sábado, 2 de marzo de 2013

Instantánea 65 - …y ahora , algunas “verduras”. (Segunda parte).



Fotografia JesusAlcantara
Yolanda Farr. Foto Jesús Alcántara
Gustavo
Gustavo era un mocetón hermoso y con una vitalidad desbordante, muy cubana,  que se había unido en cuerpo y alma al grupo de los “adictos”. Un día apareció  por la “comuna” como invitado y a ella se adhirió con vehemencia. Estudiaba pintura en la Academia de Bellas Artes San Fernando de Madrid . Tavi, como gustaba ser llamado, era poseedor de una particular mezcla de sexualidad y candidez que lo hacía encantador. Un viernes llegó a casa, lleno de entusiasmo, diciendo que había encontrado a alguien maravilloso, y que ambos habían decidido pasar el fin de semana de camping-luna de miel. Estaba de tal manera exultante que se podían oler las feromonas que exhalaba. Sin embargo, el siguiente domingo muy de mañana nos sorprendió tocando a la puerta... Su rostro entristecido y su actitud apagada nos hizo pensar lo peor. Algo terrible tenía que haberle pasado durante su aventura campestre. Como era de esperar tan solo tardó unos minutos en relatarnos lo ocurrido. “Muchachos, estoy muy preocupado. Ya sabéis con qué entusiasmo inicié esa aventura. Pues bien, el resultado fue nefasto. ¡La primera noche solo me fue posible completar la faena siete veces seguidas! Eso está muy por debajo de mi marca, así que, deprimido y avergonzado, volvimos a Madrid esta mañana. Sin duda, algo muy malo me está ocurriendo.” Y no bromeaba. Estaba realmente acongojado. Por supuesto todos rompimos a reír con desaforo.

El domingo continuó entre traguitos y consuelos. En un momento determinado nos dijo que necesitaba ir al baño a “cambiarle el agua a los pajaritos” y a su vuelta se me ocurrió hacerle una broma que lo marcó para el resto del tiempo que duró nuestra relación: “Gustavo, espero que hayas tenido cuidado al sacudírtela pues, como habrás advertido, nos tienes el  techo  del baño todo desconchado”.  A partir de ese jocoso momento, todo lo relativo a la potencia y dimensiones de su pene fue para los miembros de la comuna, él incluido, motivo de chanza y exageración. Y quedo apodado, desde entonces,  como "rompe techos".

Salmerón

Mi amigo Salmerón, de profesión veterinario, formaba parte de los asistentes a nuestros “saraos nocturnos” y, por su bonita voz y su afición a cantar,  era la persona a quien más se oía durante la  descarga de canciones que servía de apoteosis a nuestras reuniones.
José María Salmerón y yo


A pesar de que debía estar a las 6 de la mañana en la empresa de recogida de basuras donde   trabajaba hasta que pudiese revalidar su título de veterinaria, era siempre el último en abandonar la casa. Una noche en la que aquella gran "copa de la paz", de la que hablo en mi capítulo anterior, había sido rellenada y vaciada de brandy varias veces, Salme se puso bastante “malito”. Se  había pasado con el alcohol y a las 2 de la mañana nos dimos cuenta de que muy difícilmente iba a poder integrarse a su trabajo si no dormía aunque fuese un par de horas. Así que decidimos ponerle en un taxi tras colocar en sus calzoncillos, con el fin de espabilarle, una bolsa de plástico transparente llena de cubitos de hielo. Un rato más tarde, cuando el apartamento dormía el “sueño de los justos”, me despertó el estrépito del timbre del teléfono. Salté de la cama como empujada por los demonios,  con el eterno temor a que ese aparato me comunicara malas noticias de mis seres queridos  en Cuba. Entonces oí una voz casi irreconocible por la angustia que me decía; “Yolanda, he ido a orinar  ¡y se me está cayendo el pellejo de los huevos!” Tardé unos segundos en reaccionar. De pronto se hizo la luz en mi abotagado cerebro. “Tranquilo, amor, no es que se te caiga el pellejo, es la bolsa de plástico que Carlitos y yo te pusimos antes de irte. Estaba llena de hielo que ya debe haberse derretido, ¿no lo recuerdas?” Esto fue motivo de risas compartidas durante muchísimo tiempo.



Escarpanter


(Cuento esta anécdota a consciencia de que a algunas personas les puede resultar irrespetuosa. Conociendo, como conocí a este maravilloso individuo, que en paz descanse, estoy segura de que, tal y como hizo muchas veces, reiría con nosotros  ante su ingenuidad de aquellos días.)

Con José Escarpanter
Pepe Escarpanter era un hombre culto y encantador.  De una seriedad jovial, convirtió en su deber cuidar del resto de la comuna. Era nuestro Pepito Grillo. Había sido profesor en Cuba y tuvo la suerte de lograr serlo también en España. Enseñaba Literatura Hispanoamericana y Teatro Español Contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid. Por supuesto, salvo en ocasiones como las noches en que José Bergamín, Gloria Fuertes o Roberto Fandiño nos visitaban, él no asistía a nuestras reuniones nocturnas. Pero sí estaba  preparado, a la mañana siguiente, con su cafecito o su Alkaseltzer, para ayudar a los damnificados y para disfrutar con los relatos de la noche anterior. Aunque era un hombre serio, también era humano y con muy legítimos apetitos sexuales.

