sábado, 28 de julio de 2012

Instantánea 39 - El Capri y Los tiempos de mamá y papá.




              Yolanda Farr                                       Germán Pinelli               María de los Ángeles Santana

Todo el que, con la edad pertinente,  estuviese en La Habana en septiembre del 1965 recordará el gran estreno de Los tiempos de mamá y papá en el Salón Rojo del Hotel Capri. El espléndido reparto, dirigido por Joaquín M. Condal, y la buena idea de hacer un recorrido por la música popular más emblemática desde principios del siglo XX, nos aseguraban el éxito. María de los Ángeles Santana, Germán Pinelli, Manolín Álvarez, Joseíto Fernández, (el creador de la Guantanamera, con sus eternas guayaberas  y su sombrero de paja blanco ),  Ruth Dubois, Ana Gloria, Clarita Castillo, el chino Jacobito y yo componíamos el reparto de aquella gran revista. Mis interpretaciones de “La Chelito” buscándose la famosa pulga, que nunca se llegaba a encontrar, la escenificación de la Guantanamera y en ella mi recreación de Lola, la pobre infeliz a la que su amante, en este caso Germán Pinelli, mataba cada día “a las tres de la tarde”, eran  parte de mi aportación a ese gran éxito.
María de los Ángeles Santana


María de los Ángeles estaba magnífica en los cuplés antiguos y divertidísima  cantando con Pinelli una parodia de Lágrimas negras. Bueno,  María era magnífica hiciese lo que hiciese. Su currículo era tan amplio que sería imposible hablar de la historia del teatro y la televisión cubana sin mencionarla hasta la saciedad. En 1940 hizo una gira  de siete años por América y al volver a Cuba se incorporó a la compañía del Teatro Martí. Durante nuestra convivencia teatral y cabaretera, María solía hablarme de sus viajes a España, su adoración por mi abandonada patria y sus grandes éxitos allí como vedette. Lo cierto es que cuando, años después, recién llegada a Madrid yo hablaba de Cuba, los únicos nombres de procedencia cubana que recordaban las personas de la profesión eran el de Machín, el de Bola de Nieve y el de la bellísima vedette María de los Ángeles Santana. 
              Olga Guillot                       Celia Cruz


Me refiero a tiempo antes de que Olga Guillot y Celia Cruz conquistaran el mundo de la música popular en Europa y mucho antes de que Pablito Milanés y Silvio Rodríguez se convirtieran en ídolos de la mal informada “progresía” española. María de los Ángeles había debutado  en el Teatro Madrid de la capital con una obra de Antonio y Manuel Paso, Tentación, que estuvo en cartel durante 2864 funciones ininterrumpidas. Todo un récord. Cuando ella y yo intimamos, durante aquellos largos ensayos de “Los tiempos de mamá y papá”, aún estaban frescos en su recuerdo esos éxitos ya que su última larga estancia en España había finalizado en 1958.
  La Alhambra                                     El Escorial                                               Basílica del Pilar            
La arquitectura española, aquella Alhambra de Granada, El Palacio del Escorial, El Palacio Real y Los Jardines de Sabatini la fascinaban. Así como la Basílica del Pilar  en Zaragoza, y la ciudad de Toledo, todo un ejemplo de arquitectura medieval, y tantos otros espacios emblemáticos de esta nación.…  En fin, que María de los Ángeles correspondía al aprecio que España sentía por ella con una efusiva  admiración. Aquí estaba María, el año 1956, el día que televisión Española iniciaba sus emisiones regulares desde los pequeños estudios de Paseo de la Habana, Madrid. Emisiones que tan solo pudieron verse en algunos puntos puesto que  unicamente había un parque de 600 receptores en la ciudad.  La mayoría, debido a su inalcanzable precio de 30,000 pesetas, pertenecía la jet set y a altos cargos del franquismo.

Hotel Capri
Pero volvamos al Capri y a algunas de las muchas experiencias que viví durante el  año y medio  que Los tiempos de mamá y papá se mantuvo allí triunfando. Aparte de los importantes personajes internacionales que pasaron por ese cabaret y con los cuales tuve la oportunidad de conversar, (por favor, no confundir  con “alternar”) como ya he contado había momentos  entrañables que solían tener lugar en la cafetería  adyacente  al cabaret,  en   N y 21. Allí nos reuníamos, después del trabajo,  personas pertenecientes al mundo de la farándula.

Cuarteto Los Brito


Mis amigos Alfredo y Julio Brito, descendientes con honores de una prestigiosa familia de músicos, solían venir a charlar conmigo y allí fue que les surgió la idea de formar el cuarteto “Los Brito” que llegaría a ser tan famoso. Alfredo, gran compositor, escribió para mí una canción, Alivio, que estrené en El Jagua de Cienfuegos durante  la que sería mi última aparición pública en el país de mis amores. Pero de mis avatares para conseguir la salida del país hablaré más tarde, pues, a pesar de mi nacionalidad española nunca perdida, aquellos venideros meses estuvieron  de nuevo llenos  de un sufrimiento  y una injusticia imposibles de olvidar.

Cuarteto Los Meme

Sin embargo en los tiempos del Capri el panorama de mi vida era  radiante. Grandes amigos habían llegado, estableciendo sus nidos en mi  corazón; Gilberto Álvarez, con quien Gladys y yo compartíamos prácticamente cada día de risas y muchas noches de “bailongo”, Bobby Jiménez, miembro del cuarteto de Los Meme, ese fulgurante y amoroso mulato cuya luz era tan clara que opacaba, disculpen mi opinión, a todo el resto del elenco.



