Cuba. La década de los 50.

Cuba. Cabaret. Hotel Riviera




Hotel Riviera. La Habana
Escultura de
Florencio Gelabert
Cuando en diciembre de 1957 me llamaron para inaugurar un nuevo y lujoso hotel en La Habana, no podía ni creerlo. El Riviera era un modernísimo  edificio construido, según dicen, por la mafia norteamericana, pero con un buen gusto impecable.  Estaba dirigido por un tal Meyer Lansky, un conocido gánster. A la entrada habían colocado una  hermosa escultura, “Los Peces”,  de Florencio Gelabert y hasta seis más, del mismo escultor y diseminadas por todo el  hotel, eran objeto de  admiración general. En su original piscina se solía reunir lo más selecto del mundo  artístico de Cuba y parte del extranjero.
Ginger Rogers en la inauguración
del "Copa Room".

El hotel tenía dos salas de espectáculos, el “Copa Room”, la principal, y  el casino llamado el “Double or Nothing”. La cosa es que, mientras Ginger Rogers, con un show musical dirigido por el gran coreógrafo Jack Cole debutaba en el Copa, en la sala de juegos, después de atravesar ruletas y mesas de cartas  y sobre la barra del bar, en un pequeño escenario donde solo cabían un piano vertical, un contrabajo,  una batería y, a duras penas, la cantante, cada noche yo entonaba clásicos de la música norteamericana. Summer Time, Stormy Weather, Tea for two, Unchainned Melody, Over the Rainbow
 

Como es natural, atacados  por la fiebre de la ludopatía, casi nadie prestaba atención a esa chiquilla de 16 años, provista de un carnet de artista que falseaba su edad y una pequeña pero melodiosa voz. Aunque eso no era óbice para que  disfrutara como una posesa de aquella oportunidad que mi profesora de ballet, Irma Hart Carrier y sus contactos con la colonia americana me habían conseguido.


Frank Sinatra
Nada significativo tendría que contar sobre ese periodo si no fuese porque una mañana, mientras ensayaba,  sucedió algo extraordinario. Vi como un señor se sentaba a la desierta barra y, semi oculto tras un daiquirí, permanecía en su taburete, silencioso y atento, durante los largos minutos que estuve repasando melodías. Al terminar mi ensayo,  de una manera muy “polite” le dije, “thank you, sir, for your atention” (gracias, señor, por su atención) y me apresté a abandonar el mini escenario. Entonces el “señor” tras  dirigirme una amplia sonrisa y un guiño de complacencia, alzando hacia mí su copa ya vacía, abandonó la sala. Era Frank Sinatra en persona. Mi cantante favorito de todos los tiempos. Nunca volví a verle por esos lares pero  no olvidaré el momento mientras viva.



Tan solo treinta días duró mi agotador trabajo en el “Double or Nothing”. A las 7 P. M. comenzaba a cantar y, salvo  quince minutos de descanso cada hora, en esa faena continuaba hasta medianoche. Aquello trastornaba el resto de mi vida y sobre todo mis estudios así que tuve que despedirme.
Pero no debieron quedar descontentos con mi labor ya que, en el mes de Mayo del 58 estaba de figura en el Copa Room con un espectáculo llamado “Holliday in Havana”, acompañada por Mary Raye & Naldi,  Violeta Vergara, el cuarteto Valdivia y la pareja de baile Linda Ferrán y Diego.

Varios meses antes un grupo de técnicos mejicanos y norteamericanos había venido a Cuba con el cómico Germán Valdés, "Tin-Tan", a fin de rodar una parte de su película “Rififi entre las mujeres”. Como necesitaban una chica joven para hacer un pequeño papel, Mrs Carrier que, como ya sabéis  estaba metida en todo ese mundo, me recomendó y algunos días después, en la sala de proyección, me sorprendí con  la imagen en la pantalla de una exuberante mujer en la cual yo no me  reconocía en absoluto. En realidad salí de allí avergonzada. Aprendí muy pronto  que las cámaras añaden libras y años a sus víctimas. Al día siguiente mi profesora me comunicó que "Tin-Tan" quería hablar conmigo y, debido a mi minoría de edad, con mis padres. ¡El actor pretendía que fuese a México para participar en su próxima película! Como la idea de alejarme de  mis estudios y de mi familia me aterraba, y a ellos les sucedía tres cuartos de lo mismo, decliné una oferta que, sin duda, hubiese cambiado el curso de mi vida.


Mural de Amelia Peláez en el
"Habana Hilton"
También en el 58 Mrs. Carrier, me presentó a un  coreógrafo y bailarín norteamericano, Harold Cole, el cual buscaba una pareja  para debutar en el Hotel Habana Hilton que estaba a punto de inaugurarse. Aquello, por supuesto, me llenó de ilusión. ¡Bailar era lo mío! Ese hotel iba a ser el más alto y lujoso de América Latina. Una gran franja frontal del edificio sería un mural realizado en cerámica por la cubanísima pintora Amelia Peláez. El proyecto del hotel, a pesar de la idea generalizada, no era norteamericano. Su construcción se llevó a cabo bajo los auspicios de El Retiro Gastronómico de Cuba, con un coste de 25 millones de dólares, y se inauguró sujeto a un convenio con Hilton Internacional para su administración y para la gestión turística .

Yolanda & Cole
El día de la apertura oficial fue el 22 de Marzo del 1958. y poco tiempo después la pareja de baile Yolanda and Cole ya estaba actuando allí, en el salón Caribe.  Hicimos  algunos programas de TV, muy celebrados por las originales coreografías de Cole. 

Pero aquella experiencia estaba condenada a no durar. Una noche tras el show, mi  admirado partenaire me pidió que fuese a la mesa de unos amigos suyos que, según dijo "son gente importante en EE.UU. y nos pueden gestionar trabajo en la TV americana”. Por supuesto, ante esa posibilidad, accedí gustosa. Pero mi primera sorpresa fue hallar en dicha mesa sentados  a dos señores con pinta de ser poco señores y de tener en sus organismos muchas copas de más. Y de Cole, ni rastro. Me quedé esperándole un buen rato hasta que, harta de oír tonterías, impertinencias y de oler a bourbon rancio, intenté despedirme. No pude dar crédito a lo que entonces escuché . “Ni hablar, zorra, tú no te vas así como así.  Ese no era el trato”. ¿El trato? ¿Qué trato? No tardé  en comprender que mi compañero estaba intentando usarme como cebo, como “moneda de cambio”. Como imaginareis, salí de allí escopetada y tragándome las lágrimas.  Así que, humillada y desilusionada, disolví la pareja. “Yolanda & Cole”, que en principio sonaba tan bien, había acabado desafinando muchísimo. ¡Que agitados fueron mis 17 años!.



Cuba. La vida nocturna.




                     Edith Piaf                     Maurice Chevalier                 Dorothy Lamour
En aquellos tiempos la vida nocturna de La Habana  era una de las más brillantes del mundo. Sería ímprobo intentar mencionar todas las boites y cabarets que, a pleno rendimiento, funcionaban en la ciudad. Grandes salas como “El Montmatre”, que recibía estrellas internacionales de la talla de Maurice Chevalier, Dorothy Lamour, María Félix, o  Edith Piaf y “El Sans Souci”, cuna, muchos años atrás, en los “locos años 30,” del flechazo de Dora y Arsenio, mis padres, (ver Instantánea 5).