Una mañana nos extrañó no escuchar su grito de “¡muchachos, el cafecito!”.  La puerta de su habitación estaba cerrada y no se abrió por mucho que tocamos en ella. Finalmente decidimos que, para nuestra sorpresa, se había quedado a dormir fuera y cada uno fue encaminándose a su respectivo empleo. Tan solo yo, que en esos momentos estaba entre bolo y bolo con Cecilio Valcárcel, permanecí en la casa.

Un tiempo después oí abrirse la puerta de Escarpanter y hacía allá acudí para saber qué le sucedía. Entonces observé que  caminaba hacia  la cocina con dificultad  y con el rostro descompuesto .“¿Qué te pasa, Pepe, cariño?”,  “Nada, Yola, no te preocupes”, fue su contestación. Como no iba a quedarme con una respuesta tan obviamente falsa insistí hasta lograr que me contara la verdad. Y la verdad era que, la noche anterior, había sucumbido a la tentación de tener un desliz. Su acompañante, persona algo  viciosilla sin duda, le había instado a ponerse en el pene una capa de la pomada  Vick Vaporub, con la pretensión de que aquello le mantendría la erección durante más tiempo. No sé si eso tenía alguna base científica pero el caso es que mi amigo había amanecido con una tremenda y dolorosa inflamación en el prepucio. También en este caso recurrí a la socorrida bolsa de hielo y, por fortuna, en un par de horas su problema estaba solucionado. “¡La primera vez que  me "desmadro" y mira lo que me pasa! Es cierto que en el pecado está la penitencia",  comentaba más herido en el alma que en el cuerpo. Como era de esperar, al volver el resto de los habitantes de la comuna, Pepe  les contó lo sucedido y entre todos convertimos lo que pudo haber tenido  malas consecuencias, en un motivo de risas y jolgorio. Así de íntima y sincera era nuestra relación.

Hervás
Carlitos Álvarez, otro "comunero", yo y, a mi izquierda,
Pepe Hervás

El actor José Hervás había sido, durante los seis meses de mi gira teatral con la Segunda Campaña Nacional de Teatro  (ver Instantánea 61), uno de mis mejores amigos y desde el retorno a Madrid  persona imprescindible en nuestras reuniones nocturnas.  Su juvenil sexualidad, algo altamente tabú en aquellos años de férreo control católico, lo hacía proclive a grandes e instantáneos enamoramientos y su poca “cultura alcohólica” lo convertía en víctima fácil de los nefastos efectos etílicos. Por otro lado una joven y agraciada cubanita había comenzado a frecuentar nuestras “reuniones comunales”. Su larga melena negra, esa dulce forma de hablar tan cubana que arrebata los corazones de los extranjeros, y su bonito cuerpo cautivaron desde el principio a mi querido compañero.

Ella era una de las adopciones de Carlos Rodríguez. (Ver Instantánea 60).  Recién llegada de Cuba, la había encontrado vagando por las tascas de Arcos de Cuchilleros, sola y asustada, y sin siquiera conocerla, la trajo a casa. Eso no era nada sorprendente ya que mi Carlos siempre ha tenido un corazón que no le cabe en el pecho. Hubo un tiempo en el que le dio por ir al aeropuerto de Barajas para apoyar en todo lo que le era posible a los exiliados cubanos que descendían de los aviones de Cubana de Aviación, aterrados y en la más absoluta miseria.


Hasta tal punto llegaba su generosidad que una noche en  la que Jesús tenía pase pernocta en la mili, al volver mi amor y yo del cine a la una de la mañana, hubimos de atravesar el largo pasillo del apartamento sorteando cuerpos de desconocidos, algunos vencidos por el sueño, otros acurrucados y temblorosos, hasta poder llegar a nuestra habitación. Ese día la comuna fue “parada y fonda” para al menos una veintena de cubanos.

Resulta que en Cuba les habían adelantaron  un día la salida sin previo aviso, con esa total falta de respeto al individuo que siempre ha caracterizado al gobierno castrista y, ante la imposibilidad de comunicarse con el exterior, los pobres  no consiguieron notificar el cambio a los parientes o amigos que les esperaban aquí en España. Ni siquiera los grupos de apoyo, como el creado por El Centro Cubano, (ver Instantánea 41) supieron de la prematura llegada.  Es decir que se encontraron abocados a quedarse en el aeropuerto incomunicados hasta la noche siguiente. Naturalmente nadie traía dinero para hacer ni una llamada telefónica. Pero para su fortuna allí estaba Carlitos. Así que casi todos acabaron en nuestra comuna de Fuente del Berro. Aquella noche, de nuestras camas y  armarios volaron almohadas, sábanas y mantas con las que pretendíamos aliviar el frío y la incomodidad de esos pobres seres que se arrebujaban por el suelo de toda la casa. 

