sábado, 14 de abril de 2012

Instantánea 24 - El ballet y la Revolución.


La poesía alada, el movimiento más hermoso en perfecta simbiosis con la más bella música, el milagro de unos brazos convertidos en pájaros que dibujan utopías en el aire y de unas piernas   a veces tornados, a veces tiernas lenguas de mar lamiendo la arena. Esa sensación  cuando tus pies reniegan del suelo y, casi flotando en el aire, te domina hasta la locura un ansia de ingravidez. La más titánica lucha por vencer las limitadas posibilidades del cuerpo, limitaciones que  nunca se  está dispuesto a aceptar. Una inmersión total en un mundo de azúcares y hieles. El amante más complaciente, el déspota más exigente. Todo eso es el ballet que yo amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo.


Aquella beca que Fernando Alonso me había concedido en febrero del 58 trastornó mi existencia.  No era la primera vez que el sendero de mi vida  se bifurcaba formando dos líneas divergentes pero en esta ocasión, desde la nueva senda elegida, me era posible ver como las cosas que me habían  sido importantes se iban desdibujando poco a poco y sin remisión. El piano, mis amigas, hasta la familia iban  desenfocándose. Y sin que en mí brotara ni un mínimo de duda o arrepentimiento. Tal era  mi devoción. Sin duda tenía que ver con esas endorfinas, tan de moda en estos tiempos y desconocidas en aquellos, pero el hecho era que, cuanto más agotado y dolorido terminaba mi cuerpo tras las clases de Fernando Alonso, más eufórico salía a la calle mi espíritu.
De izquierda a derecha:
Nora Casanova - Yolanda Padrón - Rosa Elena Álvarez
Yolanda Farr - Mª Cristina Álvarez - Lourdes Moré


Mi comienzo en la escuela fue con un grupo de “novatas prometedoras” y  dos meses después pasé al de profesionales, ante mi sorpresa y satisfacción. Desde la perspectiva que da el tiempo pienso que Fernando debía sentir una cierta debilidad por la “galleguita”, como muchos me llamaban,  ya que nunca, en la vida, jamás, podría yo haber llegado a ser una María Cristina Álvarez, integrante de esas “novatas prometedoras”, y la que, tras llegar a ser solista en el ballet de Cuba,  en estos momentos es Profesora  de la Cátedra y directora artística del Ballet de Cámara de la Fundación Alicia Alonso de Madrid. A pesar de mi innegable entusiasmo y devoción nunca tuve condiciones para llegar a eso.


Ese mismo año en el mes de agosto, que el tremendo calor reinante convertía en vacacional por necesidad, intenté en lo posible reanudar costumbres y amistades  que tenía abandonadas. Volví a reunir al quinteto de mi infancia y decidimos regalarnos un mes de compañía, en honor a los viejos tiempos, retornando a los juegos y chiquilladas de nuestra adolescencia, (etapa que a mis 17 años consideraba superada). Mimi, Zoilita, Emilia, Lucy y yo volvimos a ejercitar una amistad que, como un regalo divino, ha superado distancias y silencios, sobreviviendo hasta los presentes días.

Playa de La Concha. La Habana
Volvieron nuestros festines en Woolworth, nuestros ataques de Rock and Roll, nuestras escapadas a Conney Island y a la playa de la Concha. Y fue durante una de estas ocasiones cuando el destino volvió a señalar un cambio dramático para mi vida.

Hacía poco tiempo habían instalado una enorme botella de Coca Cola en el centro de aquella pequeña bahía que conformaba la playa. Su propósito era servir de trampolín a los más osados, y ¿quién podía serlo más que yo? No fue nada espectacular. Un perfecto salto del ángel, una inmersión demasiado profunda, un inesperado fondo rocoso que logré  evitar con brusquedad, unas brazadas algo dolorosas para alcanzar la orilla y al llegar a la arena, donde mis amigas me aguardaban festejando mi salto, un dolor en la espalda tan intenso que me hizo perder el conocimiento. Me había fisurado una de las vértebras lumbares. Acababa de firmar la sentencia de muerte de todas mis Coppelias o mis Giselles. Tres meses inmovilizada sobre una tabla,  cuatro con un corsé que me impedía casi cualquier movimiento, la advertencia del médico de que, si intentaba en un futuro seguir  mis durísimos entrenamientos, jamás me libraría de los dolores y la noticia de que mi flexibilidad se había quedado para siempre mermada....

