sábado, 25 de enero de 2014

107 - Madrid-New York- Miami- Madrid. (Segunda parte).



Foto JesúsAlcántara

Mientras el avión sobrevolaba el nítido cielo azul de Miami me parecía imposible que existiera una imagen más  impactante. Desde aquellas alturas se podía apreciar a la perfección el contorno de su costa, roto por  refulgentes lenguas de agua que penetraban en tierra, casi besando los pies de los edificios,  las  islas artificiales de Bahía Vizcaína, morada de grandes estrellas y poderosos magnates, y que parecían milagros  brotando de un mar casi transparente…Toda esa belleza me mantenía pegada a la ventanilla, como hipnotizada.

Vista aérea de Miami
Al descender del avión en el Aeropuerto Internacional me impactó la cálida temperatura ambiente. Solo unas horas antes había abandonado un New York cercano a cero grados centígrados, así que mi cuerpo agradeció con fruición aquella brisa tibia y húmeda  tan parecida a la de mi añorada Cuba. Y para colmar mi alegría, al salir de la recogida de equipaje comprobé que  Mequi Herrera, con los brazos abiertos y luciendo una sonrisa que surgía, más que de su boca, de todo su  cuerpo, me esperaba emocionada en la terminal. 

Con Mequi en La Calle Ocho

Nuestros previos encuentros, que hasta ese momento habían tenido lugar durante sus visitas a España, estaban siempre llenos de  emotividad. Tal vez os sorprenda pero aquel era mi primer viaje a Miami. A pesar del ajetreo eterno que ha jalonado mi vida nunca he tenido “espíritu viajero” y menos en lo que se refiere a largas distancias. Aunque de España conozco hasta pueblos que no figuran en el mapa, mis salidas al extranjero han sido muy escasas.

En medio de un incesante parloteo digno de adolescentes, Mequi me condujo a su chalecito de Surfside en un viaje que, de no haber sido por el alboroto de nuestros corazones, me hubiese parecido eterno, a causa del tráfico infernal.  Más tarde supe que las distancias en Miami no es que parecieran enormes, es que lo eran. (La ciudad se divide en condados. Por ejemplo, la famosa Miami Beach es solo una de las 20 ciudades, pueblos y aldeas que forman parte del condado de Miami-Dade. De hecho, según dicen,  puedes pasar de una ciudad a otra solo doblando una esquina).

La cuestión es que aquella primera tarde conocí a una de las personas más tiernas y puras de alma que alguien pudiese imaginar: Roselén, amiga de Mequi y supongo que del mundo entero.  Pocos seres tan comprensivos y con tal capacidad de amar han pasado por mi vida.

Con Roselén

Al igual que me había sucedido con Lucy el día de mi llegada a Cuba años atrás, (ver Instantánea 100), aquella noche nadie pegó ojo, intercambiando historias y compartiendo esa cálida sensación de auténtico cariño que  pocas veces se consigue disfrutar.  Uno de los temas más tratado fue mi gran interés por encontrar a Homero Gutiérrez, el hombre al que debía todo lo bueno y todo lo malo que me tocó vivir durante la lejana época de mi loco amor por él. Mequi conocía bien la historia pero a Roselen hube de narrarle la completa  odisea de mi pasión, dolor y acoso en la Cuba de los años sesenta. (Ver Instantáneas 26 y 27).


Cuando llegué a las últimas palabras que Homero me había dirigido, sentados ambos en el patio central de una de las circulares que componían la prisión de Isla de Pinos, cuando repetí aquella orden suya,  ese epitafio de nuestra historia de amor, “no quiero que vuelvas a verme. Mi vida ya es en sí demasiado dura”, las lágrimas brotaban de los ojos de Roselén.  El consenso entre mis amigas fue total; era indispensable encontrar a ese hombre y propiciar entre nosotros una  reunión. Así que ambas prometieron remover tierra y cielo hasta localizarle.

Frente al chalecito de Mequi
Al día siguiente, antes de salir Mequi para su trabajo como manager en el  hotel J.W. Marriot,  nos dedicamos a hacer llamadas. La primera mía fue a un amigo de mi época cubana, el doctor Raúl, me avergüenza no recordar el apellido, gran aficionado al teatro y que algún tiempo atrás se había puesto en contacto conmigo enviándome a España su número telefónico y una foto en escena con Homero Gutiérrez. 

Así es como había sabido  que mi antiguo amor estaba en Miami y en activo. Pero la persona que respondió a esa llamada  me dio la triste noticia de que Raúl había fallecido hacía unos meses y no supo, o quiso, darme más detalles. 

Luego intenté comunicarme con aquel muchacho, Sergio Salom, mi más devoto fan de tiempos atrás y al que, estando yo presente, detuvieran una noche habanera por llevar puestos pantalones pitillo, tachándole de “mariconazo”. Ese hecho que  me abrió los ojos ante la magnitud de la homofobia castrista y de su más terrible consecuencia: la UMAP. (Ver Instantánea 38).

Así que, ansiosa por reencontrarme con mi querido cubanito, llena de curiosidad por ver lo que los años habían hecho con aquel joven frágil y sensible,  marqué su número. Y entonces recibí la segunda y más fuerte bofetada de la mañana: la desagradable persona que me contestó, sin preámbulo alguno me dijo que “ese individuo” había muerto hace tiempo de SIDA y que no molestara más llamando.  ¡Dios!, esa enfermedad considerada por aquellos años un “castigo divino contra los homosexuales” y que estaba azotando a una importante parte de la población mundial… (Al no haber sido identificado el lentivirus que la provoca hasta 1982, por el  equipo de Luc Montagner, en Francia, no existía en sus principios tratamiento médico y prácticamente el total de los que la contraían  estaban condenados a morir).


De  derecha a izquierda,  Homero y Raúl en una representación

Esas fueron mis infructuosas y tristes gestiones. Mequi, por su parte, habló con amigos mutuos, a los cuales yo no veía desde mi salida de Cuba en 1967, Gilberto Álvarez y mi siempre recordado Julio Gómez, comunicándoles mi llegada.  (Ver Instantánea 42). Y  ya que ambos trabajaban en los polos opuestos de la ciudad, con el fin de evitar la difícil  tarea de compaginar los horarios laborales, decidimos citarnos el sábado, día de asueto  para los “currantes”, en el chalecito de mi amiga.  Al finalizar sus correspondientes trabajos, con un sol maravilloso y una temperatura primaveral que en nada predecía lo que dos días más tarde se nos iba a venir encima, Mequi y Roselén me brindaron un tour turístico por Miami en coche pues, según aseguraban, era casi la única manera de moverse por la ciudad. Como pensábamos que aún tendríamos cuatro días por delante, el recorrido fue corto pero selecto, comenzando  por la Calle Ocho de Little Havana, el famoso asentamiento  de la colonia cubana.

