sábado, 29 de septiembre de 2012

Instantánea 47 - La Llegada a España.




INTRODUCCIÓN

Mi última foto en Cuba.
1967
En este  2012 en que escribo estas crónicas, desde la privilegiada atalaya donde me han colocado los años y las experiencias, lanzo las redes de mi memoria hacia un momento  clave  de mi pasado, 23 de diciembre de 1967,  y capturo una visión conmovedora. Es…como una imagen congelada. Una fotofija de algún film de aquellos años. Podría muy bien ser la continuación del plano de la película   Memorias del subdesarrollo en el cual una mujer acongojada abandonaba la isla en un avión, dejando tras de sí toda su vida. Pero no lo es. Esa imagen congelada en el acto de descender del avión de Iberia no es de papel y nitrato de plata o celuloide. Soy yo, en carne y hueso, petrificada de frío, tristeza y miedo.
Observándola  comprendo cuan  preciso es que   reinicie su andadura, que comience a crear su nuevo camino con ese inevitable primer paso en suelo hispano. Pero su inmovilidad es absoluta. Y como necesito de su vida para que la mía actual  exista, le insuflo, a través del tiempo, casi todo el aliento que cabe en mis pulmones. Ella lo precisa  para que yo pueda estar aquí ahora, recordando nuestra vida y trasmitiéndosela a mis lectores. Lo cierto es que  aún tiene por delante más de ocho lustros de Sonrisas y lágrimas, cuarenta y pico años de valiosas experiencias antes de que nos reencontremos en este 2012 y juntas revisemos el compendio de memorias que con tanto dolor, a la vez que placer, revivo en este blog.

Foto realizada por Roberto Cazorla
2010
Y el milagro se ha logrado.  Veo como la temblorosa figura, tras un violento escalofrío y respondiendo a mi voz de “acción”, comienza nuestro descenso del avión, yo sin ser aún este yo y ella empezando a serlo. En sus manos está reconfigurar mi vida, a veces a golpes de martillo y cincel, pero otras con los suaves y amorosos gestos de un panadero amasando "la carne de Cristo".  Así que decidido volver  a mi presente con la promesa de ir, paso a paso, describiendo para vosotros nuestro quehacer cotidiano y artístico. Dejo pues, que ella sola se encuentre con su futuro y con su Patria y  regreso a mi hoy, a vosotros, a mis amigos del presente.
Ya os tendré al tanto de cómo se va creando mi nueva vida.

Mi padre había conseguido de  tía Olimpia  la promesa de que  me buscaría un alojamiento y se ocuparía de mi hasta que yo pudiese desenvolverme profesionalmente en España. Olimpia, era ese bebé al que mi padre lograra sacar de la miserable situación en la que la familia Mariño, en  Galicia y a  principios del siglo veinte, languidecía. (ver Instantánea 2).  Esa familia que él mantuvo, amó  y guió en Cuba durante muchos años.
Mi primo Rafaelito, Olimpia y su marido,
el doctor Rafael Ruano. 1943

Ante la inminencia de mi exilio, tras casi una década de incomunicación, Arsenio había logrado contactar con ella en Costa Rica, donde vivía  con su marido, un médico llamado Rafael, y sus dos hijos ya adultos, Rafael y Oscar.  A mi llegada, Oscar, que aún ampliaba sus conocimientos en España, sería  el encargado de recogerme en el aeropuerto y llevarme al que iba a ser mi primer alojamiento.

Pero, como es debido, “comencemos por el comienzo”.

Igual que sucede en el escenario cuando  “te bloqueas”, me parecieron horas las que permanecí, paralizada y en blanco, en medio de las escalerillas del avión, mirando sin ver mi primer desangelado fragmento de España. Sin duda aquella situación duró segundos pero fue como hundirme en un agujero negro dentro del cual hasta el tiempo mismo dejó de existir. Había llegado a mis oídos, en el avión, información sobre un grupo de apoyo a los exiliados que nos esperaría, tras pasar la aduana, para orientar nuestros primeros pasos hacia a los Centros de Ayuda, lugares donde nos proporcionarían ropa de abrigo y también la dirección de un comedor en el cual se podía recibir alimentación gratuita durante un tiempo. No es que yo necesitase lo de las comidas, (eso estaba incluido en el hospedaje que mi tía me había conseguido), pero lo de la ropa de abrigo me venía de rechupete, pues entre las 30 libras de peso que las autoridades dejaban sacar de Cuba, la dificultad de encontrar prendas invernales en la isla y ante la amenazante nevada que cayó sobre mí nada más pisar tierra española, la sensación de frío real se había unido al helor que llevaba en el alma. 