Caricatura de Fresquito Fresket
También acudía Fresquito Fresket, estupendo dibujante, del que guardo una entrañable caricatura dibujada para mí en una servilleta del Capri, Armandito Sequeira, a quien sus famosos ancestros en el mundo de la música  acomplejaban de tal forma que le hacían despreciar sus grandes valores, hundiéndose y buscándose en lugares nada aconsejables,  así como Julio Gómez, hermoso, sensible y culto,  cuya homosexualidad no fue obstáculo para que nos amaramos platonicamente hasta el día de su muerte, ocurrida no hace mucho en Miami.




Mi reencuentro con Julio Gómez. Miami 2010.

Conocí a Julio durante la preparación del rodaje de Desarraigo y fue tal la empatía que     experimentamos desde el principio que nos convertimos en almas gemelas.Y fue él quien me trajo una canción que marcaría época en los EE.UU. y en la televisión cubana. Now.
Una tarde en que habíamos quedado en la cafetería del restaurante El Carmelo la entrada de Julio fue algo pleno de misterio y nerviosismo. Con ese sigilo al que las persecuciones políticas nos habían habituado, Julio sacó de su pantalón una cassette que había grabado de forma clandestina. “Acabo de llegar del ICAIC y he visto el pase privado de un documental de Santiago Álvarez que va a levantar roncha. Se trata una serie de  violentas escenas segregacionistas rodadas en USA y montadas sobre una canción de Lena Horne que es una bomba: Now. Tú  tienes que estrenarla  en Cuba, gallega”

Lena Horne
Si lo lográbamos aquello rompería con  la absurda orden que prohibía, desde hacía años,  cantar canciones en inglés. La oportunidad no podían pintarla más calva. Para los que no vivieron en Cuba en esos años de vetos y  exacerbados odios antiamericanos, es algo imposible de concebir el hecho de que se pudiesen entonar  baladas francesas, por ejemplo de Gilbert Bécaud, Charles Aznavour o canciones italianas de Domenico Modugno y hasta españolas, (Raphael se convirtió en un autentico ídolo de multitudes) y que, sin embargo, clásicos como Tea for two, Over the Rainbow, Stormy Weather y tantos y tantos blues y canciones norteamericanas solo pudiesen oírse como arreglos musicales sin texto. Con Now podíamos derrumbar esos muros de intransigencia. La canción era hasta tal punto un alegato contra el racismo que los Panteras Negras la habían tomado como una especie de himno.
 
     Charles Aznavour                Gilbert Bécaud            Domenico Modugno                 Raphael 
Había que comenzar a tocar puertas en CMQ a toda velocidad, pues lo ideal era estrenar la canción antes de que se proyectara el cortometraje. Fue entonces cuando  comencé a reunirme con mis amigos y grandes músicos, Adolfo Guzmán, Armando Romeu, Rafael Somavilla, etc. Como es lógico todos ellos encontraban absurda la prohibición de cantar textos en ingles y admitían que esta era una oportunidad especialmente propicia para romper ese veto.  Así que  escribieron y firmaron una carta apoyando mi proyecto.
Armando Romeu                                   Adolfo Guzmán                                    Rafael Somavilla


El problema estribaba en convencer a los censores de que aquella canción norteamericana era en realidad "antinorteamericana". Y fue mi querido José Urfé, mi negro del alma, el que ideó una solución. Traduje al español el prólogo de la canción y quedó así: Si aquellos grandes hombres revivieran hoy, Washington, Jefferson y Lincoln y les llevaran a la televisión para saber lo que pensaban, estoy segura de que dirían así, “basta de canciones, el momento es de acciones y la hora es ahora; NOW.” Y todo el resto continuaba en inglés. Así quedaba bien clara la intención política de la canción, al menos para el que exigiese verla. Con este pequeño ajuste y un estupendo arreglo musical de José  le presentamos el asunto a quien realmente “cortaba el bacalao” en esas cuestiones; Odilio Urfé, Director General del Consejo Nacional de Cultura y hermano de mi amigo. Y, ¡bravo! conseguimos su aceptación. A los pocos días, por primera vez en años, se escuchó en la tele cubana una canción en inglés. Aquello fue un bombazo, no tanto por lo que significaba políticamente Now, no creo que eso interesara demasiado al grueso del público, si no  más bien porque se acababan de abrir las puertas para otras maravillosas melodías americanas actuales y pasadas.

Y fue tal mi éxito con Now que no solo lo interpreté en todos los programas musicales de T.V. habidos y por haber. Cada vez que me llamaban para un acto, aunque comenzase mi actuación con alguna de mis acostumbradas baladas como Et Maintenant o Il Mondo el  público asistente acababa solicitando a gritos aquel  Now. Turbas de gente joven me esperaban a la salida de los teatros o de los auditorios coreando el pegadizo puente musical, “Now is the moment” que, mirándolo bien, así extractado, significaba lo que a cada cual le viniese mejor. Confieso que nunca, ni antes ni después, me he visto vitoreada y hasta zarandeada de ese modo.

Marta Valdés
Aprovechando el éxito, organicé un concierto de canciones en la Casa de la Cultura Checoslovaca que, como señaló Marta Valdés en su crítica, fue "memorable de
asistencia y estupendamente recibido por el público". Mi amigo del alma, Felo Bergaza estuvo al piano, Reynaldo Montesinos a la guitarra y  Papito Hernández al contrabajo.