El Teatro Tower. Miami
Así fue como pasé por delante del Teatro Tower, sin sospechar la importancia que ese lugar tendría para mí años más tarde, sacié el capricho de comerme un sándwich cubano en el restaurante Little Havana, me sorprendí ante un cartel colocado a la entrada de un establecimiento que rezaba, textualmente, “we also speak english” (hablamos también inglés) y visité  un precioso lugar a orillas del mar llamado Bayside Marquet Place. Aquella noche las tres acabamos exhaustas y llenas de entusiasmo. Pero Mequi, justo antes de dormir, me mencionó la existencia de un contacto, "al que veré mañana", y que podría indicarnos cómo localizar a Homero. Aquello alteró mis planes de caer en un profundo y reparador sueño.

En Bayside Marquet Place

La cuestión es que al día siguiente tenía en mis manos el número telefónico de Homero Gutiérrez. Esperando que aquello no fuese un error lo marqué con mano temblorosa por la emoción, pero la voz que brotó del auricular borró en mí cualquier posible duda; “hello, soy Homero, dime…” Zarandeada por un maremágnum de recuerdos, mis primeras palabras fueron de una absurdez que aún hoy me averguenza: “Hola, soy Yolanda Farr y estoy en Miami,  no sé si me recuerdas”.

Para sintetizar os contaré que quedamos citados esa misma tarde en la Fundación Artística Cubano-Americana, ubicada en Hialeah, de la cual él era presidente. Sería imposible  describir las horas previas a nuestro encuentro, mi nerviosismo al dirigirme hacia allí, mi premura al subir las escaleras que conducían hasta su  despacho, el tumulto de palabras y preguntas que bullían en mi cerebro... ¡Teníamos tanto de que hablar!

La cuestión es que al llegar a mi destino final me hallé frente a una puerta abierta y pude ver al otro lado de la habitación, recortada contra la brillante luz de un ventanal, la gallarda  silueta de un Homero sobre el que, gracias al engaño del contraluz, parecía no haber pasado el tiempo. Arrebatada por esa ternura que había sustituido en mi alma a los antiguos impulsos pasionales, me dirigí hacia él, deseando trasmitirle con un intenso abrazo todo el cariño que le profesaba, contarle cuánto me hizo sufrir su infortunio, de qué cruel manera lo tuve que compartir  y hacerle saber lo importante que había sido para mí durante largos años de mi vida. Pero tan solo tres pasos pude dar antes de que un muro de hielo me frenase. ¡Homero me tendía la mano de forma protocolaria mientras, con voz bien modulada e impersonal me decía: “Hola Yolanda, ¿cómo estás? ¿Qué tal tu familia? Siéntate, mujer”!

Cartel de una obra dirigida por Homero
La situación no podía ser más absurda. Ni un gesto ni una palabra que pareciera salir del hombre que tanto había amado. Aturdida por su reacción y derrumbada en una silla me limité a responder a preguntas insustanciales con respuestas del mismo tipo: Sí, yo seguía en la profesión. No, mi padre y mi tía ya no vivían. Es cierto, España era un país lleno de contrastes. Sí, trabajaba exitosamente como actriz. Todo esto como si nuestro pasado juntos no hubiese existido. Como si no tuviésemos todo un mundo de cosas trágicas o bellas que rememorar.

Ya que él dirigía y actuaba en obras que montaba para el pequeño teatro de la fundación,  tras entregarme una tarjeta, me pidió que al regresar a mi país le enviara textos de funciones donde hubiesen papeles para él. En Miami le resultaba muy difícil encontrar material, adujo. Le respondí que sin falta cumplimentaría su petición.  Y hasta allí pude soportar. Haciendo lo posible por disimular mi frustración, me alcé de la silla e intenté despedirme usando el mismo despego y fría cortesía que Homero estaba utilizando conmigo, y tras otro ¡apretón de manos! salí de la habitación flotando en una nube de desconcierto. 

Ni aún en estos momentos, al escribir mis memorias, consigo entender del todo la actitud de Homero durante nuestro fiasco de reencuentro.  (El culebrón continuará).





Próximo capítulo: Entre descubrimientos y elucubraciones.

sábado, 18 de enero de 2014

106 - Madrid-New York-Miami-Madrid. (Primera parte).


Foto Jesús Alcántara

Como por arte de birlibirloque habíamos llegado al 1992 y, aun bajo el gobierno de Felipe González y del PSOE, Partido Socialista Obrero Español,  España estaba muy ajetreada. Entre los meses de abril y octubre, tras años de ingentes obras en la isla de La Cartuja, Sevilla iba a ser sede de la Exposición Universal, con una asistencia final de 112 países, 23 organismos oficiales y las 17 comunidades autónomas de España. (En esta mega exposición que se celebra cada vez en un país distinto, los participantes construyen instalaciones y  en ellas  muestran sus últimos logros técnicos y artísticos).
Sello conmemorativo de la Expo
con su mascota Curro


Aquel evento nos traería grandes mejoras, sobre todo urbanísticas, por ejemplo la instalación del tren Ave de alta velocidad que une Madrid con la capital de Andalucía en menos de dos horas y media, carísima obra que, en compensación, ha producido al país grandes beneficios.



Como si eso no fuese suficiente, en el mes de Julio, España iba a ser la sede de las XXV Olimpiadas de la Era Moderna.


169 países se reunirían en Barcelona y los gastos anunciados para el acondicionamiento de la ciudad ascenderían  a 1000 millones de dólares, lo cual, a los españolitos de a pie  nos parecía una barbaridad y un dispendio. (Con posterioridadd nos informarían que el impacto económico superó los 7000 millones de beneficios. Habrá que creerlo).


Y en medio de todo ese teje y maneje, Alberto González Vergel, el director al que yo había bautizado, durante el rodaje de la serie televisiva Los Veraneantes,  como el Doctor Jekill y Mister Hyde, (ver Instantánea 93), me ofreció hacer en teatro un musical diferente a todo aquello en lo que había participado hasta el momento: En un café de La Unión.

