sábado, 23 de noviembre de 2013

Instantánea 100- Cuba y lo inaudito.


Este capítulo está dedicado a los que, estando fuera de Cuba, han seguido el proceso revolucionario intoxicados por la mentirosa propaganda gubernamental. Cada palabra vertida en él es absolutamente cierta y vivida  en persona.


Desde mi habitación del Habana Libre, con la hermosa bahía habanera de fondo
El reencuentro con Lucy fue algo maravilloso. Mi “niña de chocolate” y yo seguíamos conectadas por unos hilos invisibles que la distancia y el tiempo no habían podido destruir. Los días que pasé con ella no fueron  suficientes para intercambiarnos la totalidad del cariño que bullía en nosotras.

Aquella noche de mi llegada a Boyeros, como digo en mi capítulo anterior, no fui al hotel para unirme al grupo turístico con el que había viajado.  Las dos permanecimos hasta el amanecer en su hogar de Ampliación de Almendares, echadas en su cama, poniéndonos al día la una de la otra y, como era inevitable, reviviendo esas miles de  cosas que, desde nuestra niñez, habíamos compartido.  

Mi casa de 70 y 13
Al levantarnos aquella mañana de noviembre del 85, medio drogadas de sueño y de emoción, lo primero que hicimos fue un recorrido por los lugares más cercanos y emblemáticos para mí. Nuestro primer destino fue  70 y 13,  es decir  la esquina en la que  estaba ubicada mi antigua casa, mi residencia durante los 18 años de mi estancia en Cuba.¡Y no la reconocí! Estuve a punto de pasar de largo sin identificarla.

Tan solo se mantenía incólume el balcón, testigo de todas las etapas de mi vida cubana, ese decorado desde el cual mi familia y mis perros, Laura y Nana, formando un cuadro que era  la imagen misma de la desolación, me habían dado el último adiós mientras yo, rota hasta extremos indescriptibles, me alejaba hacia el aeropuerto de Boyeros, es decir, hacia el exilio.  Después mi amiga y yo enfilamos la avenida 13 en busca del  cine Metropolitan donde nuestras hormonas adolescentes, muchos años atrás, se habían convulsionado al ritmo de las caderas de Elvis Presley y de su primera película, Love me tender. Aquel lugar en el cual, al tiempo que derramábamos ardientes lágrimas viendo Magnificent obsesion (Obsesión),  habíamos caído fulminadas de amor hacia el hermosísimo Rock Hudson.
Los restos de mi Colegio Cima.
Foto cortesía de Tony Pisani

Pero fue la visión de mi colegio Cima, justo frente al cine, la que me rompió el corazón. Por sobre aquel magnífico chalet parecía haber pasado, no el tiempo, sino el más devastador ciclón de indiferencia y desamor, como si una turba de desalmados hubiese querido destruir todo lo que aquel centro de cultura y civismo había significado.

Caminando entre nubes llegamos a Miramar, al chalet de mi abuela Jenny,  tan solo para verlo convertido en una especie de “solar”. Sus paredes lloraban desconchones, algunas ventanas habían sido tapiadas con desmaño y  su frondoso jardín trasero era un estercolero. Pero el  peregrinaje siguió.
El chalet de mi abuela Jenny

Tras dedicar un larguísimo tiempo a la espera de esa ruta 2 de mi adolescencia y de  mi primer “desengaño amoroso”,(ver Instantánea 21), llegamos hasta la playa de la Concha, hasta el Conney Island que yo recordaba bullicioso y radiante tan solo para reencontrarlo convertido en una triste ruina herméticamente cerrada. Había decidido enfrentarme de inmediato a todos mis recuerdos más cercanos e íntimos, pero la experiencia resultaba desoladora

Casi todo el tiempo que estuve en La Habana lo pasé visitando las tiendas para extranjeros, esas “diplotiendas” en las que sólo se podía comprar con dólares y donde los cubanos tenían prohibida la entrada. Por cierto que, para mayor escarnio, el dólar era una moneda hasta tal punto prohibida para ellos que su posesión era castigada con penas de cárcel. 

Allí adquirí para mis amigos, y para los amigos de mis amigos,  cosas de primera necesidad como bragas,  sostenes (sujetadores), compresas, pañales para niños, ventiladores, jabón, y hasta, increíblemente, CAFÉ….Si, amigos, en Cuba, que poseía algunos  de los mas frondosos cafetales del mundo, donde el “cafecito” era un rito diario y frecuente, las raciones que se repartían por la libreta eran mínimas y muchas veces hasta inexistentes. La cartilla de racionamiento, instaurada en julio de 1963, no solo no había desaparecido en los 22 años transcurridos si no que se había convertido en algo mucho más famélico e incierto. Lo único que se podía comprar con el peso cubano, moneda sin valor alguno en el resto del mundo, era lo que cada familia tenía asignado por la libreta y que resultaba en extremo escaso para una satisfactoria manutención. Aquello hacía aun más indignante que diplomáticos y turistas dispusieran, en las tiendas antes mencionadas, de un amplio surtido en artículos de aseo, ropa, aparatos eléctricos y hasta alimentos, llegando al extremo de poder encontrar productos  envasados en cuya etiqueta decía, con absoluto descaro, “excedente de la producción cubana”. ¡Vaya desvergüenza!

Lucy y yo frente a su casa
Al finalizar aquel primer día de grandes desencantos, de nuevo en ese Buick del 54 prestado con el que me habían recogido la noche anterior en Boyeros, Lucy, su marido y su hijo Alejandro, mi ahijado, me llevaron al hotel donde estaba alojado mi grupo; el Presidente. Allí me esperaban con ansia dos personas provistas de muy distintas intenciones; mi amigo Salmerón y  la desagradable guía-comisaria política que nos habían asignado. “¡Usted no puede hacer esto, desaparecer así. Yo soy la responsable del grupo y le advierto que, de ahora en adelante, si piensa faltar a alguna de las excursiones que les tenemos preparadas, tiene que avisarme con tiempo y decirme donde puede ser localizada”!, me espetó la mujer. Aquello me pareció el colmo del intento de control así que le respondí con estas palabras; “desde este mismo instante está avisada de que no debe contar conmigo para excursión alguna.  Yo soy una adulta y he venido para conocer Cuba a mi ritmo y no para ser llevaba y traída como una niña alumna de las monjas Ursulinas.” Para mi sorpresa esas palabras, o tal vez mi decidida actitud, la dejaron muda.  Nunca  volví a tener un encontronazo con ella.