Y así, entre mis diarias apariciones en el Salón Rojo del Cabaret Capri, los reportajes fotográficos y los incesantes programas televisivos, pasó aquel embriagador 1965, dejando su sitio a un 66 que aún me iba a ofrecer más venturas y triunfos.

El trío inseparable de aquellos tiempos. Yo, Gladys Triana y Gilbeto Álvarez

Necrológica: En los años 70, José Luis Uribarri era una de las personalidades más señaladas en el mundo de la discografía española. Desde 1969 al 2010, en 19 ocasiones, presentó el Festival de la Canción de Eurovisión. Creó y dirigió programas de entrevistas y musicales , en muchos de los cuales trabajé. Nuestra amistad databa del año 75 y de aquel espectáculo de music hall que protagonicé durante dos años en Madrid, L´Ange Bleu y al cual el asistía con frecuencia, solo o acompañado de importantes personajes del mundo del espectáculo. Fue bonita la amistad que nos unió durante años. Por desgracia esta profesión tiende a bifurcar los caminos. Hacía años que no sabía de él, exactamente desde que en el año 1986 me entregó, en un emotivo acto, el premio a la mejor vedette del año por mi trabajo en el Music Hall Lola.
Tras un largo deterioro murió el 23 de Julio de este año 2012, dejando en el corazón de muchos españoles un gran vacío y en el de Jesús y el mío el agujero  que permanece, para siempre irrellenable, cuando un amigo se va.


Próximo capítulo: ¡Ay, Titón, Titón..! (Memorias del subdesarrollo)

sábado, 21 de julio de 2012

Instantánea 38 - Hablemos de la UMAP


Con Sergio Salom en 1964. 
Aquella noche, en nada diferente a tantas otras, Sergio Salom, mi andrógino amigo, había ido a buscarme a la salida del Hotel Capri, donde yo, como ya he comentado, participaba en un gran espectáculo llamado Los tiempos de mamá y papá. Con una devoción admirable él solía esperar hasta que finalizase mi trabajo en el Salón Rojo  y a veces también  a que terminase mis charlas posteriores con compañeros en la cafetería del hotel, cosa que podía alargarte hasta bien entrada la madrugada. Siempre en un silencio admirativo, sin tener nada que ver con el ambiente artístico, pero aceptando y disfrutando de su condición de oyente. Luego, ya que ni él ni yo teníamos coche, me hacía compañía en la parada de L y 23 mientras esperabamos la ruta 30, esa guagua que me dejaría en la misma esquina de mi casa de Ampliación de Almendares. A veces distraíamos la espera anticipándonos a la llegada del bus, siguiendo su ruta en una caminata a paso de diletante, comunicándonos las mutuas anécdotas del día hasta que el guaguero, siempre el mismo a esas horas, al reconocerme  se detenía a nuestro lado, estuviésemos donde estuviésemos, sin necesidad de que hiciésemos un gesto. 
Aquellos paseos bajo el cielo, envueltos en el silencio amoroso de la madrugada cubana, eran  un baño de sosiego para el cuerpo y el alma tras la responsabilidad de dos shows y la inevitable tensión que las luces, la música y los aplausos me producían. 

Una noche en la que ambos vestíamos pantalón vaquero pitillo y camisa blanca, luciendo una imagen que nos hacía parecer casi gemelos, ambos rubios y delgados, ambos marcadamente femeninos a pesar de nuestra indumentaria, una perseguidora se detuvo a escasos metros y dos individuos armados y mal encarados se dirigieron hacia nosotros. Debo confesar que aquello me tomó por sorpresa, anestesiados como estaban en mí los terribles temores que los uniformes militares me solían causar en la época, no tan lejana, de mi odisea. Al llegar a nuestro lado, tras apartarme de un empujón, inmovilizaron a Sergio contra la pared. Quisiera recordar, secuencia por secuencia, palabra por palabra lo ocurrido pero el terror, de pronto renacido, me tenía idiotizada. Solo fragmentos de conversación y hechos muy puntuales quedaron grabados en mi memoria, pero eso sí, para siempre. Los policías llevaban en las manos unas gruesas naranjas que intentaron introducir por las piernas de los vaqueros de mi amigo y, al no lograrlo, lo zarandearon y a cajas destempladas lo introdujeron en la perseguidora con estas palabras; “vamos, cacho maricón”.Y allí quedé, no sé por cuanto tiempo, estupefacta. Tan solo la llegada  del autobus logró sacarme de mi estado.

El día siguiente por la mañana, superado el shock, me dirigí a la comisaría más cercana al sitio  donde había tenido lugar el “rapto” y narré, con toda la precisión que me fue posible, los hechos de la noche anterior. Para mi sorpresa el policía que me recibió fue un dechado de amabilidad. Me contó que, por órdenes del gobierno, se estaban haciendo redadas, sobre todo nocturnas, de personas sin papeles o en actitudes sospechosas, las cuales eran enviadas de inmediato a las recién instauradas Unidades Militares de Ayuda a la Producción. (¡Vaya eufemismo!, según se comprobó muy pronto.) Yo aduje que, si bien era cierto que Sergio,  a sus 19 años,  no pertenecía ni al ejército ni a las milicias,  nada sospechoso o chocante  hubo en su actitud de la noche anterior y sí en aquella humillante  manipulación con las naranjas a la que había sido sometido. Puedo asegurar que había un velo de vergüenza en la voz del policía cuando me aseguró que él nada  podía hacer al respecto y que debía dirigirme al Ministerio del Interior para averiguar el paradero de mi amigo, ya que eran muchas las granjas habilitadas para “acoger a jóvenes que por mala formación e influencia del medio han tomado una actitud equivocada ante la sociedad, con el fin de ayudarlos a que encuentren en el trabajo un camino acertado”, palabras textuales de Raúl Castro. Así intentaban justificar  lo que dramática y vergonzosamente se conoció, desde 1965 hasta 1968, como la UMAP. Unos 25,000 hombres, sin más delitos que los de negarse a hacer el servicio militar obligatorio, ser Testigos de Jehová, ser catalogados como  “lúmpenes”, carecer de un trabajo fijo o ser supuestos homosexuales fueron hacinados en barracas insalubres, ubicadas en campamentos perdidos en medio de la campiña, rodeados de cercas de alambre, a veces electrificadas, vigilados desde torretas por milicianos bien armados y desde tierra por feroces perros. Allí eran sometidos a todo tipo de vejaciones y obligados a hacer trabajos agrícolas en las más inhumanas condiciones. Y esto no es información que me llegase por terceros ya que tuve el dudoso privilegio de visitar una de esas instalaciones y comprobar estos hechos con mis propios ojos.