En un café de La Unión. (Presentación de mi personaje)
La acción tenía lugar, durante finales del siglo XIX, en un pueblo minero de  nombre La Unión,  situado en la provincia de Murcia. Para facilitaros una pequeña sinopsis de la trama utilizaré las  inmejorables palabras que Lorenzo López Sancho, el más considerado crítico teatral de aquel momento, dejó escritas  a propósito del estreno madrileño: “Con un viento tibio y perfumado de la Huerta del Segura, con acento caliente y minero, hierro, plomo y zinc nos trae Vergel una tragicomedia con escenas de café cantante mientras surgen gentes del bronce, cantaoras flamencas, cupletistas, chulos, guardias civiles predispuestos al alterne y desvergonzadas cigarreras al tiempo que se va cebando el drama sordo de los celos.”


En un café de La Unión. Final del tercer acto

Trabajar de nuevo con ese controvertido director no hizo sino reafirmar nuestras buenas relaciones y la estima que por él sentía. Su claridad al definir  los matices de cada personaje era notoria y su firmeza a la hora de indicar  cómo ponerlo en pie, inflexible. Con él no había posibilidad de disentir. Si aceptabas esa condición los ensayos discurrían como clases magistrales pero, ay de ti si ponías pegas a sus indicaciones. Sin un grito, utilizando las más cortantes palabras y la más afilada inteligencia, llevaba a su adversario contra las cuerdas hasta conseguir su rendición o su auto despido. Realmente le lograba hacer la vida imposible al disidente.
Final del primer acto. En primera fila, de derecha a izquierda, Perla Cristal, Agata Lys,  Roberto Noguera y yo

Siendo la función  coral los actores éramos muchos; yo, Ágata Lys, Perla Cristal, Luisa Fernanda Gaona, Avelino Cánovas, Verónica Lujan, Roberto Noguera y así hasta llegar a quince. También estaba el cuerpo de baile compuesto por seis preciosas muchachas. Un reparto muy amplio y con varios cambios de ropa de  toda la compañía, pues la acción transcurría en el mismo café cantante, pero durante un espacio temporal de tres días. Perla, yo y Ágata éramos las “artistas” y entre nosotras se desarrollaba un drama que desembocaría, a causa de los celos,  en mi asesinato. Es decir que se trataba  de una  tragicomedia musical escrita por un autor novel, Luis Federico Viudes. Opera prima que le había salido bordada. El debut en Madrid fue en Mayo del 92.  Gracias a la perfecta conexión que existía entre González Vergel y yo puedo ufanarme de lo feliz y realizada que me sentí durante los ensayos y las posteriores representaciones en el Teatro Cómico de Madrid, donde permanecimos varios meses en cartel. No demasiados, para nuestra desgracia, pues los gastos del amplísimo vestuario, del hermoso decorado art decó y las nóminas semanales de los artistas y técnicos, hacían muy difícil, no ya las ganancias, sino hasta la simple amortización.

Roberto Noguera y yo
Antes del estreno madrileño realizamos varios bolos  teniendo lugar el primero en el precioso Teatro Romea  de Murcia. Pero las funciones más recordadas y apoteósicas para la compañía fueron sin duda las de Sevilla, donde coincidimos con esa Exposición Universal  a consecuencia de la cual  la ciudad se mantuvo abarrotada los 6 meses que estuvo operativa. Día y  noche las calles eran un hervidero  de extranjeros y nacionales que parecían empeñados en  convertir el indispensable acto de dormir en algo casi imposible. Por fortuna fueron solo dos los días sevillanos. Os aseguro que lográbamos hacer las funciones gracias a la energía aportada por  la belleza de esa ciudad, por el exuberante sol y la henchida luna flamenca que iluminaban el diario jolgorio y sobre todo por el entusiasmo de un público que hacía vibrar las paredes del teatro con sus aplausos.

El número con la guardia civil
Mi trabajo era agotador, como siempre lo es cuando has de  permanecer en escena durante todo el transcurso de la obra. Tan solo la abandonaba  por segundos en tres oportunidades y estas eran para cambiarme  de vestuario. Lo demás consistía en cantar, bailar, lanzar mis parlamentos, jalear durante un par de horas  y en hacer lo mismo dos veces cada día. Pero ese cansancio tan solo se experimentaba al finalizar la segunda función. La embriagadora música y el contacto con los compañeros y con el público conseguían que el tiempo pasado sobre las tablas transcurriese casi sin sentirlo. 

En N.Y. frente al Metropólitan Ópera House
Así que tras finalizar las extenuantes representaciones de En un café de La Unión, decidí hacerme un regalo que, además de  otras alegrías, me permitiría, ¡por fin!, afrontar una “asignatura pendiente” de la que hablaré más adelante. Ahora tan solo os diré  que organicé, con el beneplácito de mami y de Jesús, un  viaje Madrid-NewYork-Miami-Madrid en solitario. 

Aquello me proporcionaría el reencuentro con amigos de siempre, cubanos que habitaban desde hacía años en ambas ciudades norteamericanas y con los que compartía un indeleble afecto. Además, comprobar cómo el paso del tiempo deterioraba la salud de mi madre me hizo cobrar consciencia de que, un día cercano,  desaparecería mi libertad de viajar.

Con Miriam Barredo

Ese fue el segundo y principal motivo. Por el momento aún podía dejarla durante el día en compañía de una chica a la que pagaba para que la acompañase y contaba también con la presencia de Jesús durante las noches, lo cual me tranquilizaba. Pero cuando la artrosis la dejara  imposibilitada, lo cual parecía inevitable, mi trabajo a tiempo completo sería estar con ella. Así me lo había propuesto y es lo que me parecía justo. Solo de esa manera podía compensarla  por el amor que me dedicara durante toda su vida.

Es decir que, con el fin de  acompañar a mi “hermana” de la infancia Miriam Barredo en el día de su cumpleaños,  enfrentándome a un frío que pelaba, el mes de noviembre del 92 estaba yo en la Gran Manzana, disfrutando con las muestras de cariño de grandes amigos como Sara Escarpanter, Meme Solís, Carlos Rodríguez, Sergio González, Georgia Gálvez o  Tim Gómez, a algunos de los cuales no veía desde hacía muchos años.