Volvamos a Hervás y a la bonita cubana que lo tenía encandilado. Una noche, al dirigirme a la cocina con el fin de preparar un piscolabis para los presentes, escuché voces en el hall de entrada a la casa. Como  sonaban algo alteradas decidí acercarme a la puerta que comunicaba ambos espacios y averiguar qué sucedía. “Vamos, vente conmigo a mi casa”, decía una voz gangosa a causa de los efectos etílicos. “Ya te he dicho que no Pepe, que no”, le contestaba una dulce voz de mujer. “No me puedes hacer eso, cubanita”,  dijo de nuevo la voz masculina. “Oye, muchacho, ya está bien. ¡Que no!”. Notando que  el tono de la chica iba ganando en intensidad decidí intervenir y entré al hall justo a tiempo para verla  acorralada contra la cómoda mientras mi amigo le mostraba desmañadamente un número incontable de preservativos por los que debía haber pagado un dineral, ya que solo se encontraban en el mercado negro. Las farmacias tenían terminantemente prohibido venderlos. “Mira lo bien preparado que vengo”, alegó excitado Hervás. La escena parecía sacada de uno de esos procaces sainetes que caracterizaban al famoso Teatro Shanghai de Cuba, como recordareis, propiedad de mi señora abuela. (Ver Instantáneas 18 y 19) Supongo que harta de presiones, con voz ya desesperada, la muchachita contestó; “¡Que no es eso, socio, que lo que pasa es que soy lesbiana!” a cuya afirmación respondió mi amigo de la forma más surrealista que se pueda uno imaginar; “no importa, bonita, yo no soy racista”. Tan solo gracias a la tensión que en esos momentos se respiraba pude contener una carcajada. 

Al día siguiente, cuando comenté a Hervás el suceso me juró, avergonzado,  no recordarlo en absoluto. Y es posible pues a veces el alcohol ingerido se evapora en la cabeza formando una impenetrable niebla de olvido. Seguramente  lo que le sucedió a mi querido y siempre educado compañero fue un ataque irrefrenable de efervescencias juveniles.
El musical Hair

Hair

Nuestro Gustavo, "rompe techos”, se nos apareció una noche en compañía de un personaje muy peculiar. Un joven de larga melena rubia ceniza, alto, delgado  y con un rostro angelical que daba gusto mirar. Se lo había encontrado en una de sus rondas por el “Madrid la nuit”. Al intentar entablar conversación con él descubrió que tan solo hablaba inglés pero, aún así logró entender que el rubio era artista y que estaba vagando por la ciudad más solo que la una. ¿A dónde llevarlo entonces? ¡Pues a la “comuna”, donde ciertamente sería bien recibido y, al menos conmigo,  podría conversar en su idioma y recibir la básica información que necesitaba para desenvolverse por la noche madrileña! Pero realmente la información la recibimos nosotros. No era aquella una noche   bendecida por personajes importantes así que, siguiendo el clásico sistema de sentarnos en el suelo formando una rueda y pasándonos la imprescindible copa de brandy, me lancé a la ardua labor de la traducción simultánea. Entonces supe, y comuniqué, que el chico era de Nueva York, que había sido hippie y que en la actualidad trabajaba en un musical llamado Hair. Por supuesto aquello a nosotros nos sonaba muy lejano. La censura, de nuevo la “maldita”, había evitado que en España se conocieran  detalles sobre el movimiento hippie, al cual tachaban de sumamente pecaminoso, y tan solo los artistas habíamos oído hablar  de aquel musical, Hair, inspirado en ese movimiento juvenil. Y siempre descrito como algo prohibido y demoníaco. 


A pesar de que se había estrenado con gran éxito en Broadway en el año 67, y de llevar todo ese tiempo con carteles de no hay billetes,  la mayoría  los españolitos de a pie que poblaban el país ese  1970, no tenía ni idea de su existencia. Así que aquella noche recibimos importante información sobre ese y otros temas de actualidad. 

Básicamente Hair contaba con una hermosa música, unos jóvenes artistas sin inhibiciones y todo giraba alrededor del pacifismo y del repudio a la guerra de Viet Nam. Ya llevábamos una hora de reunión cuando aquel muchachito me dijo de pronto que  se sentía muy cohibido con tanta ropa encima, que siendo hippie había descubierto la libertad física y psíquica que le proporcionaba el desnudo integral y que si no nos importaba le gustaría pasar  el resto de aquella encantadora velada así, DESNUDO. Hecha la traducción y tras el consentimiento del resto del grupo la noche terminó con una curiosa imagen: un grupo de jóvenes normalmente vestidos entre los que destacaba, con luz propia, un blanco y puro ángel desnudo. Y esto llevado por todos con la mayor naturalidad del mundo. Una nueva experiencia.

A la hora que el muchacho consideró prudencial, nos pidió permiso para vestirse en otra habitación. Decía que hacerlo en público le avergonzaba.  Qué curioso. Después se colocó su chaquetón de flecos, se puso su sombrero y se despidió de nosotros lleno de agradecimiento y llevándose algunas direcciones de clandestinos bares exóticos, pues de todo había en ese Madrid indomable. Nunca más volvimos a verle.

