sábado, 16 de marzo de 2013

Instantánea 67 - ¡Al fin! (Dedicado a los cubanos que han vivido este emocionante momento).


Foto de Jesús Alcántara
Fue algo inenarrable. Una semana antes había recibido el telegrama anunciándomelo y desde entonces mi corazón no había bajado de las 120 pulsaciones por minuto. Morfeo, por su parte, había adoptado hacia mí una actitud desdeñosa.
Ya llevaba más de un mes ensayando Romeo y Julieta, en versión del reciente nobel de literatura Pablo Neruda, cuando llegó la ansiada noticia. Ni siquiera podía concentrarme en mi personaje. Hasta tal punto que Morera, el director de la obra, llegó a preguntarme qué era lo que me sucedía. No estaba acostumbrado a mis "ausencias" ni a la tontorrona media sonrisa que llevaba  puesta desde unos días atrás. 

Durante las representaciones de Tiempo del 98 en el Teatro de la Comedia, Manolo Collado, el productor, me había ofrecido hacer el papel de la madre de Julieta, en este caso María José Goyanes.  “No te sientas ofendida, Yolanda, según el texto de Shakespeare la señora Capuleto tenía 13 años al parir a su hija”, me dijo a manera de excusa inútil pues una actriz está dispuesta incorporar personajes de toda índole, mayores o menores, castos o impúdicos y cuanto más dispares o ajenos al propio yo más apetecibles nos resultan. Al menos en mi caso.
María José Goyanes

El supuesto problema estribaba en que María José y yo éramos contemporáneas, aunque ella tenía, y tuvo durante mucho tiempo, un aspecto adolescente y yo, siendo alta y angulosa, siempre había aparentado mayor. Estaba previsto estrenar en el Teatro Fígaro el 9 de octubre de ese 1971, justo el día después de la llegada a Madrid de las bellas mellizas alemanas y del estoico gallego de mi alma, es decir de mi madre, mi tía y mi padre.

¿Cómo podría describir mi estado mientras, aquella mañana del día ocho en el aeropuerto de Madrid, esperaba el siempre retrasado arribo del avión de Cubana? Los minutos se me hacían  horas que se enrollaban alrededor de mi cuello como una soga, impidiéndome respirar. Jesús, a mi vera, con su brazo sobre mis hombros, intentaba contener los temblores que me azotaban. Inútilmente.

Casi cuatro años me separaban de  aquel diciembre de 1967 en el cual mi cuerpo, que no mi corazón, abandonase a la fuerza familia, amigos y vivencias en mi patria adoptiva, Cuba, obligada al exilio, como tantos y tantos cubanos, por los desatinos e injusticias de un lobo con piel de cordero que nos había engañado a todos; Fidel Castro. Casi cuatro años había soportado la ausencia y ahora, aquellos minutos  esperando el desembarco,  se me hacían inaguantables. Ay, la relatividad del tiempo…

Y entonces, desde una de las terrazas del aeropuerto, los vi descender por la escalerilla del avión. ¡Señor! No recuerdo cómo llegué  a la sala de espera. Ignoro quién o qué puso alas a mis pies pero la cuestión es que, mucho antes de que traspasaran la aduana, yo estaba ya ahí,  flotando sobre una nube de ansiedad, desligada de todo lo que no fuese devorar con los ojos y el alma aquella puerta.

Ante mis súplicas, los “comuneros” y los adictos habían quedado en casa, preparándolo todo  para darles la gran la bienvenida, me temo que picados por el mosquito de la envidia. Pero esa iba a ser una experiencia que yo quería vivir en la intimidad. Manana y Ramón, que nos prestó su coche para ir al aeropuerto, estaban organizando una fiesta para agasajar a mi familia cuando nos fuese propicio. Ellos sabían que el día de mi estreno y los tres o cuatro siguientes no tendría ni tiempo ni ánimo para distracciones. Desgraciadamente mi amiga del alma, la pintora Gladys Triana, que había llegado a España en Junio del 69, ya había partido para EE.UU. en busca de un ambiente más receptor para su pintura. España no era sitio para jóvenes y rompedores artistas de la plástica. Ni siquiera pudo asistir a la primera exposición de Jesús Alcántara,  que había descubierto su vocación pictórica seguramente gracias a la pasión por ese arte que yo le había contagiado. El acontecimiento fue en la sala Tramontana de Madrid, con buenas críticas y hasta varias ventas, cosa harto difícil para un joven primerizo. Lo cierto es que todo el que veía  sus cuadros quedaba admirado por su originalidad y pasión colorista, tan tropical, cosa sorprendente en un español. 
Bodegón. Pintor Jesús Alcántara
Su vocación inicial había sido estimulada por la obra y los consejos de Gladys, quien desde hacía ya años vivía entregada a la pintura con una devoción casi sacerdotal.  Con ella Jesús solía asistir a la escuela de grabado de San Fernando o al popular Rastro madrileño, donde  pintores jóvenes exponían, los domingos, parte de su obra en plena calle. Muy al estilo del  bohemio barrio de Montmartre, París.
Gladys Triana y yo en el Rastro

A pesar de  la reconfortante compañía de Jesús, mi espera en aquel aeropuerto de Barajas se estaba haciendo cada vez más tensa cuando, al fin,  vimos que los viajeros, mayormente cubanos exiliados, tras pasar el control de aduanas y recoger el mísero equipaje que estaban autorizados a sacar de Cuba, comenzaban a salir por esa puerta que para ellos era como la frontera  entre la opresión y la libertad. Decenas de rostros desconcertados cruzaban ante nosotros cuando, de pronto, tres frágiles figuras aparecieron entre la gente y una explosión de deslumbradora  luz celestial eclipsó para mí  lo que me rodeaba. Con paso inseguro, agarrados del brazo, como niños temiendo perderse, intentaban atravesar la barrera de cuerpos que nos separaba.