En el  actuaron   Tony Martin, Marlene Dietrich y Liberace entre otras grandes figuras. También estaba   el “Tropicana” en el cual, sin poder en esos momentos imaginarlo ni  en mis más locos sueños,  yo actuaría en 1963. Pero ya me extenderé en ese tema.

Tula Montenegro.
Además existían innumerables cabarets de segunda categoría como el “Sierra”, el “Chori”, el “Panchín”, donde Tula Montenegro, una vedette   que tenía la extraordinaria facultad de mover con independencia cada una de sus nalgas y de sus senos, o Musmé, transformista que utilizaba con gran eficacia su propia voz para los personajes que imitaba, triunfaban cada noche. O el “Alí Bar”, lugar que Benny Moré elevó a la notoriedad. Cada uno de ellos con sus fieles adictos y sus  visitantes eventuales.


También abundaban aquellas entrañables boites de las que hacían sus santuarios  cancioneros y cancioneras cubanas. El “Karachi”, con Doris de la Torre y su guitarra, “La Red”, con La Lupe y su “¡ay, gigi, gigi”, “Sheherezade”, con la reina del filling, Elena Bourque, “El Club 21” del Hotel Saint John, donde Ela Calvo, o Ela O´Farril llenaban de ilusión y sensualidad las noches habaneras, “El gato Tuerto” con la polifonía de El Cuarteto las  D´Aida y, un poco más adelante, del cuarteto de Meme Solís, del que formaba parte mi gran amigo Bobby Jiménez, "Imágenes", con Frank Domínguez o el famoso y concurrido "Dirty Dick", lugar escogido por los gays más noctámbulos de la ciudad para poner broche de oro a sus madrugadas. Triunfaban cantantes como Moraima Secada, la enorme de cuerpo, voz y alma Freddy, Marta Estrada y su “vientooo…”, Olga Guillot, Celia Cruz y muchos más.


Los Britos
Son famosos los cuartetos cubanos de todos los tiempos, pero,   el espectacular brote de estos grupos tuvo lugar en la década de los 60. Por ejemplo, Los Brito, cuarteto creado por mis entrañables Julio y Alfredo Brito Jr. cuya amistad se tejió en  las clases de armonía y composición que compartíamos. En fin, que la desbordante musicalidad innata en los cubanos llenaba de maravillosas canciones la interminable vida nocturna de La Habana. Una ciudad, en esos tiempos,  fuente de  exuberancias, goce de nacionales y asombro de turistas.

Academia Mrs. Carrier 1957
A pesar del indudable afecto que Irma Hart Carrier me profesaba yo había llegado, a mediados de 1958,  a la conclusión de que su escuela no solo fallaba en el propósito de aportar  beneficios a mis intentos  de ser  una gran ballerina sino que, más bien, estaba perjudicándome por su disciplina demasiado relajada y su deficiente técnica.. Por muy polifacéticos que fueran mis estudios, el amor por el ballet era cada vez más profundo en mi corazón.  Así que un día me lié la manta a la cabeza presentándome a unas audiciones en la Academia de Danza de Alicia Alonso. Para mí sorpresa, Fernando Alonso,  auténtica alma de la famosa escuela  y esposo de la “prima ballerina”, me aceptó. “Tienes muchos defectos pero grandes condiciones”, me dijo el formidable maestro, “creo que aún estamos a tiempo para corregirlos”. Y en unos meses me vi compartiendo aula con Josefina Méndez, Loipa Araujo y hasta con la propia Alicia que muchas veces hacía su entrenamiento de barra con nosotras. Yo tenía un montón de vicios adquiridos en la escuela de Mrs Carrier, pero , gracias al suelo de mármol sobre el que allí transcurrían  nuestras clases, también había desarrollado una gran fuerza en las piernas y un estupendo “ballón”. Esas condiciones, además de mi alta estatura hicieron que un día Fernando me dijese “Yolanda, que lástima que no seas un hombre. Sin duda te convertía  en un primer bailarín”.

Pero cosas inquietantes habían comenzado a pasar en Cuba.

Un año atrás, en marzo de 1957, la mayoría de los cubanos  vivió, sin sospecharlo, el  síntoma inicial de lo que se convertiría en una enfermedad devastadora; el Directorio Revolucionario, al mando del cual estaba José Antonio Echeverría, decidió atacar el Palacio Presidencial con el propósito de matar a nuestro presidente, el golpista Fulgencio Batista.   Simultáneamente se tomó la emisora de Radio Reloj para comunicar al pueblo el supuesto éxito de la revuelta. El intento de asalto al Palacio fue un acto fallido.  Fulgencio Batista resultó ileso y Echeverría resultó muerto por la policía ese mismo día. Para gran parte de la ciudadanía, ignorante hasta de que, en diciembre del 56, casi un año atrás, el yate Granma había llegado a las costas orientales de la isla con 82 guerrilleros a bordo, aquella intentona  fue la  primera noticia de que algo se estaba cociendo en Cuba.

Y ¿qué sucedía en el resto del mundo?
En España y en el mes de junio, la Seat ponía en venta aquel Seat 600 que fue la ilusión de los españolitos de clase media durante años.
En Septiembre, los primeros estudiantes negros pudieron entrar en la Escuela Secundaria Central de Little Rock, Arkansas, tras enormes escándalos y hasta revueltas. Sin embargo, en 1954, la Corte Suprema estadounidense había ya legislado que la segregación racial en los medios educativos era inconstitucional. Y mientras, en Broadway, se estrenaba el musical “West Side Story” que trataba por primera vez el tema racial, aunque con matices latinos.
Laika
En octubre la URSS ganaba a EEUU la carrera espacial, lanzando por primera vez un satélite, el Sputnik 1, y en noviembre la perrita Laika, a bordo del Sputnik 2, se convertía en el primer ser vivo de sangre caliente que viajaba al espacio y en la primera víctima de esta contienda.

El mes de enero de 1958 fue luctuoso. Gabriela Mistral, la chilena premio Nobel de Literatura del 45, moría en N.Y, Humphrey Bogart fallecía de cáncer de garganta en Hollywood y en Parma, Italia, el considerado por muchos mejor director de orquesta de la época, Arturo Toscanini nos abandonaba.
 

También en enero, el día 31, los Estados  Unidos lanzaban, desde Cabo Cañaveral, su primer satélite artificial. 
Academia Mrs. Carrier 1957.Volviendo a Cuba, la cuestión es que, en medio de la vorágine artística de 1958, aquella efervescente vida nocturna que yo, por mi corta edad nunca pude disfrutar, mi alma se decantaba cada vez más por el sacrificado, exigente y desagradecido arte del ballet, a pesar de los lógicos consejos de Las Pfarry Sisters, expertas en la materia, de las agujetas y las ampollas en los pies. Mi sueño obsesivo era que aquellas clases con Fernando Alonso me convirtieran algún día en el émulo de Alicia Alonso. Pero la vida tenía previsto para mí algo bien distinto.









Laika,  Kitty, Nana, Laura y demás animales (cuadrúpedos) de mi vida en Cuba.


Mencionar a Laika en el capítulo anterior, aquella perrita rusa, primer viajero espacial, ha hecho revivir en mi corazón a todos los compañeros de cuatro patas que me hicieron compañía  durante mis, en un principio fructíferos y después  devastadores, años en Cuba.