De derecha a izquierda, con Tim Gómez, con Carlos Rodríguez y con Gladys Triana

Todos me homenajearon con reuniones y me invitaron a representaciones de maravillosos plays, en especial a esos musicales que por aquellos días ni soñábamos con ver en una España renuente al   género de la comedia musical americana.

Con Sara Escarpanter
Durante los días que permanecí en N.Y.  asistí a un promedio de dos obras diarias.  Devoré con gula las representaciones de Cats, Dancing, El fantasma de la ópera, Los miserables, Guys and Dolls,  saliendo de los teatros  deslumbrada. Pero también descubrí el maravilloso mundo del Off Broadway, lleno de interesantes montajes, algunos de los cuales, salvo por el lujo y el boato, podían competir a la perfección con los grandes éxitos de Broadway. Fue una estancia fabulosa. Incluso tuve la suerte de coincidir con la prestigiosa exposición de pintura Revealing the Self. 1992, en la cual participaba mi gran amiga Gladys Triana. Comprobar que estaba escalando la posición que se merecía me llenó de felicidad.

Yo, Ricardo López, Miriam Barredo y Gladys Triana frente a uno de sus cuadros

Así que a los ocho días de permanecer como invitada en el Brownstone que Miriam poseía en la calle 55 de Manhattan, a escasas cuatro cuadras de Broadway, partí hacia Miami con un doble propósito; ver a mi querida Mequi Herrera y, puesto que poco tiempo atrás había tenido noticias de su presencia en esa ciudad, tener un reencuentro con Homero Gutiérrez, aquel mi primer romance de adolescente. Aunque mi amor estaba desde hacía años dedicado en exclusiva a Jesús, sentía que entre aquel hombre, que fuese  tan importante para mí en su momento y yo, era necesaria una conversación, una charla por medio de la cual  pudiésemos recuperar los largos vacíos de información existentes en nuestra truncada relación. Para mí aquello era  lo que aquí se llama “una asignatura pendiente”. Treinta años habían pasado desde que nos viésemos por última vez en la aterradora Cárcel Modelo de Isla de Pinos, Cuba. Treinta años.¡Parecía increíble!

(Los que seguís desde el principio mis narraciones conocéis perfectamente la dramática historia de su encarcelamiento en Cuba y las consecuencias que eso tuvo en mi vida. Los demás, podéis remitiros a las Instantáneas 27 y 28 y disfrutar de una verdadera  y trágica “historia de amor”).

Las fotos de En un café de La Unión; Jesús Alcántara.


Próximo capítulo. Madrid-New York- Miami- Madrid. (Segunda parte).

sábado, 11 de enero de 2014

Instantánea 105 - Un regalito desde Cuba.



Foto Jesús Alcántara

Alejandro, ese bebé que 21 años atrás yo había sostenido  en mis brazos  mientras era ungido con las aguas bautismales,  ese hijo de mi hermana de sangre, se había convertido en un mozarrón de radiante sonrisa y cautivador encanto. Cuando, durante una de esas escasas conexiones telefónicas que se lograban establecer con Cuba, Lucy me había comunicado la afición de su hijo por el ballet y su deseo de estudiarlo, me sentí responsable. Pensé que, de alguna manera, yo le había  contagiado mi gran y frustrada pasión por ese arte, sufrido y dictatorial pero cautivador.

Alejandro y yo, cuatro años atrás, durante
mi viaje a Cuba. (Ver Instantáneas 99 y 100)
Y ahora el muchacho estaba allí, en el aeropuerto de Barajas, frente a mí, emanando aún olor a  galán de noche, a salitre, a palma real, a sinsonte y tocororo, a Lucy,  a los adorados aromas de mi querida Cuba. Todo iba transcurriendo de forma bella y emotiva hasta que de su boca salieron, casi musitadas, estas apabullantes palabras; “madrina, necesito exiliarme. Allí me tienen vigilado. Mi negativa a integrarme,  a pertenecer a las milicias está cerrándome todas las puertas. Me siento presionado y observado hasta tal punto que temo por mi libertad y por la seguridad de mi familia.” Aquellas palabras, que podían sonar a paranoia, tuvieron el efecto de penetrar en mi alma haciéndome recordar los momentos más negros de mi vida cubana, y  a consecuencia  una explosión de empatía me conmocionó.

Tenía que ayudar a mi ahijado fuese como fuese y costase lo que costase. Y debía ser en ese mismo momento pues con toda seguridad nunca se presentaría una mejor oportunidad. Alejandro estaba ahora en España y eran mi obligación y deseo conseguir que en ella se quedase, aunque en realidad no tenía ni idea de cómo lograrlo.

Con el cerebro  convertido en un hervidero de preguntas sin respuesta lo primero que hice fue buscar un teléfono público y plantearle a Jesús el atolladero en que nos encontrábamos. Su reacción, tal y como era de esperar conociendo su generoso corazón, fue de total apoyo. Debíamos conseguirle el estatus de exiliado y recogerle en el seno de nuestro hogar el tiempo que fuese necesario. Esa parte del problema estaba resuelta. Ahora quedaba la más difícil: cómo, dónde y ante quién se podían hacer las gestiones  para la petición de asilo INMEDIATO. Y de pronto vi cerca de mí al amable policía que unas horas atrás me había facilitado la ilegal entrada a la zona de tránsito del aeropuerto. Y hacia él me dirigí con mis preguntas.

Alejandro.
Foto Jesús Alcántara

Todo lo que ocurrió a continuación fue como un  milagro. “Yolanda, esta no es la primera vez que aquí se presenta una situación semejante” fueron las palabras del buen hombre, “has tenido suerte de que esta noche me tocara guardia. Hace tan solo unos meses, solucioné un problema idéntico a dos músicos cubanos que viajaban hacia Checoslovaquia formando parte de una orquesta. Atiende; dentro de este espacio hay dos wáteres públicos, uno ahí cerca y otro hacia la mitad de  ese largo pasillo”, dijo mientras me los señalaba. “Colocaré un cartel de “fuera de servicio” en el más cercano, así tu ahijado tendrá una justificación para alejarse del grupo. Dile que dentro de media hora vaya hacia allí, eso sí, debe ir solo o no habrá nada que hacer. Le esperaré en la puerta y le llevaré con disimulo a la comisaría por el acceso del que disponemos en esta sala. En cuanto a ti has de salir y dirigirte a la entrada principal de la comisaria, decir que vas en mi nombre y esperarnos para hacer el resto de los trámites. Si todo va bien, pronto nos reuniremos contigo y tras rellenar unos cuantos formularios es casi seguro que esta noche el joven pueda dormir en tu casa. El jefe de policía es mi padre. Tanto él como yo odiamos lo que el comunismo está haciendo en Cuba y nos solidarizamos con los que piden exilio político. Tendreis unos días para realizar las subsiguientes gestiones.”. Aquello me parecía una locura pero, moviéndome como una marioneta manejada por los hilos de la excitación, un cuarto de hora más tarde me encontraba en el despacho del jefe de policía y tan solo minutos después veía entrar en él a un desencajado Alejandro y a ese ángel de la guarda disfrazado que Dios nos había enviado para ayudarnos.