Raquel Revuelta
No fue nada fácil localizar a Sergio pero gracias a la ayuda de personas de la profesión, identificadas con el régimen pero también conscientes de las injusticias que en esa UMAP se cometían, como por ejemplo la gran actriz Raquel Revuelta, al fin logré ubicarlo y, con el permiso pertinente, visitarlo.

La impresión fue inenarrable. Aquel lugar, que casi en nada difería de los campos de concentración nazis que tantas veces había visto reproducidos en películas, me dejó espantada. Sergio no era ni sombra de él mismo. El campo de trabajo donde estaba, desde hacía tres semanas, estaba dedicado a la siembra y recogida de caña de azúcar. Cuando ví sus manos en carne viva se me destrozó el corazón. Me contó entonces que, por deficiencias en el suministro, aquel trabajo, que debía hacerse con guantes, estaba siendo realizado a manos desnudas y que lo peor era el tener que echar fertilizantes en la tierra, ya que, por ser productos químicos,  quemaban la piel hasta casi el hueso. Me habló de un compañero suyo de infortunios que resultó, por una de esas casualidades de la vida,  haber sido condiscípulo mío de piano en el conservatorio Falcón, Jorge Almunia, un chico que yo recordaba de la época en que ambos coqueteábamos con el Ateneo y los recitales, un muchachito  con grandes condiciones musicales. Me contó que Jorge, al ver sus manos deteriorarse día por día y sintiendo que su carrera pianística estaba perdida para siempre, hacía solo unos días se había suicidado muriendo, entre horribles dolores,  al ingerir parte de ese mismo fertilizante
Según se supo más tarde muchos fueron los casos de automutilación, de personas que preferían perder una mano o un pie antes que seguir soportando humillaciones, maltratos, hambre, parásitos y enfermedades infecciosas.

Tan solo unos días después, moviendo  todas las influencias que me fue posible, logré sacar a Sergio de ese infierno. Es decir, físicamente, pues su espíritu quedó para siempre contaminado por aquellas sádicas experiencias, convirtiendo a mi dulce amigo adolescente en un ser torturado.

J.P. Sartre y Simone de Beauvoir                 P.P. Pasolini                       Marguerite Duras              M. Vargas Llosas        
A pesar del bloqueo informativo que había, y aún hay en Cuba, la noticia de la existencia de esa UMAP era  imposible de ocultar ante el mundo. Cuando llegó a conocimiento de los intelectuales de varios países del mundo, muchos  organizaron un movimiento de rechazo de tal envergadura que obligó al régimen, en el año 1968, a suprimir dichos campos.  Algunos de esos prestigiosos personajes eran, Simone de Beauvoir, Italo Calvino, Marguerite Duras, Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosas, Pier Paolo Pasolini, Alain Resnais, Jean Paul Sartre…
La indignación que la lectura de las declaraciones hechas en el Portal de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación por Mariela Castro Espín, hija de Vilma Espín y Raúl Castro, en un absurdo intento por justificar el acto de barbarie que fue  la UMAP, me ha inducido a dedicar este capítulo  a  aquellos que experimentaron en sus personas la variedad de actos sádicos que con mis propios ojos vi cometer en aquellos campos de concentración.
Mariela Castro Espín

Estas son parte de las absurdas palabras de la señora Castro: “La cultura homofóbica y machista, heredada del dominio colonial español, condicionó estas decisiones políticas. La creación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción fue un reflejo del manejo social de esos prejuicios.” Y continúa así; “Fidel no era el genio de la lámpara para descubrir que la homosexualidad no respondía a una patología, como establecía la psiquiatría y otras miradas científicas. Además no hay que olvidar el criterio reinante en aquella época de que el trabajo ayudaba al individuo a hacerse hombre.” Entre otras cosas esta señora olvida mencionar que tan solo un 20% de los “inquilinos” de la UMAP fueron homosexuales. El resto se compuso de ciudadanos culpables tan solo del delito de no ser afectos al régimen. Mariela Castro continúa en sus declaraciones lanzando una afirmación supinamente absurda,  “además, Fidel ni siquiera estaba al tanto de lo de la UMAP”. ¡Señor, lo que hay que oír! Pretender que alguien que haya vivido en Cuba contemple  la posibilidad de que la  mínima acción dentro del país  pasase inadvertida al omnipotente, omnisciente ojo de Fidel Castro es una flagrante tomadura de pelo. 
En fin, uno más de los crímenes cometidos por el castrismo contra el pueblo y el cual, gracias al excelente  sistema publicitario comunista y a la aureola de romanticismo que rodea a Fidel y su revolución antiamericana, se mantiene, aún en estos tiempos, entre nubes de desinformación.