Estaba ya  entrando en la terminal cuando, por primera vez, me di cuenta de que, tanto en ese momento como durante el trayecto desde el avión hasta allí,   había estado acompañada tan solo por una docena de personas y me preguntaba donde estarían los ciento y pico de cubanos que venían en el avión al salir de La Habana. Tantos eran que, al poco de abordarlo  una azafata había  preguntado cuántos españoles iban en clase turista  y, a los que nos identificamos  como tales,  nos pasaron a primera. Así de agobiante era el “overbooking”. Es decir que hice el viaje separada de mis compañeros de desgracia y en una primera clase que no pude disfrutar, sumida como estaba en mis angustias.

Aeropuerto de Barajas, Madrid. 1967
A medida que me hacía estas consideraciones iba comprendiendo la razón de mi aislamiento. ¡Al trasladarme a primera  la azafata me había despojado a efectos de mi especial condición de repatriada!  Aquello me había convertido tan solo  en una turista más de vuelta a España! Sin duda los cubanos habían salido por la puerta trasera del avión y, tras ser conducidos a otra sala, estaban recibiendo  el calor de los que les esperaban y esas ayudas a los exiliados de las que se hablaba en el viaje. En cambio yo había entrado en la terminal como parte del grupo de turistas españoles. Meses más tarde supe que ese hecho fue el responsable de que, durante un tiempo, Yolanda Mariño Pfarr  no figurase siquiera como llegada  a  España.  El viajar como repatriada exigía una serie de trámites de llegada de los cuales no había sido informada ni por mi consulado ni por las autoridades de Boyeros, en Cuba. ¡En qué mundo de ignorancia y desamparo nos habían sumido los años de régimen castrista! La cuestión es que, en esa gélida terminal del aeropuerto, permanecí interminables minutos en soledad, observando los abrazos de bienvenida, escuchando  los tópicos de “¿qué tal en Cuba?” y viendo como el recinto, para mi espanto, se iba vaciando  mientras yo permanecía en la más aterradora soledad.

Buscaba anhelante el rostro joven y sonriente de mi primo, un abrazo que calentase mi alma helada, pero, como  si  yo fuese un fantasma, la gente pasaba por mi lado sin siquiera advertir mi presencia. Aquello parecía una pesadilla. Por supuesto tenía un teléfono de contacto pero sin una miserable peseta en el bolsillo, pues tener divisas extranjeras estaba totalmente prohibido en Cuba,  me resultaba imposible realizar una llamada.  De poco me hubiese valido llevar la faltriquera repleta de pesos cubanos puesto que esa moneda no tenía valor alguno en el resto del mundo.
Mi primera foto en España.
Diciembre 1967

Veinte minutos en esa situación, acabaron por aniquilar las pocas fuerzas que aún me quedaban y a punto estaba de desplomarme sobre mi escuálido equipaje, cuando escuché a mis espaldas pronunciar mi nombre y nunca una voz tuvo para mí un timbre más celestial y jamás un rostro me pareció más hermoso que el de ese joven caballero que venía en mi rescate:  Oscarito.

Entonces pensé, “Aquí está la salvación. Tengo un gallardo primo  que me hará compañía, voy a disfrutar de un lugar donde hospedarme y de tres comidas diarias aseguradas, como es natural pronto encontraré trabajo, pues preparación y experiencia me sobran…Después de todo mi exilio no será tan duro”.

¡Pero, ay Señor,  de qué manera me equivocaba! Os aseguro que no fueron nada fáciles aquellos primeros meses  pasados en la que, se suponía, era mi Patria.


