquiera mi madre o mi padre estaban cubiertos.

Durante el tiempo que estuvo ingresada, cada día antes de acudir al teatro, Jésus y yo nos pasábamos por el hospital para darle de comer, para acicalarla, para que nuestro amor y apoyo la ayudara a superar la tremenda depresión en la que la sumía una total consciencia de su estado. Yo cepillaba su suave cabello rubio, masajeaba sus blancos pies que, a consecuencia de la falta de ejercicio, se iban llenando de azules ríos de sangre estancada. Una tarde, justo a la hora en que yo debía salir hacia el teatro, entró en una especie de crisis de ansiedad. El médico me dijo que no debía preocuparme pues sus constantes vitales eran buenas y que saldría sin problemas de ese estado. De cualquier modo Jesús se quedó con ella para que supiera que, a pesar de la  ausencia a la que la terrible esclavitud de mi trabajo me obligaba, estaba y siempre estaría acompañada.

Jenny Pfarr, mi adorada tía
Aquel día,  el cual quisiera no  recordar, entre función y función, me avisaron que en taquilla tenían para mí un recado de Jesús: mi tía había muerto. Entonces comprendí el porqué de aquel ataque de ansiedad del que había sido víctima justo al despedirnos: ella sabía que no volveríamos a vernos. Jenny, sin capacidad para comunicarse con palabras, había intentado de esa manera avisarme que debía quedarme a su lado,  que estaba a punto de romperse el entrañable lazo físico y espiritual que siempre nos había unido y que era necesario que mis manos sujetasen los cabos para que su alma no se perdiera en el oscuro laberinto de la muerte. Yo no supe entenderlo. Yo no estuve a su lado. Yo nunca me lo perdonaré.

El golpe que sufrieron mi madre y mi padre fue inenarrable. Es decir, que no puedo ni intentar describirlo.

Cuando llegó el fin de año de 1972 sobre el escenario del teatro Maravillas,  las doce uvas que había planeado como las más felices de nuestra existencia, fueron doce gotas de hiel derramándose sobre nuestros corazones, sangrantes a causa de aquel desgarro definitivo.

Próximo capítulo:  Increiblemente, la vida sigue.

3 comentarios:

  1. Mí querida Yolanda:
    Triste y conmovedora tú Instantánea de hoy, lejos de reprocharte el no haber estado al último instante con tu inolvidable tía, debieras estar muy satisfecha de haberla tenido a tu lado ese último año de vida. Si el hecho hubiera ocurrido en Cuba, te hubieras sentido fatal.

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  2. Yolanda:

    El final de este capitulo me a echo llorar, senti mucho esa perdida tan grande de tu segunda madre acabada de llegar a España, de ninguna manera te deberias de acusar de nada, siempre le distes tu cariño, la traistes a tu lado tan pronto como pudistes, como dice Tony, peor hubiera sido que muriera en Cuba.

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  3. Mi querida Yolanda, tampoco yo estuve al lado de mi madre, todo fue muy repentino y mientras ella dormía. No te culpes, cómo ibas a saber?! Te abrazo fuerte.

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