           Josefina Méndez                            Carlos Gacio                                      Mirta Plá
Todo eso me abrió los ojos a que nunca más compartiría clases con Ramona de Saa, con Marta Mahr, argentina de nacimiento que, tras abandonar Cuba, inauguró el prestigioso School of Dancing en Coral Gables, Miami,  con Mirta Plá, fallecida en España en el año 2003, con Eduardo Recalt, exiliado en Miami en el año 1966 y desgraciadamente también fallecido, con mi admirado amigo Carlos Gacio,  aún viviendo felizmente en Viena, donde fue, durante 25 años, maestro del ballet de la Opera y donde, tras terminar sus funciones como bailarín y profesor, le fue entregada la Cruz de Honor de las Ciencias y las Artes. Nunca volvería a compartir “pas de bourées” con Josefina  Méndez, la que fue durante años “los ojos de Alicia”, pues es bien conocida la discapacidad visual que la diva padece desde su juventud. Esa Josefina que se adjudicó el papel de “lazarillo” y que a él fue fiel hasta su muerte.

Alicia Alonso en clase. 1948
Por cierto que con ambas tropecé un día, muchos años más tarde, en unos grandes almacenes de Madrid. Josefina me saludó  pero Alicia, con su acostumbrada actitud de distanciamiento y soberbia, a pesar de que su lazarillo me identificase ante ella, me dedicó una hierática sonrisa mientras decía, “vamos Yuyi, que tenemos prisa”. Actitud que no me extrañó, siendo yo una exiliada y ella nada menos que Alicia Alonso, la acomodaticia gran diva que ha sido capaz de medrar durante el batistato, consolidarse con Fidel Castro y, en ambos momentos, conquistar al mundo entero.


Pero regresando a la época de mi narración y sumergiéndome de nuevo en mi absoluta pasión por el ballet;  solo unos  meses, como habréis visto, me permitió el destino compartir sudores con estos grandes bailarines.


Tras mi accidente sentía que mi vida se había acabado y un oscuro velo de desesperación cubrió como una mortaja aquel inacabable tiempo de forzosa inmovilidad. Ni los cariñosos esfuerzos de mi familia, ni la frecuente compañía de mis amigas lograban sacarme de mi depresión y la idea de la muerte se fue convirtiendo en el único punto de luz que veía al fondo del negro túnel en el que me sentía atrapada. El ballet había absorbido mi alma y sin alma no hay vida posible.  Así que a planear la forma de mi muerte dediqué todos esos  meses.

Naturalmente debía ser algo trágico y hermoso. Mis muñecas abiertas como manantiales de roja muerte tiñendo de gualda mi lecho...  Bajo las ruedas de un coche mi cuerpo, como el de una dramática y rota Coppelia... Mi doliente humanidad flotando sobre las agitadas aguas del malecón, chocando y desgarrándose contra las rocas hasta deshacerse en ínfimas partículas…

