sábado, 10 de noviembre de 2012

Instantánea - 53 - El señor Matías Colsada (y nuevos amigos).


La Puerta de Alcalá
El 8 de Enero de 1968  amaneció hermoso y soleado. Desde mi dormitorio me dediqué a observar como los rayos del sol invernal iban derritiendo la nieve acumulada sobre la calle y sobre las escuálidas ramas de ese árbol que, desde mi llegada, había estado  rozando los cristales  de mi ventana en un intento por penetrar en mi cuarto, sin duda en busca de un poco de calor.

¡Qué angustia la de aquella nieve cayendo durante tres días, sobre la ciudad de Madrid! En esas nevosas jornadas  había podido comprobar cómo el matutino manto, del más impoluto albor, se iba convirtiendo, con el paso del tiempo, las pisadas y las rodadas de los coches, en sucios, resbaladizos y peligrosos pegotes. Pero presentí que aquella mañana el sol, durante tanto tiempo ausente, se dedicaría a limpiar las calles, arrastrando con su calidez, no tan solo la suciedad ambiental, sino también la morriña que me dominaba.

Matías Colsada
Aún faltaban  interminables horas para mi cita con Matías Colsada. Eternidades  de espera. Pero debo contaros que, desde unos días atrás, mi existencia había adquirido un inesperado aliciente.

Aquella chica costarricense, compañera de habitación y, según propia confesión, persona  asignada por mi tía como espía de mis actos, era un ser amable y acogedor. Con ella podía tener momentos de comunicación  y eso nos convirtió en lo más parecido a dos íntimas amigas. La muchacha tenía “novio oficial”, que también estudiaba en Madrid, y cuando ambos me invitarona un Pub situado justo debajo de nuestra Residencia, desencadenaron  un cambio en mi vida que yo no podía sospechar cuán importante  iba a llegar a ser. 

“Quique”, como el pub se llamaba,  era centro de reunión de  las estudiantes que vivían arriba, así como de sus pretendientes y amigos. Por un lado la algarabía juvenil que allí reinaba me resultaba molesta  pero, por otro, mi alma agradecía esos momentos que espantaban de mí  la melancolía.

Entre los asiduos, un hombre era el centro de atención de todas las jovencitas, nenas que pululaban a su alrededor y se beneficiaban de su  forma de ser generosa y caballeresca. Su nombre era Ramón García Arana. Su madurez e interesante aspecto hicieron que desde el principio me fijara en él. Y la atracción fue recíproca. Desde que me invitó a su mesa me convertí, sin pretenderlo, en ahuyentadora de los moscones que le asediaba, cosa que afirmaba agradecerme.

Ramón había nacido en España y,  tras el triunfo del franquismo, siendo un adolescente emprendió  el exilio hacia Chile.  La similitud entre nuestras vivencias nos facilitaba largas conversaciones, ora comparando experiencias, ora contándonos  cosas sobre  nuestras  patrias adoptivas. Aquel hombre era un conversador maravilloso. Así que cada tarde yo esperaba con ilusión el momento de nuestro encuentro.

Jesús Alcántara
1968
Ese 8 de Enero que señalo al principio, al entrar en el pub, vi sentado junto a él a un muchacho muy joven que me fue presentado como “Jesús Alcántara, mi buen amigo, que acaba de volver de Málaga para reiniciar los estudios”. Sin duda el malagueño era un chico atractivo y, a causa de su origen andaluz, lleno de gracejo, pero no pertenecía en absoluto al tipo de hombres maduros que me atraían. La cuestión es que  la llegada de aquel muchacho alteró nuestra rutina. Su juvenil ímpetu nos arrancó de la mesa de “Quique”.  Los tres juntos íbamos al cine o a bailar a esos lugares llamados “discotecas” que tanto proliferaban por Madrid. 

Y así pasó con más levedad el tiempo de la espera. El día anterior a mi encuentro con el empresario de La Latina  ni siquiera aparecí por el pub. Mis nuevos amigos no conocían mi profesión ni, por supuesto,  mi cita con Colsada y no estaba segura de poder disimular mi nerviosismo.  Por lo  intuido en el breve tiempo que llevaba en España, ser artista estaba aquí visto con malos ojos y suspicacias, así que había optado por dejarles creer que yo era una más de aquellas estudiantes latinoamericanas que moraban en la residencia.

La que sí estaba informada de todo, convirtiéndose con ello en mi cómplice, era mi amiga y compañera de habitación. Ese día  fue de una tensión insoportable. Dado que yo no tenía ropa adecuada para la audición ella me ofreció uno de sus bañadores, desangelada pero única opción, así que con esa prenda, los zapatos de vestir que pude traer de Cuba, la parte de piano de uno de los pocos arreglos musicales que habían viajado conmigo desde la isla, me preparé para el importante momento que se aproximaba.

Fachada del Teatro La Latina

Y de nuevo, el día señalado llegó. El teatro La Latina tenía una fachada estupenda, un hermoso escenario y un patio de butacas amplio y cómodo que a esas horas de la mañana estaba, como es lógico, vacío. El hombre que me había recibido al llegar, tras entregarle yo mi atesorado álbum de recortes, me condujo a un camerino  para que pudiese cambiarme. Al ver aquella habitación  llena de plumas multicolores y maillots de fulgurantes lentejuelas comprendí lo ridícula que iba a resultar mi imagen en ese gran escenario, acompañada por un piano vertical al cual daría vida algún desconocido pianista y vistiendo un usado bañador que ni siquiera era de mi talla. Pero no era momento para amilanarse. Mi intuición me había dicho que ese día se iba a abrir la puerta que conduciría a mis futuros éxitos, así que, partitura en mano, medio desnuda y tiritando de frío, subí las escaleras que daban acceso al escenario. Y, empujada por una ráfaga de valor, penetré en él intentando caminar como Cyd Charisse y  sonreír  como Betty Grable,   bueno, en realidad, intentando  tan solo no desmayarme.
Betty Grable y Cyd Charisse
Puesto que en esta audición  el patio de butacas estaba iluminado, pude ver a un grueso individuo sentado en tercera fila, así que a él me dirigí con estas palabras: “Hola, supongo que usted es el señor Colsada. Gracias por recibirme. Confío en que le haya sido entregado mi álbum y ya sepa algo de mi trayectoria en Cuba. Si le parece bien voy a comenzar mi actuación.”  Así que me acerqué al pianista y le entregué aquella partitura de piano perteneciente a un arreglo para 30 músicos  que yo había grabado en CMQ, allá en La Habana, con la grandiosa orquesta dirigida por Mario Romeu, y puse toda mi alma en mi trabajo. 