A partir de ese momento, para mi sorpresa, todo comenzó a salir rodado. Tras firmar unos papeles en los cuales me identificaba con mi DNI, me comprometía a hacerme cargo económicamente de Alejandro y me responsabilizaba por sus actos legales en el país, nuestro salvador nos acompañó al coche en el que éramos  esperados por Jesús, a quién yo había informado del desarrollo de las gestiones desde el teléfono de la comisaría. Mientras el guardia nos deseaba  “la mejor suerte del mundo” y se alejaba con el rostro iluminado por una sonrisa de satisfacción, la abrumadora consciencia del peligro y de la suerte que habíamos tenido me hizo desplomarme sobre el asiento como si esas cuerdas de marioneta por las que sentía  movida hasta un momento antes se desvaneciesen.

Jesús y mami aceptaron al joven con los brazos abiertos y yo estaba feliz de poder compensar en algo la gran amistad que su madre, Lucy, me había dedicado durante toda nuestra infancia y adolescencia.

Mi madre y yo con Alejandro en su primera Navidad española

Fue enternecedor mostrar las “abundancias del capitalismo” a un Alex que se detenía ante los escaparates con la mandíbula desencajada, o enseñarle la majestuosa arquitectura del Madrid de los Austrias y los enormes rascacielos que bordeaban el interminable Paseo de la Castellana…Todo le deslumbraba. Cuando llegaron las Navidades, ansiando compensar la carencia de atención y de afecto que yo había sufrido durante  los primeros meses tras el regreso a mi  patria, (ver Instantáneas 48, 49 y 50), nos dedicamos en cuerpo y alma a hacer de las celebraciones navideñas algo pleno y feliz para él, algo que pudiese aliviar un poco su inevitable y dolorosa nostalgia familiar.

Alejandro.
Foto Jesús Alcántara
Sin duda la España de aquellos tiempos  era distinta a la actual y sus leyes infinitamente más flexibles. El tan latino “amiguismo” campaba a sus anchas.  

Aunque nuestro propósito era legalizar sin fisura alguna su presencia en el país ni siquiera sus primeros trabajos, aún antes de tener en regla los papeles, resultaron un problema. Cuando  Alejandro manifestó su deseo de trabajar, se me ocurrió recurrir a un buen amigo  coreógrafo que en esos momentos tenía un programa semanal en la tele, Ricardo Ferrante, el cual, tras probarle,  me alabó sus grandes condiciones y decidió utilizarle.  Así que, cobrando en lo que ahora se llama “dinero negro”, mi ahijado se convirtió, a los dos meses de su llegada,  en “bailarín de TVE”.

Puesto que nuestro hogar tan solo tenía dos dormitorios, el de mami y el que ocupábamos Jesús y yo,  durante un corto tiempo Alex hubo de dormir en el sofá del salón. Poco después   Jesús habilitó para él un espacio en su gran estudio de la calle Príncipe, hizo remozar el cuarto de baño y le entregó a aquel muchacho las llaves de lo que era su santuario.  Hasta allí, y mucho más lejos,  llegó su generosidad. En compañía de aquel “mulato jabao” iba arriba y abajo por Madrid, a veces presentándolo a sus amigos, con esa tierna ingenuidad que lo caracterizaba, como su hijo, broma que yo me encargaba de desdecir pues no nos dejaba a ninguno de los dos en buen lugar y si llegaba a oídos de la “prensa del corazón” hubiera podido complicar bastante mi existencia. (Para aquél que desconozca el término; como “mulato jabao” se se conoce en Cuba a personas de piel y cabellos bastante claros pero con facciones negroides).

Por desgracia no tardaron mucho en surgir entre mi ahijado y nosotros graves desavenencias.

Jesús, fotógrafo oficial del Teatro de  La Zarzuela desde hacía unos años, tenía influyentes amigos en aquel centro que, por esa época, albergaba también la sede del CDN, es decir del Conjunto de Danza Nacional. A cargo de su dirección estaba el coreógrafo y profesor norteamericano Ray Barra. Un día le preguntamos a Alejandro si no le convendría reanudar seriamente sus estudios de ballet a lo que accedió no con demasiado entusiasmo. El muchacho, sin problemas económicos, casa y comida asegurada, estaba disfrutando de su libertad, del dinero que ganaba en la televisión y tantas facilidades hacían que comenzara a “perder el norte”. Creíamos que la disciplina del ballet le devolvería a la realidad  y a la importancia que tenía labrarse un futuro. Jesús le consiguió una audición privada con míster Barra, privilegio  inusual, y Alex, gracias a sus innegables condiciones para el ballet y  a esa simpatía con la que sabía cautivar a la gente, fue no solo admitido en las clases sino que le prometieron que, pasado un año, sería contratado en la compañía del Ballet Clásico. Por lo tanto comenzamos a acelerar los tramites para obtener  sus imprescindibles papeles de residencia, recurriendo de nuevo a amigos que tuvieron la  habilidad de colocar su solicitud entre las primeras de la lista. Total que en menos de cuatro meses su situación estaba legalizada.

Alejandro.
Foto Jesús Alcántara


Pero aquella posibilidad de ser contratado por el Ballet Clásico, que hubiese sido el sueño de decenas de aspirantes, no le satisfacía. Un día, a principios de los 90, tan solo unos  meses después de haberse integrado a las clases, se presentó en casa a una hora inusual. “¿Qué haces aquí, no estás en horario de lecciones?”, le preguntamos y su absurda respuesta nos dejó boquiabiertos. “Hay un nuevo director, Nacho Duato, y no me gusta. No estoy dispuesto a  aceptar instrucciones de un maricón, así que me niego a seguir asistiendo”. Ahora resultaba que mi ahijado era homófobo, ¿cuál podía ser nuestra reacción al respecto? Alejandro era mayor de edad y supuestamente capacitado para escoger la que iba a ser su vida. Así que decidimos pasar por alto esa y otras absurdeces suyas, como aquella afirmación de  que “ustedes los capitalistas me deben todo el tiempo y las cosas de las que no he podido disfrutar durante mi adolescencia, así que todo lo que hagan por mí es poco”, con la que en una ocasión nos sorprendió.