Dos segundos tardé en llegar a su lado. Quince minutos tardamos en dejar de llorar y abrazarnos. De sus cuerpos brotaba un perfume a  salitre y amor que yo inhalaba con la desesperación de un náufrago muerto de sed. Aquellos olores tan amados y por tanto tiempo ausentes…  Y así estuvimos hasta que la voz de Jesús nos hizo reubicarnos en el tiempo y el lugar. Eran las 11 y media de la mañana. Solo entonces tuvieron lugar las presentaciones y Jesús, con su rostro angelical y su dulce y embaucador acento andaluz, se ganó desde el primer instante el cariño de esa familia mía tan proclive  al afecto.

A pesar del cansancio que sabíamos les embargada, decidimos, tal y como estaba planeado, llevarlos a la “comuna” donde comuneros y adictos estaban ansiando recibirles. Mi intención era que, desde el primer momento, se sumergieran en un baño de amistad, que sintieran como todos los que me querían, y eran bastantes, también les querían.
Primera foto de mi madre, mi padre y mi tía
en la "comuna"

Tras momentos emocionantes y un banquete pantagruélico, el cual a causa de sus estómagos empequeñecidos por los nervios y la estricta dieta  cubana  apenas probaron, a las 5 de la tarde les llevamos al apartamento que Jesús y yo habíamos alquilado y habilitado para ellos. Era un lugar muy cercano a la “comuna”, en la zona de Ventas, franqueado por árboles y de fácil comunicación. Desde allí, cuando estuviesen repuestos y centrados, podrían desplazarse hacia el Madrid de su juventud en busca de los lugares y las personas que  habían sobrevivido  al paso del tiempo. Nuestros cuerpos se negaban a separarse. ¡Teníamos tantas cosas que decirnos y un retraso de tantos besos que darnos! Pero como la fecha de la  esperada llegada no había resultado idónea, aquella misma tarde, a las 6, hube de dejarles. “Jesús se quedará con vosotros hasta que os acostéis, y mañana por la mañana estaremos aquí de nuevo,” les dije al salir. Y la escena de la despedida fue casi tan dramática como la acaecida cuatro años atrás en nuestra casa de 70 y 13, Ampliación de Almendares.
La familia Mariño-Pfarr, al fin, en Madrid
Con el corazón oprimido salí hacia el Teatro Fígaro para atender a la ineludible obligación de participar en un ensayo general que duraría sabe Dios hasta qué hora de la madrugada, ya que al día siguiente, 9 de octubre del 71, estrenaríamos en el teatro Fígaro el tan complicado y carísimo montaje de la obra Romeo y Julieta.

Pero aquello no me preocupaba. Lo único  importante era que la familia Mariño-Pfarr, vencedora de tantas escaramuzas, estaba nuevamente reunida y ya nada malo podía pasarnos.
Próximo capítulo. Ni el mayor fracaso podía afectarme.

sábado, 9 de marzo de 2013

Instantánea 66 - Madrid me ama. Yo amo a Madrid.




El Palacio Real, la iglesia de Los Jerónimos y el Museo del Prado
Madrid es una hermosa y aristocrática ciudad, al menos una gran parte de ella.  Además de la tan celebrada zona de “Los Austria”, tiene esas calles Gran Vía y Alcalá que podrían destrozar las cervicales de cualquiera que se dedicara a pasearlas observar, asombrado, las infinitas estatuas y ornamentos que coronan sus azoteas. Es impresionante la sobria magnificencia arquitectónica de su Museo del Prado, de su Biblioteca Nacional o de su catedral de la Almudena, que por ese año 70 en el que aún se desarrolla  esta parte de mi historia, estaba en precarias condiciones  pero cuyas líneas se adivinaron siempre majestuosas e inspiradas. 
El Arco de Cuchilleros y Luis Candelas

O la grandiosa Plaza Mayor que da acceso, por una de sus nueve puertas, al Arco de Cuchilleros,  lugar que     conserva , según se dice, efluvios de Luis Candelas, famoso bandolero nacido el año 1804 en el muy castizo barrio de Chamberí y condenado a morir por garrote vil en 1837. Se cuenta que este individuo nunca utilizó la violencia en sus muchísimos latrocinios y que, siendo un hombre aficionado al buen vivir, con asiduidad frecuentaba las tascas de esa emblemática zona madrileña. De hecho la mayor y más famosa taberna del lugar lleva por nombre, en su honor, Las cuevas de Luis Candelas. Sí, Madrid es una ciudad llena de historia y hermosa, sobre todo cuando se mira con unos ojos de los cuales las  sombras de la soledad y la miseria han sido borradas gracias al trabajo, la amistad y el amor. Es decir, mis ojos en aquel último mes del año 70.