Al terminar el número, tras unos suaves aplausos, oí la voz de Colsada diciéndome, “Muy bien, señorita, cámbiese y venga a mi despacho. Allí hablaremos”.

¿Qué se escondía tras esas palabras? Yo había hecho alarde de mis facultades, tanto vocales  como "danzantes", en un “Et Maintenent” con un puente musical  convertido para la ocasión  en un "adagio" lleno de “grand battements y piruettes”. En ese sentido estaba tranquila. Pero   la duda volvía a dominarme.
Posters de revistas de Colsada

Al llegar al lugar donde se estaba cocinando mi futuro me encontré con el amable señor Colsada y sus descorazonadas palabras. “Yolanda,  tienes estupendas condiciones pero no encajan con lo que es en España pedimos de una vedette. Te invito a quedarte a ver la función para que lo compruebes.  Además, y muy importante, tendrías que engordar tres o cuatro kilos.” Sin duda los últimos días en Cuba, aquel primer tiempo en mi país, los nervios y la pena me habían hecho perder peso pero sin convertirme,  ni mucho menos, en una anoréxica. Así que sus palabras me parecieron absurdas excusas. Pero acepté su invitación y  me quedé a ver el espectáculo. Y Dios, vaya si entendí a Colsada.

La vedette, de la que no se podía decir que cantara y mucho menos que fuese  bailarina, sin duda se podía decir una cosa; estaba “maciza”. En cuanto al resto del espectáculo, los textos eran inconsistentes y de las vicetiples, para qué hablar. Eso que estaba viendo no era ni remotamente lo que en Cuba considerábamos una revista musical. Así que intenté calmar la desilusión ante mi segundo fracaso diciéndome que aquello en realidad no era para mí, que cosas mejores vendrían. Que, sin duda, cosas mejores vendrían. Pero mientras tanto ¿qué sería de mi vida?


P.D. Queridos seguidores y amigos, me temo que durante un par de semanas os mantendré a dieta. Estamos en plena mudanza a Málaga y entre seleccionar, empaquetar, desempaquetar y colocar no vamos a tener mucho tiempo para escribir. Os ruego paciencia pues lo mejor está aún por llegar. ¿Podreis vivir sin mis historias algunos días? En estás fechas se cumple un año desde que comencé esta aventura. Muchos de vosotros estais conmigo desde el principio, otros os habeis unido a  mí lo a largo del camino. Para todos mi agradecimiento. Me encanta comprobar que las entradas han ido creciendo .¡Y ni mencionar la satisfacción que  siento cuando dejáis algún comentario en mi blog! Os amo a todos.

Yolanda Farr

Proximo capítulo: Las cosas se precipitan.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Instantánea 52 - Hasta los genios pueden equivocarse.


Valle Inclán
Aquella noche, al llegar a la Residencia, ni siquiera pude sentarme a cenar. La “separata” de la obra que me habían entregado, la cual resultó pertenecer a  la pieza Águila de Blasón, del insigne escritor gallego Ramón María del Valle Inclán, me quemaba en las manos y la voz estruendosa del autor me asaeteaba  reclamando mi total atención.

El lugar bullía con el alegre cacareo de aquellas jóvenes gallinitas, recién regresadas de sus países de origen e impregnadas aún del amor familiar y del espíritu navideño. Como todas  eran  unas desconocidas para mí, opté por encerrarme en mi particular sala de lectura  Y allí permanecí casi toda la madrugada, sumergida en el estudio de esa dramática escena que, a la tarde siguiente, sin duda sería el pasaporte de entrada a mi futuro teatral.

Y la mañana llegó. Y llegó la tarde. Con el cuerpo agotado por la falta de sueño pero con la mente diáfana y los textos memorizados en su totalidad, me presenté  en el teatro Bellas Artes. 

De nuevo me recibió el ayudante de Tamayo,  Díaz Merat,  rogándome que esperara en el hall a que llegara mi turno para la audición. Puesto que en los teatros de Madrid tan solo se encendían la calefacción y las luces generales a la hora de la función, el lugar estaba helado y en penumbras. Las voces que me llegaban del escenario, atravesando puertas y cortinas, me sonaban estentóreas y falsas. “Así no es”, pensaba, “no es ese el espíritu de la Pichona,  no es lo que Valle quiso contar de esa pobre prostituta”. Pensé que sin duda Tamayo, al oír mi versión, apreciaría el profundo estudio del personaje.  La cosa  estaba “chupada”.
Jamás olvidaré lo que siguió. Nunca se borrará de mi mente  aquel desconcertante y crucial momento. El escenario estaba iluminado con brillantez pero en el reinaba una soledad apabullante. Deslumbrada por las luces intenté  penetrar, con ojos ansiosos, en el pozo de espesa sombra que era el patio de butacas. Fue inútil. Después de unos segundos de absoluto silencio,  una extraña voz con una dicción difícil de entender, rompió las tinieblas dirigiéndome estas palabras: “¿Está lista, señorita? Los pies se le darán desde aquí abajo. Abra su “separata” y lea.”  De nuevo ese corazón, al que tanto esfuerzo estaba exigiendo últimamente, comenzó a galopar a marchas forzadas dentro de mi pecho.