Pero empezaré rindiendo un pequeño homenaje a ese ser del que tan poco sabemos, Laika, flagrante víctima del progreso.
Laika era una perra callejera recogida con el fin de entrenarla, junto a otros dos canes para ser lanzada  al espacio. El entrenamiento consistía en acostumbrar a los animales  a una permanencia de hasta 20 días en espacios cada vez más reducidos y a someterlos a fuerzas centrífugas que hacían duplicar su pulso y elevar su presión sanguínea en 30-60 terr. Solo el imaginar esto es ya lo suficientemente terrorífico. Laika fue la infortunada vencedora de estas pruebas. ¿Cuántos nos habremos preguntado qué había sido de ella? Solo muchos años después se supieron las condiciones inhumanas de su muerte. Esta ocurrió entre 5 y 7 horas tras el lanzamiento y la causa fue una mezcla de estrés y sobrecalentamiento. Creo que no es necesario decir nada más. Ah, sí,  de añadir que en "agradecimiento" el gobierno ruso le  erigió una estatua en el año 2008. Pues qué bien, ¿no? Y ahora comienza mi historia.

En 1952, la que entonces era mi profesora de ballet, Irma Hart Carrier, me regaló una gatita. El cachorro formaba parte de la última camada de uno de los muchos gatos callejeros que ella alimentaba, algunos de los cuales se habían convertido en inquilinos fijos de la casa. Era una delicia de bebé, increíblemente tranquilo y cariñoso.

Kitty
Ya adulta,, convertida en un precioso ejemplar, la gata esperaba mi vuelta del colegio sentada en el balcón, quieta  como una esfinge, hasta que me veía aparecer en su amplio espacio visual. Entonces, según me contaba mi familia, Kitty comenzaba un ritual consistente en dar unas excitadas carreras por la casa que no finalizaban hasta que su amita entraba por la puerta. En ese momento la recepción consistía hacerme receptora de  restregones (muy gatunos) y de grandes saltos (totalmente perrunos). Este festejo duraba un buen rato.

En mis horas de estudio al piano ella era mi fiel acompañante. Echada a mis pies, al lado de los pedales, se hacía un ovillo y no volvía a haber gata por la casa hasta que la música cesaba. Era una auténtica melómana.

Un día notamos que algo malo le pasaba. Maullaba dolorida y mi llegada a casa careció de su alegre recibimiento. Al instante la llevamos al veterinario, algo difícil de encontrar en aquellos tiempos pretéritos. Curiosamente, siendo tan afectiva, solo a mí me permitió tomarla en brazos. Así que, envuelta en una sabanita, como un bebé, la llevé a la consulta, musitándole  durante el camino palabras cariñosas que parecían calmarla. Por supuesto el comité estaba formado por la familia en pleno.

El diagnóstico fue terrible. En una de sus escapadas nocturnas, ignoradas por nosotros, había sido envenenada. El veterinario nos ofreció la solución de “ponerla a dormir”, eufemismo que siempre me ha irritado, a lo que me negué entre lágrimas  con la inconsciencia y el egoísmo de mis 11 años. Visto esto, el doctor, le puso a Kitty una inyección para al menos aliviar sus sufrimientos y con ella dormida en mis brazos realizamos el triste regreso a casa.
El abatimiento era general. Nadie cenó aquella noche, nadie se fue a la cama hasta la madrugada, observándola y rogando por el milagro de su salvación. Agotados por la tensión y viendo que Kitty dormía con aparente tranquilidad, a las 3 de la madrugada nos acostamos  con una oración en la boca y la esperanza en el alma.

Minutos más tarde escuché unos débiles maullidos al lado de mi cama, y allí estaba ella, casi sin poder sostenerse sobre sus patitas. De un salto abandoné el lecho y comencé a seguir sus inestables pasos hasta el salón. Una vez allí, mi pobre animal se dirigió a su habitual lugar bajo el piano y volvió a convertirse en la preciosa bola de pelo que todos adorábamos. De inmediato supe lo que me estaba pidiendo. Alcé la tapa del piano y, a esas intempestivas horas, comencé a tocar sencillas melodías, todas las que en aquellos días me sabía, repitiéndolas una y otra vez hasta que, con voz acongojada,  las mellizas me dijeron “Déjalo, Yolincita, Kitty ya no respira”. Esa fue la primera vez que vi a mi padre llorar. En fin, mi gatita murió aquel amanecer rodeada de lo que más había amado en vida: la música y su familia. Durante mis posteriores pequeños conciertos   en el Ateneo, la sensación de que su cuerpecito aún me acompañaba, acurrucado a mis pies junto a los pedales, me ayudó a superar el miedo escénico del que siempre he padecido.

Mis primeros intentos adoptivos fueron tristes fracasos. Poco después de la muerte de Kitty, durante mi regreso a casa desde el colegio, observé que una figurita  extremadamente delgada y de color indefinido seguía mis pasos a prudencial distancia, parándose cada vez que yo lo hacía e irguiendo sus orejillas cuando mis ojos se fijaban en los suyos. Por cierto, unos ojos tan oscuros y grandes que me hicieron pensar en los de Betty Boop.

Continué la andadura de cuatro cuadras que me separaba del hogar, haciendo mis paradas cada vez más frecuentes y observando en mis giros que la distancia entre ambas se iba  acortando. Cuando llegue a casa, con el animal ya   convertido en  mi sombra, mi primer acto fue sacarle un plato de leche que devoró en un santiamén. Su posterior acción  fue traspasar la puerta, no sin cierto recelo aún,  y comenzar a examinar con minuciosidad cada rincón. Mi madre y mi tía, amantes de los animales de una forma que parecía ser un distintivo  familiar, la dejaron moverse a sus anchas y soportaron sus olisqueos y exámenes hasta que la figurita se aposentó a los pies de un sillón y, cerrando los enormes ojos, se quedó profundamente dormida. Se habían  firmado los papeles de adopción. Un par de días más tarde descubrimos que era blanca y que era hembra. Las mellizas habían logrado bañarla, sin grandes hostilidades, y yo la bauticé  como Betty.
Con Betty en 1953
Al poco tiempo, aquella maraña de lana blanca que la cubría había adquirido un precioso brillo argentino,  su agilidad y descaro la habían convertido en dueña del sillón favorito de mi padre y el marcado pentagrama de huesos que eran sus costillas había desaparecido. Pero unos meses más tarde fue la propia  Betty quien desapareció. Aprovechando un descuido al dejar la puerta de la calle abierta, sintiéndose fuerte y hermosa, había corrido en busca de sus raíces. Su instinto callejero, su necesidad de libertad y espacios abiertos fueron  más fuertes que nuestro cariño o la seguridad de nuestro hogar. Mis padres la buscaron por todo el barrio. Mi amiga Lucy y yo hicimos lo mismo.  Pero fue imposible encontrarla. Ojalá la vida la haya ayudado en su  afición al sistema de  “parada y fonda”, ojalá consiguiese ser, durante muchos años  la  “agasajada circunstancial”, la rompe corazones, ya que esos eran sus deseos. El caso es que nosotros nunca más supimos de ella. Y entonces llegó Nana

Nana, la perra de Wendy
Aquella tarde de noviembre del 53 mi madre y mi tía me habían llevado al Cine Metropolitan, el cual quedaba justo enfrente de la Academia Cima donde yo cursaba mis estudios escolares. Ponían “Peter Pan” de Walt Disney y no queríamos perdérnosla. Al salir  del cine era ya de noche. Tan solo habíamos dado unos pasos cuando  un grito de mi tía nos estremeció; “¡Una rata!” Pero como las ratas no gimotean, comprendimos que se trataba de un cachorrito arrastrándose penosamente por el borde de la acera. Creo innecesario afirmar que aquella misma noche el animal tomó posesión de nuestra casa. Una vez allí comprobamos que no era tan bebé como su fragilidad insinuaba. Dos meses debía tener pero su debilidad le impedía erguirse y caminar con normalidad. Poco  duró ese problema, por fortuna para ella y para nosotros, pues Nana fue nuestra compañera durante los 18 años que duró su vida.