Próximo capítulo. Navidades negras.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Instantánea 46 - Mirando hacia atrás sin ira. (Finalmente, el adiós)

La fortaleza del Morro y la bandera cubana
Aquel 23 de diciembre de 1967 está  sumido en una insondable neblina. Hay enormes lagunas que sin duda ocultan momentos demasiado dolorosos. Casi toda esa jornada esta en mi memoria grabada en  forma de un esbozo,  como algo  realizado por la mano temblorosa de un niño pequeño.

Hacía días que las despedidas estaban siendo desgarradoras, a pesar del consabido latiguillo de “no te preocupes, esto no puede durar en Cuba”, afirmación que a esas alturas no nos convencía en absoluto. Demasiadas ausencias definitivas habíamos ya sufrido. Más de siete años de comprobar como nuestra isla se desangraba nos habían convertido en escépticos. Aquellas golondrinas que viéramos partir, contradiciendo el poema de Bécquer, nunca volvieron. Incluso mis hermanas de sangre Miriam y Zoilita, (ver Instantánea 21),  a causa de sus muchos problemas y del malísimo funcionamiento del correo, se fueron desvaneciendo en la vorágine del exilio. A mis  amigos de esos momentos y a mí, aunque mil veces nos jurábamos que a nosotros eso no nos pasaría, nos destrozaba el temor de una separación eterna.  
Papá, mi tía, yo y mi madre


¡Y qué decir de mi amada familia, de las estoicas mellizas, mis madres, y de mi dulce y amoroso padre! Hasta mis dos perritas Nana y Laura parecían presentir la separación y contagiarse con el dolor que nos abrumaba. Sobre todo Laura, aquel adorable ser que, recién nacido, yo había salvado de una muerte segura ,. (Ver Instantánea 23).
Laura y yo


Ella, que nunca había tenido conciencia de su condición perruna, llevaba días  pegada  a mis piernas.  Sus inquisidores ojos de miel me perseguían. Sus miradas desconcertadas me rompían el alma. ¡Es increíble el sexto sentido que tienen los animales!

Desde que nos confirmaron la concesión de mi permiso de salida, la primera reacción de alegría y triunfo se había ido convirtiendo en una sensación insoportable de desgarro. La familia Mariño-Pfarr que, a partir de su fundación en los años 30 nunca se había separado, iba a tener que dejar marchar a su miembro más frágil. Era impresionante verlos languidecer a medida que se acercaba el día de mi viaje y advertir los esfuerzos que hacían para que yo no lo notase, intentando darme fuerzas para los terribles momentos de soledad y lucha que sabían me esperaban. Aunque no albergaban duda alguna de que los mandaría a buscar lo antes posible, lo antes posible no era suficiente para mitigar su dolor.

María Luisa, el doctor Fernández Huso, Calonge,
el comante Montiel, yo, Gladys Triana, Gilberto Álvarez,
mi tía, mi padre y mi madre.

Varias fueron las reuniones de despedida que mis amigos me organizaron, pero tal vez la más conmovedora fue la que se muestra en la fotografía que ilustra este párrafo, tomada en el Salón Rojo del Hotel Capri. Aquella noche me asaetearon  infinitos recuerdos, incluso algunos  jocosos. Por ejemplo el día en que, habiendo el gobierno  dictado la orden de que al finalizar los espectáculos los artistas en pleno saliésemos  al escenario y cantásemos la Internacional Socialista. En aquella misma pista que tenía ante mí, algunos de nosotros, confieso que en voz bastante baja, habíamos optado por entonar esta versión: “¡Arriba los americanos, que viva el queso y el jamón, que vuelvan todos los cubanos y que llegue la invasión!”. Por supuesto, aquello era una chiquillada, sobre todo porque teníamos  buen cuidado de que nuestras voces no sobresaliesen entre las del resto, lo cual nos hubiese señalado mortalmente. Pero nos parecía humillante que si lo que se pretendía era hacer patriotismo no se entonase mejor el precioso himno cubano, La Bayamesa, compuesto en 1867 por Pedro Figueredo.

Por otra parte, aquella letra que cantábamos, creada por el ingenio callejero,  no reflejaba en lo más remoto las  importantes carencias que abrumaban al pueblo cubano. No era la falta de jamón o queso lo que nos rebelaba, sino la ausencia total de libertades. 