Me ha parecido importante narrar ese periodo, no tan solo como homenaje a personajes conocidos que fueron sus víctimas, como el actor y director Héctor Santiago, el  teatrista, Armando Suárez del Villar, el famoso cantante y compositor Pablo Milanés, Félix Luis Viera, novelista y poeta, el Cardenal Jaime Ortega y muchos otros. Sea, en fin,  éste un homenaje a los más de 25,000 cubanos anónimos que pasaron por la UMAP y para los muchísimos que nunca  salieron de ella.  Sea, así mismo, una  fuente de sincera información para los que, morando fuera de la sufrida Cuba, o desconocen estos hechos o han vivido embriagados por el aroma que emana de la palabra revolución. Ese dulzón olor a flores pútridas que brota de los cementerios mal cuidados.  
El próximo capítulo, amigos, será mucho más divertido ya que mis años de bonanza en la isla aún estaban en su máximo esplendor. Os contaré mis experiencias en el Capri con artistas de la máxima calidad profesional y personal. Oh, Los tiempos de mamá y papá…


 El Capri y Los Tiempos de Mamá y Papá

sábado, 14 de julio de 2012

Instantánea 37. Al fin, años de bienes (Tercera parte. Desarraigo.)




Y entonces llegó a mi vida otro jovencito  talentoso y osado. Venía también del ICAIC, con un guión del argentino Mario Trejo bajo el brazo. La historia versaba sobre un ingeniero pseudo revolucionario que llegaba a Cuba con una idea romántica sobre la revolución, un hombre  que no lograba entender  sus contradicciones y que finalmente desistía y abandonaba la isla, incapaz de superar su propia inseguridad… Mi papel debía ser el de una arquitecto con firmes raíces en su país y en la revolución.Y entre tan dispares personajes nacía un amor con obvio  final trágico. El joven cineasta era Fausto Canel, el cual tan solo traía como bagaje de experiencias  la realización de dos documentales, “Carnaval” y “Hemingway” y del cuento “El Final”. 













Mi antagonista, si yo aceptaba la propuesta, sería el célebre galán Sergio Corrieri, el director de fotografía, mi ya conocido y admirado Jorge Haydú, que había conseguido maravillas en el medio metraje de Pastor Vega “En la noche”, y completarían el reparto Reinaldo Miravalles, Julio Martínez, Helmo Hernández, José Taín, es decir, un selecto grupo de actores de prestigio. El rodaje se realizaría casi totalmente en las minas de níquel de Nicaro, Oriente, pero aquello no era problema. Como el espectáculo de Tropicana estaba a punto de finalizar solo tendría que rechazar el reenganche que me proponía Armando Suéz y quedaría libre para seguir ese camino cinematográfico que desde niña me había fascinado. Y eso fue lo que hice.

Sergio, Fausto y Haydú vinieron varias veces a Tropicana con el fin de que tuviéramos más  contacto antes de comenzar la filmación. Recuerdo un jocoso comentario de Corrieri referente a mí y al “grand finale” del espectáculo, el cual consistía en una  rueda aspada en la cual  todos los integrantes del show giraban en el escenario a ritmo de rumba. “Yolanda, perdona, pero pareces una sueca bailando”. Sin duda era cierto, entre tanta “mulata sabrosona”. Era cierto que, a causa de  los años de ballet y  los genes alemanes, no se me daba nada bien lo del “saborrrr” cubano y ni de lejos olía lo que era “tener la cintura montada en una caja de bolas”.

A pesar de este no demasiado grato inicio de nuestras relaciones Sergio y yo compusimos, en Desarraigo, una pareja tan convincente que poco después se repetiría a petición de Tomás Gutiérrez Alea.



Ya he comentado en la instantánea 26 lo arduo que fue el trabajo en ese lugar perdido del mundo, Nicaro, y en el cual  abundaban el calor, el polvo y los mosquitos,  pero para mí aquella fue una experiencia inigualable.

Por el contrario el estreno del film, unos meses más tarde, fue algo decepcionante. El hecho de que fuésemos premiados en el Festival de Cine de San Sebastián y que las críticas generales, cubanas y españolas, alabaran tanto el trabajo de los actores como el de dirección, limitándose a dar un justo varapalo al pretencioso guión de Mario Trejo, no fue obstáculo para que los suspicaces y despiadados miembros de la censura del ICAIC decidieran que la película se retirara de la programación por contener un “mensaje subversivo”. Sin duda habían escenas que criticaban al sistema burocrático, pero  eran esos momentos los más interesantes y novedosos. Fausto fue instado a realizar algunos cortes a lo cual se negó. Así que, ya que la incipiente  “autocrítica socialista” aún no había sentado sus reales en Cuba, la "peli" desapareció del mercado. Tiempo más tarde supe que, a causa de su negativa a obedecer las directrices de Guevara, Canel había sufrido tantas presiones, persecuciones y hasta detención que hubo de abandonar la isla. Otro talento desperdiciado por las injusticias de aquel régimen totalitario.

Escena de Desarraigo. En Nicaro, con
Corrieri y Reinaldo Miravalles

A veces esta profesión es muy complicada. Tener que compartir escena con alguien que nos cae mal, besar con pasión a un galán con halitosis, hacer que salgan de  nuestras bocas textos que odiamos o conceptos que despreciamos forma parte de nuestro trabajo. No me era fácil decir, ante la cámara, cosas contrarias a mi ideología  con la suficiente entereza para hacerlas creíbles,  o vestir con naturalidad aquel uniforme verde olivo que con tanto encono había rechazado en mi vida real, pero el protagonizar Desarraigo dio un impulso gigantesco a mi carrera.