A partir del 19 de diciembre yo me dirigía cada día al teatro Maravillas, ubicado en la calle Malasaña. En  él había debuado con la función “El escaloncito”, de David Turner, dirigida por Antonio Amengual, y en  la cual, por fortuna,  los críticos me trataron muy bien a pesar de ser una desconocida para ellos. Las protagonistas de la misma eran una pareja de actrices que  se había hecho famosísima a consecuencia de un exitoso programa de televisión; Los Martínez. Como suele pasar en esta profesión desde el invento de “la caja tonta”, un artista puede haber dedicado toda su vida al teatro, como era el caso de ambas, y no alcanzar la popularidad hasta que la TV le acoge y promociona. Ellas eran Florinda Chico y Rafaela Aparicio. Dos grandes profesionales y personas adorables. Bellos recuerdos guardo de ambas y del resto del reparto, Montserrat Blanch y Alberto Bové, prestigiosos veteranos, y Ana María Simón, Pepe Lara y Ramón Reparaz, jóvenes y prometedores. Todos me brindaron el apoyo que  necesitaba una “cubanita” recientemente exiliada. La realidad era que yo no solía ir alardeando de mi currículo. Hacía tiempo que mi querido álbum de recortes de Cuba reposaba en un armario para único disfrute de mis ojos y estímulo de mi espíritu cuando me sentía desorientada o relegada. Entonces aquellas buenas críticas de teatro, aquellos retratos de mi trabajo en el Tropicana o en el Capri, aquellas imágenes y artículos sobre mis trabajos cinematográficos, eran mi sostén, mi impulso, susurrándome al oído, “venga, Yolanda, si lo conseguiste una vez, y no fue cosa fácil, volverás a hacerlo”.
Foto de El Escaloncito. De izquierda a derecha Pepe Lara, Ramón Reparaz, Montserrat Blanch, Yolanda Farr
Florinda Chico, Alberto Bové, Eduardo Martínez, Rafaela Aparicio y Ana María Simón
Solo al comienzo de los ensayos tuve un conato de problema. Alguien denunció al empresario por contratar a una extranjera indocumentada, lo cual estaba prohibido. Pero aquello era totalmente falso.  Ese Gianini, para el que nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento, me había conseguido tiempo atrás el carnet de “teatro, circo y variedades” del Sindicato Vertical del Espectáculo. Se suponía que para obtenerlo era necesario pasar una prueba y haber cumplido el Servicio Social, equivalente en las mujeres a la mili de los hombres, pero en realidad se entregaba, en muchos casos, por “amiguismo”. Confieso que así pasó conmigo.
Carnet del Sindicato Vertical del Espectáculo
La cuestión  es que en el momento de la denuncia yo llevaba más de un año trabajando sin problema alguno pero, según parece, alguien me había tomado ojeriza y verme en un importante reparto y en Madrid despertó sus iras nacionalistas. Siempre ha existido y existirá este tipo de “personajillo”.

A finales de octubre de ese año 70 se habían presentado en casa un matrimonio que se convertirían en mis  eficaces representantes durante mucho tiempo; Antonio Collado y Mari Carmen Calleja. Por desgracia Gianini ya no me era de utilidad pues  estaba en exclusiva relacionado con el mundo de la música. La pareja me habían visto en Soria haciendo El sereno debajo de la cama,  les había interesado mi trabajo y tras ponerse en contacto conmigo  me consiguieron el esperado debut madrileño. La  fe de esa pareja en mí fue la llave que me abriría muchas e importantes puertas. Antonio provenía de una familia dedicada al espectáculo por generaciones y Mari Carmen, su esposa, era una abogado apasionada por todo lo que tuviese que ver con el mundo de la farándula.
Con Mari Carmen Calleja y con Antonio Collado
Los Collado eran tres hermanos, Salvador, Antonio y Manolo y todos siguieron los derroteros familiares. Salvador se dedicó a la producción, Antonio a la representación y Manolo Collado pasó de productor a ser un  importante director  que convirtió a su esposa, la actriz María José Goyanes,  en una de las principales figuras del teatro en las décadas de los 70 y 80.  Antes de terminar mi aventura con El escaloncito ya estaba contratada para hacer, bajo la producción de Manolo Collado,  la dirección de José Manuel Garrido, en el Teatro de La Comedia y casi con el mismo elenco de la gira, Tiempo del 98, aquella obra tan comprometida que, formando parte del repertorio de La Segunda Campaña Nacional de Teatro, pocas veces pudimos representar en provincias a causa del veto de las “autoridades”.