Toda la familia en 1957

En este caso fue mi tía  quién adoptó a la perra. Jenny  comenzó  por darle comida que ella masticaba previamente y migas de pan mojadas en leche que introducía  en su boquita. Esto cada cuatro horas, como nos dijo el veterinario que se debía hacer con los cachorros. Incluso en medio de la noche, Jenny, se levantaba y, con paciencia infinita, alimentaba al bebé. 

Nana, yo y el fantasma de Kitty.
(Recreación)
Tal vez sucedió que los genes presentes en su saliva penetraron en los del animal pero el caso es que Nana, a la que yo había bautizado con ese nombre en honor a la perra de Wendy en la película “Peter Pan”, se convirtió en la sombra de Jenny. Desde el principio se formó una  relación especial entre las dos. Nana, que como su nombre indica era hembra, toleraba con condescendencia al resto de la familia pero su amor incondicional era para mi tía. Y al parecer  ella no portaba  el gen melódico. Cuando le daba por eso,  pues la Nana era muy suya, acompañaba mis escalas y arpegios de calentamiento con sonoros aullidos, que en su caso, sin duda, no eran voces de admiración por mi ejecución, sino una manera muy particular de decir “¡ya basta!”

Yo. al piano, Nana y mi tía Jenny
Entonces se acercaba Jenny, tomaba a Nana en sus brazos y las protestas cesaban .Como dije antes, 18 años vivió, los últimos 3 ciega por las cataratas, pero desenvolviéndose en la casa como si estuviese dotada de un prodigioso radar. Su pérdida fue para la familia un gran golpe. Para mi tía, aunque a alguien moleste la comparación, fue como la pérdida de un hijo. Yo ya estaba fuera de Cuba cuando me notificaron su muerte. Sencillamente un día no despertó. Una muerte tan tranquila y satisfactoria como lo fue su vida.

Pero en el ínterin otro animal había ocupado también nuestro corazón y nuestro hogar.
Era el verano de 1965. Cuando mi familia me vio regresar a casa, con ese neceser que tan trabajosamente me habían conseguido para mi primer viaje en avión todo cubierto de agujeros, no podían sospechar el pequeño tesoro que  contenía.
Fausto Canel me había solicitado para protagonizar su película “Desarraigo”, de la cual hablaré con extensión cuando llegue su momento cronológico. Un anochecer, tras terminar el agotador rodaje en aquellas minas de Nicaro, Oriente, Canel y yo nos  dirigíamos a nuestros  alojamientos en una casa albergue.

Nuestro camino nos llevaba por la orilla de un manglar lleno de enormes árboles  cuyas gruesas raíces aéreas  quedaban cubiertas por las aguas durante la pleamar. De pronto oímos un gimoteo que provenía de esas marañas de vegetación. Hacia allí nos dirigimos y, luchando contra los avances de la marea, llegamos a tiempo para rescatar al animal más pequeño y desvalido que yo había visto en mi vida. Era una perrita. Estaba manchada de sangre y de placenta, con los ojos aún cerrados y el cordón umbilical colgando de su tripita.  Así que recogimos el diminuto cuerpo, no sin antes observar los alrededores en busca de una posible madre despistada. Nada se movía en torno nuestro, salvo ese mar que se acercaba implacablemente.

Creyendo que era un acto infructuoso, decidí llevarla conmigo y que al menos su muerte no fuese tan fría y solitaria. Aquella primera noche que pasamos ambas en la habitación del albergue fue larga y desesperante. Sus gimoteos eran constantes y angustiosos. De pronto se me ocurrió colocar al cachorrito sobre mi vientre, esperando que el calor de mi cuerpo le calmase. Y fue como un milagro. El silencio reinó y ambas dormimos unas cuantas horas con placidez. Por la mañana me despertó una extraña sensación y al abrir los ojos vi a la recién nacida intentando mamar de uno de mis pezones. Aquello fue tan conmovedor que decidí, fuese como fuese en aquellos años de carestía, encontrar  alimentos para ella. Utilizando como biberón un gotero que no recuerdo quién del staff me agenció, con leche ahora condensada o evaporaba, luego de vaca o de lo que la generosidad de la gente de Nicaro me pudiese brindar,  logré conseguirle sus cuatro raciones de alimento diarias. Habilité mi neceser como su cuna y conmigo iba y venía de esos rodajes en los que todos estaban pendientes de ella mientras yo trabajaba. Cada día que la perrita lograba sobrevivir era como un asombroso milagro que todos festejábamos.


En más de un plano de esa película, bajo mi amplia camisa y dormida sobre mi estómago, invisible para el público, está mi diminuta Laura. Si os fijáis  podéis advertir su oculta presencia en esta foto.

Aeropuerto de Santiago de Cuba,
con Laura en el neceser
Veinte días sobrevivió en esas condiciones. Cuando llegó el fin del rodaje en Oriente y debimos regresar a La Habana, con ella dentro de mi neceser agujereado  subí al avión pensando que esa sería la última experiencia que el cachorro podría soportar. Pero no fue así. Laura estaba decidida a no morir. La llegada a casa fue apoteósica. La historia de su odisea y su obvia fragilidad hizo aflorar los abundantes buenos sentimientos de mi familia y la convirtió en objeto de exquisitos cuidados generales. Nuestro temor era que, cuando abriese los ojos y saliese de su casita, siguiendo su  natural instinto animal buscara el apoyo y cariño de Nana y que ésta la agrediese en un ataque de celos o rechazo.
Con Laura y las mellizas. 1967

Quiso la suerte que al llegar ese momento yo no estuviese trabajando y pudiese presenciarlo todo. En un principio solo vimos sus patitas tratando de impulsarse fuera de la caja. ¡y nos dimos cuenta que sus ojos estaban al fin abiertos! La Nana que, tras olerla en un primer momento la había ignorado supinamente, tan solo le dirigió una displicente mirada desde el regazo de mi tía. Yo intenté coger a Laura en brazos pero el sabio consejo de mis alemanas fue que no interfiriera, que esperara el desarrollo de los acontecimientos. Cuando tras arduos esfuerzos logró  salir, Laura  pasó por el lado de  Nana con la misma displicencia que Nana tenía para con ella, es decir, como si no existiese, y se dirigió  a mí, toda rabito agitado y lengüita al aire.