Aquellas eran las condiciones menos adecuadas para hacer la primera audición de mi vida, sola sobre un inhóspito escenario y con la voz sin rostro de mi antagonista  brotando desde la helada oscuridad.  Con la garganta seca por la emoción y tras contestar “estoy lista, señor”,  comenzó una de las más desconcertantes experiencias de mi vida artística. Al finalizar la escena, con la expectación  irradiando de todo mi ser escuché de nuevo la tan particular voz que iba a leer mi sentencia: “Muy buena memoria y excelente pinta, señorita, pero tiene usted demasiado acento argentino. Gracias y que pase la siguiente”. 

No puedo describir el huracán que azotó  mi alma en esos momentos ni como aquellas palabras afectaron la endeble autoestima que por aquellos días tenía. ¡Y para colmo aquel "genio del teatro" tachaba mi acento de argentino!  He de anticiparos que, menos de dos años después, durante la Segunda Campaña Nacional de Teatro y dirigida en este caso por Adolfo Marsillach, F.J. Alcántara, crítico del periódico El ideal gallego, a propósito de mi actuación en la misma obra de Valle  escribiría;  “Yolanda Farr   en el papel de La Pichona, dio la impresión de suma naturalidad en la incorporación de su personaje. Sobre todo es de señalar su acierto al añadir a su trabajo el dulce acento gallego.”
En primer plano, de izquierda a derecha Luis Prendes, Terele Pávez,  Marisa de Leza,
el alcalde Paz Sueiro, Yolanda Farr y Julia Tejela

La cuestión es que  al salir aquella tarde del teatro Bellas Artes hecha un guiñapo humano, me sentía incapaz de volver a la Residencia con la carga de mi fracaso, así que decidí llegarme a casa de los Ortega, en busca del consuelo y la comprensión de personas amables.
Doña Rosa y su hija me recibieron con la calidez de siempre y después de un rato de conversación, ante mi evidente desánimo, Enriqueta me dijo, “no te preocupes, Yolanda, tengo una amiga muy influyente en la redacción de la revista Telva que sin duda te conseguirá trabajo en su “staff”.
Y de nuevo tuve que rechazar la oferta.  Y nuevamente observé que ese hecho era recibido con incomprensión y desagrado. No lo podían entender. Con toda la buena fe que sin duda les guiaba, no podían asimilar que la vida, fuera del mundo del espectáculo, no poseía sentido alguno para mí. Además, tan solo llevaba días, largos y dolorosos  pero al fin y al cabo tan solo días, en España. Mi camino en la búsqueda de trabajo acababa de comenzar y la seguridad de que mi profesión y yo aún teníamos por delante un fructífero intercambio de experiencias, me hacían desdeñar cualquier otra posibilidad.

Se me ocurrió que, si mi acento era un obstáculo a vencer no tenía  más que emprender a la inversa el ejercicio al que me había sometido en Cuba antes de mi debut  teatral, es decir pasar del ceceo al seseo y ahora volver al ceceo. Hasta conseguir ese objetivo siempre me quedaba  mi  experiencia en el musical. Así que decidí que mi próximo intento sería con la revista.
En ese campo era famoso en Madrid el Teatro de la Latina, dirigido por Matías Colsada. Allí se representaban revistas de larga duración en cartel y estupenda aceptación del público. Ese sería el próximo paso y así se lo comuniqué a mis interlocutoras. Solo algún tiempo más tarde comprendí el porqué de la lividez que cubrió los rostros de esas buenas mujeres al conocer mis planes.

Así que tras buscar aquella noche  en un periódico el teléfono de La latina,  me dispuse a pedir  cita con su director, Colsada. Por desgracia me dijeron que dicho señor estaba fuera de Madrid y que no regresaría hasta finalizar las fiestas navideñas, es decir, hasta después del 6 de enero, aquella fecha entrañable cuya cercanía se me había pasado  por alto: Los Reyes Magos. 

Cabalgata de Los Reyes Magos,  con la Puerta de Alcalá al fondo

Es decir que nuestra cita se concertó para el día 10. Eso iba a causar que mis planes se postergasen y me obligaba a domeñar mis premuras. ¿Qué haría durante esas jornadas que me parecían eternas ? Seguramente la velada del  5 de enero la pasaría de nuevo en casa de los Ortega y sin duda mi primo Oscar mantendría hasta entonces el silencio y alejamiento que estaba caracterizando nuestra no-relación. Tal vez volviera a ver a mi “primo putativo”  Juanjo, y, tal  como me  prometiera la noche de mi serenata, me acompañara a la guitarra algunas  canciones típicas españolas que la “tuna” solía cantar y que yo aún recordaba de mi infancia.  Poco más podía esperar de aquella  Noche de Reyes que con tanta ilusión había celebrado Cuba entera durante la época pre-castrista. En cualquier caso, ¿en qué ocuparía mis horas hasta entonces?
Celia Gámez, María de los Ángeles Santana, las hermanas Ethel y Gogó Rojo y Addy Ventura
Como siempre, la colección de periódicos de la residencia fue mi salvación.. Rebuscando en antiguas ediciones encontré valiosa información sobre las vedettes que triunfaban, o lo habían hecho, en España y me llevé una grata sorpresa. Entre ellas había muchas extranjeras. Comenzando por la venerada Celia Gámez, argentina, continuando con mi admirada amiga María de los Ángeles Santana, cubana, con Gogó y Ethel Rojo, dos hermanas también argentinas,  en la actualidad con Addy Ventura, puertorriqueña y con Anne Marie Rossier, francesa.  
Resultaba obvio que en ese campo no podrían rechazarme por mi acento. Segura de mi amplia experiencia en cabaret y musicales en la isla, la esperanza que, como bien dicen “es lo último que se pierde”, se me subió a la cabeza,   prometiéndome un futuro exitoso como vedette de revista.  
PD. Queridos, un amigo gentil donde los haya, Tony Pisani, me ha enviado un link con un antiguo reportaje sobre el rodaje de la película muda cubana que he mencionado en anteriores capítulos, “El veneno de un beso”. Deseo compartir con vosotros mi sorpresa: A parte de mi tía Mercedes Mariño, ¡en una breve secuencia aparecen las Pfarry Sisters, mis mellizas del alma! Os paso  estas imágenes  para que comprobéis  que no he exagerado al loar la delicadeza y hermosura de mis madres  alemanas.  