Bien, ya conocéis algunos “pecadillos” de aquella panda de entrañables compañeros y amigos a la que me había reintegrado tras las agotadoras, pero instructivas, idas y venidas con la compañía de Cecilio Valcárcel y su Sereno debajo de la cama. (Ver Instantánea anterior)

Durante toda la gira mi información sobre los acontecimientos políticos o artísticos se había  circunscrito a lo que Pepe Hervás, devorador diario del periódico matutino, me comentaba. 

En marzo, el genial pintor malagueño Pablo Picasso, a pesar de  sus reconocidas ideas antifascistas, había donado a la ciudad de Barcelona 900 obras suyas, las cuales estaban comenzando a llegar para alborozo del régimen.

En abril, Paul McCartney anunció la disolución definitiva del grupo “Los Beatles”, causando la desesperación de sus infinitos fans.

En agosto, en la isla de Wight, Gran Bretaña, se había celebrado un apoteósico festival de pop al que acudieron más de 250.000 espectadores. Eran los últimos coletazos de ese movimiento hippie que había contagiado prácticamente al mundo entero.

En septiembre, mientras estábamos trabajando en Valladolid, supimos que Salvador Allende había obtenido, por escaso margen, la victoria en Chile. ¿Qué pasaría ahora en ese contradictorio país?

En cuanto a mi profesión, grandes figuras acaparaban la atención del público y nuevos valores se abrían camino. Camilo Sesto (en esos momentos aún Camilo Sexto, con x) iniciaba su carrera en solitario con un “sencillo” que contenía dos canciones exitosas; Llegará el verano y Sin dirección, abandonando el grupo Los Botines al que había pertenecido.

Alberto Cortez,  admirable cantante argentino pero casi constante residente en España, incluía en el LP Cómplices, una de sus más bellas y versionadas canciones; Distancia.

Nino Bravo, con su voz prodigiosa, colocaba en el mercado un autentico hit; Te quiero, te quiero.
Nino Bravo, Alberto Cortez y Camilo Sesto

Julio Iglesias había participado en el festival de Eurovisión en el mes de marzo, consiguiendo para España un muy digno cuarto puesto con  la canción, Gwendoline, la que se escuchaba continuamente y en todos los medios de difusión, llevando al joven y poco experimentado cantante a la fama.




En el cine, que continuaba con  su tónica general de mediocridad, Alfredo Landa, gracias a la película de Ramón Fernández  No desearás al vecino del 5º,  batía récord de taquilla, Y, como una rosa brotando en medio de un erial, Buñuel rodaba Tristana, con Catherine Deneuve, Fernando Rey y Franco Nero, hermoso producto basado en la novela de Benito Pérez Galdós.

Y en noviembre de ese 1970,  al fin, ofrecían a Yolanda Farr  la oportunidad de debutar en Madrid con un buen papel y un reparto de primera. Sí señor, aquel mismo año el teatro Maravillas iba a ser el escenario de su “puesta de largo” madrileña.




Fotografia Jesus Alcantara
Yolanda Farr. Foto Jesús Alcántara.




Necrológica.


Carmen Montejo
Dos grandes actrices han muerto en estos luctuosos días. En Méjico, donde residía desde el año 42, Carmen Montejo falleció el día 25 del presente mes, a los 87 años,  esa hermosa mujer nacida en Pinar del Río, Cuba, pero nacionalizada mejicana. Fue notable su participación en la época de oro del cine de ese país, así como en teatro y televisión.

María Asquerino
Y en Madrid, dos días más tarde, el 27, España se despedía de una de sus más grandes figuras teatrales; María Asquerino.  Aunque fuese considerable también su trabajo en televisión, el teatro, al que amaba entrañablemente, fue su fuerte durante toda su vida. Hace poco menos de un año, la última vez que nos vimos, ya estaba muy deteriorada y segura de su muerte cercana. En el día de hoy, viernes 28, su cuerpo se hallará expuesto hasta la noche en el Teatro Español de Madrid. Sin duda toda la profesión está con ella en estos momentos.






Próximo Capítulo- Madrid me ama, yo amo a Madrid

sábado, 23 de febrero de 2013

Instantánea 64 - Bolos de ida y vuelta y algunas “verduras”. (1ª parte).




 Bolos de ida y vuelta y algunas verduras.

Durante la semana que le había ofrecido de plazo a Cecilio Valcárcel para darle una respuesta y viendo que nada nuevo surgía para mí en la profesión,  lancé a dos “detectives” con el encargo de que me averiguaran quién era en realidad ese estrafalario ser; a Gianini, el “Representante de Artistas” que había sido mi ángel protector durante casi un año y que seguía siendo mi amigo,  y a mi compañero de la gira Pepe Hervás. Para mi sorpresa, por ambos lados me llegó una información tranquilizadora. Valcárcel era un individuo dedicado al teatro desde el año 50. En un principio había sido un director muy respetado en Madrid, montando obras de prestigio con importantes actores. Incluso llegó a crear un grupo llamado Teatro del Arte.  Pero a mediados de los sesenta el hombre se perdió  entre una selva de ausencias, silencios y sombras impenetrables. Algunos lo achacaron a conflictos sexuales, otros a graves desavenencias con el régimen, llegando a especularse sobre una depresión y un intento de suicidio  que lo habían convertido en lo que ahora era; un personaje maldito al que todos rechazaban y del que la profesión huía.

