sábado, 3 de noviembre de 2012

Instantánea 52 - Hasta los genios pueden equivocarse.


Valle Inclán
Aquella noche, al llegar a la Residencia, ni siquiera pude sentarme a cenar. La “separata” de la obra que me habían entregado, la cual resultó pertenecer a  la pieza Águila de Blasón, del insigne escritor gallego Ramón María del Valle Inclán, me quemaba en las manos y la voz estruendosa del autor me asaeteaba  reclamando mi total atención.

El lugar bullía con el alegre cacareo de aquellas jóvenes gallinitas, recién regresadas de sus países de origen e impregnadas aún del amor familiar y del espíritu navideño. Como todas  eran  unas desconocidas para mí, opté por encerrarme en mi particular sala de lectura  Y allí permanecí casi toda la madrugada, sumergida en el estudio de esa dramática escena que, a la tarde siguiente, sin duda sería el pasaporte de entrada a mi futuro teatral.

Y la mañana llegó. Y llegó la tarde. Con el cuerpo agotado por la falta de sueño pero con la mente diáfana y los textos memorizados en su totalidad, me presenté  en el teatro Bellas Artes. 

De nuevo me recibió el ayudante de Tamayo,  Díaz Merat,  rogándome que esperara en el hall a que llegara mi turno para la audición. Puesto que en los teatros de Madrid tan solo se encendían la calefacción y las luces generales a la hora de la función, el lugar estaba helado y en penumbras. Las voces que me llegaban del escenario, atravesando puertas y cortinas, me sonaban estentóreas y falsas. “Así no es”, pensaba, “no es ese el espíritu de la Pichona,  no es lo que Valle quiso contar de esa pobre prostituta”. Pensé que sin duda Tamayo, al oír mi versión, apreciaría el profundo estudio del personaje.  La cosa  estaba “chupada”.
Jamás olvidaré lo que siguió. Nunca se borrará de mi mente  aquel desconcertante y crucial momento. El escenario estaba iluminado con brillantez pero en el reinaba una soledad apabullante. Deslumbrada por las luces intenté  penetrar, con ojos ansiosos, en el pozo de espesa sombra que era el patio de butacas. Fue inútil. Después de unos segundos de absoluto silencio,  una extraña voz con una dicción difícil de entender, rompió las tinieblas dirigiéndome estas palabras: “¿Está lista, señorita? Los pies se le darán desde aquí abajo. Abra su “separata” y lea.”  De nuevo ese corazón, al que tanto esfuerzo estaba exigiendo últimamente, comenzó a galopar a marchas forzadas dentro de mi pecho.

Aquellas eran las condiciones menos adecuadas para hacer la primera audición de mi vida, sola sobre un inhóspito escenario y con la voz sin rostro de mi antagonista  brotando desde la helada oscuridad.  Con la garganta seca por la emoción y tras contestar “estoy lista, señor”,  comenzó una de las más desconcertantes experiencias de mi vida artística. Al finalizar la escena, con la expectación  irradiando de todo mi ser escuché de nuevo la tan particular voz que iba a leer mi sentencia: “Muy buena memoria y excelente pinta, señorita, pero tiene usted demasiado acento argentino. Gracias y que pase la siguiente”. 

No puedo describir el huracán que azotó  mi alma en esos momentos ni como aquellas palabras afectaron la endeble autoestima que por aquellos días tenía. ¡Y para colmo aquel "genio del teatro" tachaba mi acento de argentino!  He de anticiparos que, menos de dos años después, durante la Segunda Campaña Nacional de Teatro y dirigida en este caso por Adolfo Marsillach, F.J. Alcántara, crítico del periódico El ideal gallego, a propósito de mi actuación en la misma obra de Valle  escribiría;  “Yolanda Farr   en el papel de La Pichona, dio la impresión de suma naturalidad en la incorporación de su personaje. Sobre todo es de señalar su acierto al añadir a su trabajo el dulce acento gallego.”
En primer plano, de izquierda a derecha Luis Prendes, Terele Pávez,  Marisa de Leza,
el alcalde Paz Sueiro, Yolanda Farr y Julia Tejela

La cuestión es que  al salir aquella tarde del teatro Bellas Artes hecha un guiñapo humano, me sentía incapaz de volver a la Residencia con la carga de mi fracaso, así que decidí llegarme a casa de los Ortega, en busca del consuelo y la comprensión de personas amables.
Doña Rosa y su hija me recibieron con la calidez de siempre y después de un rato de conversación, ante mi evidente desánimo, Enriqueta me dijo, “no te preocupes, Yolanda, tengo una amiga muy influyente en la redacción de la revista Telva que sin duda te conseguirá trabajo en su “staff”.
Y de nuevo tuve que rechazar la oferta.  Y nuevamente observé que ese hecho era recibido con incomprensión y desagrado. No lo podían entender. Con toda la buena fe que sin duda les guiaba, no podían asimilar que la vida, fuera del mundo del espectáculo, no poseía sentido alguno para mí. Además, tan solo llevaba días, largos y dolorosos  pero al fin y al cabo tan solo días, en España. Mi camino en la búsqueda de trabajo acababa de comenzar y la seguridad de que mi profesión y yo aún teníamos por delante un fructífero intercambio de experiencias, me hacían desdeñar cualquier otra posibilidad.