La reunión de que hablo  había sido organizada, con inusual valentía, por varios miembros del INIT que siempre me habían apoyado. En la foto aparecen, entre otros, María Luisa, alta empleada del INIT, el doctor Fernández Huso, amigo de mi familia, Calonge y  el comandante Montiel, altos cargos  del organismo, Gladys Triana, Gilberto Álvarez y, a la derecha, mis tres amores, mi gente. Fue una noche llena de ojos húmedos y sonrisas forzadas.
Por fin llegó el día de presentarme en el aeropuerto para el pre chequeo. Allí me entregaron una hoja con los requisitos para que pudiese subir al avión el día siguiente Era el 22 de diciembre, casualmente el día de mi cumpleaños y también el de mi llegada a Cuba, tantos años atrás. Fecha emblemática.  Incluyo dicha hoja completa y a toda página como información para todos aquellos incrédulos que se niegan a aceptar la complicada historia de la Cuba castrista. Este es un documento auténtico y la información que contiene vale un “Potosí”. (Fijarse especialmente donde dice NOTA).




Al finalizar estos trámites regresé por última vez  al lugar que había sido mi hogar durante 18 años, esa casa a la que, en 1950, había entrado una niña ingenua y atemorizada y de donde iba a salir una mujer llena de las más dispares experiencias.

Mi hogar. 70 y 13 Ampliación de Almendares
El pensamiento de abandonar la protección de sus paredes me parecía tan terrible como la amputación de un miembro de mi cuerpo sin anestesia . De hecho, en una de las lagunas que menciono al principio de este capítulo, se quedó hundido para siempre el momento exacto en que traspasé la puerta de la calle. No lo recuerdo. Sólo viene a mi cabeza, como grabado a fuego, durante la última  mirada atrás,  este cuadro: en el balcón de la casa mi padre abrazando a mi madre, mi tía sosteniendo a la perrita Nana en sus brazos y el negro hociquito de mi Laura asomando por entre las rejas. Curiosamente no distingo los rostros, tan solo las figuras, como en una lejana y desdibujada fotografía muy antigua. 

Gladys fue quien me llevó al aeropuerto de Boyeros. Bajo ningún concepto quise que ellos vinieran a despedirme. Creo que de haberlos tenido allí, alargando  los adioses, me hubiese roto en mil fragmentos, frágil y vulnerable como me sentía, quebradiza como el cristal.

Ángel Alonso y yo en Miami.
2010
Dice Ángel Alonso, con quien Internet me ha procurado la reanudación de nuestra amistad y que se hallaba presente en aquellos momentos, que mis últimas palabras antes de entrar en la pecera fueron “¿qué será de mí de ahora en adelante?” Puedo imaginar qué rostro y qué voz las acompañarían para que él las recordara hasta el punto de repetirlas, según me ha contado,  en el momento de su salida de Cuba en el año 69: “¿qué será de mí de ahora en adelante?”. Creo que estos vocablos, dichos o no en voz alta, estaban  en los corazones de  la mayoría de los cubanos en el terrible trance de su partida.


Mientras subía la escalerilla que me conducía al avión de Iberia, saber que abandonaba mi amada isla y  que nunca podría volver a ella, casi me enloquecía. Una vez cerrada la puerta del avión, sintiéndose a salvo en suelo español, los numerosos exiliados que compartían conmigo el vuelo estallaron en  abrazos, risas y lágrimas de felicidad, en fin, una algarabía de la cual yo no me sentía capaz de participar. Muy por el contrario, arrebujada en mi asiento, mis sentimientos eran de total desesperación. Llegué incluso a desear, durante unos fugaces instantes, ser una diminuta mota de polvo y, pegada a una de esas butacas, hacer el viaje de vuelta a la isla, suplicar a los “todopoderosos” perdón por mis "desvíos", jurarles sumisión eterna, cualquier cosa con tal de que me permitieran regresar al cálido regazo familiar. Cualquier cosa menos el oscuro túnel de soledad que presentía me esperaba. Pero era indispensable hacer acopio de fortaleza.  Acababa de quemar mis naves y de ese momento en adelante debía centrar mis pensamientos en rehabilitar mi vida, en recomponer mi corazón con el fin de dar cabida en él a nuevas experiencias, a nuevos amigos.  Y debía hacerlo de prisa. Acababa de cumplir 27 agitados años, ya no era ninguna adolescente, y tenía que reunir el dinero de los pasajes de mi familia y mis perras antes de que fuera demasiado tarde para ellos. Así que me concentré en este objetivo; comenzaría con firmeza una nueva vida pero siempre “mirando hacia atrás sin ira”.