Su autor, Juan Antonio Castro, había fusionado con maestría trozos de poemas y textos críticos  escritos por personajes de la Generación del 98 como Unamuno, Azorín,  Machado o Baroja, los cuales encajaban a la perfección  con los problemas de la España del momento, añadiendo al montaje  canciones antiguas. Básicamente estaba constituida por una serie de escenas que iban desde el aguafuerte goyesco hasta la sátira quevedesca, pero todo muy bien engarzado. El resultado fue un producto revulsivo que entre los progresistas despertaba ovaciones y bravos y entre los conservadores repulsas y hasta pateos. Ah, los famosos pateos, ya desaparecidos del panorama teatral, pero que durante años lograron retirar de los escenarios a actores mediocres, a cantantes desentonados y a obras por algún motivo fallidas.
Yo llevaba  la parte musical de la pieza y más de una vez, mientras entonaba, vestida de cupletista, una versión caricaturizada de la famosa canción Soldadito Español, fui víctima de insultos  por parte del sector  ultraconservador del público. En una ocasión, un señor muy de derechas arremetió, paraguas en mano,  contra mí desde el patio de butacas al tiempo que un “caballero español” saltaba de su asiento para defenderme. Ambos se liaron a gritos reivindicatorios y puñetazos lo cual nos obligó a bajar el telón. Aquella noche no se pudo terminar la función.  Esto sucedió en Madrid y  tras haber sufrido en mis carnes, antes del estreno y por primera vez, el despiadado mordisco de la censura, como narro a continuación.
Tiempo de 98 durante la gira.
De izquierda a derecha Carlos Canut, Juan Jesús Valverde, Julia Tejela. Emilio Berrio, Terele Pavez, José Hervás, Yolanda Farr, Mariasun Sordo, Francisco Valdivia, Concha Hidalgo y Eusebio Poncela
 Durante las pocas ocasiones en que habíamos representado en provincias Tiempo de 98, aquella escena de la cupletista era  mucho más provocadora. En la versión original yo salía envuelta en la enseña nacional y cantando La Banderita Española, un pasodoble que se había convertido en una especie de himno usado  en las “juras de bandera” y los desfiles militares, exaltando con su letra los ánimos más patrioteros y nacionalistas del   pueblo. Lo que poca gente sabía era que la pieza en cuestión pertenecía a una revista llamada Las Corsarias, estrenada en el año 1919. La cuestión es que los militares franquistas se habían apoderado, para uso exclusivo, de ese pasodoble, a semejanza de lo que los nazis habían hecho en Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial, con la canción Lili Marlene. Por tal motivo y a causa de la forma grotesca en la que,  por supuesto a instancias del director y del autor, yo lo interpretaba, los censores decidieron, que aquello era una “ofensa a la bandera”, acto penado por ley, y o se eliminaba esa escena o prohibirían el estreno.  Esto sucedió durante el inevitable pase privado que toda función pretendiente a entrar en un teatro de Madrid debía ofrecerles. Como el autor no estaba dispuesto a permitir esa estúpida poda de su obra, tras largas conversaciones entre censores, autor y director, llegaron a un acuerdo; yo cambiaría la canción y prescindiría de usar la bandera como vestuario.
Así que se me vistió con un  traje de vedette lleno de plumas y me tuve que aprender en dos días Soldadito Español, canción que por algún motivo parecía no ofender la sensibilidad patriótica del régimen. Este hecho me hizo comprobar los desconcertantes designios de esos inevitables y temidos censores. (Y como estos individuos merecen una descripción mucho más detallada, en próximos capítulos seguiré narrando futuros encontronazos con esos prepotentes, en cuyas generalmente incultas manos se encontraba la profesión).  

Tiempo de 98 nos proporcionaba a los actores  emociones extremas, pues nunca sabíamos lo que íbamos a provocar en el espectador, contagiándonos a veces tensiones que llegaron a afectarnos personalmente. Terele Pavez, por ejemplo, cayó en una de sus primeras crisis paranoides. Un día, en escena y sin motivo alguno,  lanzó a la cabeza de un compañero una máquina de escribir que era parte de la utilería, pero con tal suerte para ambos que el proyectil no llegó a su destino. Otro día faltó a la primera función, alegando que se había quedado dormida. Cosa insólita en un actor. Una compañera primeriza tuvo un ataque de nervios en escena  ante su primer pateo. Con delicadeza y tratando de conservar nuestros personajes, la sacamos del escenario en medio de unos gritos y lloros que  el publico debió tomar como parte del montaje pues ni se inmutó. En fin, que hubo  a veces momentos impactantes para todos.

Esta obra se estrenó el 22 de mayo de 1971 en el Teatro de La Comedia. Por cierto, con un controvertido pero apoteósico éxito.

Y acabo de darme cuenta que he saltado olímpicamente al año 71, pasando por alto mis navidades del 70 y, sobre todo, mi primer fin de año sobre un escenario español. Y os aseguro que aquella fue una experiencia maravillosa.
Fotografía de Jesús Alcántara

El día 24 de diciembre, según la costumbre, los teatros solo hacían la función de la tarde, de esa manera los artistas teníamos la oportunidad de pasar aquella fiesta tan familiar con los seres queridos. Es decir, que en la comuna se organizó una cena navideña llena de suspiros y lágrimas por nuestros ausentes, esos sufridos prisioneros del castrismo. Pero el día 31 no tan solo se trabajaba, sino que la función era una gran fiesta que se compartía con los espectadores. En la taquilla, junto con la entrada, los que acudían eran  obsequiados con una bolsa conteniendo las doce uvas pertinentes, serpentinas, matasuegras, pitos y un botellín de sidra El Gaitero. Fuese la obra un drama o una comedia, diez minutos antes de las 12 se cortaba la representación, se conectaba con Radio Nacional de España, se pasaba el sonido a la sala por megafonía y ya fuese vestidos del siglo XV, con la ropa más actual o en el semidesnudo propio de las revistas, los artistas se mezclaban con el público y el intercambio de serpentinas o confeti era continuo. Hasta que llegaban aquellos famosos y complicados “cuartos” con los que el reloj de la Puerta del Sol intentaba avisar a toda España que iban a dar comienzo las 12 campanadas dedicadas a  transportarnos a un nuevo año. Y en medio del jolgorio general, todos nos esforzábamos en lograr lo prácticamente imposible; ingerir las doce uvas al unísono con unas campanadas que siempre resultaban  demasiado largas o demasiado cortas. . Después, durante otros diez minutos, se armaba una locura de botellas descorchadas, lluvia de sidra, gritos, estruendo de pitos y matasuegras y demostraciones indiscriminadas de afecto. Pasada esa festiva interrupción se apagaban las luces de la sala, se bajaba el telón y comenzaba el “más difícil todavía”; recobrar el espíritu de la obra y el interés del respetable. Continuar el espectáculo. Hasta tal punto eran emotivos esos 31 de diciembre que incluso los actores sin trabajo en esa fecha subían al escenario de algún teatro para compartir con los compañeros y el público aquel momento mágico.