Sierra Maestra. Cuba
Fue durante mi larga postración cuando puse atención por primera vez al nombre de Fidel Castro. Mi padre, en cuya alma aún vivía el espíritu revolucionario que le había llevado a apoyar la Segunda República Española, ese que le impulsó a enfrentarse al dictador Francisco Franco hasta el punto de tener que pasar largo tiempo en un campo de concentración, mi querido padre progresista, escuchaba subrepticiamente, como muchos cubanos, Radio Rebelde.  Se trataba de una emisora clandestina que emitía desde la Sierra Maestra, allá en Oriente, arengando al pueblo y dando partes de una guerra contra Batista de la que la mayoría de los ciudadanos no teníamos ni idea en esos momentos. Parece ser que durante la dictadura batistiana, recordemos que “Don Fulgencio” había llegado al poder mediante un golpe de estado, se cometieron  tropelías y asesinatos.  Pero ni tiempo ni interés había tenido yo, en años precedentes, para ocuparme de problemas políticos, inmersa como estaba en mis estudios.
La cuestión es que la isla se estaba convirtiendo en un hervidero de insurgencias. Aquel yate Granma, que había llegado a Oriente el año 56, resultó portador de un virus mutante y letal. Al parecer todo comenzó cuando, años atrás, en 1953 un grupo autodenominado “Generación del Centenario”, dirigido en Santiago de Cuba por un tal Fidel Castro, intentó tomar el Cuartel Moncada. Su finalidad era derrocar a Fulgencio Batista, pero el fracaso fue estrepitoso. Fidel y varios de los participantes supervivientes, fueron detenidos, enjuiciados, condenados  y con posterioridad amnistiados  atendiendo a  presiones internacionales. Todo esto ya lo he mencionado en un capítulo anterior.

Batista en TV, señalando la zona del
desembarco del Granma. 1957

Tras su liberación, Castro se dirigió a México donde consiguió el apoyo de miembros de las más variadas facciones políticas, incluyendo un sector de la CIA que llegó a financiar, a través del expresidente  Prío Socarrás, el viaje del Granma. Los desmanes del gobierno batistiano, y sabrá Dios que otra serie de intereses creados, habían originado una  animadversión general contra Batista. 

De las 82 personas que desembarcaron del Granma tan solo una parte logró internarse en Sierra Maestra, pero fueron suficientes para protagonizar unas escaramuzas que a algunos encandilaban y a otros inquietaban. Todo esto había averiguado mi padre desde Radio Rebelde  Y todo esto me contaba, capítulo a capítulo,  supongo que intentando distraer mis horas de tedio y dolor. Pero poco podía importarme el futuro de Cuba cuando había decidido borrar ese vocablo de mi vida: futuro.

Después de  cuatro meses de torturas psíquicas y físicas, el médico me autorizó para dar largos paseos. Así que había llegado el momento de realizar mi  planeado suicidio.

Antes de abandonar este mundo, que no me ofrecía futuro alguno, decidí despedirme de los lugares de La Habana más amados y disfrutados por mí. Visitar aquel paseo del Prado que, durante los ya prohibidos Carnavales, había recorrido tantas veces montada en el convertible de algún amigo. Dar una última caminata bajo la espuma de las bravías olas que a menudo batían los muros del Malecón. Echar una postrera ojeada al Hotel Riviera, donde mi vida profesional se había iniciado. Hacer una furtiva pasada frente al edificio de la Academia de Alicia Alonso, a la que mi cuerpo y mi espíritu tanto sudor e ilusión brindaran...Y para finalizar, efectuar una última  parada en la cafetería de CMQ.


Precisamente en esa emisora había realizado mi última actividad profesional como bailarina. Un comercial de Regalias El Cuño, un pequeño baile en puntas que, sin ser ni remotamente el sueño de mi vida, al haber resultado mi última experiencia con la danza adquirió para mi tanta  importancia como si hubiese sido un “solo” en el Bolshoi. Esa sería mi última “estación” antes de dirigirme a la muerte que había escogido: las aguas del malecón.
En aquellos primeros días  de diciembre las tardes eran sombrías. Una tormenta azotaba la isla y, sin duda, las aguas tendrían la furia suficiente para conducirme hasta el final de mis angustias.
Las Bailarinas de Degás.
Con estos tenebrosos pensamientos me senté a la barra de esa cafetería en la cual, unos meses atrás, había soñado con cisnes y princesas hechizadas, con tutús y mallas, con Delibes y Tchaikovski.
Y allí permanecí un largo rato, casi ausente, sin sospechar que estaba a punto de ocurrir un milagro que daría, de nuevo,  un cambio radical a mi sigzagueante vida.

Próximo capítulo. Cuba 1959.  El amor, la revolución y el desencanto.







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