Cecilio Valcárcel y yo en Un sereno debajo de la cama

La cuestión es que, pese al nefasto título de la obra, Un sereno debajo de la cama, acepté su oferta. Los ensayos transcurrieron sin novedades. Puesto que se precisaba un primer actor, recomendé, y fue aceptado, a Pepe Hervás, quién también estaba parado. Así los papeles principales estaban bien cubiertos. Pastora Peña, la "genérica", había sido una actriz muy solicitada y seguía siendo una gran cómica. Su hija, Pastora Mejías, que hacía la "damita", cumplía su cometido y, para sorpresa de todos, Cecilio, que se adjudicó el papel de sereno, construyó un personaje, basado principalmente en su estrafalario físico, que resultó de una tremenda eficacia. Tan solo verle entrar en escena con el “chuzo” típico de su oficio en la mano provocaba hilaridad en el público.


( En aquellos tiempos el sereno era un empleado  del ayuntamiento encargado de velar por la paz nocturna y, sobre todo de abrir esos portales que, a partir de las diez de la noche, permanecían  cerrados por obligación. Ya que muchos de los moradores de la ciudad, siendo solo realquilados o huéspedes, no poseían las llaves de los mismos, este personaje, gracias a una propina, se encargaba de su apertura. Durante muchos años fueron notorios los gritos en la noche madrileña  de, “¡sereno!” y las más o menos raudas respuestas de “¡va!”. El chuzo era una especie de larga porra, única arma que  portaban para  su protección y con la que amedrentaban a los pusilánimes cacos de aquella época).

El 10 de mayo del 1970 debutamos en el teatro Cervantes de Málaga. ¡Nada más y nada menos que en Málaga, donde residía la familia de Jesús que, muchos meses atrás, nos había “desheredado”!  Pensar que me verían trabajar por primera vez en una obra con tan poca clase me provocaba un gran desasosiego. 
Con la familia de Jesús.
De izquierda a derecha su hermana Meli, su madre Carmen, su hermano Salvador, Jesús, yo y Jesús padre.
Ellos ya me conocían personalmente, gracias a una visita que les había hecho algún tiempo atrás, y confieso que me  había sorprendido  encontrarme con una familia compuesta por seres tan auténticos como su madre, Carmen, tan sensibles como su hermana Melita, tan tiernos como su hermano menor, Salvador y con  un hombre de una generosidad  insospechada como la que demostraba ese patriarca, Jesús padre. Pero de esos asuntos familiares hablaré en otro momento.

La cuestión es que, plaza donde trabajábamos, público satisfecho y hasta, para mi sorpresa, buenas críticas. Tal era el éxito de Un sereno... que, aunque llevábamos otra función de Antonio Paso, Cómo conquistar al marido, tan solo la pudimos representar dos veces en todo el tiempo que duraron los bolos, pues los empresarios pedían "esa otra divertida en que sale un sereno con un chuzo y la actriz enseña las piernas".   

El hecho de que actuáramos con el sistema de un día aquí y días más tarde allá, no era un problema para mí. Las idas eran suficientes como para cubrir las necesidades económicas y las constantes vueltas me permitían regresar a los brazos de Jesús y al gozoso ambiente de la “comuna”.

En los seis meses que estuve en la compañía muchas cosas sucedieron, algunas divertidas y otras  desastrosas. La "damita" fue sustituida dos veces. Alberto Crespo, el “galancete” que inició con nosotros la gira tuvo una gran discusión con Cecilio y se largó, dejándonos colgados para la próxima fecha que era tan solo tres días después. Entonces apareció en nuestra vida Cesáreo Estévanez. Cuando nos lo presentaron Pepe Hervás y yo casi morimos del susto. ¡Era totalmente tartamudo! Hicimos un par de ensayos con el corazón en un puño.  En la destartalada ranchera de Cecilio, que era el medio de transporte de toda la compañía (siete personas apiñadas en los asientos y el escaso decorado en el maletero y en la baca), fuimos hasta Valencia repasando el texto con el debutante.  Todo lo cual hizo aún más tremenda la sorpresa de ver que, en el momento de subirse al escenario,  su tartamudez había desaparecido y que su actuación resultase estupenda. Uno de los milagros del teatro.

La llegada a las ciudades o pueblos era  digna del  cine de los Hermanos Marx. Debía ser un espectáculo para los viandantes ver bajarse de ese vehículo, que sin duda era de goma, a siete figuras con sus correspondientes bolsas de mano y tras eso advertir como se descargaba de la baca un paquete conteniendo un telón de fondo y los  forillos,  el bastidor de una cama y un colchón. Ese era todo el decorado que transportábamos. El resto de la utilería, unas sillas, una mesita y algunos adornos, se buscaban en la plaza, ya pidiéndolo prestado a cualquiera de los organizadores. o  yendo de casa en casa solicitando ese original préstamo. Y de todo esto se ocupaba nuestro regidor y “chico para todo”, un señor de Tudela llamado Pedro, un amante del teatro dispuesto a pasar por cualquier vicisitud con tal de estar en ese adictivo ambiente.