Y así de mágico fue para mí el fin de año de un 1970 que daría paso a un 1971  lleno de trabajo,  sorpresas y alegrías. Garrafales alegrías, como pronto veréis

Necrológicas.
Una de las ültimas
fotos de José Sancho

Se van. Todos aquellos apuestos galanes de nuestro teatro, cine y televisión, se van poco a poco, dejándonos un panorama bastante desolado. El día tres de marzo falleció en Manises, Valencia, ciudad donde había nacido  en 1944, José Sancho. Su carrera es tan fecunda que solo mencionaré aquel “estudiante” de la serie Curro Jiménez, el cual tanta popularidad le aportó en los años 70. Infinidad de premios homenajean su carrera. Mencionaré únicamente el ACE al mejor actor que le fue entregado en Nueva York el año 2006 y del cual él estaba tan orgulloso.  Su poderosa voz trepidaba hasta en las últimas filas del anfiteatro romano de Mérida mientras interpretaba una adaptación teatral de  Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, bajo la dirección de José Tamayo. Pepe Sancho, un actor de “poderío”, cuyas características humanas y actorales dejan un agujero en la profesión muy difícil de llenar.

Próximo capítulo: ¡Al fin, Dios mío, al fin!

sábado, 2 de marzo de 2013

Instantánea 65 - …y ahora , algunas “verduras”. (Segunda parte).



Fotografia JesusAlcantara
Yolanda Farr. Foto Jesús Alcántara
Gustavo
Gustavo era un mocetón hermoso y con una vitalidad desbordante, muy cubana,  que se había unido en cuerpo y alma al grupo de los “adictos”. Un día apareció  por la “comuna” como invitado y a ella se adhirió con vehemencia. Estudiaba pintura en la Academia de Bellas Artes San Fernando de Madrid . Tavi, como gustaba ser llamado, era poseedor de una particular mezcla de sexualidad y candidez que lo hacía encantador. Un viernes llegó a casa, lleno de entusiasmo, diciendo que había encontrado a alguien maravilloso, y que ambos habían decidido pasar el fin de semana de camping-luna de miel. Estaba de tal manera exultante que se podían oler las feromonas que exhalaba. Sin embargo, el siguiente domingo muy de mañana nos sorprendió tocando a la puerta... Su rostro entristecido y su actitud apagada nos hizo pensar lo peor. Algo terrible tenía que haberle pasado durante su aventura campestre. Como era de esperar tan solo tardó unos minutos en relatarnos lo ocurrido. “Muchachos, estoy muy preocupado. Ya sabéis con qué entusiasmo inicié esa aventura. Pues bien, el resultado fue nefasto. ¡La primera noche solo me fue posible completar la faena siete veces seguidas! Eso está muy por debajo de mi marca, así que, deprimido y avergonzado, volvimos a Madrid esta mañana. Sin duda, algo muy malo me está ocurriendo.” Y no bromeaba. Estaba realmente acongojado. Por supuesto todos rompimos a reír con desaforo.

El domingo continuó entre traguitos y consuelos. En un momento determinado nos dijo que necesitaba ir al baño a “cambiarle el agua a los pajaritos” y a su vuelta se me ocurrió hacerle una broma que lo marcó para el resto del tiempo que duró nuestra relación: “Gustavo, espero que hayas tenido cuidado al sacudírtela pues, como habrás advertido, nos tienes el  techo  del baño todo desconchado”.  A partir de ese jocoso momento, todo lo relativo a la potencia y dimensiones de su pene fue para los miembros de la comuna, él incluido, motivo de chanza y exageración. Y quedo apodado, desde entonces,  como "rompe techos".

Salmerón

Mi amigo Salmerón, de profesión veterinario, formaba parte de los asistentes a nuestros “saraos nocturnos” y, por su bonita voz y su afición a cantar,  era la persona a quien más se oía durante la  descarga de canciones que servía de apoteosis a nuestras reuniones.
José María Salmerón y yo