En primer lugar me nombraron Mejor Actriz del 65 por mi trabajo en la película,  además la revista Cuba me dedicó una portada y varias páginas interiores a todo color, con fotos de Osvaldo Salas, la Revista Romances, que milagrosamente aún existía, cada dos por tres me colocaba en su portada o me ofrecía amplios reportajes interiores.
Con Jorge Pais en  Música y Estrellas


La televisión me reclamaba con insistencia. Manolo Rifat y su programa Música y Estrellas, uno de los cuales fue dedicado íntegro a mí y a Jorge Pais, nos hizo el honor de nombrarnos la Pareja Musical del Año… Famosos directores como Cardentey o Joaquín M. Condal,  solicitaban mi presencia, Luego llegó la emisión de la comedia musical de Cole Porter Bésame, Catalina (Kiss me Kate), con Rosita Fornés, José LeMatt y Puño Valle, un exitazo por el que tuve unas críticas que enfriaron del todo mis tibias relaciones con la Fornés. Cosas de la profesión.


Foto y crítica de Bésame Catalina

Era increíble lo que mi vida había cambiado en los años que mediaban del 1960 al 65 y, en medio de tanta euforia, de tanta angustia superada, de tanta gloria, mi visión de lo que sucedía en el mundo y sobre todo en Cuba, estaba totalmente mediatizada. Había pasado de un mundo de tinieblas y terror a una vida iluminada por focos de colores, proyectores, cañones y seguidores que me mantenían  deslumbrada. Cada nuevo amigo, cada nuevo éxito era como un cegador destello que comenzaba a  impedirme distinguir los contornos de las injusticias y barbaridades que se cometían contra el pueblo cubano. La miseria, el temor, las carencias de todo tipo  iban devorando la isla pero todo eso estaba fuera de mi capacidad de percepción. en aquellos momentos. 

Mis admiradores y  amigos incluso me conseguían zapatos y vestidos de los almacenes de Recuperación de Bienes Malversados, esos lugares donde se guardan objetos incautados a todo el que dejaba el país, desde nimiedades como bolsos, bisutería, recuerdos familiares, a cuadros de pintores insignes o valiosísimas joyas. Ese Ministerio fue creado y dirigido por el comandante rebelde Faustino Pérez el 3 de enero de 1959, tres días después del triunfo de la revolución. El gobierno aseguraba que su objetivo era actuar “contra los bienes de Batista, los de las personas o sociedades responsables de delitos contra la hacienda pública o individuos enriquecidos ilícitamente al amparo del corrompido poder público” pero la labor de incautación fue extendiendo sus tentáculos hasta abarcar a cada cubano que abandonara la isla, haciendo presa de todas y cada una de sus posesiones materiales, por muy humildes que estas fueran.
Pero como decía con anterioridad el estar trabajando para el INIT, hecho que me abría las puertas de esos restaurantes y cabarets en los cuales  ni siquiera sospechaba  que la entrada para los “cubanitos de a pie” estaba prohibida, me convertía, sin yo darme cuenta, en una privilegiada. Si, vivía obnubilada. Y así estuve hasta que descubrí, de la forma más cruda, que el gobierno había inventado, ese año 1965, un horror llamado UMAP,  al que dedicaré gran parte de mi próximo capítulo.


Próximo capítulo: Hablemos de la UMAP.

sábado, 7 de julio de 2012

Instantánea 36 - Al fin, años de bienes. (Segunda parte. La cinemateca.)




“Sé que eres Yolanda Farr, te he visto en Tropicana y quisiera proponerte algo, ¿te gustaría hacer cine? Estoy preparando un medio metraje y desearía que fueses la protagonista junto a Juan Cañas. Si te interesa, búscame mañana temprano en el ICAIC y te daré más detalles.” Estas fueron las sorprendentes palabras que me dirigió aquel muchacho en el patio de butacas de la Cinemateca de La Habana. Su nombre era Pastor Vega y el film que me ofrecía era En la noche. Por supuesto acepté la propuesta. A pesar de lo que significaba tener que rodar cada día al terminar mi trabajo en Tropicana, es decir de madrugada, el cine había sido una asignatura pendiente para mí. El director consideraba que yo era la persona idónea y el resto del equipo aceptaba las incomodidades de trabajar a esas horas intempestivas, ¿qué más se podía pedir? Fue algo agotador para todos y el tiempo rendía poco ya que la trama transcurría en la noche habanera y casi siempre en exteriores. Así que trabajábamos contra reloj. Pero éramos tan jóvenes y entusiastas que, al llegar los hermosos amaneceres cubanos y tener que desmontar el equipo de rodaje, nuestro entusiasmo por la labor realizada era muy superior a nuestro agotamiento. Huelga decir que durante los  días de filmación yo no conseguí dormir más de tres horas diarias.