Con Salmerón frente al Templete
Salmerón, en cambio, me esperaba en el lobby ansioso por escuchar todo sobre mis emocionantes reencuentros. Él, a causa de las malas comunicaciones interprovinciales que hacían casi imposible el desplazamiento por la isla y del deficiente trasnporte urbano   había decidido sumarse a los viajes organizados por la agencia, pero tras realizar un par de ellos, uno a Viñales y otro a Sancti Espíritus,  comprendiendo  que estaba siendo manipulado y abrumado de información sesgada, decidió alquilar un cochecito y dedicar más tiempo a las personas queridas que a su partida había dejado en La Habana. Parece que mi ejemplo ahuyentó sus temores haciéndole comprender que a los ojos de los “vigilantes” éramos ahora tan solo turistas y eso nos cubría de un manto protector.  A partir de aquel momento nuestra vida cambió. Cada día recogíamos a varios amigos y ellos nos instruían sobre  lugares típicos que, prácticamente escondidos, aún existían. Chiringuitos clandestinos, camuflados a orillas de alguna de las muchas playas cubanas, en los que solían servir como platos únicos masitas de puerco, frijoles negros y hasta yuca,  productos conseguidos   en el mercado negro, es decir,  corriendo el riesgo de ser encarcelados.
Con mi ahijado Alejandro y con Esteban Barrios,
ambos bailarines, en el cabaret Tropicana

También descubrimos antros nocturnos, sitios mucho más auténticos que aquel cabaret Tropicana, del cual yo había sido figura en el año 63, (ver Instantánea 35), y que en mi inevitable visita durante aquel viaje encontré carente de su más significativa característica; el glamour.  En esos recónditos bares te servían un ron  de producción casera, hay que admitir  que espantoso, pero el único que se podía comprar  fuera de la  libreta,  mientras disfrutabas  de algún  trovador espontáneo que, guitarra en mano y con esa musicalidad innata en el cubano, daba al personal una “descarga” de guarachas y boleros. Lo importante es que al fin podías departir con el auténtico pueblo.

Pero una mañana tuve mi  más estremecedora confrontación con el sistema. Había pedido a Lucy que viniera a buscarme al hotel Presidente con la finalidad de continuar a su lado mi periplo habanero,  ahora por la zona del Vedado. Mi plan era tomar malecón abajo hasta llegar a La Rampa,  subir por ella hasta L y 23 y una vez allí degustar unos helados en Coppelia, como en tantas ocasiones hiciéramos durante nuestra adolescencia.
En el cabaret del hotel  Internacional de Varadero

Estando en mi habitación, una llamada telefónica me avisó que "cierta mujer llamada Lucy" preguntaba por mí en  recepción.  “Por favor dígale que suba”, fue mi respuesta. Pero estas palabras de la telefonista me dejaron patidifusa: “Compañera, ningún cubano puede entrar al hotel y mucho menos a las habitaciones”. No podía dar crédito a mis oídos. Hecha una auténtica fiera bajé al vestíbulo, sintiendo en mis carnes la humillación que aquello significaba para mi querida amiga y, según parecía, para el resto de los nacidos en esa isla kafkiana. ¿Es decir que ellos, los nativos, los auténticos dueños de aquella tierra tenían prohibido el acceso, no tan solo a las “diplotiendas” sino también a lugares públicos como los hoteles y, según supe más tarde, a gran parte de los restaurantes? A excepción de políticos y militares, por supuesto. Mi enfrentamiento con la recepcionista fue antológico. Le dije que "aquella mujer", Lucy Reyes, era la directora del coro polifónico más prestigioso de la isla, que yo era una actriz y cantante famosa en España, que la había citado para tratar temas profesionales y que si persistía en su actitud absurda y segregacionista, acudiría con mis quejas a los más altos estamentos culturales de su país y a la prensa del mío. Mi amiga me miraba con expresión asustada  y sorprendida al descubrirme una faceta guerrera  desconocida tanto para ella como para mí.
En la playa del Internacional de Varadero
En realidad la más sorprendida ante mi arrojo era yo, la pusilánime Yolanda que mientras vivió en Cuba sufrió callada tantas tropelías, las cuales, si sois seguidores de mis narraciones, conocéis de sobra. (Ver Instantáneas 27 y 46). La cuestión es que mi trola funcionó y a consecuencia de ello Lucy tuvo libre acceso al hotel durante el tiempo que duró mi estancia en él. Sin duda las vírgenes católicas y los santos yorubas me protegieron durante ese viaje. Días más tarde fuimos trasladados al hotel que debíamos haber ocupado desde el principio; el ahora denominado Habana Libre. Una vez allí  vi que el maravilloso mural de Amelia Peláez que ocupaba todo el frontal, ese que yo había visto instalar,  había desaparecido. Nadie pudo explicarme el motivo. Ay, los grandes misterios de los que el castrismo ha gustado rodearse siempre.  (Según me han contado, en estos momentos el mural  vuelve a estar en su lugar.)

Un par de días antes de nuestra vuelta a la Madre Patria, Cuco Garrudo, un arquitecto cubano, compañero de aventuras de Salmerón desde la adolescencia, decidió hacer una reunión en su casa invitando a los amigos de ambos y a algunos de mis antiguos compañeros de la farándula. Fue una alegría ver nuevamente los queridos rostros de personas como Helmo Hernández, Raquel Revuelta, María de los Ángeles Santana y su marido Julio, Pastor Vega y Adolfo Llauradó, gente con la que, en mis días dorados, había compartido platós y escenarios. Pero, a pesar nuestro mutuo afecto y de su asistencia, que agradecía de corazón, no pude evitar sentirme desplazada e incómoda entre gente con la que los temas de conversación era escasos y en cuyos rostros se adivinaba la tensión que les provocaba estar reunidos con una exiliada, cosa tan mal vista por el régimen. Tal vez eran imaginaciones mías, pero sentí como si yo hubiese evolucionado mientras que ellos, oprimidos por el sistema y por la censura, tuviesen cortadas las alas de su desarrollo humano y espiritual.  No, la realidad es que aquellos reencuentros no me dejaron el buen sabor de boca  esperado.