Próximo capítulo: El señor Colsada y nuevos amigos.


sábado, 27 de octubre de 2012

Instantánea 51 - Otra vez en la lucha



Navidad en la calle Alcalá. Madrid

La palabra que mejor describiría mi primer 31 de Diciembre en España sería “desconcierto”.  Al entrar en casa de los Ortega me encontré con la sorpresa de que allí estaban mi tía Olimpia y su marido Rafael.  Mis benefactores. Cuando nos abrazamos ella y yo, mi impulso fue prolongar el acto indefinidamente. Me movía  la  esperanza de que esa sangre que corría por su cuerpo, la misma que nutría el de mi adorado padre, calentara la mía, helada por  la “saudade”. Pero la transfusión no se logró. Era como abrazar a una extraña. La estreché con más fuerza, intentando extraer de ella el calor de la consanguineidad. Pero ni aún así llegó a mí un ápice de la calidez que mi padre solía trasmitirme.  Era la misma sangre, sí,  pero no tenía los mismos poderes.   Primer desconcierto.
Mi tía Olimpia. 1955

Superada mi frustración pude apreciar que Olimpia era una agradable y guapa mujer. En cuanto a Rafael, mi tío político, resultaba un hombre apuesto pero de actitud tan distante que se estableció para siempre entre nosotros una frontera que fue imposible de traspasar.  Por supuesto, agradecí a ambos  la ayuda que me estaban prestando y, acto y seguido, comenzaron una ronda de preguntas a las que respondí con sinceridad absoluta. Bueno, mi familia estaba todo lo bien que se podía esperar, dadas las circunstancias. Mi padre había recibido con estoicidad el mazazo de comprobar lo que va de la teoría  a la práctica. Sus sueños socialistas se derrumbaban sobre su espíritu puro, uno a uno, día a día. La situación en Cuba era insostenible pues Castro había resultado un falsario, un dictador que  estaba llevando  la isla a la ruina. Mis posibilidades de desarrollo profesional estaban siendo estranguladas  por causa de mi negativa  a integrarme en aquel sistema militarizado y caótico. Les hablé de las presiones para obligar al pueblo, en su totalidad, a formar parte de unas milicias armadas, de aquellos Comités de Defensa de la Revolución casi plenipotenciarios regidos por la arbitrariedad, de la  escuálida e incumplidora  Cartilla de Racionamiento, pero observé en sus caras, a medida que intentaba describir la situación reinante en la isla,  gestos inequívocos de incredulidad. 

Intentando acabar con el interrogatorio, les afirmé que había efectuado la traumática separación familiar con el fin de encontrar un sitio en mi Patria y así poder traer, lo antes posible,  a  mi gente, como mi padre había hecho tantos años atrás con la suya. Teníamos mucho de que hablar, tras años de desconocimiento mutuo, pero esa noche no era  la más indicada para ello ya que se consideraba, de forma obligada, noche de risas, uvas y champán. Y maldita la gracia que me hacían esas cosas en esos momentos.
Mi triste imagen navideña
Entre los asistentes se encontraba  Ana Esther, una azafata de Iberia, exnovia de mi primo Rafael y amiga de la familia. Estando todos sentados alrededor de la mesa,  la joven me dijo que, puesto que yo hablaba cuatro idiomas, había pensado en recomendarme a sus jefes, asegurandome  que  reunía todas las condiciones para desempeñar esa profesión.   Agradecí su oferta e interés pero la rechacé de inmediato. Dentro de mí no cabía la posibilidad de cambiar de esa manera el rumbo de mi vida. No estaba dispuesta  a considerar ni esa ni ninguna otra opción que me alejara de aquella profesión mía que, desde la niñez,  me había exigido tanto  esfuerzo y estudio  y que tanto sacrificio y dinero había costado a mi familia. Pero observé que todo el grupo había acogido la propuesta de la azafata con entusiasmo. Y  aunque sentí  como tras mi rechazo el ambiente se enrarecía no pude ni sospechar lo que mi actitud me iba a acarrear. Segundo desconcierto.

Mi “primo putativo”, Juanjo, la única persona con la cual tenía verdadera empatía, no estaba presente.  Había contraído matrimonio con su prometida Ana un par de días antes y se hallaban de luna de miel. Yo no fui  invitada a esa ceremonia. Tercer desconcierto.
Mercedes y Olimpiña. 1943

Tras sonar las campanadas e intentar ingerir esas tradicionales doce uvas que se me atragantaron hasta el punto de hacerme temer por mi vida, mi tía me dijo que, al día siguiente, pensaban ir a visitar a Mercedes, mi otra tía, de la que hacía mil años no se hablaba en casa de  los Mariño-Pfarr. De ella solo sabía que junto su hija Olimpiña habían vivido en Cuba  durante los años de mi infancia, mantenidas por mi padre, y que a causa de sus  graves problemas mentales era una persona muy conflictiva, con tendencia a organizar escándalos públicos. Por esa razón Arsenio había procurado mantenerla alejada de nuestra casa. 

Recordaba que un día, mucho tiempo atrás,  mi padre nos había dicho que, después de estar ingresada y de ser dada de alta en el manicomio de Mazorra, Mercedes había querido irse a Costa Rica llevándose a su hija. Según decía, su propósito era reunirse con su hermana y con su madre, Gloria, mi abuela paterna, a la cual yo nunca llegué a conocer, reconociendo, en un momento de lucidez y sinceridad, que ella se sentía incapaz de criar sola a una adolescente. Papá nos informó  que ya les había comprado los pasajes. A mis madres, las mellizas, que siempre habían sufrido por las condiciones de vida  que la niña Olimpiña tenía que soportar al lado de una madre que adoraba, pero absolutamente desquiciada, habiendo incluso sugerido  recogerla en nuestro hogar, la noticia de que  se reunirían con la parte costarricense de la familia, les hizo respirar aliviadas. Tanto madre como hija tendrían un hogar y gente querida y responsable  que controlara a Mercedes.  Y a partir de ese momento nunca más se habló de eso, al menos en mi presencia. Ahora resultaba que mi tía estaba en el manicomio de Ciempozuelos, en Madrid. Nunca supe por qué o cómo  había llegado la mujer a España Es posible que su espíritu trastornado la impeliera a buscar nuevas aventuras, con ese egoísmo e inconsciencia que siempre la  caracterizaron. Parecía que ni su santa madre, Gloria, ni su hermana, ni el amor de su hija, ni siquiera el hecho de que Rafael, su cuñado, fuese un prestigioso médico, pudieron controlar sus desvaríos. El caso es que había dejado a Olimpiña al cuidado de la familia y  ahora estaba en España. Y de nuevo ingresada en un manicomio. Cuarto desconcierto.