Y fue gracias a él que logramos solucionar el mayor problema que surgió durante la gira.

José Hervás, Cecilio Valcárcel, yo y
nuestro "chico para todo" Pedro.
Una tarde, hallándonos ya todos en el teatro y el "casi decorado" montado, nos dimos cuenta de que no habíamos visto a Valcárcel desde nuestra llegada. Como la hora de la función se acercaba y el teatro estaba todo vendido, nos lanzamos en pleno a buscarle. Inutilmente. Cuando, ya desesperados, acudimos a la comisaría de policía nos comunicaron que el hombre estaba detenido. Lo habían pillado en las afueras del pueblo, dentro de su ranchera y  en situación muy comprometida con un joven de la localidad. Por más que rogamos su liberación, con nuestras más depuradas actitudes histriónicas, nos aseguraron que hasta al menos el día siguiente no lo iban a soltar. Entonces le dijimos al desagradable policía que nos atendía que tendríamos que suspender la representación, ya que Cecilio era el protagonista. La respuesta fue apabullante; “pues incurrirán ustedes en escándalo público, con multa y encarcelamiento incluido. No se puede suspender un acto sin notificarlo a la comandancia veinticuatro horas antes”: El tío ni siquiera intentaba disimular la satisfacción que esto le provocaba.

Salimos de allí sumidos en la más tremenda angustia, ¿qué íbamos a hacer?  De pronto, la voz de Pedro nos sacudió como un rayo; “yo me sé la obra de pe a pa. Yo puedo hacer  del sereno.” Y así fue. Bueno, casi fue. No quiero recordar esa noche. Por supuesto Pedro no se sabía la obra  ni por asomo y nos pasamos toda la función diciendo parte de sus textos y empujándolo con disimulo para que estuviese en la posición adecuada. Pero salimos del apuro, en este caso gracias a uno de esos forofos del teatro que, por aquellos días, aún se encontraban. No quiero ni pensar que opinaría el público y el gerente del local pero no hubo que echar el telón. Otro milagro teatral.

La moral del grupo se fue deteriorando a partir de ese momento. Ya no nos fiábamos de Cecilio Valcárcel.




Mientras estuvimos en su compañía pudimos decir, remedando al Tenorio, "yo a los castillos subí, yo a las cabañas bajé..." Hoy estábamos en importantes ciudades como Bilbao o Vitoria y dos días después en pueblos que ni siquiera figuraban en el mapa. Lo mismo actuábamos en grandes  salas del prestigio del Principal de Valencia o el Álvarez Quintero de Sevilla que en antros que eran lo menos parecido a  teatros, como aquella vez que hicimos la función en los escasos dos metros que quedaban delante de la pantalla del único cine del pueblo. En otra inolvidable ocasión, al no disponer de camerinos el local de turno, hubimos de cambiarnos en un pajar cercano de donde salimos rabiando  por los picores que nos produjo el maldito "piojo de las gallinas". La consecuencia fue una semana de antihistamínicos y alcohol alcanforado.

Tras casi seis meses de bolos, agotada de tanta ida y vuelta y tanta desorganización me despedí y conmigo lo hicieron Hervás y Cesáreo, por lo que la compañía se disolvió.   Los tres habíamos llegado a la conclusión de que mientras estuviésemos fuera de Madrid nadie nos iba a contratar para futuros montajes, por lo tanto, a pesar de los insistentes ruegos de nuestro director y primer actor, abandonamos la empresa. (Poco tiempo más tarde yo volvería a ser objeto de las urgencias de Cecilio Valcárcel y su Un sereno debajo de la cama)

El regreso a la comuna fue gratificante para mí. Las anécdotas se sucedían y tanto las nuevas como el recuerdo de las ya vividas, alimentaba cada día el fuego de nuestra felicidad.  Anécdotas, a veces algo verdes,  como las que pasaré a contar  en el próximo capítulo.

y ahora, algunas “verduras”. (Segunda parte).

sábado, 16 de febrero de 2013

Instantánea 63 - Una “comuna” en la época franquista.



Era increíble que en tan solo seis meses hubiese olvidado la decrepitud  de aquel ascensor de madera y cristales y su desesperante lentitud. Había marcado el cuarto piso pero el ritmo del vetusto y estrecho artefacto me hacía sentir que no iba a llegar nunca. Sumida en el amodorramiento del cansancio, aferrada  a esa pesada maleta que me había acompañado durante toda la Segunda Campaña Nacional de Teatro, el salto producido por  el brusco y habitual frenazo  me anunció que  había llegado a mi destino;  el cuarto piso, letra  D del número ocho de la calle Fuente del Berro en Madrid. “La Comuna”.

 Miré mi reloj de pulsera adquirido en Canarias durante la gira y vi que eran las cinco y media de la madrugada. La alegría de regresar se mezclaba con la prematura nostalgia por los escenarios y los compañeros, produciéndome  un marcado aturdimiento. Con esa sensación salí del ascensor. Con esa misma sensación busqué la llave en mi bolso, la introduje en la cerradura y noté como giraba con una facilidad que demostraba su alegría al darme la bienvenida.  Y tras un suave empujón la puerta se abrió . Al fin estaba en casa, aunque sin Jesús, que aún hacía la mili y dormía en el campamento. Yo  no quería despertar a los compañeros, así que mi  intención era atravesar en silencio el pasillo que conducía a nuestra habitación y allí esperar que los amigos fuesen despertando para dirigirse a sus trabajos mañaneros. Pero la cosa no iba a ser tan fácil.