PD. Queridos amigos, los de siempre o los que a lo largo de este camino de 46 capítulos se han ido uniendo a mi paso, gracias de todo corazón. Sé que, en  gran mayoría, mis seguidores han sido cubanos en el exilio. Mi sorpresa ha sido descubrir que en Rusia, en Ucrania, en Japón, en Dinamarca, en Bélgica, en Bulgaria, en Los Emiratos Árabes, en Francia, en Suiza, en gran parte de Iberoamérica, muchos se han interesado por las aventuras y desventuras de una cubanita de adopción. Mis amigos de Cuba, ya que prácticamente nadie allí tiene acceso a Internet, otro injusto medio de aislamiento, han debido seguir mis peripecias por terceras personas del “mundo libre". Espero que la información que he intentado dar, sin odios y lo más objetivamente posible, haya abierto los ojos de muchas personas que, sobre todo aquí en España, han vivido con el mito de una Cuba libre y justiciera.

A partir de ahora mis Instantáneas tomarán otros derroteros. Ojalá mis fieles amigos continúen interesados. Les aseguro que de mis experiencias en mi patria, España, también hay cosas muy jugosas que contar. Os abrazo a todos.



Próximo capítulo. La llegada.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Instantánea 45 - Homenaje a mi Habana






Vista aérea de la La Habana


          ¡Ay, Cuba hermosa,  primorosa,  por qué sufres hoy tanto quebranto!
¡Ay,  Patria mía, quién diría que tu cielo azul nublara el llanto!

Martilleando en  mi cabeza las tan actuales quejas de esta canción de Eliseo Grenet,  Lamento Cubano, por la cual fue expulsado de Cuba durante la dictadura de Machado en los años 30, fui recorriendo, durante días, aquellos lugares de La Habana que tantos recuerdos me traían. Sitios donde habían transcurrido los mejores años de mi vida.


El Capitolio
(Foto cortesía de Eduardo Arias-Polo)
El Centro Gallego
(Foto cortesía de Eduardo Arias-Polo)
El Parque Central y la presencia inevitable y adorable  en él de aquel excéntrico Caballero de París, (el cual, por cierto, no tenía nada de  parisiense), el Capitolio,   lo que quedaba del  Paseo del Prado , el impresionante Centro Gallego...


También estaba la escalinata de la Universidad, escenario de tantas manifestaciones estudiantiles en contra del gobierno (fuese el que fuese), el malecón, flanqueado  por un belicoso mar  y por casas que comenzaban a mostrar un doloroso deterioro, el entronque emblemático  de L y 23 con el Edificio  Odontológico en el cual años atrás triunfaban las salas de teatro Idal y Talía.  También  el gran cine  Radiocentro,  sobre cuya enorme pantalla había visto, en mi infancia,  la primera película en sistema Cinerama  a su espalda el ICR, Instituto Cubano de Radiodifusión y CMQ, única emisora televisiva que funcionaba en Cuba.

Durante mis caminatas  varias veces  intenté entrar en la fabulosa heladería Coppelia,  a cuya inauguración, en junio de 1966, asistiera  "oficialmente invitada".  Allí  se elaboraba un sinfín de helados de los  sabores más imaginativos. Pero,  a causa de las largas colas, en esos momentos era casi imposible acceder. Sobre todo siendo yo  en esos momentos considerada una cubanita más, con todas las limitaciones que eso conllevaba. 

Y dirigiéndose hacia el mar, hacia el hermoso pero  nada fiable cinturón que ceñía la isla, estaba la Rampa.  Bordeando el Hotel Habana Libre  la amplia avenida se deslizaba en suave pendiente, con sus aceras cubiertas de joyas, hacia el Malecón, adornada con grandes mosaicos realizados en cerámica  y empotrados en el suelo, ideados  por los mejores pintores de Cuba; Amelia Peláez,  Raúl Martínez, Wifredo Lam etc.