Por supuesto consideré mi deber acudir  también a verla,  así que pedí a mis tíos que me recogieran al día siguiente en la Residencia. Fue una visita muy triste, ¡justo lo que yo necesitaba en esos momentos!  Mercedes, mi siempre despegada madrina,  no me reconoció. Ni siquiera recordaba quién era yo.  
Mi tía Mercedes. 1939

Aquel ser deteriorado y desorientado no podía ser la mujer hermosísima que, como me habían contado,  cautivaba el corazón de los hombres y que, en la Cuba del año 29, protagonizara la película muda “El veneno de un beso”, dirigida por Ramón Peón.   El  recuerdo que  tenía de esas fotos suyas que mi padre guardaba con amor y tristeza, eran la antítesis de la imagen que  tenía ante mis ojos. El caso es que ese iba a ser nuestro último encuentro pues, poco tiempo más tarde, Mercedes abandonaba el hospital psiquiático, dejaba  Madrid y salía de mi vida para siempre.

Olimpia y Rafael volvieron a Costa Rica unos días más tarde. Solo habían venido a pasar el fin de año con su hijo Oscar y, de paso, a verme. No tuvimos tiempo ni oportunidad de intimar, pero oyendo el panegírico que hacían  de la profesión de azafata  y de lo bien remunerado que estaba ese trabajo, en mi alma quedó de nuevo clara su incomprensión ante mi rechazo y la necesidad de emanciparme lo antes posible. Así que, en esos primeros días de enero del 68, decidí ponerme las pilas y comenzar mi peregrinaje por los teatros de Madrid.
José Tamayo

Y mi primera intentona fue contactar con José Tamayo, tal como había planeado.  Cumplir el encargo que Pepe Triana me había dado en Cuba sin duda me abriría las  puertas para llegar a ese gran director. Luego yo me encargaría de que dichas puertas se mantuviesen abiertas. Así  que, con el libro de la obra teatral de Pepe, La noche de los asesinos, en una mano y en la otra el abultado álbum de mis recortes,  me dirigí al teatro Bellas Artes.

Aquella  fue mi primera salida en solitario, mi primer viaje en metro en esa nueva etapa de mi vida.  Me asombró comprobar la claridad con que mi mente guardaba  el recuerdo de los días en que, allá por los años 40, acabada la jornada de trabajo  y de vuelta de los teatros de Madrid, mi familia y yo utilizábamos el suburbano para dirigirnos a nuestro hogar de Alonso Cano. Para mi sorpresa aquellos túneles y vagones abarrotados me resultaban  familiares.

Y, de repente me encontré allí, frente al Teatro Bellas Artes, pero paralizada por un ataque de pánico.  Llena de una inseguridad que me producía vértigo mi  único deseo era retroceder hasta mi guarida. Tan solo el recuerdo de mi gente y  mi decisión de traerlos a España lo antes posible me mantenían en pie. Y como si esas queridas imágenes me sustentaran, como si sus manos agarraran las mías para  darme un cálido impulso, irrumpí, aún temblorosa, en el reino de José Tamayo.

Me recibió su ayudante, Antonio Díaz Merat.  Con  amabilidad me dijo que el señor Tamayo no podía recibirme porque en esos momentos se estaban realizado audiciones para la obra que allí se estrenaría próximamente. Aquello me pareció una señal divina y la oportunidad perfecta para matar dos pájaros de un tiro; entregar la obra de Pepe y demostrar mi valía sobre el escenario. Y  mis temblores cesaron. Le pregunté al señor que me atendía cómo podría acudir a esas audiciones, a lo que me respondió entregándome una “separata” de la obra y me concertaró una cita para el día siguiente. “No es necesario que te aprendas la escena”, me dijo, “tan solo léela varias veces para que te familiarices con el texto”. Y así fue como, con el corazón pletórico de esperanza, inicié mi  regreso a mi “hogar de acogida”.

Al llegar a la calle pregunté la hora a un viandante. “Son las nueve”, me respondió. ¡Las nueve ya. Era increíble como volaba el tiempo fuera de la "cárcel"!  Así que apuré el paso pues debía llegar  a la Residencia  antes de las fatídicas diez de la noche, es decir, antes de que sus puertas se cerraran para las huéspedes hasta el día siguiente. La ilusión que me invadía puso alas a mis pies y bríos de caballo jerezano a ese metro madrileño. Y llegué a mi refugio con tiempo sobrado.  Todo empezaba a salir bien. Estaba segura de que al siguiente día las brumas que desde  mi llegada rodeaban las 24 horas de mis jornadas se disiparían para que un sol brillante alumbrara el primer peldaño de mi ascenso en mi profesión y en mi Patria. Sí, mañana sería un día muy importante.