Se me ocurrió que, si mi acento era un obstáculo a vencer no tenía  más que emprender a la inversa el ejercicio al que me había sometido en Cuba antes de mi debut  teatral, es decir pasar del ceceo al seseo y ahora volver al ceceo. Hasta conseguir ese objetivo siempre me quedaba  mi  experiencia en el musical. Así que decidí que mi próximo intento sería con la revista.
En ese campo era famoso en Madrid el Teatro de la Latina, dirigido por Matías Colsada. Allí se representaban revistas de larga duración en cartel y estupenda aceptación del público. Ese sería el próximo paso y así se lo comuniqué a mis interlocutoras. Solo algún tiempo más tarde comprendí el porqué de la lividez que cubrió los rostros de esas buenas mujeres al conocer mis planes.

Así que tras buscar aquella noche  en un periódico el teléfono de La latina,  me dispuse a pedir  cita con su director, Colsada. Por desgracia me dijeron que dicho señor estaba fuera de Madrid y que no regresaría hasta finalizar las fiestas navideñas, es decir, hasta después del 6 de enero, aquella fecha entrañable cuya cercanía se me había pasado  por alto: Los Reyes Magos. 

Cabalgata de Los Reyes Magos,  con la Puerta de Alcalá al fondo

Es decir que nuestra cita se concertó para el día 10. Eso iba a causar que mis planes se postergasen y me obligaba a domeñar mis premuras. ¿Qué haría durante esas jornadas que me parecían eternas ? Seguramente la velada del  5 de enero la pasaría de nuevo en casa de los Ortega y sin duda mi primo Oscar mantendría hasta entonces el silencio y alejamiento que estaba caracterizando nuestra no-relación. Tal vez volviera a ver a mi “primo putativo”  Juanjo, y, tal  como me  prometiera la noche de mi serenata, me acompañara a la guitarra algunas  canciones típicas españolas que la “tuna” solía cantar y que yo aún recordaba de mi infancia.  Poco más podía esperar de aquella  Noche de Reyes que con tanta ilusión había celebrado Cuba entera durante la época pre-castrista. En cualquier caso, ¿en qué ocuparía mis horas hasta entonces?
Celia Gámez, María de los Ángeles Santana, las hermanas Ethel y Gogó Rojo y Addy Ventura
Como siempre, la colección de periódicos de la residencia fue mi salvación.. Rebuscando en antiguas ediciones encontré valiosa información sobre las vedettes que triunfaban, o lo habían hecho, en España y me llevé una grata sorpresa. Entre ellas había muchas extranjeras. Comenzando por la venerada Celia Gámez, argentina, continuando con mi admirada amiga María de los Ángeles Santana, cubana, con Gogó y Ethel Rojo, dos hermanas también argentinas,  en la actualidad con Addy Ventura, puertorriqueña y con Anne Marie Rossier, francesa.  
Resultaba obvio que en ese campo no podrían rechazarme por mi acento. Segura de mi amplia experiencia en cabaret y musicales en la isla, la esperanza que, como bien dicen “es lo último que se pierde”, se me subió a la cabeza,   prometiéndome un futuro exitoso como vedette de revista.  
PD. Queridos, un amigo gentil donde los haya, Tony Pisani, me ha enviado un link con un antiguo reportaje sobre el rodaje de la película muda cubana que he mencionado en anteriores capítulos, “El veneno de un beso”. Deseo compartir con vosotros mi sorpresa: A parte de mi tía Mercedes Mariño, ¡en una breve secuencia aparecen las Pfarry Sisters, mis mellizas del alma! Os paso  estas imágenes  para que comprobéis  que no he exagerado al loar la delicadeza y hermosura de mis madres  alemanas.  



video



Próximo capítulo: El señor Colsada y nuevos amigos.


2 comentarios:

  1. Como te dije en un correo personal querida Yolanda, lo llevas en la sangre y por eso nunca pudiste luchar contra el gusanillo del arte escenico...Asi lo veo yo.
    Querida Yolanda: Dios te dio ademas de la belleza y el talento, algo que yo siempre he dicho a mis hijos, que es primordial en la vida si quieres triunfar en lo que sea: la tenacidad. Segun leo y quiero seguir leyendo cuando te despides cada semana, lo mas destacado de ti, segun lo que he podido saber en estas semanas es la tenacidad, lo cabezota que fuiste, /eres?/...sin esa virtud no se puede triunfar en este mundo. Te deseo que por piedad hagas unos capitulos un poquito mas largos...y en general que sigas teniendo exitos, eres muy joven todavia.
    Tu amigo cubano-bulgaro, Rey Gonzalez!

    ResponderEliminar
  2. Hoy he tenido que hacer clic en divertido e interesante al mismo tiempo. El video con tus madres debe haberte iluminado el día. Continúo leyendo interesada... Un saludo cara Yolanda

    ResponderEliminar