Alfredo Guevara
director del ICAIC.1964
Pero todo aquel esfuerzo y sacrificio habían quedado olvidados aquella noche de noviembre en la  Cinemateca, con la presencia de Pastor Vega y su esposa, Daisy Granados, Juan Cañas, el director del ICAIC, Alfredo Guevara,  amigos del alma como Gladys Triana, Gilberto Álvarez, Sergio Salom y José Urfé, mi hermana de chocolate, Lucy, con su reciente esposo, Tomás y el grupo en pleno de mis bardos. Ahí estaban también ellos, Felo Bergaza con sus azules canas, Don Mario Luque, aquel entrañable anciano, presidente del Ateneo de Marianao,  que me había apadrinado en mis momentos más negros, las orgullosas “Pfarry Sisters” y un Arsenio henchido de satisfacción, en fin la flor y nata de los moradores de mi corazón, aguardando que las luces se apagaran y mi imagen “hiperdimensionada” ocupara todo el ámbito de la pantalla.  ¡Qué noche inolvidable! ¡Qué impresión observar en  el celuloide a aquella mujer tan diferente a la que yo veía reflejada en mi espejo hogareño! La cuestión es que al finalizar la proyección todo fueron felicitaciones y buenos augurios, incluso  de algunas  personas que, tiempo atrás, me habían negado sin misericordia hasta el saludo.

La Cinemateca
Diletantes e intelectuales  solían reunirse en aquella Cinemateca que Héctor García Mesa había fundado en el año 1960 con el estreno en Cuba de El acorazado Potemkin. Más de una “escaramucilla” me toco vivir en esa sala emblemática. En una ocasión, mientras esperábamos el comienzo de una proyección, ya sentados pero con las luces aún encendidas,  noté que, viniendo del asiento de atrás,  algo me golpeaba suavemente en las pantorrillas y oí una voz que me decía quedamente, “pásalo”.  Con todo sigilo recogí "el testigo" y tras darle una ojeada lo pasé a la butaca delantera.
Era el más reciente LP de los Beatles, A Hard Days Night, cuya posesión y escucha estaban archi prohibidas. Aunque no lo creáis, aquel era el tremendo objeto subversivo causante de tanto sigilo. En otra ocasión, ante la orden de exhibir cierta película a puertas cerradas, la muchedumbre rompió las cristaleras de la entrada como protesta. Ese día por fortuna yo no estaba presente pero cuentan que fueron muchos los lesionados y los detenidos.

En los años 60 se había iniciado en Checoslovaquia un moderado movimiento de aperturismo político que, se vio reflejado en su cine. Aquel momento creativo fue denominado “la nueva ola”. Grandes directores, la mayoría de los cuales, comenzando por Milos Forman,  acabarían exiliándose y trabajando en EE.UU. Hermosas películas nacieron en aquellos años anteriores a que las tropas del Pacto de Varsovia, en agosto del 1968, aplastaran con brutalidad la “primavera de Praga”. Con la estricta prohibición de exhibir películas norteamericanas, en Cuba tan solo podíamos visionar films europeos y, sobre todo, aquellos rodados en la Europa de Este. Entre mis preferidos estaban los suecos de Ingmar Bergman, y en segundo lugar los checos, como por ejemplo  El helecho de oro, de Jiri Weiss, una película llena de poesía y cuyos director y protagonista casualmente estaban en esos momentos en  Cuba. Habían venido con el propósito de presentar su film y de gozar de lo que ellos creían que era un sistema de gobierno nacionalista, progresista y valiente. Porque esa, señores, fue durante muchos años la imagen que el mundo en general tenía de aquel régimen que lleva más de 50 años estrangulando nuestra amada Isla. La protagonista de este film, Karla Chadimova era una encantadora y sencilla muchacha y su director, Weiss, un joven entusiasta que viajaba en compañía de su gran amigo, un maduro, personaje de portentosa personalidad: el escritor Juraj Spitzer.
El hecho de que yo acabara de rodar En la noche y que ellos hubiesen asistido como invitados de honor al "previo"  nos convirtió en amigos y a mí, con frecuencia, en su cicerone.

                                             Yo, Gilberto Álvarez y Gladys Triana en Varadero.
Siempre juntos, Gladys, yo y Gilberto, también pintor e íntimo amigo de aquellos años,  los llevábamos a descubrir una ciudad de La Habana y unas playas que les dejaban conmocionados. Muy pronto comprendimos que el jefe de la manada era aquella especie de oso a medio civilizar;  Juraj .

Nuestra primera cita fue en la piscina del Habana Libre, donde ellos se hospedaban. Estando todo el grupo reunido bajo una sombrilla, y mientras intentábamos mantener una conversación en nuestro francés elemental, ya que aquellos checos no hablaban ni español ni inglés, de pronto Gladys y yo nos sentimos arrebatadas del suelo. Juraj  nos había tomado a cada una bajo un brazo, lanzándose a continuación con su doble carga a la piscina, entre un geiser de espuma y los grititos histéricos  de todos los presentes.
Juraj Spitzer
Así era él de impulsivo. Unos días después, el grupo se había reducido.  Karla y Jeri  habían hallado, por su parte, ese regalo de felicidad que con tanta generosidad ofrece a sus visitantes la isla de Cuba, mayormente en forma de amor. Pero volviendo a nuestro oso, merece la pena que os trasmita algo de lo que él nos narró sobre su agitada vida.

Había nacido en Eslovaquia en 1919, (por favor, no confundir con Checoslovaquia, pues eso le ofendía). Poeta y disidente lideró el levantamiento eslovaco contra los nazis en 1944 y su espíritu libre soportaba muy mal el comunismo que estrangulaba su país. Nos habló del cambio hacia la liberalización que su patria estaba poco a poco experimentando. En su cuerpo llevaba grabadas antiguas heridas de la segunda guerra mundial y en su alma los muchos meses pasados en un campo de concentración nazi. A pesar de su macarrónico francés y del nuestro tan elemental, acabábamos siempre fascinados con sus historias. Su energía, a los 50 años, doblaba en mucho la nuestra, su alegría de vivir era contagiosa y creo poder asegurar que, cada uno de nosotros a su manera, tanto Gladys como Gilberto o como yo, estábamos enamorados de aquel personaje de leyenda.