Y así siguió siendo durante el tiempo que estuvimos juntas. Laura me consideraba su madre. Estoy segura que nunca creyó pertenecer a la raza canina. Era capaz de oler mi llegada a cien metros de distancia, conmigo dormía y demostraba sus celos con contenidos gruñidos cada vez que alguien, que no era de la familia, se me acercaba.   A excepción de Lucy y de mi amiga Gladys Triana, las cuales   desde su llegada  la habían mimado. Pero de Gladys y nuestra gran amistad escribiré más adelante.
Con Laura y mi padre. 1967
Por desgracia unos años más tarde me vi obligada a abandonar todo lo que amaba. Cuba se había convertido en la antítesis de lo que había sido. De paradigma de alegría y libertades a hervidero de temores y represiones. Y partí hacia España.

A los dos meses recibí una carta de mi padre diciéndome que, tras mi partida, Laura había agarrado una vieja zapatilla mía, se había metido bajo mi cama y que ni con ruegos ni con amenazas lograron sacarla de allí. Para desesperación de mi familia, en menos de un mes, murió de tristeza o si lo preferís, como la Niña de Guatemala,  murió de amor.
Y esta es la historia de los compañeros cuadrúpedos que, durante los 18 años que viví en Cuba, compartieron mi vida y cada uno de los cuales  aún mora en mi corazón.




 El ballet y la Revolución.





La poesía alada, el movimiento más hermoso en perfecta simbiosis con la más bella música, el milagro de unos brazos convertidos en pájaros que dibujan utopías en el aire y de unas piernas   a veces tornados, a veces tiernas lenguas de mar lamiendo la arena. Esa sensación  cuando tus pies reniegan del suelo y, casi flotando en el aire, te domina hasta la locura un ansia de ingravidez. La más titánica lucha por vencer las limitadas posibilidades del cuerpo, limitaciones que  nunca se  está dispuesto a aceptar. Una inmersión total en un mundo de azúcares y hieles. El amante más complaciente, el déspota más exigente. Todo eso es el ballet que yo amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo.

Aquella beca que Fernando Alonso me había concedido en febrero del 58 trastornó mi existencia.  No era la primera vez que el sendero de mi vida  se bifurcaba formando dos líneas divergentes pero en esta ocasión, desde la nueva senda elegida, me era posible ver como las cosas que me habían  sido importantes se iban desdibujando poco a poco y sin remisión. El piano, mis amigas, hasta la familia iban  desenfocándose. Y sin que en mí brotara ni un mínimo de duda o arrepentimiento. Tal era  mi devoción. Sin duda tenía que ver con esas endorfinas, tan de moda en estos tiempos y desconocidas en aquellos, pero el hecho era que, cuanto más agotado y dolorido terminaba mi cuerpo tras las clases de Fernando Alonso, más eufórico salía a la calle mi espíritu.
De izquierda a derecha:
Nora Casanova - Yolanda Padrón - Rosa Elena Álvarez
Yolanda Farr - Mª Cristina Álvarez - Lourdes Moré

Mi comienzo en la escuela fue con un grupo de “novatas prometedoras” y  dos meses después pasé al de profesionales, ante mi sorpresa y satisfacción. Desde la perspectiva que da el tiempo pienso que Fernando debía sentir una cierta debilidad por la “galleguita”, como muchos me llamaban,  ya que nunca, en la vida, jamás, podría yo haber llegado a ser una María Cristina Álvarez, integrante de esas “novatas prometedoras”, y la que, tras llegar a ser solista en el ballet de Cuba,  en estos momentos es Profesora  de la Cátedra y directora artística del Ballet de Cámara de la Fundación Alicia Alonso de Madrid. A pesar de mi innegable entusiasmo y devoción nunca tuve condiciones para llegar a eso.

Ese mismo año en el mes de agosto, que el tremendo calor reinante convertía en vacacional por necesidad, intenté en lo posible reanudar costumbres y amistades  que tenía abandonadas. Volví a reunir al quinteto de mi infancia y decidimos regalarnos un mes de compañía, en honor a los viejos tiempos, retornando a los juegos y chiquilladas de nuestra adolescencia, (etapa que a mis 17 años consideraba superada). Mimi, Zoilita, Emilia, Lucy y yo volvimos a ejercitar una amistad que, como un regalo divino, ha superado distancias y silencios, sobreviviendo hasta los presentes días.

Playa de La Concha. La Habana
Volvieron nuestros festines en Woolworth, nuestros ataques de Rock and Roll, nuestras escapadas a Conney Island y a la playa de la Concha. Y fue durante una de estas ocasiones cuando el destino volvió a señalar un cambio dramático para mi vida.

Hacía poco tiempo habían instalado una enorme botella de Coca Cola en el centro de aquella pequeña bahía que conformaba la playa. Su propósito era servir de trampolín a los más osados, y ¿quién podía serlo más que yo? No fue nada espectacular. Un perfecto salto del ángel, una inmersión demasiado profunda, un inesperado fondo rocoso que logré  evitar con brusquedad, unas brazadas algo dolorosas para alcanzar la orilla y al llegar a la arena, donde mis amigas me aguardaban festejando mi salto, un dolor en la espalda tan intenso que me hizo perder el conocimiento. Me había fisurado una de las vértebras lumbares. Acababa de firmar la sentencide muerte de todas mis Coppelias o mis Giselles. Tres meses inmovilizada sobre una tabla,  cuatro con un corsé que me impedía casi cualquier movimiento, la advertencia del médico de que, si intentaba en un futuro seguir  mis durísimos entrenamientos, jamás me libraría de los dolores y la noticia de que mi flexibilidad se había quedado para siempre mermada....

           Josefina Méndez                            Carlos Gacio                                      Mirta Plá
Todo eso me abrió los ojos a que nunca más compartiría clases con Ramona de Saa, con Marta Mahr, argentina de nacimiento que, tras abandonar Cuba, inauguró el prestigioso School of Dancing en Coral Gables, Miami,  con Mirta Plá, fallecida en España en el año 2003, con Eduardo Recalt, exiliado en Miami en el año 1966 y desgraciadamente también fallecido, con mi admirado amigo Carlos Gacio,  aún viviendo felizmente en Viena, donde fue, durante 25 años, maestro del ballet de la Opera y donde, tras terminar sus funciones como bailarín y profesor, le fue entregada la Cruz de Honor de las Ciencias y las Artes. Nunca volvería a compartir “pas de bourées” con Josefina  Méndez, la que fue durante años “los ojos de Alicia”, pues es bien conocida la discapacidad visual que la diva padece desde su juventud. Esa Josefina que se adjudicó el papel de “lazarillo” y que a él fue fiel hasta su muerte.

Alicia Alonso en clase. 1948
Por cierto que con ambas tropecé un día, muchos años más tarde, en unos grandes almacenes de Madrid. Josefina me saludó  pero Alicia, con su acostumbrada actitud de distanciamiento y soberbia, a pesar de que su lazarillo me identificase ante ella, me dedicó una hierática sonrisa mientras decía, “vamos Yuyi, que tenemos prisa”. Actitud que no me extrañó, siendo yo una exiliada y ella nada menos que Alicia Alonso, la acomodaticia gran diva que ha sido capaz de medrar durante el batistato, consolidarse con Fidel Castro y, en ambos momentos, conquistar al mundo entero.

Pero regresando a la época de mi narración y sumergiéndome de nuevo en mi absoluta pasión por el ballet;  solo unos  meses, como habréis visto, me permitió el destino compartir sudores con estos grandes bailarines.