La mañana de mi partida, con Lucy
frente al Habana Libre
Finalmente llegó el momento de regresar a España. y las despedidas con Lucy y su familia fueron tristes, muy tristes. Pero la idea de volver a casa, abrazar a mamá y reunirme con Jesús era más fuerte que todo. ¡Mis seres más queridos!  Mi Jesús que, a causa de la desvalidez  de mi madre no había podido compartir conmigo ese viaje, cosa que le habría hecho tan feliz…Mi madre Dora, aquella poderosa bailarina a la que la artritis comenzaba a dejar casi impedida, y por ende, a la que no podíamos, ni queríamos, dejar sola durante días…

Dos cosas positivas logré sacar de aquel descorazonador viaje a Cuba. La primera fue la reconciliación con Emilia, esa gran amiga de mi infancia con la que  hube de romper relaciones a causa del ciego fervor revolucionario y del ataque de radicalismo que sufrió a principios de los 60.  (Ver Instantánea 21). El tiempo y las desilusiones le habían hecho comprender que nada debía ser más poderoso que la amistad. Fue reconfortante constatar  su proceso de maduración,  hermoso y positivo.Y la segunda y más importante fue la confirmación de que abandonar la isla había sido una de las decisiones más oportunas y acertadas de mi vida. Aquel reencuentro puso fin a mis frecuentes devaneos con las dudas y la nostalgia. La isla, más que nunca, se había convertido en un país inaudito.

De izquierda a derecha, Lucy, yo y Emilia en la heladería Coppelia
Y así, con mi vuelta a ese Madrid que ya respiraba libertad a pulmones llenos, nos vamos acercando a un 1986 que me tenía deparada una experiencia artística inigualable.


Necrológica.
Ha llegado a mi conocimiento que la cantautora cubana Teresita Fernández ha fallecido en La Habana.  Quiero dedicarle un personal y pequeño homenaje en nombre de aquellos días de nuestra amistad, cuyo fondo musical era   "dame la mano y cantaremos, dame la mano y me amarás...", y en el de  tantos niños a los que alegró con sus canciones. 

Próxima Instantánea. El Music Hall Lola.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Instantánea 99 - Entre las despedidas y los reencuentros.


Foto de Jesús Alcántara
Aquel 1985, que yo había elegido como mi  “año sabático”, se convirtió en un continuo manantial de emociones contradictorias. Conmovedores reencuentros, y grandes y dolorosas despedidas. Despedidas de esas que cambian tu vida y dejan en tu corazón agujeros imposibles de rellenar. Todo empezó con una desbandada de los amigos que durante años fuesen proveedores de cálida compañía y bulliciosa felicidad  para mí. Por una de esas casualidades del destino habían decidido abandonar Madrid casi al unísono, buscando otros derroteros para sus carreras, para sus sueños, en fin, para sus vidas.
De derecha a izquierda Tomás Picó, Almudena Cotos, Salvador Vives
Jesús y yo en 1976
Salvador Vives volvió a su ciudad natal, Barcelona,  con el fin de dedicarse a la difícil y poco apreciada profesión de doblador de cine, en la cual, con su bella voz de barítono,  se convirtió casi de inmediato en una gran estrella. Tomás Picó decidió alejarse del “mundanal ruido” y de ese Madrid que no había sabido apreciar toda su valía. Dirigió  sus pasos a la hermosa e indómita región de Tarifa, Andalucía, y allí formó una compañía de teatro de aficionados con la que, al pasar el tiempo,  consiguió un gran prestigio nacional.
Carlos, Jesús, Norberto y yo
en una de nuestras muchas
fiestas de carnaval

Norberto Sosa que, bajo el nombre artístico de Norton, había tenido su “minuto de gloria” como cantante a principio de los setenta, tras comprobar que no sólo de arte y del bien hacer se nutre esta profesión, volvió a la hermosa isla donde había nacido, Gran Canaria, para hacerse cargo de los negocios familiares. Y aunque ya debía estar acostumbrada a estos frecuentes desgarros, teniendo en cuenta mis exilios de España a Cuba y viceversa o la disolución de aquella comuna que había aliviado las nostalgias y penurias de mis primeros años en España, despedirme de personas tan entrañables me llenó de una sensación de soledad y hasta de desamparo. Pero el más triste y dramático de los adioses fue el que vi en la mirada de nuestro querido foxterrier Bobby en el momento de su última entrada a un quirófano.  Carcomido por un cáncer contra el que no valieron ni rezos ni cirugías, perdió las fuerzas y el deseo de vivir,  así que un día tomamos la terrible decisión de acabar con sus sufrimientos.
Rodeando a mi madre, Norberto, Carlos, Picó y yo



Tan solo los que hayan pasado por esta disyuntiva pueden comprender cuán difícil y doloroso nos fue sacrificarle, pero, viendo su diario sufrimiento, tanto Jesús y yo como mi madre decidimos no prolongar su inútil agonía. Pensábamos que, puesto que le habíamos dado una vida plena y feliz, debíamos proporcionarle también una muerte digna, un acceso, libre de más dolores,  hacia ese cielo de las mascotas que para mí sin duda existe. Así que en una camilla de la clínica veterinaria de nuestro  amigo Salmerón, Bobby se durmió plácidamente  y por última vez mientras en casa mi madre derramaba  abundantes dosis de lágrimas y yo,  incapaz de verle partir, vertía las mías derrumbada en una silla de la antesala del quirófano. 

No había transcurrido más de un mes cuando  Salmerón me hizo una propuesta a la vez apetecible y amedrentadora; emprender juntos un viaje a Cuba. Si lo hacíamos ese sería el regreso de ambos  a parte de la  infancia, a la totalidad de la adolescencia y a los primeros años  de nuestra plenitud, ya que teníamos unos antecedentes muy similares; españoles llevados a la isla durante la niñez y repatriados a España a finales de los 60. Era aquella una decisión difícil de tomar; o bien nos enfrentábamos al  triste presente en que se había convertido nuestro pasado cubano o seguíamos, como hasta entonces, sumidos en las ensoñaciones y la idealización de un tiempo que ya no existía. Eso aparte del temor a  las posibles represalias que podíamos sufrir en la isla como venganza por nuestra “huida”. Aunque el formar parte de un grupo de turistas en un viaje organizado por una agencia y el estar  provistos de esos pasaportes españoles que nunca habíamos perdido nos hacía confiar en que pasaríamos  inadvertidos, el temor persistía.
Jesús y yo en el aeropuerto de Barajas, Madrid,  momentos
antes de que yo tomara el avión para Cuba

Finalmente ambos decidimos descorrer las espesas cortinas del miedo y la nostalgia y desafiar a los poderes de la autocracia que dieciséis años atrás nos habían obligado a abandonar en Cuba la casi totalidad de nuestras vivencias.

Ni él ni yo teníamos ya parientes en la isla, pero sí contábamos con grandes amigos que se alegrarían  de volver a vernos. Así que cargados con algunas de tantas y tantas cosas que faltaban en ese infortunado país, desde los sencillos polvos de  talco o la pasta de dientes hasta la ropa y el calzado, desembarcamos una noche en un aeropuerto José Martí que nos pareció tan solo  un deteriorado hangar. (Más tarde supimos que nuestra llegada coincidió con obras  de ampliación y restauración del lugar.)