Rampa arriba, Rampa abajo, evitando por respeto pisar esas obras de arte, pasé muchas horas de aquellos días de rememoraciones, con la terrible dicotomía en mi corazón de querer retroceder el tiempo o adelantarlo hasta que la tristeza que me producía dejar todos esos amados lugares  se mitigase.

     Coppelia                   La Rampa (Foto cortesía de Eduardo Arias-Polo)     Hotel Habana Libre
 

La ruta 30
Interior del cementerio de Colón
Montada en una guagua de la ruta 30, que mis amigos y yo llamábamos “mi limousine”, al pasar por delante de la Necrópolis de Colón, como en más de una vez me bajé para admirar la belleza de tantas y tantas estatuas, mausoleos y criptas cuya grandeza  había hecho que el lugar fuese declarado Monumento Nacional. En su interior el espíritu se llenaba de cualquier sensación  menos  la de la muerte.  Como si de los cuerpos enterrados allí, a pesar de sus antiguos sufrimientos materiales, emanasen tan solo sensaciones de amor y paz.

Cuba era una fabulosa diva,  empeñada inutilmente en ocultar los efectos devastadores de la edad y el descuido. La “Perla de las Antillas” venida a menos.

Lo que queda en estos momentos de la Academia Cima y del cine Metropolitan
Fotos obsequio de Tony Pisani

Las caminatas por los alrededores de mi antigua casa se hacían aún más dolorosas. Mi  academia bilingüe Cima,  destrozada desde que  la habían expropiado, provocando esto que su admirable directora, Mrs. Cima, antes de ser despojada de su reino, se suicidara en su interior. El dominguero cine Metropolitan, desconchado y deteriorado, mi Ateneo de Mariano, fuera de funcionamiento desde la muerte de su director Don Mario Luque, (ver Instantánea 30),  la playa de La Concha y el Coney Island, en absoluta decadencia... Todo, no sé por qué milagro, recuperaba, ante mis postreras miradas, el esplendor de tiempos pasados. Fueron unos días de reencuentros  hermosos.

El Conney Island y la entrada al balneario de La Concha. 1960

Y esta era la razón de todos mis nostálgicos recorridos: Una mañana de diciembre del 1967, llegaba a casa la comunicación de que se  me había concedido,  al fin, el permiso de salida. Así, sin más. Sin una explicación sobre qué había pasado  con aquella supuesta amenaza de “juicio popular”. Tan solo la comunicación de que  debía recoger mi pasaje, ya fechado, en el Consulado de España  en Cuba.
Allí se nos informó, a mi padre y a mí,  que el “señor cónsul”, no se encontraba en Cuba en esos días. Había tenido que viajar a España por motivos personales. ¡Qué casualidad! Nos atendió su secretaria, así que me quedé con las ganas de “despedirme” de aquel repulsivo personaje pero mi padre, caballero español, de vuelta ya de tantas cosas, exigió una explicación  sobre aquellos vaticinios amenazantes que, salidos de la babosa boca del cónsul,  se habían convertido, durante casi ocho meses, en una angustiosa “espada de Damocles” pendiendo sobre mi cabeza. (Ver Instantánea 42).  

Con una  angustiada expresión en el rostro, la secretaria nos aseguró que el consulado no había recibido ninguna información adicional a la de que mi salida estaba autorizada. Sin duda con la mejor de las voluntades nos aconsejó que no insistiéramos en el asunto y celebráramos la buena nueva con la mayor discreción posible.  Pero por mi cerebro seguía rondando aquella amenaza de "juicio popular" y la necesidad de resolver ese misterio me corroyó hasta que, años más tarde y ya en España, me llegó la información completa por boca de la persona más conocedora del caso. 

Carlos Rodríguez y yo. 1971

Creo que dando un salto adelante, debo contaros  como se desentrañó el misterio: un querido amigo que entraría a formar parte de mi vida años más tarde,   Carlos Rodríguez, con el cual compartíamos piso, en el 1971, yo y Jesús Alcántara (personaje importantísimo  del que hablaré más adelante) me dijo que una amiga mía acababa de llegar al exilio y me propuso que la recogiéramos en nuestra casa. Siendo nuestro hogar  lugar de acogida de muchos cubanos recién aterrizados, acepté su sugerencia. Así reapareció en mi vida Cecilia .