A pesar de que debía estar a las 6 de la mañana en la empresa de recogida de basuras donde   trabajaba hasta que pudiese revalidar su título de veterinaria, era siempre el último en abandonar la casa. Una noche en la que aquella gran "copa de la paz", de la que hablo en mi capítulo anterior, había sido rellenada y vaciada de brandy varias veces, Salme se puso bastante “malito”. Se  había pasado con el alcohol y a las 2 de la mañana nos dimos cuenta de que muy difícilmente iba a poder integrarse a su trabajo si no dormía aunque fuese un par de horas. Así que decidimos ponerle en un taxi tras colocar en sus calzoncillos, con el fin de espabilarle, una bolsa de plástico transparente llena de cubitos de hielo. Un rato más tarde, cuando el apartamento dormía el “sueño de los justos”, me despertó el estrépito del timbre del teléfono. Salté de la cama como empujada por los demonios,  con el eterno temor a que ese aparato me comunicara malas noticias de mis seres queridos  en Cuba. Entonces oí una voz casi irreconocible por la angustia que me decía; “Yolanda, he ido a orinar  ¡y se me está cayendo el pellejo de los huevos!” Tardé unos segundos en reaccionar. De pronto se hizo la luz en mi abotagado cerebro. “Tranquilo, amor, no es que se te caiga el pellejo, es la bolsa de plástico que Carlitos y yo te pusimos antes de irte. Estaba llena de hielo que ya debe haberse derretido, ¿no lo recuerdas?” Esto fue motivo de risas compartidas durante muchísimo tiempo.



Escarpanter


(Cuento esta anécdota a consciencia de que a algunas personas les puede resultar irrespetuosa. Conociendo, como conocí a este maravilloso individuo, que en paz descanse, estoy segura de que, tal y como hizo muchas veces, reiría con nosotros  ante su ingenuidad de aquellos días.)

Con José Escarpanter
Pepe Escarpanter era un hombre culto y encantador.  De una seriedad jovial, convirtió en su deber cuidar del resto de la comuna. Era nuestro Pepito Grillo. Había sido profesor en Cuba y tuvo la suerte de lograr serlo también en España. Enseñaba Literatura Hispanoamericana y Teatro Español Contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid. Por supuesto, salvo en ocasiones como las noches en que José Bergamín, Gloria Fuertes o Roberto Fandiño nos visitaban, él no asistía a nuestras reuniones nocturnas. Pero sí estaba  preparado, a la mañana siguiente, con su cafecito o su Alkaseltzer, para ayudar a los damnificados y para disfrutar con los relatos de la noche anterior. Aunque era un hombre serio, también era humano y con muy legítimos apetitos sexuales.

Una mañana nos extrañó no escuchar su grito de “¡muchachos, el cafecito!”.  La puerta de su habitación estaba cerrada y no se abrió por mucho que tocamos en ella. Finalmente decidimos que, para nuestra sorpresa, se había quedado a dormir fuera y cada uno fue encaminándose a su respectivo empleo. Tan solo yo, que en esos momentos estaba entre bolo y bolo con Cecilio Valcárcel, permanecí en la casa.

Un tiempo después oí abrirse la puerta de Escarpanter y hacía allá acudí para saber qué le sucedía. Entonces observé que  caminaba hacia  la cocina con dificultad  y con el rostro descompuesto .“¿Qué te pasa, Pepe, cariño?”,  “Nada, Yola, no te preocupes”, fue su contestación. Como no iba a quedarme con una respuesta tan obviamente falsa insistí hasta lograr que me contara la verdad. Y la verdad era que, la noche anterior, había sucumbido a la tentación de tener un desliz. Su acompañante, persona algo  viciosilla sin duda, le había instado a ponerse en el pene una capa de la pomada  Vick Vaporub, con la pretensión de que aquello le mantendría la erección durante más tiempo. No sé si eso tenía alguna base científica pero el caso es que mi amigo había amanecido con una tremenda y dolorosa inflamación en el prepucio. También en este caso recurrí a la socorrida bolsa de hielo y, por fortuna, en un par de horas su problema estaba solucionado. “¡La primera vez que  me "desmadro" y mira lo que me pasa! Es cierto que en el pecado está la penitencia",  comentaba más herido en el alma que en el cuerpo. Como era de esperar, al volver el resto de los habitantes de la comuna, Pepe  les contó lo sucedido y entre todos convertimos lo que pudo haber tenido  malas consecuencias, en un motivo de risas y jolgorio. Así de íntima y sincera era nuestra relación.

Hervás
Carlitos Álvarez, otro "comunero", yo y, a mi izquierda,
Pepe Hervás

El actor José Hervás había sido, durante los seis meses de mi gira teatral con la Segunda Campaña Nacional de Teatro  (ver Instantánea 61), uno de mis mejores amigos y desde el retorno a Madrid  persona imprescindible en nuestras reuniones nocturnas.  Su juvenil sexualidad, algo altamente tabú en aquellos años de férreo control católico, lo hacía proclive a grandes e instantáneos enamoramientos y su poca “cultura alcohólica” lo convertía en víctima fácil de los nefastos efectos etílicos. Por otro lado una joven y agraciada cubanita había comenzado a frecuentar nuestras “reuniones comunales”. Su larga melena negra, esa dulce forma de hablar tan cubana que arrebata los corazones de los extranjeros, y su bonito cuerpo cautivaron desde el principio a mi querido compañero.

Ella era una de las adopciones de Carlos Rodríguez. (Ver Instantánea 60).  Recién llegada de Cuba, la había encontrado vagando por las tascas de Arcos de Cuchilleros, sola y asustada, y sin siquiera conocerla, la trajo a casa. Eso no era nada sorprendente ya que mi Carlos siempre ha tenido un corazón que no le cabe en el pecho. Hubo un tiempo en el que le dio por ir al aeropuerto de Barajas para apoyar en todo lo que le era posible a los exiliados cubanos que descendían de los aviones de Cubana de Aviación, aterrados y en la más absoluta miseria.