Foto de Jesús Alcántara
La primera sorpresa con que nos topamos los viajeros al salir del avión fueron los “puntos de control de pasaportes”. Para nuestro asombro, tras descender del avión y atravesar la pista a pie, vimos ante nosotros cinco habitáculos de cemento que medían más o menos metro y medio por metro y medio, y que se hallaban adosados a una larga pared. Nos indicaron que hiciéramos cola ante ellos y allí nos quedamos durante largo tiempo las cinco filas de viajeros, como obedientes borreguitos, mientras nuestros ojos se clavaban, hipnotizados, en unas puertas de hierro que ocupaban parte del frontal y que se abrían automáticamente para dejar entrar a cada pasajero, cerrándose rauda tras su paso. Aquello nos permitía ver a las personas penetrar pero, ya que  las salidas de las diminutas habitaciones  iban a dar a un largo pasillo situado tras el muro,  la sensación era que, una vez dentro, esos seres desaparecían sin dejar rastro. La cosa era muy inquietante, acostumbrados como estábamos al diáfano mundo de cristales que en los aeropuertos españoles rodeaban los controles  aduaneros.  Cuando me llegó el turno de acceder al cubículo  estaba llena de ese sentimiento crónico  de culpa que el régimen cubano ha inculcado en todos los que, en un momento determinado, elegimos el exilio.

Una vez dentro, casi escondida tras mi tembloroso pasaporte y ya cara a cara con el miliciano encargado de ponerle el ansiado sello, las luces se apagaron de súbito y sobre mi corazón cayó algo parecido a la losa de un sepulcro. ¡Estaba perdida! ¡Me habían reconocido y el fantasma del juicio popular con el que me amenazaran años atrás y que había logrado eludir gracias a mi salida en diciembre de 1967, al fin me poseería y me destruiría! (Ver Instantánea 44). Nunca iba a volver a Madrid, jamás me arrebujaría de nuevo en el cálido amor de mi madre y de Jesús. Mi angustia convirtió la oscuridad en una masa solida y pegajosa que me impedía respirar. De pronto oí una voz gritando desde fuera del cubículo  cerrado en el que me encontraba; “¡Esto es un apagón general, compañeros turistas, agarren sus equipajes porque no nos hacemos responsables de los robos!”. Durante los pocos minutos que pasé sumida en la oscuridad,  prisionera entre esas puertas de hierro que, al funcionar por electricidad, habían quedado bloqueadas, experimenté algunos  de los momentos más angustiosos de mi vida. (Insisto en intentar describiros el lugar para que compartáis conmigo la opresiva sensación de claustrofobia que provocaba estar allí encerrada).

Por suerte  con el regreso de la electricidad la puerta de salida que daba acceso al pasillo se abrió.  Entonces, el desagradable individuo que había permanecido, en aterrador silencio, conmigo en la oscuridad me entregó, sin siquiera mirarme,  el pasaporte sellado y con un gesto de la mano indicó que me fuera. Ni una palabra de disculpa brotó de su boca.

Pero mi odisea en el aeropuerto no había terminado.


Foto de Jesús Alcántara
La recogida de los equipajes se hizo eterna. Los milicianos abrían cada maleta, revolvían un poco en su interior, hacían algún comentario al respecto  y la devolvían a sus propietarios con gesto de condescendencia. El gran problema fue que, al llegar mi turno, yo llevaba ¡tres valijas llenas hasta rebosar de las más diversas prendas! Y aquello requirió un largo proceso de explicaciones y  negociación. “Pero, ¿cuántos días te piensas quedar en Cuba, compañera?”, “Trece”, le respondí con mi más cuidado acento castellano y mi más cautivadora sonrisa, “Lo que pasa es que me han dicho que aquí se suda mucho y yo soy muy limpia”. Para mi sorpresa aquello le hizo soltar una carcajada. A medida que iba revolviendo mi equipaje hacía comentarios como “¡lo que daría mi negra por un par de medias de estas!”, o “fíjate, esta camiseta es de la talla de mi hijo”. Como imaginaréis, cuando al fin recogí mis tres maletas su peso se había aligerado a causa de mis “donaciones”. 

Al salir por fin al exterior vi que una guía turística, de la que emanaba un inconfundible hedor a comisaria política, esperaba y reunía a “mi grupo” alrededor de la guagüita que nos debía conducir al hotel contratado para nosotros por la agencia. Y entre ellos distinguí a mi amigo Salmerón, iluminado por  una sonrisa de felicidad que le atravesaba la cara de este a oeste. Así que hacia allí me dirigí.

Pero cuál no sería mi sorpresa al escuchar a mis espaldas un pequeño coro de voces entonando con entusiasmo  mi nombre. Sí, Lucy, mi inolvidable “niña de chocolate” su marido, Tomás, su hijo pequeño, Gabriel y su otro hijo y ahijado mío, Alejandro, habían conseguido un viejo coche prestado y estaban esperando  mi arribo exultantes de emoción. Aquello fue una sorpresa enorme pues, aunque yo me las había arreglado para comunicarles los detalles de mi llegada,  al no tener ellos auto,  la posibilidad de que se desplazaran hasta Boyeros era prácticamente nula.  Hay que aclarar que el servicio de transporte público en la isla era muy escaso, y a ciertas horas, inexistente.

Por supuesto aquel encuentro cambió mis planes. Abrazando a Salmerón le dije que me iría con mis amigos  y que, al día siguiente nos veríamos   en el hotel. De pronto, como surgida de la nada, apareció a nuestro lado la supuesta guía diciéndome de forma imperativa, “¡compañera, usted no puede separase del grupo!” a lo que mi inmediata respuesta fue, “pues a ver cómo me lo impides”. ¡De pronto el dulce aire nocturno habanero y la luz de alegría que irradiaban los rostros de Lucy and company me habían llenado de valor!
Hotel Presidente y Hotel Habana Libre, (antiguo Hilton)
A medida que me alejaba de aquella mujer oí unas palabras a las que, en esos momentos de gran emoción, no di importancia,” ¡Oiga, compañera, que no vamos al  Habana Libre, que nos han reubicado en el hotel Presidente!” Por cierto, una arbitrariedad de la cual no quisieron  hacerse responsables ni los cubanos ni la agencia de viajes española. Nosotros habíamos pagado por un hotel de primera, el anteriormente llamado Habana Hilton, sito en el meollo de L y 23, rodeado de lugares que habían sido testigos de gran parte de mi vida y ahora, sin explicación coherente, nos colocaban en uno de bastante menos categoría y ubicado en Calzada y G,  es decir, alejado de aquella Rampa y aquel Radiocentro por los cuales yo había planeado pasear mis recuerdos. Afortunadamente, y gracias a las agrias protestas de todo el grupo, una semana más tarde éramos trasladados a nuestro destino inicial, el hotel que tantos recuerdos  me traía y que siempre sería para mí "El Hilton." (Ver Instantánea 22).