Próximo capítulo: Hasta los genios pueden equivocarse.

sábado, 20 de octubre de 2012

Instantánea 50. Navidades negras. (Tercera parte)


Las familias católicas españolas, en sus festividades navideñas,  prescindían   tanto del nórdico árbol de Navidad como de  Papá Noel, rito que por estas tierras se consideraba “herético”. Los hogares, desde los más pobres a los  bendecidos por la fortuna, exhibían en su casa un belén que era a la vez muestra de devoción y símbolo de  clase social y nivel adquisitivo.
Estos iban desde el simple pero entrañable pesebre donde tan solo cabían María, José, la cuna con Jesús en su seno  y la acostumbrada pareja de animales, hasta enormes montajes con abundantes figuritas primorosas representando a labradores, a pastores con sus cabras que subían o bajaban por montañas de atrezo. Y distribuido por este decorado, un pueblo entero con casas y hasta vegetación y  pequeños canales con agua continuamente corriendo . Todo daba sensación de alegría y esperanza. Claro que no faltaban los tres Reyes Magos a los cuales,  a medida que se  aproximaba la Nochebuena, alguna mano creativa iba acercando  al establo donde sucedería el Advenimiento. Toda esta parafernalia dependía de la imaginación y, como ya dije, de la situación  económica familiar.
En casa de los Ortega había,  aquella Nochebuena, un sencillo pero cuidado belén.
Sin duda aquellas personas resultaron seres encantadores y me recibieron con afecto sincero. ( Eran familiares de Rafael, el marido de mi tía Olimpia).  Todos me preguntaron cosas sobre mi familia y sobre Cuba y a todos respondí como pude, de forma bastante somera, intuyendo que, por más que lo intentaran, jamás comprenderían lo que había sido mi vida, lo que en la isla estaba sucediendo y el dramático porqué de mi exilio.

Vivíamos en universos demasiado diferentes. Una buena familia burguesa no podría nunca colocarse en la piel de los Pfarr -Yeck, huyendo hacia Cuba desde Alemania  tras la Primera Guerra Mundial, ni en la de aquel niño, Arsenio Mariño, abordando como polizonte un barco,  en la Galicia de principios del siglo veinte, con el único objetivo de llegar a la soñada isla y poder sacar del la penuria a su madre y a sus tres hermanas. Una buena familia burguesa no conseguiría, ni con la mejor de las intenciones, aceptar los amores, en un principio clandestinos,  de mi madre y mi padre, ni la potencia de esa pasión  que pudo superar todo tipo de obstáculos, morales y familiares. (Ver Instantánea 5). Esa clandestinidad que, muchos años después se repetiría en mi trágica historia con Homero Gutiérrez. (Ver Instantánea 28). Nada más dispar a mi mentalidad, siempre  imbuida de un espíritu liberal y  bohemio,  que la de esa buena familia conservadora.

A pesar del ambiente hogareño que reinaba en la casa aquella fue una noche infernal, tragándome las lágrimas cada vez que les oía reírse o les veía abrazarse, sintiendo como los tentáculos de mi dolor se extendían fuera de mí, fuera de aquella casa, fuera de este país y atravesaban el mar para unirse a mi  gente en un abrazo lleno  de añoranza.  En esos momentos tuve que hacer uso de todas mis facultades histriónicas para que no notaran el suplicio al que me sometía su felicidad.



Juanjo, el hijo de la familia, estudiante de odontología y a punto de graduarse y contraer matrimonio, era un ser jovial y encantador. Me dijo que pertenecía a “la tuna” de la Facultad de Medicina y se ofreció a darme una serenata nocturna bajo el balcón de mi cuarto en la residencia. Me explicó que “la tuna” era una tradición y que estaba formada por un grupo de estudiantes los cuales, cantando y tocando algunos instrumentos,  se divertían yendo por  calles y "colmaos" disfrazados de caballeros del siglo 18. Aquel apuesto muchacho insistió en que le llamara “primo”, con una afectuosidad que me enterneció.




Al llegar el momento de las despedidas Doña Rosa fue al armario de su habitación y me trajo un  calentito abrigo de “lana de camello”. “Tómalo, Yolanda”, me dijo, “tú lo necesitas y lo vas a disfrutar mucho más que yo”. Aquello fue conmovedor y de gran ayuda pues, como si los Hados quisieran de nuevo poner a prueba mi entereza, ese invierno de 1967 era, según decían, especialmente frío y nevoso.



Y fueron pasando los últimos días del año sin que el abotargamiento que me dominaba me permitiese pensar con claridad o eliminar de mí esa especie de agorafobia que me impedía  salir a la calle sola. Ese terror a perderme en las fauces de la gran ciudad y no poder nunca encontrar el regreso a la calefacción central y las tres comidas diarias que tenía aseguradas en la Residencia para Estudiantes Latinoamericanas.  Mis días transcurrían entre la cama, en la que permanecía largas horas, sumida en los recuerdos y la depresión, las comidas a las que me obligaba, ya que mi estómago estaba estrangulado por la tristeza, y aquella habitación de  lectura que me proporcionaba los únicos momentos de evasión.



Poniendo especial atención a las carteleras del Diario Ya fui archivando nombres de las últimas películas estrenadas, sobre todo de las americanas que hacía tantos años estaban prohibidas en Cuba, y de las del cine español, por aquello de ampliar mi información sobre lo que se movía dentro de mi profesión.

Fay Dunaway y Warren Beatty en Bonnie and Clyde, cartel de A sangre fría y foto de Sofía Loren, Charles Chaplin y Marlon Brando durante el rodaje de La condesa de Hong Kong



Durante ese 67 se habían estrenado mundialmente, entre muchas más,  Bonnie and Clyde, dirigida por  Arthur Penn y protagonizada por Warren Beatty y Fay Dunaway, El graduado, de Mike Nicholds, con Anne Bancroft y Dustin Hoffman en los papeles estelares, La condesa de Hong Kong, bajo la dirección de Charles Chaplin,  con Marlon Brando y Sofía Loren,  Belle de jour, película francesa pero dirigida por el español Luis Buñuel y protagonizada por Catherine Deneuve,  A sangre fría, de Richard Brooks y la más reciente creación de los estudios Disney, El libro de la selva… Todas,  acogidas con gran éxito de público y magníficas críticas,  despertaban mi apetito cinematográfico, ahíto de ver films rusos, checos, chinos o de cualquier país del bloque comunista,  plúmbeos y politizados.