Hasta tal punto llegaba su generosidad que una noche en  la que Jesús tenía pase pernocta en la mili, al volver mi amor y yo del cine a la una de la mañana, hubimos de atravesar el largo pasillo del apartamento sorteando cuerpos de desconocidos, algunos vencidos por el sueño, otros acurrucados y temblorosos, hasta poder llegar a nuestra habitación. Ese día la comuna fue “parada y fonda” para al menos una veintena de cubanos.

Resulta que en Cuba les habían adelantaron  un día la salida sin previo aviso, con esa total falta de respeto al individuo que siempre ha caracterizado al gobierno castrista y, ante la imposibilidad de comunicarse con el exterior, los pobres  no consiguieron notificar el cambio a los parientes o amigos que les esperaban aquí en España. Ni siquiera los grupos de apoyo, como el creado por El Centro Cubano, (ver Instantánea 41) supieron de la prematura llegada.  Es decir que se encontraron abocados a quedarse en el aeropuerto incomunicados hasta la noche siguiente. Naturalmente nadie traía dinero para hacer ni una llamada telefónica. Pero para su fortuna allí estaba Carlitos. Así que casi todos acabaron en nuestra comuna de Fuente del Berro. Aquella noche, de nuestras camas y  armarios volaron almohadas, sábanas y mantas con las que pretendíamos aliviar el frío y la incomodidad de esos pobres seres que se arrebujaban por el suelo de toda la casa. 

Volvamos a Hervás y a la bonita cubana que lo tenía encandilado. Una noche, al dirigirme a la cocina con el fin de preparar un piscolabis para los presentes, escuché voces en el hall de entrada a la casa. Como  sonaban algo alteradas decidí acercarme a la puerta que comunicaba ambos espacios y averiguar qué sucedía. “Vamos, vente conmigo a mi casa”, decía una voz gangosa a causa de los efectos etílicos. “Ya te he dicho que no Pepe, que no”, le contestaba una dulce voz de mujer. “No me puedes hacer eso, cubanita”,  dijo de nuevo la voz masculina. “Oye, muchacho, ya está bien. ¡Que no!”. Notando que  el tono de la chica iba ganando en intensidad decidí intervenir y entré al hall justo a tiempo para verla  acorralada contra la cómoda mientras mi amigo le mostraba desmañadamente un número incontable de preservativos por los que debía haber pagado un dineral, ya que solo se encontraban en el mercado negro. Las farmacias tenían terminantemente prohibido venderlos. “Mira lo bien preparado que vengo”, alegó excitado Hervás. La escena parecía sacada de uno de esos procaces sainetes que caracterizaban al famoso Teatro Shanghai de Cuba, como recordareis, propiedad de mi señora abuela. (Ver Instantáneas 18 y 19) Supongo que harta de presiones, con voz ya desesperada, la muchachita contestó; “¡Que no es eso, socio, que lo que pasa es que soy lesbiana!” a cuya afirmación respondió mi amigo de la forma más surrealista que se pueda uno imaginar; “no importa, bonita, yo no soy racista”. Tan solo gracias a la tensión que en esos momentos se respiraba pude contener una carcajada. 

Al día siguiente, cuando comenté a Hervás el suceso me juró, avergonzado,  no recordarlo en absoluto. Y es posible pues a veces el alcohol ingerido se evapora en la cabeza formando una impenetrable niebla de olvido. Seguramente  lo que le sucedió a mi querido y siempre educado compañero fue un ataque irrefrenable de efervescencias juveniles.
El musical Hair

Hair

Nuestro Gustavo, "rompe techos”, se nos apareció una noche en compañía de un personaje muy peculiar. Un joven de larga melena rubia ceniza, alto, delgado  y con un rostro angelical que daba gusto mirar. Se lo había encontrado en una de sus rondas por el “Madrid la nuit”. Al intentar entablar conversación con él descubrió que tan solo hablaba inglés pero, aún así logró entender que el rubio era artista y que estaba vagando por la ciudad más solo que la una. ¿A dónde llevarlo entonces? ¡Pues a la “comuna”, donde ciertamente sería bien recibido y, al menos conmigo,  podría conversar en su idioma y recibir la básica información que necesitaba para desenvolverse por la noche madrileña! Pero realmente la información la recibimos nosotros. No era aquella una noche   bendecida por personajes importantes así que, siguiendo el clásico sistema de sentarnos en el suelo formando una rueda y pasándonos la imprescindible copa de brandy, me lancé a la ardua labor de la traducción simultánea. Entonces supe, y comuniqué, que el chico era de Nueva York, que había sido hippie y que en la actualidad trabajaba en un musical llamado Hair. Por supuesto aquello a nosotros nos sonaba muy lejano. La censura, de nuevo la “maldita”, había evitado que en España se conocieran  detalles sobre el movimiento hippie, al cual tachaban de sumamente pecaminoso, y tan solo los artistas habíamos oído hablar  de aquel musical, Hair, inspirado en ese movimiento juvenil. Y siempre descrito como algo prohibido y demoníaco. 


A pesar de que se había estrenado con gran éxito en Broadway en el año 67, y de llevar todo ese tiempo con carteles de no hay billetes,  la mayoría  los españolitos de a pie que poblaban el país ese  1970, no tenía ni idea de su existencia. Así que aquella noche recibimos importante información sobre ese y otros temas de actualidad. 