La cuestión es que, tras los besos, abrazos y sollozos, ya apretujados en aquel Buick del 54 que mis amigos habían conseguido para ir a recogerme, me dirigí a su casa, dispuesta a  disfrutar, entre charlas, mimos y rememoraciones,  de cada minuto de esa mi primera noche en Cuba.

En casa de Lucy.
De derecha a izquierda el primo Ulises, mi ahijado Alejandro, yo, Lucy, Gabriel y Tomás.
En el centro la abuela paterna Aleja

Y en el próximo capítulo, queridos todos,  os seguiré narrando mis experiencias en una isla que reencontré desconocida y hasta a veces inhóspita.



Próximo capítulo: Entre las despedidas y los reencuentros. (Segunda parte).

sábado, 9 de noviembre de 2013

Instantanea 98 - Marsillach y el Cinematógrafo.



Foto Jesús Alcántara
¿Alguna vez, al entrar en un lugar desconocido, una sensación de dejá vu os ha dejado anonadados? ¿Y en ese momento, sumidos en una especie de euforia, habéis sentido que todas las vibraciones positivas circundantes acudían a recibiros,  como si  os hubiesen estado esperando? Pues esas habían sido mis sensaciones cuando, en 1970, acudí por primera vez al Teatro de La Comedia con objeto de comenzar los ensayos de la obra Tiempo del 98,  esa aguda crítica política que durante el franquismo habíamos logrado, con gran coraje, colar por entre las faldas de la censura. Aquel teatro a la italiana me cautivó desde nuestro primer encuentro.

14 años más tarde, un día de principios de julio, en compañía de Adolfo Marsillach, de José Sazatornil, “Saza” y de algunos otros compañeros, al atravesar sus puertas para asistir a la primera reunión de compañía de Cinematógrafo Nacional, el milagro volvió a repetirse con toda su intensidad. Mi corazón se arrebató de alegría.  Otros teatros conocidos, y ya eran muchos y diseminados por todo el territorio español,  me resultaban, en el mejor de los casos, respetables moradas de Talía o Terpsícore.  Pero estar en La Comedia despertaba en mi alma sentimientos tan intensos, tan personales que me hacían llegar a creer que ese templo en particular había sido en realidad edificado para mí. Los desconchones de sus paredes me parecían esbozos de sonrisas, el olor a polvo del patio de butacas me provocaba el ansia de aspirar profundamente, como si mis pulmones necesitasen de ese aire viciado para funcionar  y los algo ajados terciopelos de las cortinas me llamaban con la urgencia de cálidos amantes cuyos brazos ansiaran cobijarme. Por esas razones, al regresar a mi adorado teatro, al irrumpir en su afrancesado vestíbulo me volví a sentir enamorada. Sí, a veces, no se sabe por qué, el alma de un lugar se apodera de la tuya y la fascina. ¿Nunca os ha ocurrido algo semejante?

 Carteles del estreno de Cinematógrafo y Cuadros Disolventes y foto de La Gatita Blanca
Marsillach recurrió a mí en esa ocasión porque le estaba resultando muy difícil encontrar una actriz capaz de cantar La chispa eléctrica, un aria en tesitura de soprano, con orquesta en el foso y sin megafonía alguna. Es decir, en el más estricto de los directos. La intención del autor-director era conservar al máximo la ambientación de principios del siglo veinte, momento en el que se había estrenado en España Cinematógrafo Nacional, esa revista cómico lírica de un acto  cuyos autores eran Perrín, Palacios y Giménez.

El invento de Adolfo había consistido en hacer una ligera poda de los diálogos e incluir en el segundo acto  parte de otras dos obras del género, también en un acto; La gatita blanca, de Jackson Veyán, Giménez y Vives y Cuadros disolventes, de Perrín, Palacios y Nieto, todas estrenadas entre 1896 y 1907. Por supuesto el vestuario era un remedo perfecto del que aparecía en fotos de cupletistas y de personajes populares de entonces. Es decir que el espectáculo era preciosista, colorido, variado y un bello homenaje a tiempos pasados de la farándula.
"Saza" y yo en La gatita blanca. Segundo acto
de Cinematógrafo Nacional

El reparto lo componían Blaki, Natalia Duarte, Mara Ruano, Alberto Fernández y Francisco Portes, todos actores-cantantes, y era protagonizada por José Sazatornil, “Saza”, y por mí. También contábamos con un coro-ballet de 16 personas. La orquesta estaba dirigida por Pepe Nieto, la coreografía era de Skip Martinsen y la escenografía del gran Carlos Cytrinowski. Por supuesto lo mejor de lo mejor para Marsillach.

“Saza” era, además de un hombre de exquisita educación y maneras decimonónicas, un importantísimo actor de comedia, con una filmografía interminable y una bonita voz abaritonada. La mía era pequeña pero poseía un timbre agradable y una tesitura que abarcaba desde la de mezzo hasta la de soprano, sin lo cual no me hubiese sido posible interpretar, confieso que dejándome la garganta en el empeño, aquella aria de La chispa eléctrica con la que comenzaba la función.
Yo en la aparición de La chispa eléctrica.
Primer acto

¿Me imagináis en el fondo del escenario, sobre una alta plataforma provista de una estrecha escalera, vestida con un traje que pesaba 23 kilos, bajando deslumbrada los escalones mientras cantaba a todo pulmón con el fin de hacerme oír sobre una orquesta de 14 despiadados músicos? ¿Y para colmo sin megafonía alguna? “Saza” y yo, durante los ensayos, intentamos con denuedo convencer a Marsillach de lo absurdo de ese purismo, de que incluso sería perjudicial de cara a un público que ya estaba acostumbrado al sonido de las voces pasadas por el micro y los bafles, pero fue en vano. Así que todos los intérpretes vivimos, durante los dos meses de representación, aterrados ante la posibilidad de coger un catarro o una afonía.