Carteles de Marisol en Las 4 bodas  de Marisol y de
Pili y Mili en Un novio para dos hermanas

El cine español era harina de otro costal. Lo más abundante parecía ser una producción   superficial, con títulos como Las 4 bodas de Marisol, dirigida por Luis Lucia y cuya protagonista era  Marisol, aquella "niña prodigio" que amenazaba con convertirse en mujer o Un novio para dos hermanas, de Luis Cesar Amadori,  con más "ex niñas prodigio", dos mellizas llamadas Pili y Mili que tenían una gran aceptación entre el público.

También se había estrenado Sor Citroën, de Pedro Lazaga, con Gracita Morales, José Luis López Vázquez y un amplísimo reparto, así como Las que tienen que servir, de José María Forqué, con Concha Velasco, Lina Morgan, Alfredo Landa y muchos más de esos nombres tan desconocidos para mí. Sólo había una película que, según los críticos, sobresalía en el reciente  panorama cinematográfico, Peppermint Frappé, bajo la dirección de Carlos Saura, al cual catalogaban como “cineasta serio, prometedor y avanzado”. Los protagonistas eran Geraldine Chaplin, Alfredo Mayo y José Luis López Vázquez.
Cartel de Sor Citroën, Alfredo Landa y Concha Velasco en Las que tienen que servir y
cartel de Peppermint Frappé, con José Luis López Vázquez y Geraldine Chaplin

En fin, así pasaba las horas, sumergida entre olas de papel periódico y algo drogada por el olor de su tinta, intentado archivar nombres de personas que me pudieran ser útiles. Una noche un inesperado sonido de música  me sacó de la abulia. Desde la calle subía una oleada de alegría revoloteando entre las notas del chotis Madrid . Era mi "primo putativo" Juanjo Ortega que había cumplido su promesa de darme una serenata. Él y cinco compañeros más de su Tuna. Sin duda fue el único momento  feliz en aquellos mis nefastos días iniciales en mi Patria. Efímero pero hermoso. Hubiese deseado que la residencia no estuviese tan  vacía para poder compartir con gente joven aquel hermoso momento. 


Foto de Juanjo Ortega (marcado con una flecha) con la Tuna de la
Facultad de Medicina. 1964

Mi primo Oscar me llamó el día 30 para comunicarme que la  Nochevieja la pasaríamos de nuevo  en casa de los Ortega y que me recogería a las 8 de la tarde. Juro que hubiese preferido poder quedarme en la soledad de la residencia, asistir a la iglesia con las dos monjas que permanecían  a su cargo y así aprovechar para dirigir a Dios, desde su propia casa, mis ruegos y hasta mis reproches.  No podía soportar la idea de tener que disimular mi dolor frente a esa buena gente entre la que me sentía como “un elefante en una cacharrería”. No me creía capaz de repetir esa “actuación” del día 24 que  me había arrancado a trocitos el corazón. O lo que de él había logrado sacar de Cuba.

A las ocho del día 31 Oscar llamaba a la puerta de la residencia. No a las ocho menos cinco  o a las ocho y cinco. Con puntualidad germánica a las ocho. Y en su coche volvimos a dirigirnos,  sintiéndonos aún como los extraños que en realidad éramos, a casa de aquella buena familia, los Ortega, pero esta vez calentita dentro del   abrigo de lana de camello que Doña Rosa me había regalado. Hice el camino sumida en mis añoranzas, sin imaginar  que, esa noche,  al llegar a mi destino  me esperaba una gran sorpresa.


Próximo capítulo: De nuevo en la lucha.


sábado, 13 de octubre de 2012

Instantánea 49. Navidades negras. (Segunda parte)


Resulta que en allá en 1967, mientras se iba  consolidando mi decisión de abandonar la isla, cosas importantes estaban pasando en el resto del mundo. Y en esa especie de hemeroteca que había dentro de la Residencia para Estudiantes Iberoamericanas donde mi tía Olimpia me había absurdamente ubicado, aquella triste mañana del 24 de diciembre decidí comenzar a rellenar los huecos informativos a los que la dictadura castrista había condenado, por largos años,  al pueblo cubano, ya fuese por censura o por la desidia que, tras tanto tiempo de represión, se había apoderado del pueblo.
Los astronautas
Grissom, White y Chafee

Me enteré que, en enero del 67, en Cabo Cañaveral, durante las pruebas del proyecto Apolo, se había producido un incendio que causó la muerte de sus tres tripulantes, Grissom, White y Chafee. Una gran tragedia. También que en ese mes Jack Ruby, el asesino de Lee H. Oswald, fallecía de cáncer en un hospital de Dallas.  y en España una ley orgánica  suprimía el nombre de Falange de las Jons reemplazándolo por el de Movimiento Nacional. El mismo perro fascista con distinto collar.
Konrad Adenauer y
Francisco Franco


En febrero el canciller alemán Konrad Adenauer visitaba Madrid, lo cual era un punto de apertura pero, por otro lado, manifestaciones obreras y estudiantiles obligaban, tras furiosas cargas de policías a caballo, a cerrar la universidad durante tres días. Algo empezaba a removerse en España.

Ese mismo mes, un grupo de adversarios del presidente Somoza, atrincherados en el Gran Hotel de Managua, Nicaragua, acababan rindiéndose. En la acción habían muerto 32 personas y 79 resultaron heridas. Esto desencadenaría una secuela de violentas manifestaciones.
Logotipo de la ETA

En marzo, en España, se celebraba clandestinamente la V Asamblea  del grupo terrorista  ETA, en la cual se  propuso y aceptó el uso en espiral del terrorismo armado.

En el mes de abril el comandante soviético Vladimir Komarov, el primer mártir humano de los vuelos espaciales, moría durante el intento de aterrizaje de su nave Soyuz I.

La República de Biafra se constituía en Mayo. Cinco semanas más tarde el país entraba en guerra con Nigeria, dando esto lugar a una de las peores hambrunas de la historia. Un millón de muertos sería el resultado de esta masacre.

En junio comenzaba la Guerra de los Seis Días al atacar Israel a las fuerzas sirias y egipcias. La contienda finalizaría con la aplastante victoria de Israel, cuyo ejército estaba bajo el mando de Moshé Dayán.  El coste humano de esta guerra relámpago fue, según cifras oficiales, de 21.000 muertos, 45.000 heridos y 600 prisioneros.