Seguimos acogiéndole e intentando inculcarle nuestro conocimiento  de este difícil  mundo lleno de tentaciones materiales que eran meras trampas.

Un día nos dimos cuenta de que mi amigo el coreógrafo Ricardo Ferrante había dejado de usarle en su programa. Debido a la amistad  que nos profesábamos decidí llamarle y preguntarle el motivo y no puedo decir que su respuesta me sorprendiera: “Lo siento, Yolanda, pero la falta de disciplina de Alejandro y su renuencia a obedecer directrices me estaban causando problemas con el resto del ballet.”

Paco Marsó

Así que Jesús recurrió a Paco Marsó, amigo desde muchos años atrás y en aquellos momentos marido y mánager de la gran Concha Velasco. Puesto que la estrella estaba en antena con un programa de variedades llamado Viva el Espectáculo, Paco contrató a Alejandro, ya con sus papeles legalizados, como bailarín fijo y un más que generoso sueldo semanal. Resumiendo, que mi ahijado estuvo casi un año ganando un dinero que le alcanzó hasta para comprarse una moto de alta cilindrada. Pero un día el muchacho dejó caer en el vaso de nuestra paciencia esa famosa última gota que lo derramaría.

Conociendo su desahogada posición económica Jesús le preguntó cuanto dinero  estaba mandando  a Cuba para sus padres a lo que el joven respondió, ni corto ni perezoso: “Oigan, cuando me fui de allá rompí con la isla y con todo lo que hay en ella”. ¡Por supuesto aquello era intolerable! Si le habíamos recibido, atendido y cuidado durante tanto tiempo era  en homenaje a esa madre suya, Lucy. Entonces Jesús le dijo taxativamente que si él había roto  con su familia nosotros rompíamos con él. Que abandonara el  estudio de calle Príncipe, que alquilara algún otro lugar donde vivir y que se olvidara de nosotros como él estaba haciendo con los de su sangre.

Y así fue. Poco volví a saber de él y lo poco era siempre malo. Alejandro, despreciando las oportunidades que se le habían ofrecido, tomó un camino equivocado.

Solo lo vimos en otra ocasión, aquella en la que vino a casa para decir que España era una porquería, que se iba a EE.UU y que le dejáramos dinero para el pasaje. En lugar de acceder a eso, conociendo ya el percal, le compramos el pasaje y le pusimos en el avión.

Aunque nuestra relación se rompió de mala manera no fue así con la que nos unía a su madre y a mí.  Informada  de todo por  amigos de la profesión que viajaban con frecuencia a Cuba, aseguró no estar en absoluto sorprendida y sus mensajes para mí fueron de encarecidas disculpas y eterno agradecimiento. Al parecer, Alejandro, que nunca había estado perseguido políticamente, como afirmaba, era desde la niñez un ser conflictivo, mentiroso y egoísta.

Pero ya está bien de mi ahijado y de aquella frustrante experiencia.


Jesús y yo junto al gran bailaor "El Tano". A la derecha Alex y una amiga



Nunca he vuelto a tener noticias de él de manera directa. Por Lucy sé que su vida en Estados Unidos ha sido errática y conflictiva y que sigue fiel a su actitud de no ocuparse de su familia cubana. Con un email muy de vez en cuando siente que sus obligaciones  para con ellos están cumplidas. Y eso es todo. Mi eterna amiga y yo hemos hecho el pacto de no hablar de un tema tan doloroso para ambas.



El auténtico propósito de este capítulo es dar constancia de mi primera confrontación con una triste realidad: los años de tiranía castrista habían corrompido, en una gran parte de la juventud, esos valores tan cubanos de la lealtad, el honor y la amistad.

Próximo capítulo. Madrid-New York-Miami-Madrid.

sábado, 4 de enero de 2014

Instantánea 104 - Las mujeres toreras


Feliz 2014


1988 comenzaba para mí con un prometedor regreso a las grandes pantallas. El director Roberto Bodegas me ofreció un interesante papel en su próxima película, Matar al Nani,  basada en un hecho real;  la vida delictiva de Santiago Corella. El  joven ladrón de joyerías contaba en sus fechorías con la demostrada complicidad de altos mandos de la policía a pesar de lo cual,   tras una rutinaria detención, desapareció tan misteriosamente que persona alguna  volvió a saber de él.


Roberto Bodegas
El guión se atrevía a mostrar el turbio submundo policial  y era una brutal crítica a los cuerpos de seguridad del estado de principios de los ochenta. El protagonista del film fue un encantador muchacho francés, Frédéric Deban, con el cual compartí casi todas mis escenas, incluida esa inevitable violación que desde hacía años me perseguía en el cine.

El rodaje estuvo llenó de interrupciones y obstáculos organizados, de forma solapada, por la policía. Pero Bodegas, haciendo uso de un tesón y valentía admirables, logró finalizar una película que se convirtió en vibrante alegato contra la injusticia institucionalizada. En cuanto a Frédéric y a nuestra escabrosa escena, he de decir que el muchacho sufrió casi más que yo durante el rodaje.


Cartel de Matar al Nani
con Frédéric Deban
Al finalizar cada toma, con cara compungida y en su delicioso francés, me pedía perdón con una actitud tan tierna y sincera que me hacía casi olvidar el mal rato de estar desnuda, rodeada de técnicos, forzosamente vapuleada por mi violador y, para colmo, pasando frío. Cosas que hube de soportar durante toda una jornada de rodaje. Y para finalizar esta parte dedicada a Matar al Nani, os contaré que, al día siguiente de mi "violación" recibí en  casa un ramo de flores con una nota que decía; Je me excuse, Yolanda. Vous ete une grande dame. Frédéric. 