Tal y como nos temíamos, el público no logró engancharse al espíritu  nostálgico del espectáculo, por lo cual aquella experiencia se puede catalogar como un gran fracaso. Algo que sorprendió y humilló a un Adolfo Marsillach acostumbrado a los éxitos y considerado en esos momentos, más que un actor, un intelectual de gran prestigio. El hecho es que, sin querer dar su brazo a torcer con respecto a lo del sonido, después del estreno nos abandonó para iniciar su labor actoral en una serie de TVE, dejando a cargo del seguimiento de la función a Roberto Alonso, uno de sus ayudantes.

Adolfo Marsillach
Marsillach fue, a lo largo de toda su vida artística, un personaje importante y difícil de catalogar. Él se describía como un  luchador por las libertades durante el franquismo y sin embargo había sido nombrado director del Teatro Español en el año 65, cosa imposible para quien no tuviese el beneplácito de la dictadura. Tiempo después, llegada la democracia fue acogido por el nuevo sistema y por el público bajo el epíteto de persona progresista. Hasta tal punto que en el 78, en plena democracia y por supuesto con todo el apoyo gubernamental, fundó el Centro Dramático Nacional y con posterioridad creó la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ocupando para su uso exclusivo ese Teatro de la Comedia del que hablo con amor al comienzo de este capítulo. La cuestión es que siempre ha estado clara su buena relación con los gobiernos españoles, fuesen de la tendencia que fuesen. En mi opinión Adolfo fue un hombre camaleónico y poseedor de una inteligencia aguda. Todo un personaje. Estas palabras deben entenderse más como un halago que como una crítica adversa, pues en el fondo de mi corazón siempre he admirado a los “supervivientes natos”.

Y paso a contaros una anécdota correspondiente a ese malogrado espectáculo

Una tarde, antes de comenzar la función, el regidor me comunicó que Justo Alonso,  el productor, estaba en el camerino de “Saza” y que ambos querían hablar conmigo. Así que hacia allí me dirigí temiéndome lo peor. Pero aquella reunión no iba a versar sobre suspender las representaciones del Cinematógrafo, como yo pensaba. De hecho, ambos estaban buscando, según ellos, una solución para salvar el espectáculo. Y no sé a cuál de los dos se le ocurrió que, con el fin de “alegrar” los textos, “Saza” se dedicara a incluir en ellos  chistes subiditos de tono y hasta alguna que otra alusión a  políticos del momento. Mientras, yo debía apoyarle con “frasecitas” que dieran entrada a sus gracias, convirtiendo así mi personaje en su “pared de frontón”.
"Saza" y yo en La gatita Blanca.
Segundo acto.



Y no es que eso me molestase, en peores garitas había hecho guardia, pero aquello transformaba la función en algo peor que una revista al uso, en un híbrido, arrebatándole su bella cualidad de “reliquia de tiempos pasados”, de amena clase de historia de la revista cómico lírica, género totalmente olvidado, y de los usos y personajes de finales del diecinueve y principios del siglo veinte. Lo cual era para mí su mayor encanto y originalidad.

Mi respuesta a la proposición fue clara y tajante: aceptaría cualquier cambio siempre que fuese el propio autor-director quien me lo plantease. Aquello no gustó mucho al productor ni a “Saza” pero yo insistí en que la orden partiese de Marsillach en persona, pues me temía que le estaban intentando hacer una jugarreta y no era cuestión de ser cómplice en algo que me pusiese a mal con tan insigne personaje.

Un par de días después Roberto, el apocado ayudante de dirección, se presentó en mi camerino y me comunicó que Adolfo no tenía tiempo para venir a vernos pero que sus palabras habían sido, “diles que hagan lo que quieran con la obra”. Es decir que, para mi sorpresa, el gran hombre se desentendía. Con lo cual no había más que hablar al respecto.



Desde esa misma función se incluyeron en los sketches  unos chascarrillos que  salvo algunas risas de los asistentes, no nos aportaron ningún beneficio. Muy por el contrario nos hizo perder el apoyo de  ese público inteligente que había apreciado, en un principio, el elegante y minucioso trabajo de rebusca en el pasado que eran las principales virtudes de Cinematógrafo Nacional.

Nunca he logrado entender la actitud de Marsillach, sobre todo teniendo en cuenta su fama de director estricto y autor puntilloso.

La cosa es que mi objeción inicial  fue la causante  de que las relaciones con el productor, Justo Alonso y con José Sazatormil, “Saza”  se enfriaran. Aquello no me sorprendió. Pero sí lo hizo el hecho de que Adolfo nunca tuviese una palabra de reconocimiento para con mi arriesgada actitud en defensa de su creación. Nuestro trato durante los ensayos había sido perfecto, yo ejecutando al pie de la letra sus indicaciones y él llegando incluso a aceptar alguna sugerencia mía. Pero bueno, parece que así son los genios, autosuficientes hasta tal punto que cualquier intento de ayuda ajena  les molesta.  A pesar de todas las experiencias adversas que había tenido a lo largo de mi agitada vida, creo que fue a partir de ese  momento  cuando comencé a entender que  mi capacidad cognitiva, la forma demasiado estricta de ver mi existencia y mi profesión  era la herencia de unos padres honestos  a la vez que muy disciplinados,  una aleación que estaba resultando nada maleable y por lo tanto poco práctica.

Desde que comencé a tener uso de razón, mi mundo soñado había sido, ya podéis comenzar a reír, un lugar donde el arte fuera tan puro que pudiese estar  divorciado de la política, donde no existiesen fronteras terrestres y mucho menos raciales, donde las clases sociales no fuesen tan drásticamente definidas,  donde el amor y el sexo no tuviesen más  límites que los estipulados por las partes interesadas, donde existiese un Dios poseedor de un corazón compuesto  por enormes montañas de comprensión y benevolencia. Sin embargo estaba comprobando que las tendencias marcadas por las “mentes brillantes” que regían nuestras vidas eran opuestas a mis sueños. Ahora resultaba que TODO era política, se apoyaba a los países que pretendían fragmentarse escudados tras  autonomías o nacionalismos, la sociedad se dividía cada vez más en ricos y pobres, nos creíamos con el derecho a juzgar, criticar y legislar hasta sobre el “sexo de los ángeles” y surgían de continuo nuevas religiones regidas por supuestos dioses llenos de furia y  codicia de almas y  bienes materiales. 

Y para finalizar este casi impúdico striptease que ha hecho mi alma, pasaré a compartir con vosotros el único recuerdo en verdad agradable que guardo de Cinematógrafo Nacional.