Básicamente Hair contaba con una hermosa música, unos jóvenes artistas sin inhibiciones y todo giraba alrededor del pacifismo y del repudio a la guerra de Viet Nam. Ya llevábamos una hora de reunión cuando aquel muchachito me dijo de pronto que  se sentía muy cohibido con tanta ropa encima, que siendo hippie había descubierto la libertad física y psíquica que le proporcionaba el desnudo integral y que si no nos importaba le gustaría pasar  el resto de aquella encantadora velada así, DESNUDO. Hecha la traducción y tras el consentimiento del resto del grupo la noche terminó con una curiosa imagen: un grupo de jóvenes normalmente vestidos entre los que destacaba, con luz propia, un blanco y puro ángel desnudo. Y esto llevado por todos con la mayor naturalidad del mundo. Una nueva experiencia.

A la hora que el muchacho consideró prudencial, nos pidió permiso para vestirse en otra habitación. Decía que hacerlo en público le avergonzaba.  Qué curioso. Después se colocó su chaquetón de flecos, se puso su sombrero y se despidió de nosotros lleno de agradecimiento y llevándose algunas direcciones de clandestinos bares exóticos, pues de todo había en ese Madrid indomable. Nunca más volvimos a verle.

Bien, ya conocéis algunos “pecadillos” de aquella panda de entrañables compañeros y amigos a la que me había reintegrado tras las agotadoras, pero instructivas, idas y venidas con la compañía de Cecilio Valcárcel y su Sereno debajo de la cama. (Ver Instantánea anterior)

Durante toda la gira mi información sobre los acontecimientos políticos o artísticos se había  circunscrito a lo que Pepe Hervás, devorador diario del periódico matutino, me comentaba. 

En marzo, el genial pintor malagueño Pablo Picasso, a pesar de  sus reconocidas ideas antifascistas, había donado a la ciudad de Barcelona 900 obras suyas, las cuales estaban comenzando a llegar para alborozo del régimen.

En abril, Paul McCartney anunció la disolución definitiva del grupo “Los Beatles”, causando la desesperación de sus infinitos fans.

En agosto, en la isla de Wight, Gran Bretaña, se había celebrado un apoteósico festival de pop al que acudieron más de 250.000 espectadores. Eran los últimos coletazos de ese movimiento hippie que había contagiado prácticamente al mundo entero.

En septiembre, mientras estábamos trabajando en Valladolid, supimos que Salvador Allende había obtenido, por escaso margen, la victoria en Chile. ¿Qué pasaría ahora en ese contradictorio país?

En cuanto a mi profesión, grandes figuras acaparaban la atención del público y nuevos valores se abrían camino. Camilo Sesto (en esos momentos aún Camilo Sexto, con x) iniciaba su carrera en solitario con un “sencillo” que contenía dos canciones exitosas; Llegará el verano y Sin dirección, abandonando el grupo Los Botines al que había pertenecido.

Alberto Cortez,  admirable cantante argentino pero casi constante residente en España, incluía en el LP Cómplices, una de sus más bellas y versionadas canciones; Distancia.

Nino Bravo, con su voz prodigiosa, colocaba en el mercado un autentico hit; Te quiero, te quiero.
Nino Bravo, Alberto Cortez y Camilo Sesto

Julio Iglesias había participado en el festival de Eurovisión en el mes de marzo, consiguiendo para España un muy digno cuarto puesto con  la canción, Gwendoline, la que se escuchaba continuamente y en todos los medios de difusión, llevando al joven y poco experimentado cantante a la fama.




En el cine, que continuaba con  su tónica general de mediocridad, Alfredo Landa, gracias a la película de Ramón Fernández  No desearás al vecino del 5º,  batía récord de taquilla, Y, como una rosa brotando en medio de un erial, Buñuel rodaba Tristana, con Catherine Deneuve, Fernando Rey y Franco Nero, hermoso producto basado en la novela de Benito Pérez Galdós.

Y en noviembre de ese 1970,  al fin, ofrecían a Yolanda Farr  la oportunidad de debutar en Madrid con un buen papel y un reparto de primera. Sí señor, aquel mismo año el teatro Maravillas iba a ser el escenario de su “puesta de largo” madrileña.




Fotografia Jesus Alcantara
Yolanda Farr. Foto Jesús Alcántara.




Necrológica.


Carmen Montejo
Dos grandes actrices han muerto en estos luctuosos días. En Méjico, donde residía desde el año 42, Carmen Montejo falleció el día 25 del presente mes, a los 87 años,  esa hermosa mujer nacida en Pinar del Río, Cuba, pero nacionalizada mejicana. Fue notable su participación en la época de oro del cine de ese país, así como en teatro y televisión.

María Asquerino
Y en Madrid, dos días más tarde, el 27, España se despedía de una de sus más grandes figuras teatrales; María Asquerino.  Aunque fuese considerable también su trabajo en televisión, el teatro, al que amaba entrañablemente, fue su fuerte durante toda su vida. Hace poco menos de un año, la última vez que nos vimos, ya estaba muy deteriorada y segura de su muerte cercana. En el día de hoy, viernes 28, su cuerpo se hallará expuesto hasta la noche en el Teatro Español de Madrid. Sin duda toda la profesión está con ella en estos momentos.






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