En mi hogar todo iba  bien. Mamá, con su entereza tantas veces demostrada, superaba la minusvalía desenvolviéndose cada vez mejor con su andador o taca-taca, lo cual me animó a volver a los escenarios. Un día Enrique Cornejo, empresario con el cual había trabajado ya en varias ocasiones, me pidió  que le hiciera un favor; que sustituyera a Paca Gabaldón en Entre mujeres, obra  de Santiago Moncada  dirigida por Jesús Puente, ese gran actor con el que había rodado en el año 84 Violines y Trompetas. A Paca le acababa de surgir una oferta más interesante y estaba a punto de dejar a Cornejo y a la compañía colgados, cosa que no solíamos hacer los actores, pero que de vez en cuando ocurría en esta profesión tan variopinta. Más que nada por amistad accedí a su petición.  A los actores siempre nos resultan ingratas las sustituciones ya que las comparaciones son siempre nefastas. 



Programa de mano de Entre mujeres.
Fotos Jesús Alcántara

La función contaba la historia de cinco amigas, compañeras de estudios, que volvían a reunirse 25 años después de su graduación. Cada una había seguido un camino divergente, lo cual aportaba a la acción enfrentamientos que amenizaban la trama. El autor  logró plasmar, de forma descarnada,  el mundo femenino, íntimo, extravagante, contradictorio a veces y siempre  fascinante. Las actrices éramos Julia Trujillo, yo, Inés Morales, Esther Gala y Sara Mora.


De izquierda a derecha, Esther Gala,  Julia Trujillo, yo y Sara Mora en Entre mujeres

Mi personaje era de un marcado dramatismo; una famosa escritora que, tras grandes luchas internas, había llegado a confesar su condición de lesbiana. La fuerza de aquella mujer, su heroico enfrentamiento con la sociedad me inclinaron a utilizar en sus contundentes parlamentos un tono de voz bastante más grave y potente del mio normal. Pero aquella virguería le ocasionó a mi garganta un problema tan serio que me vi obligada a abandonar  la compañía antes de que el asunto se convirtiera en algo irreversible.  Ay, la  garganta, hipersensible pieza de esa “perfecta máquina” en la cual nos mandan a este mundo, pero sin darnos el libro de instrucciones. 

Ese incidente me dejó bien claro que nadie puede jugar impunemente con su tesitura. Error que no he vuelto a cometer. Por fortuna una estupenda logopeda, en cuyas manos tuve la suerte de caer, solucionó la peligrosa distensión de las cuerdas vocales que estuvo a punto de causarle daños irreparables a mi carrera.


Sabía que el reposo y la rehabilitación eran las dos únicas cosas que me salvarían de una afección crónica, así que, tras despedirme de la compañía, para evitar cualquier tipo de tentación, me pasé treinta días sin casi salir de casa y aferrada a una libreta en la cual apuntaba cada palabra que mi rebelde garganta pretendía pronunciar. Y gracias a mis cuidados, en septiembre del mismo año, pude estrenar Ancha es Castilla, (Ginestiada), una deliciosa comedia escrita por la también actriz Isabel Hidalgo.

Aquella fue una maravillosa experiencia pues las cuatro actrices y el actor que componíamos el reparto habíamos logrado esa conexión artística y humana, en escena y fuera de ella, que convierte este trabajo en algo extraordinariamente placentero. Inés Morales, con la cual realizara mi anterior trabajo en Entre mujeres, Isabel Hidalgo, Alicia Tomás y Manuel Aguilar formábamos el entusiasta elenco de la obra. El argumento versaba sobre cuatro hermanas y un hermano que se reunían cada año para celebrar la Navidad y para ponerse al tanto los unos de los otros, ya que cada cual vivía en un país distinto. Aunque el formato fuese similar al de Entre mujeres, la autora de esta pieza escogió desarrollar la trama en tono de  simpática comedia, lo cual fue un acierto.



De izquierda a derecha con Isabel Hidalgo, con Alicia Tomás y con Inés Morales

Con la garganta en buenas condiciones tras el reposo y  los diarios ejercicios vocales, disfruté de aquella puesta en escena como en las mejores ocasiones. Inés, a la que yo introduje en la compañía,  era una  bella mujer, amiga y compañera desde hacía años, Isabel, como ya dije autora y actriz, resultó una persona encantadora, Manuel Aguilar era un muchacho dulce y entusiasta pero mi gran descubrimiento fue Alicia Tomás.


Portada de Alicia Tomás en Pronto


Alicia, bella vedette de finales de los sesenta, antes de decidirse por la comedia había sido una de las pocas mujeres toreras de España. La narración de sus experiencias frente al toro y el vigor que de ella emanaba convertían su compañía en algo  estimulante y divertido. A pesar de mi rechazo al mundo taurino y a todo lo que pienso tiene de cruel y sangriento, las charlas con ella eran una fuente inagotable de información.  De su boca supe  la ancestral lucha femenina por vencer esa renuencia general a admitir mujeres en los ruedos.

Según me contó, la primera torera de la que se tenía constancia era Francisca García, a la que muchos escritos situaban en 1774.



 Nicolasa Escamilla. Grabado de Goya.

En 1816 Francisco de Goya inmortalizaría a Nicolasa Escamilla en el grabado número 22 de su serie La Tauromaquia y en 1882 Gustavo Doré haría lo mismo, dedicando a Teresa Bolín uno de sus hermosos grabados.

 Teresa Bolín. Grabado de Doré.





A mediados  del siglo XIX aparecieron varias cuadrillas de toreras, por ejemplo la de Marina García y la de las Noyas.  Puesto que los hombres se negaban a compartir cartel con ellas, las féminas decidieron formar pequeños grupos y crear sus propios espectáculos, llegando a tener un gran  éxito.

Pero en junio del 1908, Juan de la Cierva, ministro del gobierno de Antonio Maura, dictaba una Real Orden prohibiendo a las mujeres tomar parte en corridas de toros. Esto desveló un curioso caso de travestismo dentro de la tauromaquia; María Salomé, durante años supuesta torera, confesó su auténtica identidad masculina con el fin de poder seguir toreando. Agustín era el verdadero nombre de ese precursor del tranvestismo.


Cuadrilla de Las Noyas

La mencionada orden estuvo en vigor hasta ser abolida por la Segunda República Española, en el año 1934, dando esto lugar a que surgieran grandes figuras, siendo tal vez Juanita de la Cruz la más señalada. Por desgracia para estas aguerridas mujeres el veto reapareció a la llegada del fascismo.