La noche de nuestra despedida el jefe de sala se acercó a mi camerino para entregarme un bonito álbum de cuero que “su admirador secreto ha  dejado para usted”, dijo. Como era idéntico a uno que había llegado a mis manos, rodeado del mismo misterio y  tras otra última función, la de El Rey de Sodoma de Arrabal,de inmediato supe lo que contenía. Por lo tanto  me apresuré a abrirlo, confieso que con el insano propósito de dejarme llevar por la emoción y derramar alguna lagrimita. Y no me equivocaba. Al igual que en el caso anterior en sus páginas venían, primorosamente pegados y clasificados, todos los recortes sobre Cinematógrafo que habían salido publicados en la prensa española. Así que, haciendo una pausa en el siempre triste proceso de recoger por última vez los enseres personales, acto en este caso acompañado por la nostalgia de “lo que pudo haber sido y no fue”, sentada por vez postrera ante la coqueta de mi camerino dediqué a ese admirador secreto un imaginario beso de agradecimiento que, estaba segura, nunca le llegaría . O al menos así lo creía a finales de ese mes de noviembre de 1984. Pero ¿conocéis la letra de la canción que reza, “sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas”?

Fotos de Cinematógrafo Nacional, Jesús Alcántara

Necrológica
Amparo Rivelles
Foto J. Alcántara

El jueves día 7 del corriente fallecía en Madrid, a la edad de 88 años, la gran dama del teatro; Amparo Rivelles. Tras  haber triunfado, desde muy temprana edad,  en el teatro y en el cine español, corriendo los años 50 partió hacia México donde vivió y triunfó durante 24 años. A su regreso a España retomó su carrera  convirtiéndose en el paradigma de la primera actriz. Hija y nieta de actores vivió en y para su profesión siendo incontables los premios recibidos y los grandes éxitos obtenidos  frente a un público que la idolatraba en ambos lados del Atlántico.  Un personaje así nunca desaparecerá de nuestra memoria y gracias a sus importantísimas películas, será siempre admirada por las generaciones venideras.




Próximo capítulo. "...unos que vienen, otros que se van"...

sábado, 2 de noviembre de 2013

Instantánea 97 - De estreno en estreno.



Desde octubre del 1982 hasta 1993 España estuvo gobernada por el PSOE, (Partido Socialista y Obrero Español) y nuestro presidente, su máximo líder, era un hombre joven de tal carisma que barrió en los sufragios del 82, obteniendo la mayoría absoluta entre un pueblo que estaba harto  de la ineficacia de sus anteriores gobernantes de derechas.
Felipe González

Aunque habíamos conseguido una transición sin violencia, gracias a esa rápida secuencia de gobiernos moderadamente continuistas, los españoles, que comenzaban a sentirse a sus anchas dentro de la democracia, decidieron experimentar con otras opciones, y como es lógico y humano, se lanzaron de cabeza a explorar los caminos que durante tantos años les habían sido vetados: los del socialismo. Sin duda el encanto andaluz y juvenil de Felipe González fue una baza  a su favor, pues es de sobra conocido lo importante que resulta para un líder poseer ese carisma que le he atribuido con justicia al comienzo de este capítulo. 
González y Guerra desde el balcón de
la sede del PSOE el día del triunfo



El tándem Felipe-Guerra resultaba muy efectivo de cara al pueblo. Alfonso Guerra, vicepresidente, hombre, en contraste con González, nada agraciado se caracterizaba por el sarcasmo e ironía que empleaba en sus discursos, convirtiéndole estas características en el ingenioso y divertido pícaro de esa literatura  caballeresca tan nuestra . Es decir que resultaban la pareja ideal.

Pero no pretendo detallar en este capítulo lo que fueron para España los años de socialismo. El único propósito del pequeño prólogo anterior es ubicaros en el momento y las circunstancias que rodearon los hechos de mi vida que paso a narraros .

Entre los años 80 y 84 la vida me hizo una serie de obsequios maravillosos; trabajo interesante y reencuentros con entrañables amigos cubanos que me llenaron de felicidad y, como era inevitable, de nostalgias de Cuba y de mi juventud.


Miriam Barredo y yo
Mi “hermana de sangre” desde la infancia, Miriam Barredo, aquella adolescente que partió de Cuba,  obligada por la dramática situación en la que Castro había sumido a la isla, (ver Instantánea 29), regresó a mi vida de la forma más fortuita y para nunca marcharse. Resultó que, viviendo ella en New York, teníamos sin saberlo un conocido en común, Javier Amaitriain, el cual visitaba su casa en los frecuentes viajes que hacía a la Gran Manzana. Pues bien, un día el hombre le mencionó tener en Madrid trato frecuente con una simpática artista“cubanita” (así me consideraron durante años), de nombre Yolanda Farr. Aquello fue definitivo.   La cuestión es que desde entonces Miriam comparte su vida entre su casa de New York y la que compró en la zona de Torremolinos, Málaga. Así que a partir de entonces nuestra amistad se reanudó con tanta perfección como si nunca hubiese sido interrumpida. No me negaréis que fue como un milagro.

Mequi Herrera y yo
Pero ese no fue el único. Mequi Herrera, la hermosa actriz cubana que desde  su exilio español, a principio de los años 70, se convirtiera en mi gran amiga,  esa maravillosa criatura que decidió un día marchar a EE.UU. y desaparecer, para mi desgracia, de mi vida, reapareció de súbito, tan bella y cariñosa como siempre. Estaba de vacaciones por España y había logrado localizarme. A partir de entonces, aunque esporádicos, nuestros reencuentros se han convertido en mis grandes alegrías. Ella ha fijado su residencia en Miami pero  la distancia no impide que, de vez en cuando, nos hagamos el maravilloso regalo de nuestra mutua compañía.

Lyda Triana, Gladys Triana y yo
Y cómo describir mi emoción cuando, tras varios años, volví a ver a Gladys Triana, de la  que tanto he escrito en mis Instantáneas cubanas  La estupenda pintora, en cuanto logró estabilizar su vida en la ciudad que  eligió para asentarse, ese perfecto "asilo de artistas y almas errantes" que es New York, comenzó a realizar viajes a España con el fin de estar con  su hermana Lyda, que, casada desde hace años con un español, Luis Bellido, formó su hogar en este país. Pero volviendo a Gladys, aquello nos dio la oportunidad de reunirnos, al menos una vez al año, y de ponernos al día con nuestra amistad y con el seguimiento de nuestras mutuas carreras. Por cierto que la  suya la ha llevado a ser, en estos momentos, una artista plástica muy considerada.