Al abrirse la puerta, el rostro de una mujer desconocida, vestida con un largo camisón y rulos en la cabeza, me miró con sobresalto. Lo próximo que recuerdo es  oír mi voz diciendo “ay, perdóneme” y recular dando  un portazo. Permanecí con mi mano en el picaporte unos segundos que me parecieron eternidades, paralizada.   Sin duda me había equivocado de puerta, pero una D de cobre clavada sobre la madera decía lo contrario. Entonces me había equivocado de piso. Miré a mi alrededor pero el letrero sobre la pared decía con claridad CUARTO. Llegué incluso a contemplar la posibilidad de que, en medio del cansancio y el aturdimiento, hubiese entrado en otro edificio. 

Estaba totalmente desconcertada cuando la puerta se abrió de nuevo y de la boca de aquella mujer salieron estás palabras, “hola, Yolanda, no te asustes, no te esperábamos hasta más tarde. Soy Marujita Calvo, mi marido y yo estamos de paso por Madrid y Carlos Rodríguez nos ha ofrecido quedarnos en tu habitación hasta que regresases. La cuestión es que nos has cogido desprevenidos. Déjanos un ratito para acabar de recoger nuestras cosas y desalojaremos tu cuarto.” Así que, aún bajo los efectos del sobresalto,  aguardé sentada en el salón mientras la casa se iba despertando con gritos algo somnolientos de “¡qué alegría de verte!”, “¡pero qué guapa estás!”, o “¡cuántas cosas tienes que contarnos!”
Maruja Calvo

Y esta es la historia de algo que, durante nuestra convivencia en la comuna se repetiría, con algunas variaciones, infinidad de veces. A Marujita por supuesto la conocía de Cuba ya que pertenecía al grupo de artistas españoles adoptados por aquella generosa isla, como Ana Lasalle, Adela Escartín o yo pero no la había identificado tras su logrado disfraz de ama de casa. Esa mañana ella y su marido se fueron pero muchos cubanos más llegaron, algunos pernoctando durante días, recién arribados y buscando donde ubicarse, otros tan solo acudiendo para los frijoles negros o las “timbitas”, es decir, en busca del alimento que, como buenos exiliados, no podían pagarse. Y todo esto porque mi querido amigo Carlos  se dedicaba, en sus horas de asueto, a recoger a todo cubano con cara de exilio que encontraba vagando por la inmensa ciudad que es Madrid.

También recibíamos con regularidad a un grupo selecto y variado de visitantes que participaba en  nuestros “saraos nocturnos”. En ellos, todos en círculo y la mayoría sentados en el suelo nos pasábamos,  como si fuese la pipa de la paz, una enorme copa de cristal llena de brandy del más barato, celebrando  así el milagro de estar vivos. En esas tertulias se hablaba de lo humano y de lo divino.

Gloria Fuertes, José Bergamín y Carlos Miguel Suárez Radillo

Por allí pasaron intelectuales como José Bergamín y Gloria Fuertes, grandes poetas españoles, el escritor Suárez Radillo (aún conservo con amor libros dedicados por estos personajes), el cineasta Roberto Fandiño, la inolvidable soprano Sara Escarpanter… Y parte importante eran  los “adictos” como José María Salmerón, veterinario, Gustavo del Valle Carral, pintor, Charles, psiquiatra del equipo de López Ibor, Pepe Hervás, el actor que durante los meses de gira se había convertido en mi mejor amigo, así como cualquier eventual que por allí se descolgase o fuese la súbita aportación de algún inquilino fijo. Así era aquella maravillosa casa de locos.


Sara Escarpanter
Foto extraída de
vivalavoz.net
También asistía de vez en cuando Ramón García Arana, ese gran amigo que, en la época de mi alocada fuga de la Residencia para Señoritas Iberoamericanas, se había portado conmigo como un padre, atendiendo a mis necesidades materiales y dándome el apoyo y comprensión que mi familia costarricense no quiso darme. 

Fueron muchas las historias que estos entrañables personajes protagonizaron, algunas tan divertidas que merecen ser narradas en otro capítulo. Y es que el tema de aquella comuna en la España franquista podría dar  para infinitos folios de divertida escritura.
Roberto Fandiño

Memorables solían ser las disertaciones de los intelectuales que nos visitaban, como también lo eran las discusiones de Hervás, que se proclamaba comunista, con Fandiño, ese cubano tan culto e informado, y en las cuales mi pobre amigo actor quedaba siempre a la altura del zapato. Pero durante este gran mejunje la sangre jamás llegó al río y la madrugada solía terminar entonando a coro, pero a media voz, para molestar lo menos posible a los vecinos, La guantanamera, Asturias patria querida o algo por el estilo.


Tan solo un problema tuvimos en aquella época. Y no fue moco de pavo. La inquilina del apartamento colindante..