Ernest Hemingway

Siendo un devoto admirador de Hemingway lo primero que hicimos fue llevarle a la casa del escritor, la Finca la Vigía, ubicada en San Francisco de Paula, a 12 kilómetros de La Habana. Fue maravilloso el infantil entusiasmo que demostró al encontrarse dentro del que había sido el hogar de su ídolo y más aún cuando, paseando por Cojimar, pueblo costero donde el escritor solía acudir a pescar y fuente de su inspiración para “El viejo y el mar”,  tropezó con un anciano que afirmaba haber conocido y tomado más de un ron con Hemingway en el bar cercano.
Cojimar. La pesca del tiburón

Allí, haciendo las labores de traductores simultáneos, pasamos largas horas de aquella tarde. Fue entonces que Juraj pronunció unas palabras premonitorias; “cuando sienta mermar mis facultades físicas o psíquicas, allí en  mi  montaña eslovaca, una escopeta introducida en mi boca y un ligero apretón en el gatillo acabarán limpiamente con los sufrimientos propios y ajenos, tal como hizo mi admirado Hemingway” Aquello, por el paralelismo que guardaba con mi propia idea de la vida, la muerte y el valor del suicidio, se quedó grabado en mi cerebro.
Tanques rusos en Praga



Muchos años después, en los 90 y ya en España, perdido   el contacto con él, supe por un amigo escritor que había visitado Praga y al cual pedí hiciera unas averiguaciones, que las palabras de Juraj no habían sido vanas. Tras la terrible entrada en el país de los tanques del Pacto de Varsovia, había sido arrestado, unos meses después puesto en libertad pero  sus publicaciones o cualquier forma de actividad pública le fueron prohibidas para siempre. Poco más tarde su cuerpo fue hallado sin vida, exactamente como aquella tarde en Cojimar nos describiera. Pero esto ocurrió años después del fatídico 68 y estoy adelantando acontecimientos.

Montañas de Eslovaquia
En el año del que he estado hablando, el 64,  Spitzer venía muy a menudo a ver el espectáculo de Tropicana, por lo general con amigos del ICAIC.  Pero una noche se me presentó solo entre show y show diciendo que teníamos que hablar   con urgencia. Nos dirigimos a la cafetería donde los artistas solíamos pasar los intermedios y, sentados en una mesa, me alargó un sobre en el cual había dos pasajes para Praga y ¡un permiso de salida para mí! “Mañana tengo que irme. No he querido hablar de esto ante nuestros amigos pues es algo muy íntimo y que solo nos incumbe a nosotros. Quiero que  vengas conmigo y he hecho todos los trámites para tu viaje. Alfredo Guevara y algunos miembros del partido me deben favores y he decidido cobrármelos. No sabes lo mucho que te amo y quisiera tener la oportunidad de demostrártelo en mi mundo”, y pasó a describirme las montañas de su Eslovaquia adorada, su cabaña en medio de la nieve, sus emocionantes cacerías y la forma en que, durante meses,  gozaba de total autonomía en su enorme y salvaje reino, en fin, que ni intentándolo hubiese podido ofrecerme un futuro más bello y a la vez más ajeno a mis deseos. Añadámosle a esto que él y yo nunca habíamos tenido relaciones sexuales, que mi alma aún guardaba luto por Homero, que la relación afectiva con mi familia era de hierro galvanizado  y que en mi vida acababan de brotar un sinfín  posibilidades y mi rechazo a su romántica oferta era algo más que inevitable. Con toda la delicadeza que Juraj se merecía pero sin dejar opción a duda alguna rechacé su proposición.  Esta fue nuestra  novelesca historia de amor. Y así fue nuestra definitiva despedida.

Siempre que venía a Cuba algún personaje checo se reanudaba el contacto entre ambos. Tanto Valentina Thielova como Eva Linmanova, actrices invitadas por el gobierno cubano, me trajeron sendos sobres con fotos y se llevaron de vuelta unos similares. Y así siguió siendo, durante un tiempo.

(En el recorte de periódico que se muestra a propósito del homenaje brindado a estas actrices en el escenario de la Cinemateca podéis ver, con un poco de esfuerzo, de izquierda a derecha, a Tete Blanco, a mí, a Norma Martínez, a Valentina , a Eva  y a  la querida y bella Mequi Herrera).

Pero volviendo a mi primer film, En la noche; a pesar del entusiasmo puesto por todo el equipo, de la hermosísima fotografía de Jorge Haydú y del interesante argumento, nunca llegó a estrenarse en público. La censura lo consideró de "mensaje político altamente dudoso" y en los archivos del ICAIC envejeció sin pena ni gloria. Solo muchos años más tarde, aquí en España y en la Casa de América, tuve  la oportunidad de verlo completo. Pastor Vega y su mujer, Daisy Granados, habían conseguido  una copia y el permiso para presentarla en Madrid.  Fue  emocionante, sentada junto a Pastor, a Daisy, a Roberto Fandiño y a Manuel Pereiro, grandes amigos, revivir aquellos momentos que, paradojas de la vida, ahora nos parecían a todos llenos de esa pletórica felicidad tan fácil de confundir en el recuerdo con la simple y sencilla juventud.



           Manuel Pereiro                      Daisy Granados           Pastor Vega             Roberto Fandiño



Próximo capítulo. Al fin, años de bienes (Tercera parte. Desarraigo.)