Carlos Rodríguez, yo y Sergio González
También en esos felices días recobré a Carlos Rodríguez, muchachote cuyo corazón de oro mantuvo siempre activa y variopinta aquella “comuna” en la que tantos cubanos exiliados pernoctaron y donde tuvieron lugar, para nuestro disfrute, tantas amenas tertulias. (Ver Instantánea 63) En esta ocasión, Carlos enriqueció el número de mis más queridos amigos con una valiosa aportación: el mejicano Sergio González.

René Sánchez, Manuel Pereiro, yo, Carlos de León y Efraín



Carlos de León, René Sánchez y Efraín forman parte de mis reencuentros de aquella época. De León, tan vital como cuando, muchos años atrás, interpretáramos La Endemoniada allá en Cuba y bajo la dirección de Francisco Morín, aquella función por la que fuimos nombrados Mejor Actor y Mejor Actriz de 1963, era una de esas personas queridas y añoradas de mi vida anterior.  La foto que acompaña este párrafo fue tomada durante una de sus visitas y en ella aparece también el gran Manuel Pereiro, al cual yo sí veía con frecuencia, puesto que es uno de los pocos actores cubanos que lograron establecerse laboralmente en España.


En lo profesional 1984 fue para mí un año de excelentes relaciones amorosas con las pantallas, tanto de cine como de televisión. Tres películas mías se estrenaron casi al unísono: Violines y trompetas, de Romero Marchent,  Mi amigo el vagabundo y Operación Mantis, dirigidas estas dos últimas por Jacinto Molina. Por cierto, para el que desconozca el dato, diré que ese era el verdadero nombre de un personaje muy especial dentro de la cinematografía española: Paul Naschy, adorado por los abundantes seguidores de sus películas de “monstruos y susto”. Protagonista de sus propios films le apasionaba esconderse tras laboriosas caracterizaciones de hombre-lobo o sangriento vampiro. Con escaso presupuesto realizaba películas de segunda categoría que cumplían el cometido de  divertir a un público, no demasiado exigente pero entusiasta.  En ellas invertía por completo su capital y ponía todo su corazón.

El día en que me llamó para participar en Mi amigo el vagabundo temí que se tratara de uno más de sus homenajes al género de terror y aquello no me hacía ninguna ilusión. Pero estaba equivocada. El guión era tierno y ameno, mi papel, una estricta  institutriz alemana, era largo y lucido y para mayor satisfacción   trabajaría de nuevo con José Luis López Vázquez. Él, Jesús Puente y yo, acabábamos de ser el trío protagonista de Violines y Trompetas, así que nuestra relación era reciente y grata. También tendría la oportunidad de actuar junto al gran José Bódalo,  el que fuese mi marido en la película Los hijos de papá, y con Florinda Chico, gran persona y aún mejor cómica. El niño en el cual se centraba la acción, Sergio Molina,  era un encanto, dulce, educado y con un gancho para la cámara extraordinario.
Paul Naschy y dos de sus caracterizaciones
Cuando una vez comenzado el trabajo supe que se trataba del hijo de Molina-Naschy no me sorprendí en absoluto ya que el director-actor era una persona tan educada y con tanta clase que sorprendía  su afición a esos horripilantes personajes que solía  interpretar. Por desgracia mi segundo e inmediato trabajo con Naschy, Operación Mantis, una sátira de las películas del James Bond de aquella época, resultó un fiasco tan enorme que le arruinó hasta el punto de mantenerle fuera del negocio durante algunos años.

Pero mi labor más hermosa y satisfactoria de ese año fue el rodaje para TVE de la pieza de Anton Chejov, Veraneantes, bajo la experta y sensible dirección de Alberto González Vergel.  Mi primer encuentro con el controvertido director resultó   como sacado de un guión cinematográfico.

Alberto González Vergel
Una noche en la que asistía con Jesús a un acto cultural un hombre se me acercó  y, después de identificarse como González Vergel, me ofreció un papel protagónico en su próximo trabajo para la tele. Dijo que seguía mi carrera con admiración y que le satisfaría  poder contar conmigo. Por supuesto, ya que aquel nombre venía acompañado de un gran prestigio artístico, mi aceptación fue inmediata. Aunque con fama de déspota, os aseguro que, tanto durante el largo rodaje de la serie como en trabajos que vendrían después, mi contacto con el no pudo ser mejor ni más aleccionador. Reconozco que en algunas ocasiones adoptaba actitudes  prepotentes con ciertos compañeros, pero lo cierto es que la mayoría de ellos se merecía serios rapapolvos por indisciplinados y renuentes a seguir directrices, vicio muy frecuente entre los actores españoles.  En esos momentos las palabras de Alberto poseían un filo muy hiriente pero la intención que las acompañaba era siempre en beneficio, no solo de la obra, si no del enriquecimiento  del actor. En realidad aquel hombre, al que puse el nombre de Doctor Jekyll y Mister Hyde, tenía dos caras tan marcadas como las del personaje de Robert Louis Stevenson: en su trato personal era un dechado de buenas maneras y una continua fuente de información cultural, mientras que en el trabajo se convertía en un ser irritable y proclive a exaltarse. Muchos compañeros afirman no entender el porqué de mi defensa a ultranza de  Vergel pero, como está claro que “cada cual habla de la feria según le va en ella”, en mi caso tan solo  cosas positivas puedo contar de esa relación laboral que llegó a convertirse en amistad.

Primera etapa de Veraneantes
Veraneantes contó, durante sus ocho capítulos, con  un amplísimo elenco de los mejores actores del momento. Aunque todos, hasta el más pequeño,  eran papeles lucidos los protagonistas de la mini serie fuimos Miguel Ayones, Fernando Cebrián, Ana María Vidal, Pepe Martín, María Luisa San José, María Silva, Carmen Bernardos y yo, con un personaje en el cual se  reflejaba minuciosa y fielmente el paso de los 40 años en los que transcurría la acción.
Caracterización para la
última etapa de Veraneantes

Esto gracias al magnífico equipo de maquilladores y peluqueros seleccionados por Vergel entre el staff de TVE. El resultado fue un producto con una imagen, unas actuaciones y una ambientación de calidad nada frecuente en el mediocre ambiente televisivo. Y todo gracias a ese controvertido hombre que sacó  de mí algunas de mis mejores actuaciones.

Pero no solo las pantallas llenaron mi vida en aquel 1984.

En  junio, Adolfo Marsillach me había ofrecido ser la protagonista femenina en el estreno mundial de su más reciente invento teatral: Cinematógrafo Nacional. Espectáculo sicalíptico musical. Aventura que narraré en mi próxima Instantánea.

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Próximo capítulo. Marsillach y el Cinematógrafo.