Jesús y yo. 1972

El año 1966,  esta bailarina había sido mi compañera en un espectáculo del cabaret Riviera, estableciéndose entre ambas una cierta amistad. A veces se unía a los paseos nocturnos que Sergio Salom y yo emprendíamos cuando me venía a recoger al finalizar los dos shows. (Ver Instantánea 38). Durante esas largas caminatas que me servían de relajación Cecilia nos contaba sus penas, sus profundos desacuerdos con el régimen, sus malas relaciones con una madre paranoica, la angustia de vivir con ella en una casa que la mujer había convertido en un abigarrado centro de santería, en fin, una serie de vicisitudes que despertaban nuestra conmiseración. 

Todo fue bien hasta que una madrugada, ante el desconcierto  mío y de Sergio, Cecilia intentó besarme en la boca. Mi inmediata respuesta fue de rechazo, no porque me sintiera ofendida, ya que siempre me he aplicado aquello de “nada humano me es ajeno”, sino por que aquello me parecía una flagrante falta de respeto. A  partir de esa noche   nuestra pequeña amistad se disipó como por ensalmo. Ambas nos limitábamos a intercambiar corteses saludos.  Al finalizar el show del Riviera no volví a saber de ella. Pero en España, recogida Cecilia en nuestra casa y olvidado el desafortunado affaire nuestras charlas  se reanudaron gratamente. Hasta un día.
Desconozco el motivo por el cual  la mujer estaba tan comunicativa esa tarde. De repente me espetó que algo  la recomía por dentro y que necesitaba contármelo. “Yolanda,” comenzó a decir, “un tiempo después de terminar nuestro trabajo en el Riviera   la policía, me detuvo. Me acusaron de lesbiana, cosa que no podía ni quería negar y, tras varios días de encierro, me comunicaron que solo me dejarían libre y sin cargos si les hacía una lista de personajes importantes que fueran homosexuales. Las amenazas de "eterno encarcelamiento" me aterraron de tal manera que acabé confeccionando la maldita lista. Mi peor pecado fue que incluí en ella a personas de cuya vida sexual no conocía absolutamente nada. Y entre esos nombres puse el tuyo.” ¡Allí estaba la respuesta, la explicación a aquella amenaza de "juicio popular" que me había robado la tranquilidad durante meses! Pendía sobre mi una acusación por homosexualidad, inclinación sexual que, como ya he contado, estaba considerada delictiva. Es posible que por intercesión del comandante Vallejo, al que yo había solicitado ayuda durante mis días de mayor desesperación o quizá tan solo porque sí, como sucedían tantas cosas en Cuba, mi caso de pronto se había desestimado.
Pasados los años he llegado a comprender y hasta a perdonar el acto de Cecilia. No fue ella la única persona presionada para realizar esas delaciones, muchas veces falsas. Recuerdo el terror que el siniestro G2, cuerpo policíaco castrista,  provocaba con solo su mención. Terrible debe haber sido estar en sus garras y humano buscar, como fuese, una posible salida. Pero en el momento de su confesión,  aun frescos los recuerdos de los meses angustiosos que aquello me hizo pasar,   mi reacción fue expulsarla de nuestra casa y de mi vida para siempre. Como dije con anterioridad, esta es la historia, el estúpido porqué de casi ocho meses de penalidades y temores que precedieron a mi salida de la isla. Si, estas cosas sucedían en la isla con abrumadora frecuencia.


En mi próxima instantánea intentaré describir  el 23 de diciembre de 1967 y  el dramático viaje  desde mi casa hasta el aeropuerto,  las horas pasadas en la acongojante "pecera” y el momento en que llegué a  pisar suelo español. Es decir la trayectoria desde mi intensa vida anterior hacia el inminente futuro  del exilio, que yo preveía solitario e incierto, y de como fui dejando por el camino  trozos sangrantes de mi corazón.


Próximo capítulo: Finalmente, el adiós.


sábado, 8 de septiembre de 2012

Instantánea 44- De cómo rechacé la proposición de Humberto Solás.