En pérfida venganza matutina, esta anciana mujer, además de poner a las 7 de la mañana a todo volumen en  la radio un programa de Zarzuela que casi nos hizo detestar el género, llegó a hacer algo mucho más peligroso para ese convulso 1970 en el que las reuniones de más de cinco personas estaban prohibidas por ley; nos denunció a la policía por escándalo y reunión ilegal. Pero con tal mala suerte para ella que el joven policía que acudió a investigar llegó en una noche de relativa calma y, tras ser agasajado con una “timbita”, (para el que no lo sepa, pasta de guayaba entre dos galleticas), y un vasito de jugo de guanábana que alguien había encontrado en un supermercado y aportado a la “comuna”, terminó entablando con nosotros una amistosa conversación y haciendo preguntas sobre Cuba.  “Allí tengo un tío al que le han quitado una tienda en Belascoaín y, además, ahora no le dejan salir”, nos contó. Así que nos hicimos íntimos y más de una vez acudió a nuestras tertulias, por supuesto vestido de paisano. Esa fue la condición que le impusimos. Es bien sabido  que los uniformes siempre coartan y nosotros  éramos, sobre todo, espíritus libres.

El caso es que la Doña Vecina había ya denunciado a todo el edificio por una causa u otra y en  la comisaría del barrio estaban hartos de ella. Hasta tal punto debía ser insoportable la convivencia  con esa señora que tenía  como mascota una tortuga suicida. El pobre galápago, cada dos por tres se arrojaba desde el balcón a la calle y más de una vez hubimos de recogerlo en la acera, patas arriba y boqueando. Entonces le reparábamos el destrozado caparazón con esparadrapo y, con la mejor de nuestras sonrisas, se lo devolvíamos a su dueña la cual   nos lo agradecía con un gruñido y un sonoro portazo.

En aquellos días era corriente oír a algún compañero de trabajo despotricar, en la calle o en alguna cafetería,  sobre la “terrible dictadura franquista”. Al principio intenté hacerles comprender que lo que en España se vivía  era una “dictablanda” en comparación con lo que el pueblo cubano llevaba años soportando, que sin duda Franco había sido, y era aún, un dictador pero que, por ejemplo,  en la isla nadie se atrevería a criticar a Fidel en público y los que lo hacían  sencillamente desaparecían.

El emblemático edificio que fue la temida
Dirección General de Seguridad

Cierto que aquí  existía represión, que quien era llevado a la Dirección General de Seguridad, sita en la Puerta del Sol de Madrid, sabía cuando entraba pero no cuando o como salía, que con frecuencia a los peatones se les obligaba a  presentar sus papeles de identidad, que la censura "estrangulaba" aún a autores y actores, pero que todo eso no podía compararse con la represión y falta absoluta de respeto a los derechos humanos que reinaba en Cuba. Yo intentaba hacerles ver que por muy dura que fuese una dictadura de derechas jamás se podría comparar con una de izquierdas, pues en la primera siempre tenías la opción de ser neutral.  Pero ni me creían ni querían hacerlo. Había una sublimación incomprensible a todo lo que tuviese que ver con el castrismo.

La cuestión es que, a pesar de los gratos momentos vividos en la “comuna”, al poco tiempo mi sangre y mi bolsillo añoraban los escenarios.

Una tarde llamó a la puerta el más estrafalario personaje que imaginarse pueda. Altísimo, desgreñado y desarrapado, nuestra primera impresión fue que se trataba de un mendigo y casi soltamos la  carcajada cuando, con gran educación,  me dijo desde el umbral; “señorita Farr, la vi trabajar en Badajoz y me dije que en cuanto terminase su gira me pondría en contacto con usted para ofrecerle ser la protagonista de mi próximo proyecto, Un sereno debajo de la cama. Y aquí me tiene, libreto en mano”. Aquello parecía de cachondeo. Con toda la cortesía que me fue posible le contesté que tenía algún que otro proyecto pero que sopesaría su oferta y le contestaría en una semana. Confiaba en que se le pasase el arrebato  y me dejara en paz, pero, al mismo tiempo, me daba lástima aquella figura tan parecida a la del Quijote en sus peores momentos y no quería ser ruda con él. Por supuesto no había ningún otro proyecto para mí, Por desgracia. Ni lo hubo en los próximos días.

Una semana más tarde, cuando el individuo en cuestión, Cecilio de Valcarcel, se presentó con su desafortunada imagen  en la puerta de la casa, yo ya había tomado una decisión. 


Necrológica. 
Maritza Rosales
Con su acostumbrada amabilidad mi amiga Nancy me envía, desde Miami, la noticia de la muerte en La Habana de una admirada compañera; Maritza Rosales.  Varias veces coincidimos en programas de televisión y su gran sensualidad y bella voz me cautivaron, (como al resto del público). Sin grandes detalles, el Diario de Cuba, con fecha 13 de febrero, anunciaba el fallecimiento de esta cienfueguera que hizo arder los corazones de tantos hombres desde las pantallas televisivas.  Deseo de corazón rendirle mi pequeño homenaje desde este blog.  
Próximo capítulo. Bolos vuelta y vuelta y algunas “verduras”.