Fernando Arrabal
En julio el excéntrico escritor Fernando Arrabal era detenido en España bajo la acusación de blasfemia.

Cadáver del Che
En octubre Ernesto “Che” Guevara ante el nulo apoyo del campesinado en su intento por organizar guerrillas en ese país, resultaba capturado en Bolivia. Un día después era ejecutado.

En los primeros días de diciembre, el doctor Cristian Bernard realizaba el primer trasplante de corazón. El paciente moría 18 días después de la operación. Aún así se consideró todo un logro precursor de la actual y exitosa cirugía de trasplantes.

Saturada de noticias mundiales sobre aquel año 1967 que estaba a punto de terminar, algo más calmadas mis ansiedades a base de tanta jugosa información, decidí centrarme en las recientes carteleras de espectáculos de aquel Diario Ya que abarrotaba, ordenado por años, la habitación de lectura donde me encontraba. Revisar las carteleras me daría una idea sobre lo que estaba pasando en el mundo artístico español. (El Diario Ya fue fundado en el 35, durante la Segunda República, por la Editorial Católica. Siendo de orientación ultraconservadora desapareció   durante la guerra civil española pero volvió a ver la luz con la dictadura. Tras la pérdida de lectores y suscriptores causada por el aperturismo  y la aparición en el mercado democrático de infinidad de nuevas  publicaciones, dejó de editarse, de forma definitiva,  en 1996).

En el Teatro Calderón había en aquellos momentos un espectáculo de flamenco con "El Príncipe Gitano", en el Circo Price, Historia de las Variedades con aquel cantante que fuese amigo de la familia, Pepe Blanco. En el Teatro Español ponían Las Mujeres Sabias, de Moliere dirigida por Miguel Narros, en el Maravillas, otrora teatro dedicado al musical, representaban El amor está debajo de la chistera, de Germán Lopezarias, en el Infanta Isabel, La Decente, de Miguel Miura, en el Reina Victoria, La Vil Seducción, de Juan José Alonso Millán.

Y, prácticamente, en el resto de los teatros de Madrid se exhibían obras de Alfonso Paso, el prolífico autor. Solo sobre los escenarios del Teatro Español, del María Guerrero y del Bellas Artes se podían ver piezas  de teatro internacional, dos obras de Luigi Pirandello, como homenaje al centenario de su nacimiento; Seis personajes en busca de un autor y Así es, si así os parece.
Florinda Chico, Irene Gutiérrez Caba, Lola Herrera, Analía Gadé

Lo  deprimente para mi era que ninguno de los nombres que  componían los amplios repartos madrileños me era familiar. Lina Morgan, Juanito Navarro, Arturo Fernández, Analía Gadé, Fernando Fernán Gómez, Juanjo Menéndez, Pedro Osinaga, Irene Gutiérrez Caba, Pastor Serrador, José Sazatornil “Saza”, Alfredo Marsillac, José María Rodero, Florinda Chico, Fernando Delgado, Lola Herrera, primeros actores que encabezaban las carteleras de los teatros me resultaban nombres desconocidos.
Fernando Fernán Gómez, Fernando Delgado, Juanjo Menéndez, Arturo Fernández

Tampoco identificaba a los  directores o a los autores nacionales. Salvo Paso, del cual había representado una obra años atrás en Cuba. ¿A quién y a dónde me iba a dirigir, entonces,  en busca de trabajo?  De pronto recordé que Pepe Triana, hermano de mi siempre amiga Gladys, me había entregado un ejemplar de su más reciente obra de teatro, La noche de los asesinos, estrenada en Cuba con gran éxito, para  que se la diese a  José Tamayo,  prestigioso director del teatro Bellas Artes.  ¡Eureka! Mi cerebro se iba aclarando.


Ese sería mi primer contacto en España. Así que decidí que, en cuanto me ubicara un poco dentro de mi entorno, a él acudiría con La noche de los asesinos en una mano y mi apreciado álbum de recortes de periódicos cubanos, la historia de mi vida artística,  en la otra. 

Además conté hasta 19 teatros de comedia, cuatro dedicados al musical, y 15 cabarets o Salas de Fiesta, en Madrid.  Estaba claro que habría abundante trabajo para una artista polifacética como yo.

Alimentada mi esperanza ante esta idea, creí poder enfrentarme a la triste Nochebuena que me esperaba. ¡Tenía una perspectiva segura de futuro! En primer lugar, sin duda Tamayo me recibiría con la misma calidez con la que nosotros, en Cuba, habíamos siempre recibido a los artistas españoles. Pronto la reunión con mi familia se haría realidad gracias a los ingresos de mis nóminas, las que según mis planes, estarían en su casi totalidad dedicadas a ese fin. Y en medio de estás ensoñaciones  el tiempo acabó pasando.

A las 7 de la tarde Oscar llamaba a la puerta de la residencia. No a las 7 y 5 o a las 7 menos 5. Con puntualidad germana a las 7. ( Yo llevaba largos minutos preparada pues la puntualidad era algo que mi familia me había inculcado y su falta era algo que siempre me había irritado en los cubanos). Tomé eso como una buena señal sin sospechar que aquel “germanismo” llegaba en mi primo mucho más allá de una mera actitud social, que formaba parte enfermiza de su carácter y de sus futuras actitudes  hacia mí.

Aquella noche, la regla imperante en la residencia  de regresar antes de las 10 estaba anulada. Tanto yo como las otras dos huéspedes, con las cuales aún no había coincidido, teníamos “pase pernocta”. Estaba aceptado que pasásemos Nochebuena en casa de familiares o amigos. Así que mi serio primo y yo, sintiéndonos ambos como lo que en realidad éramos, unos extraños, nos dirigimos en su coche hacia el hogar de los Ortega, aquellos desconocidos que, sin ser para mí ni familiares ni amigos, pronto se iban a convertir, en aquellos momentos de soledad y desamparo,  en lo más parecido a ambas cosas..


Próximo capítulo. Navidades negras. (Tercera parte)