Juanita de la Cruz
Aunque de forma solapada, a finales de los 60 algunas mujeres volvieron a aparecer por los cosos taurinos, entre otras Rosarito de Colombia, Alicia Tomás, mi compañera de teatro en aquellos momentos y trasmisora de toda esta jugosa información y Ángela Hernández, seguramente la que se tomaba su profesión con más seriedad,  ya que, gracias a su tenaz lucha en los juzgados, consiguió, en el 74, que se publicara una orden ministerial autorizando de nuevo el toreo femenino.




Ángela Hernández

Me he extendido en esta información tan solo por lo que tiene de significativo ese veto, esta reiterada discriminación, en un campo o en otro,  de la que suele ser victima la mujer. Pero no continuaré la historia de mi vida hasta dejar firme constancia de mi absoluto rechazo al toreo en si.

Y ya dicho esto, paso a narraros las circunstancias en las que recibí, aquel año 88, un inesperado regalito desde Cuba.



Una fría madrugada de finales de noviembre, el insistente timbre del teléfono me hizo saltar de la cama. Con toda la desmañada rapidez que me fue posible, intentando que aquel estridente sonido no despertara a mi madre, la cual dormía en la habitación colindante, descolgué el auricular y escuché, aún entre jirones de sueño, estas palabras: “Madrina, soy Alejandro. Estoy en el aeropuerto de Barajas. Vengo con el ballet de Tropicana y vamos a  pasar ocho horas aquí esperando la conexión con un vuelo hacia Moscú. Nosotros no podemos salir del aeropuerto pero me gustaría tanto verte y abrazarte…¿Tienes manera de entrar y pasar un rato conmigo?”  Aquello estaba prohibido pero mis amigos y admiradores se hallaban diseminados por “todo el territorio nacional” y confiaba en que surgiría alguno, en aquel Barajas casi inactivo a esas horas de la madrugada, con autoridad suficiente para permitirme el acceso a la zona reservada a los enlaces.. 

La cuestión es que menos de sesenta minutos después, provista de un grueso abrigo de Jesús, un jersey y unos calcetines de lana, improvisada ayuda para el frío que sabía esperaba a Alejandro en Rusia, Jesús y yo estábamos en la terminal del aeropuerto. Y solo unos minutos más tarde, gracias a un policía que me reconoció como “la artista Yolanda Farr de mi admiración”, Alejandro y yo nos estrechábamos en un  abrazo. Como no quisimos abusar de aquel amable guardia que me había colado en zona prohibida, a riesgo sin duda de recibir como mínimo una amonestación, decidimos que Jesús se quedara fuera y regresase a casa ya que yo pensaba permanecer con mi ahijado hasta que tomase su vuelo hacia Moscú.

Era angustiosa la imagen de  aquel grupo de cubanos varados en la zona de tránsito. Es posible que entre los presentes tan solo yo, que conocía la situación en la isla, pudiera leer y entender los mensajes  de miedo y a la vez ilusión  escritos en sus rostros. Siendo aquel, para la mayoría, su primer viaje al extranjero, la expectación les mantenía en continua tensión, haciendo que de manera instintiva  formasen un grupo cerrado  del que no se atrevían a separarse. Tan solo Alejandro y yo constituíamos una pareja que, cogidos de las manos, conversaba a cierta distancia. ¡Teníamos tantas cosas de que hablar, Cuba, Lucy, su profesión de bailarín, los estudios pianísticos de su hermano pequeño Gabriel, en el que despuntaban claros signos de genialidad...!Había miles de temas que tratar,  pero el que mi ahijado me planteó al poco tiempo de estar juntos me dejó  petrificada.

Fotos de teatro Jesús Alcántara.


Necrológicas.

Este devastador mes de diciembre de 2013 se ha llevado a cuatro  mujeres insignes en el mundo del espectáculo. Con gran dolor por mi parte estas necrológicas van a ser extensas.
Eleanor Parker



Eleanor Parker, 3 veces candidata al Oscar y una de las mujeres más bellas que ha dado el cine norteamericano, falleció en Los Ángeles a los 91 años de edad. Son innumerables las películas que protagonizó durante su carrera de más de 50 años en Hollywood.  Yo quedé en particular fascinada por su interpretación de una falsa paralítica en The Man with the Golden Arm. (El hombre del brazo de oro). Para sus compañeros y directores fue siempre una mujer encantadora, dulce y muy disciplinada.


Esther Borja

Esther Borja, falleció en La Habana, Cuba a los 100 años de edad. En 1935 ofreció su primer recital acompañada al piano por Ernestina Lecuona y poco tiempo después comenzó su fama al estrenar Damisela encantadora, escrita para ella por Ernesto Lecuona. Con su cálida voz  fue la representante más prestigiosa de la canción lírica cubana. En reconocimiento el Instituto Cubano de la Música le otorgó, en el año 2001, el Premio Nacional de la Música. Como dato personal diré que, durante mi adolescencia fui amiga y compañera de ballet de su hija Esther Tato, a causa de lo cual visitaba su casa con frecuencia, llena de reverencial respeto. Después la vida y la política nos separó, eso sí, sin desgarros.



Y en España, con diferencia de pocos días, morían dos artistas que habían saltado a la popularidad, 60 años atrás, gracias a la inolvidable película de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, Bienvenido Mister Marshall, sarcástica crítica a ese Plan Marshall que nunca llegó a España. Ellas fueron, la tonadillera más famosa de las décadas 50 y 60, Lolita Sevilla, fallecida en Madrid a los 78 años y la actriz Elvira Quintillá que nos dejó a la edad de 85.
Lolita Sevilla




Lolita Sevilla, figura prestigiosa  del cine español del pasado   desde tiempo atrás rechazaba hacer apariciones en público. De ella se conservan  esplendidas grabaciones. La última que salió al mercado fue Enamorada de la copla, en el 1996.



Elvira Quintillá


En cuanto a Elvira Quintillá puedo afirmar que era una estupenda actriz y compañera. Había iniciado su carrera a los 12 años con La venta de los gatos. Fue en la compañía de Tina Gascó y Rafael Somoza donde conoció a ese icono del teatro llamado José María Rodero y con el cual  realicé una larga gira en los años 70. La generosidad de Elvira la llevó a dejar de lado su carrera para apoyar a la de su marido y acompañándole estuvo hasta que, en 1991,  la muerte nos arrebató a ese gran divo.



Mi admiración para estos cuatro personajes del mundo del arte y mi deseo de paz para sus espíritus.


Próximo capítulo. Un regalito desde Cuba. (Segunda parte).