sábado, 8 de febrero de 2014

Instantánea 109 - Los días grises



Foto Jesús Alcántara

Lo que narro a continuación es una etapa de mi vida que he dudado mucho en plasmar. Pero teniendo en cuenta que mi blog ha pretendido desde el principio ser algo más que un recuento de mis éxitos artísticos, creo necesario compartir también con vosotros los momentos difíciles y penosos.

Al regreso de Miami encontré que mi madre había experimentado un evidente bajón.  Es conocido que la vejez nos retrotrae a la infancia, a todo lo que eso implica de inconsciencia y egoísmo, y mamá no se estaba librando de ese proceso. Su deterioro comenzaba a ser no solo físico sino anímico. Rechazaba injustamente a Ana su cuidadora, quejándose de nimiedades como que a veces llegaba unos minutos tarde, que no le cocinaba lo que ella quería, que no había tema de conversación entre ambas… Estaba claro que tras todos esos reproches subyacía una exigencia: quería mis mimos y mi dedicación absoluta. Y poco a poco fui cayendo en la trampa.

En un principio me ofrecieron algunos  trabajos que rechacé; una temporada de seis meses en el teatro Goya de Barcelona, una película que se rodaría en varios países de Sudamérica, en fin, cosas muy tentadoras pero que me mantendrían fuera del hogar durante demasiado tiempo. Y por lo tanto imposibles de compaginar con esa “dedicación absoluta” que mi madre quería más que necesitaba.  Como consecuencia, aquel lobo cuyas orejas llevaba algún tiempo entreviendo, intentó tragarse  de un bocado mis muchos años de profesión. Casi todos los productores y directores dejaron de contar conmigo. Y era en cierto modo comprensible. Cuando un actor firmaba un contrato de trabajo este incluía unas cláusulas según las cuales se comprometía a permanecer en la producción mientras  esta se mantuviera en cartel y  a realizar, durante un  tiempo indefinido, la gira que el productor señalase. Se había  propagado entre  la profesión el comentario:“Yolanda Farr se niega a hacer giras” convirtiéndose, seguramente con algo de mala leche, en “Yolanda Farr YA NO QUIERE TRABAJAR”. Debido al dramático desequilibrio que existía en nuestra profesión entre oferta y demanda laboral, aquello era como una sentencia de muerte.

Resultado:  comprobé que ser enfermera, buena hija y artista en activo eran tareas incompatibles. Pero no era solo esa inactividad profesional lo que me corroía. Ver como el cuerpo de mi madre iba empequeñeciendo, observar que sus piernas, cuya fuerza y destreza habían cautivado al público en su época de bailarina, se consumían hasta llegar a convertirse casi  en guiñapos, me hacía pensar en lo triste e injusta que era muchas veces la vida. Y poco a poco  caí en una depresión que no fue profunda porque no me lo podía permitir. Mami necesitaba de todas mis energías. En medio de una tristeza morbosa, me pasaba las horas y los días sumergida en recortes de periódicos, en entrevistas que se me habían hecho y que lograban, de momento, regresarme a un mundo de cuya realidad  a veces hasta llegaba a dudar. Me "bebía" aquellos reportajes, tanto cubanos como españoles, que demostraban la existencia de una Yolanda Farr llena de actividad, fulgor y rodeada de personajes importantes. Leía y releía críticas teatrales, a las que en su momento confieso no haber prestado su justa atención, en un intento por revitalizar mi autoestima. Fueron unos años castrantes.



Para mi sorpresa, un día de 1995 llegó una oferta de trabajo que pude aceptar; Salvador Collado, productor  teatral y amigo de siempre, me ofreció una colaboración especial en la obra Tres sombreros de copa, de Miguel Miura, bajo la dirección de Gustavo Pérez Puig. Al tratarse tan solo de una serie de bolos en grandes ciudades, esas funciones esporádicas que yo llamo “de ida y vuelta”, decidí aceptar, sabiendo que podía  recurrir de nuevo a la encantadora Ana para cubrir mis ausencias diurnas y que Jesús se ocuparía con fidelidad de las noches de mi madre.  Debo confesar que mi aceptación se debió en gran parte a su insistencia. El pobre veía como yo iba languideciendo sin poder hacer nada para evitarlo.