Tras mi accidente sentía que mi vida se había acabado y un oscuro velo de desesperación cubrió como una mortaja aquel inacabable tiempo de forzosa inmovilidad. Ni los cariñosos esfuerzos de mi familia, ni la frecuente compañía de mis amigas lograban sacarme de mi depresión y la idea de la muerte se fue convirtiendo en el único punto de luz que veía al fondo del negro túnel en el que me sentía atrapada. El ballet había absorbido mi alma y sin alma no hay vida posible.  Así que a planear la forma de mi muerte dediqué todos esos  meses.

Naturalmente debía ser algo trágico y hermoso. Mis muñecas abiertas como manantiales de roja muerte tiñendo de gualda mi lecho...  Bajo las ruedas de un coche mi cuerpo, como el de una dramática y rota Coppelia... Mi doliente humanidad flotando sobre las agitadas aguas del malecón, chocando y desgarrándose contra las rocas hasta deshacerse en ínfimas partículas…

Fue durante mi larga postración cuando puse atención por primera vez al nombre de Fidel Castro. Mi padre, en cuya alma aún vivía el espíritu revolucionario que le había llevado a apoyar la Segunda República Española, ese que le impulsó a enfrentarse al dictador Francisco Franco hasta el punto de tener que pasar largo tiempo en un campo de concentración, mi querido padre progresista, escuchaba subrepticiamente, como muchos cubanos, Radio Rebelde.  Se trataba de una emisora clandestina que emitía desde la Sierra Maestra, allá en Oriente, arengando al pueblo y dando partes de una guerra contra Batista de la que la mayoría de los ciudadanos no teníamos ni idea en esos momentos. Parece ser que durante la dictadura batistiana, recordemos que “Don Fulgencio” había llegado al poder mediante un golpe de estado, se cometieron  tropelías y asesinatos.  Pero ni tiempo ni interés había tenido yo, en años precedentes, para ocuparme de problemas políticos, inmersa como estaba en mis estudios.
La cuestión es que la isla se estaba convirtiendo en un hervidero de insurgencias. Aquel yate Granma, que había llegado a Oriente el año 56, resultó portador de un virus mutante y letal. Al parecer todo comenzó cuando, años atrás, en 1953 un grupo autodenominado “Generación del Centenario”, dirigido en Santiago de Cuba por un tal Fidel Castro, intentó tomar el Cuartel Moncada. Su finalidad era derrocar a Fulgencio Batista, pero el fracaso fue estrepitoso. Fidel y varios de los participantes supervivientes, fueron detenidos, enjuiciados, condenados  y con posterioridad amnistiados  atendiendo a  presiones internacionales. Todo esto ya lo he mencionado en un capítulo anterior.

Batista en TV, señalando la zona del
desembarco del Granma. 1957


Tras su liberación, Castro se dirigió a México donde consiguió el apoyo de miembros de las más variadas facciones políticas, incluyendo un sector de la CIA que llegó a financiar, a través del expresidente Prío Socarrás, el viaje del Granma. Los desmanes del gobierno batistiano, y sabrá Dios que otra serie de intereses creados, habían originado una animadversión general contra Batista.



De las 82 personas que desembarcaron del Granma tan solo una parte logró internarse en Sierra Maestra, pero fueron suficientes para protagonizar unas escaramuzas que a algunos encandilaban y a otros inquietaban. Todo esto había averiguado mi padre desde Radio Rebelde Y todo esto me contaba, capítulo a capítulo, supongo que intentando distraer mis horas de tedio y dolor. Pero poco podía importarme el futuro de Cuba cuando había decidido borrar ese vocablo de mi vida: futuro.

Después de  cuatro meses de torturas psíquicas y físicas, el médico me autorizó para dar largos paseos. Así que había llegado el momento de realizar mi  planeado suicidio.

Antes de abandonar este mundo, que no me ofrecía futuro alguno, decidí despedirme de los lugares de La Habana más amados y disfrutados por mí. Visitar aquel paseo del Prado que, durante los ya prohibidos Carnavales, había recorrido tantas veces montada en el convertible de algún amigo. Dar una última caminata bajo la espuma de las bravías olas que a menudo batían los muros del Malecón. Echar una postrera ojeada al Hotel Riviera, donde mi vida profesional se había iniciado. Hacer una furtiva pasada frente al edificio de la Academia de Alicia Alonso, a la que mi cuerpo y mi espíritu tanto sudor e ilusión brindaran...Y para finalizar, efectuar una última  parada en la cafetería de CMQ.
Precisamente en esa emisora había realizado mi última actividad profesional como bailarina. Un comercial de Regalias El Cuño, un pequeño baile en puntas que, sin ser ni remotamente el sueño de mi vida, al haber resultado mi última experiencia con la danza adquirió para mi tanta  importancia como si hubiese sido un “solo” en el Bolshoi. Esa sería mi última “estación” antes de dirigirme a la muerte que había escogido: las aguas del malecón.
En aquellos primeros días  de diciembre las tardes eran sombrías. Una tormenta azotaba la isla y, sin duda, las aguas tendrían la furia suficiente para conducirme hasta el final de mis angustias.
Las Bailarinas de Degás.
Con estos tenebrosos pensamientos me senté a la barra de esa cafetería en la cual, unos meses atrás, había soñado con cisnes y princesas hechizadas, con tutús y mallas, con Delibes y Tchaikovski.
Y allí permanecí un largo rato, casi ausente, sin sospechar que estaba a punto de ocurrir un milagro que daría, de nuevo,  un cambio radical a mi sigzagueante vida.


  El amor y la revolución.



No es que en esos momentos yo fuese proclive a creer en las dádivas divinas, pero de qué otra manera se puede calificar el hecho de estar allí sentada, en la banqueta de la cafetería de CMQ, con mis planes  de suicidio, y notar  una cálida mano apoyándose  sobre mi hombro mientras mis entrañas se estremecían bajo el influjo de una hermosa voz  masculina que decía;  “Yolanda, estoy buscando una chica para montar Gigí. Tiene que ser alguien muy joven, como tú. . La obra está basada en la novela homónima de Collete. He oído que ya no puedes bailar,  ¿has considerado la posibilidad de ser actriz? Yo puedo ayudarte a trabajar el libreto, ¿te interesa la proposición?”


Por Dios Santo, ¿quién me había enviado aquel ser en el momento exacto de mi mayor desesperación? ¿Quién había regalado a su voz tanta armonía celestial? Y a la suave presión de su mano sobre mi hombro, ¿quién la había dotado de una calidez que penetraba mi piel llegándome al alma y comenzando de inmediato a suturar sus heridas, como si de un poderoso láser se tratara? Al darme la vuelta para enfrentarme a mi interlocutor, durante una fracción del segundo más hermoso, solo vi una luz deslumbrante nimbando la figura de un ángel.


Homero Gutiérrez
Era Homero Gutiérrez, uno de los protagonistas de la telenovela Las campanas de Santa Isabela, con la cual  yo había hecho mi última aparición en pantalla antes de mi accidente. Tan solo corteses saludos protocolarios había cruzado con él en esos tiempos, pero, durante las largas esperas en el plató, aguardando el corte publicitario para hacer mi anuncio de “Regalías el Cuño,” muchas veces me encontré admirando  su gallardía y buen hacer. Yo apreciaba infinitamente la labor de los actores que, con tal aparente facilidad, decían cada día diálogos siempre distintos y en aterrador directo. ¡Y ahora resultaba que aquel galán de telenovelas era el ángel de la guarda del cual tanto había renegado tras mi accidente, y que, el muy bendito, me estaba abriendo la puerta a un futuro muy apetecible! Yo misma me sorprendí  al sentir desvanecerse como por ensalmo  mi  propósito de morir. Por supuesto, acepté.

En los días siguientes, cercana ya la navidad del año 1958, cumpliendo su oferta, Homero venía a casa, libreto en mano, y con infinita paciencia me montaba, uno a uno, los “bocadillos” de un texto que no era el de Gigí, pues el proyecto se vino abajo, pero sí el de “Una Choza para Tres” de A. Roussin.

El año anterior, es decir, en el 57, Mark Robson había adaptado esta obra para el cine con el título de The Little Hut,   llevando como protagonistas nada menos que a Ava Gardner, Stewart Granger  y a David Niven. ¡Vaya reto y qué inconsciencia por mi parte! Yo haría, en mi primer papel teatral, el rol de Ava, Homero el de Granger, que por cierto le iba como hecho a medida, y Pedro Pablo Prieto el de Niven. El plan era debutar en la sala Arlequín, de Rubén Vigón, a mediados de febrero del 59. Los muchos días dedicados  a la ingente tarea de corregir mis ceceos y aprender a vocalizar con corrección, siempre bajo su gentil batuta, la ternura que de él emanaba, en contraste con su marcada masculinidad, iban acrecentando mi  admiración y acabaron haciendo que me enamorase de Homero como lo que yo era, una muchachita hambrienta y apasionada. Los sueños de barras y tutús se fueron alejando, llevándose con ellos frustraciones y hasta dolores físicos.

Sentía que era “suya por amor, sin condición ni tiempo,” como reza el bolero. No importaban sus 38 años frente a mis  18. No importaba su condición de hombre casado, aunque alguien se escandalice por esta afirmación. No importaban sus ideas políticas, tan  opuestas a las de mi padre, claramente socialistas, ideas que se fueron desvelando en las controversias  y charlas que aquellos dos hombres inteligentes sostenían con frecuencia en  casa.  Eso sí, siempre con un admirable respeto mutuo.

 Yo  tan solo esperaba, con un ansia desmedida, la llegada de aquel  febrero en el que, aunque fuese sobre el escenario de la sala Arlequín, sus brazos me ceñirían y sus labios rozarían los míos en esos falsos besos a los que obligaban,  en aquellos años, el "respeto a la actriz y al público. Aquella perspectiva de amagos era más que suficiente para mi total virginidad. Señor, con qué intensidad le amaba…Pero el añorado momento, por los motivos que veréis a continuación, se retrasó varios meses.

Como los días se me hacían interminables, decidí reincorporarme  al mundo de la publicidad, trabajo frío y distante que detestaba, pero que me aportaba una actividad y un dinerito que siempre venía bien. Llegaron a compararme con Norma Martínez, la que sería en un futuro esposa del actor Sergio Corrieri, y con Norka, esposa y musa en aquellos momentos del famoso fotógrafo Alberto Korda, dos estupendas modelos y bellísimas mujeres de las cuales yo me sabía a años luz, pues la objetividad y la autocrítica son cruces con las que he cargado toda mi vida. Pero mi estatura, delgadez  y extrema juventud parecían ocultar, a los ojos de la gente, mi falta de experiencia y mi poco entusiasmo por el modelaje.


Cuando llegó el 31 de diciembre La Habana estaba, como cada fin de año, atestada de turistas y nacionales. Las familias menos pudientes celebraban las fiestas en sus hogares, con turrones españoles y sidra el Gaitero. Los varios casinos de juego de la ciudad bullían de actividad y entusiasmo. Las  celebraciones  en lugares como el Centro Gallego, el Asturiano, el Casino Deportivo, el Yatch Club vertían a las calles riadas de risas y serpentinas y el concierto de pitos y matracas ensordecía hasta a las estatuas. Tan solo los más noctámbulos o madrugadores notaron que una extraña tensión flotaba en el aire, que algo inquietante  subyacía tras la aparente normalidad nocturna.  En fin, que algo tremendo y trascendental estaba  sucediendo en Cuba esa madrugada del 1 de Enero de 1959.
La Habana de noche.1959


El amor, la revolución y el desencanto.



La isla, que el 31 de diciembre de 1958 se había dormido bajo el gobierno de Batista, despertó a la mañana siguiente sin gobierno. El sátrapa y 40 de sus más cercanos sicarios tomaron con sigilo un avión hacia Ciudad Trujillo, Rep. Dominicana, dejando a Cuba, en una rendición absoluta, durante días sin control  gubernamental alguno, .
Los rebeldes entrando  en La Habana


Nos llegaban a La Habana noticias de miles de eufóricos milicianos bajando de Sierra Maestra y del Escambray, siguiendo la ruta de la carretera central que atraviesa la isla en toda su longitud y  recogiendo por el camino a otros tantos miles de seguidores. Algunos estaban cautivados por las promesas de honestidad y nacionalismo de los revolucionarios, otros  por la hermosa parafernalia de aquellos barbudos con el rifle al hombro, largos cabellos (en más de un caso adornados de flores), enormes sonrisas, crucifijos y rosarios que, al colgar de sus cuellos acababan reposando con sensualidad sobre los velludos torsos… Los vítores y aclamaciones les siguieron durante los 970 kilómetros y  8 días que tardaron en llegar a la capital.

La llegada de Fidel.

Vinieron en carros de combate, en camiones o a pie pero todos nos traían ofertas de libertad y justicia. Y Cuba, que como casi toda Iberoamérica no había tenido demasiada suerte con sus gobernantes, recibió el cambio, y sobre todo la labia de Fidel, con el corazón abierto de par en par. Creo que es difícil encontrar a lo largo de la historia una toma más fácil de poder y un acogimiento más pletórico que el que los rebeldes recibieron. De hecho, muy pocos cubanos abandonaron la isla en los comienzos del triunfo de la revolución. Tan solo  los grandes terratenientes, las grandes fortunas, más previsoras o mejor informadas, prefirieron alejarse y “ver la corrida desde las gradas”, pero eso sí, siempre pensando que el fracaso de la revolución, y por ende el regreso, era cosa de poco tiempo.

Fidel y Camilo Cienfuegos.

Los discursos de Castro, interminables hasta lo inimaginable, eran seguidos por el pueblo como si fuesen ritos eclesiásticos. Aquella primera alocución televisada con Fidel bendecido por tres palomas blancas que ¿espontáneamente? se posaron en sus hombros,* con el hermoso rostro del comandante Camilo Cienfuegos a su lado, apoyando al líder en esas palabras tan humildes que repitió varias veces, “¿voy bien Camilo?” y que aún hoy son una muletilla en Cuba, acabaron de conquistar los corazones. “¿Voy bien, Camilo?”, “Vas bien Fidel”.


¿Vas bien Fidel? En realidad, ¿alguna vez pensaste que ibas bien? ¿No para ti y tus intereses si no para los de Cuba? Cuando en vivo y en directo nos afirmabas “el pueblo sabe que esto no es ni será nunca comunismo”  o “nuestra revolución no es roja, si no verde como nuestras palmeras”, ¿creías en tus palabras?