Y aquella decisión  fue un milagroso remedio para mi agonía. Cada día de función me tonificaba como si alma y cuerpo ingiriesen una gran copa de ambrosía servida  por los dioses del Olimpo.

Con Manuel Galiana
Para colmo de bondades el amplio reparto estaba compuesto por compañeros entrañables que convertían en placenteros los momentos en escena y fuera de ella. Manuel Galiana, estupendo actor y la joven y buena actriz Lola Baldrich eran la pareja protagonista de esa conmovedora obra de Miura.






Con Juanito Navarro en el camerino
Con Jordi Soler caracterizado de Bubby

















En el resto del reparto participaban grandes actores como Juanito Navarro, José María Escuer, Paco Peña, Franky Huesca, Pascual Martín y un largo número de  prometedores jóvenes entre los cuales debo señalar, tanto por su estupenda interpretación del “negro Bubby” como por la amistad que se estableció entre nosotros, a Jordi Soler.


Como la Mujer Barbuda en el primer acto de Tres sombreros de copa

Confieso que hacer el papel de La mujer barbuda, interpretado años atrás por  Elvira Quintillá en el Teatro Español, en vez de resultarme incómodo por lo grotesco, me divertía enormemente. (En realidad todo el texto de Tres sombreros de copa  es un dechado de poesía y tierna imaginación).


Con Manolo Galiana en el segundo acto

La compañía de Tres sombreros de copa en pleno

Pero poco tiempo duraron mis alivios. Tan solo durante la escasa veintena de plazas que hicimos sentí que en mi cuerpo vivía de nuevo  aquella Yolanda Farr realizada y vital. El decorado era demasiado costoso de mover, el reparto excesivo para que pudiese ser rentable. Así que tres meses después del estreno,  la compañía se disolvió y yo hube de regresar a mis nuevas profesiones de acompañante, enfermera y buena hija. 

Alfredo Kraus en la ópera Rigoletto. Foto Jesús Alcántara

 Puesto que mi madre gozaba de una claridad mental envidiable, algunos días podía dejarla, durante unas pocas horas,  sentada frente a ese televisor que habíamos colocado en su cuarto para su exclusivo “uso y disfrute”. Horas que yo aprovechaba para ir con Jesús a alguna de las óperas o zarzuelas que él  retrataba en el Teatro de la Zarzuela o disfrutando de refrescantes charlas con nuestros amigos. Pero tampoco aquello era demasiado satisfactorio ya que mi preocupación por mami y mi premura por regresar a casa le restaba placer a cualquier evento. Aun así, os aseguro que sin esas  escapadas habría enloquecido.

Monserrat Caballé en Tristán e Isolda. Foto Jesús Alcántara

Pero como “no hay mal que dure cien años”, en el año 1996, esa vida que parecía haberse olvidado de mí, me trajo un estupendo y revitalizante regalo. Nada menos que participar en el estreno mundial, como obra de teatro, de Pantaleón y las visitadoras, la famosa novela del escritor peruano, Premio Príncipe de Asturias y Nobel de Literatura,   Mario Vargas Llosa.

Necrológica.
Philip Seymour Hoffman

El gran actor de 46 años Philip Seymour Hoffman, varias veces nominado a los Oscar y finalmente ganador por su trabajo en el film Capote, fue encontrado muerto en su apartamento de New York. Según se comenta, su cadáver tenía, clavada en el brazo, una aguja conteniendo heroína. Resulta increíble que alguien tan importante, con toda una encomiable carrera y un prometedor futuro, se dejase dominar tan totalmente por  las drogas. Cuesta comprender hasta qué punto, contra toda lógica, un ser humano admirado y valorado puede vivir sumergido en un mundo de soledad e inseguridades capaz de conducirle a  tan oscura muerte. Los artistas de todos los gremios  parecen ser proclives  a caer en  dependencias patológicas, lo cual con frecuencia nos priva de sus vidas y consecuentemente de sus talentos. Algo lamentable.  Espero que Philip Seymour Hoffman al fin haya encontrado la paz.

Próximo capítulo: Pantaleón y las visitadoras.

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