El "Che" Guevara.

En los momentos en que, bajo la jefatura del "Che" Guevara, en la Cabaña se emitían por televisión los fusilamientos de cientos de batistianos, más o menos involucrados en la tiranía, ¿pensabas que ibas bien, que esa revolución que nos vendiste como llena de amor tenía derecho a matar con la misma alevosía que  criticabais de vuestros adversarios? Cuando tu mano derecha, el "Che", ante críticas nacionales e internacionales, declaró, “sí, hemos fusilado, fusilamos y fusilaremos mientras sea necesario”, ¿en verdad creías que ibais bien? Teniendo prácticamente a TODO el pueblo comiendo de tus manos, ¿pensabas que  esa sangrienta demostración de fuerza y de odio era NECESARIA?

Pero en los primeros momentos y en casa de la familia Mariño-Pfarr, como en tantas otras, el triunfo de la revolución se había recibido con euforia. Con palmas y gozos, ¡faltaría más! ¿Cómo no íbamos a festejar la desaparición de un dictador, cuando, huyendo de otro, habíamos iniciado aquel viaje en busca de Shangri-la, de una tierra donde los pensamientos fueran libres y las personas, a su vez, libres de expresarlos? Durante un tiempo, con autoinfligida ceguera, mi padre intentó justificar esos primeros desafueros con los que el régimen comenzaba a mostrar sus intenciones.

Al poco tiempo por las calles de La Habana ya se podían observar actos de transformismo. Por ejemplo, como por arte de magia desaparecieron los crucifijos y los rosarios, así como las flores y las palomas que  adornaban a aquellos primeros rebeldes, quedando su imagen transformada en la de simples y temibles militares. Lo que no desaparecía, pese a las palabras del comandante Fidel en su primer discurso “¿armas para qué?" eran las pistolas y las metralletas. Cientos de milicianos pululaban por las calles de la Habana con sus armas a cuestas, como si fuesen meros adornos o símbolos imprescindibles de su condición de revolucionarios. Más de una vez yo había viajado, en alguna guagua abarrotada, con  el cañón de un  subfusil incrustado en los riñones. ¡Con el peligro que eso implicaba!   Peor resultaba si estabas sentada y te tocaba, de pie y a tu lado, alguno de esos guajiritos balanceando, al compás del incesante traqueteo del bus, una metralleta que apuntaba con descuido a tu cabeza. Auténtico espanto experimentabas entonces, temiendo que algún brusco frenazo provocara la contracción de ese dedo que llevaban en el gatillo. Cosas muy inquietantes empezaban a pasar, sin duda.
Con Augusto Borges en:
"Historias Sherwin Williams"

Yo, por mi parte, seguía ajena al mundo,  ardiendo de pasión por Homero. Gracias a su apadrinamiento había comenzado a trabajar como actriz en TV, Historias Sherwin Williams, Casos y Cosas de Casa, Pedro el polaco, pequeños papeles en un principio pero que llegaron a proporcionarme un personaje fijo, Teté, en la novela Mamá, dirigida por Marcos Behemaras y de la que, por cierto, tengo una curiosa anécdota. Esa jovencita que interpretaba, bastante casquivana, pretendía en la trama quitarle el marido a una de las hijas de Mamá. Pues bien, un día una señora mayor me detuvo por la calle y, con dolorido semblante,  me espetó estas palabras; “pero hija, con lo joven y bonita que eres como puedes ser tan mala. Quiero que sepas que ruego a Dios por la salvación de tu alma.”

De mi primera intervención en el programa "Sherwin Williams", también tengo una historia, en esta ocasión, conmovedora. Al llegar a casa con el libreto y decirle a mi familia que iba a hacer de hija de Ana Lasalle hubo un estallido de entusiasmo.

Ensayo de TV con
Ana Lasalle ( primera por la izquierda)

Mis padres me contaron que Ana era española y que la conocían desde los años 30, aquellos tiempos de gloria para las Pfarry Sisters en España. Y me relataron la dramática historia de cómo, siendo ella una joven vedette, había tenido que abandonar la revista para siempre. Repetiré la narración de ese suceso. Estando un día en escena vestida con un largo miriñaque, en un descuido Ana se acercó demasiado al proscenio, y, al rozar los hierros de sus enaguas con las bombillas  de las candilejas se provocó un cortocircuito que incendió  rápidamente la  tela de su falda, abrasando de paso sus piernas. Ese fue el final de su carrera como vedette. (Ver Instantánea 11.) Tras la derrota de la república, Ana Lasalle había abandonado España y nunca más supo mi familia de ella, así que para los tres fue una gran alegría reencontrarla en Cuba y triunfando como actriz. Eso hizo que se reanudara una amistad por largo tiempo suspendida y convirtió a Ana en mi profesora de dicción. ¡Toda ayuda era poca !



Y finalmente, tras reanudar los ensayos y el diario contacto, cosas  que fueron para mí una bendición, en el mes de Agosto de 1959, estrenamos en la sala Arlequín Una choza para tres. Estar en brazos de Homero, tocarle y ser por él tocada, aunque fuese en esa falsa-verdad que es el teatro, fue superior a lo imaginado. Creo que mi pasión se convirtió en algo tan virulento que logró volverse contagiosa. Poco a poco se fue creando una necesidad mutua tan poderosa que no concebíamos estar lejos el uno del otro.

Como el teatro era nuestra justificación para estar juntos, Homero decidió montar una compañía, Amanecer. Los integrantes fijos éramos Ofelita Núñez, Guillermo de Cun, Manolín Álvarez, Octavio Álvarez, Esperanza Vázquez, él y yo.  Con ellos hicimos Amigos íntimos, en Arlequín, Usted no es peligrosa, en la sala Talía, Gane un millón, en la sala Idal,  esta última con un reparto tan amplio que incluía a figuras como Idalberto Delgado, Normita Suarez, Jesús Alvariño, Teté Blanco, Amelita Pita, Ángel Espasande,  Hector Salazar...




Mi amado y yo estábamos juntos la mayor parte del tiempo, ensayando,  trabajando, amándonos y jamás un comentario de política surgió entre nosotros. A mí me importaba un bledo todo lo que no fuese él y él, sin duda, se guardaba sus opiniones sobre lo que estaba pasando en la isla para personas más perceptivas.

“Y vivieron felices y comieron perdices”. Así debería haber terminado esta hermosa historia de amor. Pero no fue así, no señor. Rotundamente no.


* Años más tarde, estando en el montaje de El diluvio que viene, aquí en Madrid, comprendí en qué consistía el truco de las famosas palomas de Fidel. Una aclaración de mi querido amigo Juan Cueto-Roig me lo ha traído a la memoria y creo que es interesante desvelaros el secreto del "milagro". Las aves suelen estar encerradas en jaulas en un sitio oscuro y al soltarlas acuden al punto más luminoso que ven. A causa de la emisión televisiva, en esos momentos Fidel estaba iluminado por potentes focos siendo él y el podium el punto más brillante. En El diluvio...se colocaba una silla vacía, alumbrada por varios cenitales, en el centro del escenario a oscuras, se soltaban las palomas y nunca falló el truco para general entusiasmo. Es decir, que aquella eufórica noche cubana no hubo milagro alguno.


Próximo bloque: Cuba. Llegó la revolución.


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