En medio de aquellos meses de 1967, tan llenos de angustias y hambruna profesional, en medio de la crisis ocasionada por mi solicitud de salida de mi querida y surrealista isla, la esencia misma de la Cuba que yo tanto amaba, es decir  las almas de las gardenias y buganvilias, de los totíes y sinsontes,  me tenían una sorpresa preparada. Un emocionante regalo de despedida. Debo aclarar que en la isla nada, bueno o malo, era impensable y las posibilidades  resultaban tan innumerables como aquella flora que había sido mi primer impacto sensorial al pisar  su suelo. Ese año 1948 tan lejano ya en el tiempo pero no en mi memoria.
Humberto Solás

La búsqueda de una respuesta al rechazo de mi solicitud de salida, esa amenaza trasmitida a mi padre por el rijoso cónsul de España meses atrás, aquella fantasmagórica amenaza de un “juicio popular”, seguían    sin        tener explicación. Una mañana en mi casa se recibió una sorprendente llamada: “¿Yolanda Farr, por favor?” dijo una agradable y juvenil voz masculina. “Sí, soy yo, ¿quién eres?” Así comenzó mi última gran aventura artística en la isla.

La voz pertenecía a Humberto Solás, un joven y prometedor director del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica) al que las lenguas viperinas llamaban “el niño mimado” ya que en su corta carrera había conseguido del Instituto las mejores condiciones de rodaje, el mejor equipo, en fin, todo lo que se le antojara para su trabajo. Humberto me pidió una cita personal con el objeto de hacerme lo que el llamó "una proposición muy especial"  Así pues, llena de curiosidad, ese mismo día acudí a aquellas oficinas del ICAIC que había creído cerradas para mí  “per sécula”.

La cuestión es que, inesperadamente, me vi en medio del rodaje de la película que sería la consagración de Humberto Solás, Lucía. Se trataba de un largometraje conteniendo la historia de tres mujeres llamadas Lucía en distintas etapas de la historia de Cuba, la época de los mambises,  la del  machadato y los comienzos de la revolución castrista.  En la parte de la narración que transcurría durante la dictadura de Machado, es decir, en los años treinta, Solás iba a incluir  una multitudinaria orgía para la cual había solicitado y obtenido la participación desinteresada de la “crema de la intelectualidad” habanera. Pero necesitaba una actriz que representara un personaje específico y esa, según él, tenía que ser yo. Por supuesto, ninguna de estas personas aparecerían en los créditos de la película. Tanto insistió aquel joven director en contar conmigo y de tal manera me aseguró que olvidara mis preocupaciones, ya que  él me garantizaba que no habría ningún problema con la ley,  que durante dos días estuve rodando  esa escena de Lucia consciente de estar rodeada de actores e intelectuales que nunca volvería a ver, aprovechando el momento para despedirme de cada foco, de cada cámara, de cada técnico, conocido o no, de cada compañero de rodaje, amigo o no, en fin, de cada persona, animal o cosa con la que coincidí en esa emocionante ocasión. Fue como un milagro.
 Imágenes mías en la película Lucía
Nunca he dejado de sentirme agradecida a Humberto Solás por aquel inestimable regalo. Pero allí no terminan mis buenos recuerdos de ese muchacho. Al acabar el rodaje del segundo día,  con sus tiernos veinte y pocos años y me  agradeció la colaboración y me pidió que considerase lo de mi marcha de Cuba, asegurándome que él podía arreglarlo, a niveles oficiales, como si mi solicitud de salida nunca hubiese existido. “Déjalo en mis manos,” afirmó. Me dijo que había muy pocas actrices cubanas de mis características y que mi partida iba a dejar (esto dicho con una sonrisa pícara) a la burguesía isleña sin representación cinematográfica. Pero ya era demasiado tarde. Demasiadas desilusiones habían debilitado mi adicción a Cuba.  La posesión de aquellas características físicas  que él   había señalado con tanto acierto, me convencían aún más de lo oscuro que era mi futuro en una industria que se dedicaba a refocilarse en personajes e historias del proletariado y en figuras marcadamente étnicas. Eran aquellos unos años en los que todo lo que oliese a burguesía era rechazado. Así que, aunque muy agradecida por su interés, rechacé las generosas proposiciones de ayuda de Humberto Solás. Así fue y por esos motivos.

Tras esa maravillosa experiencia volví a la angustiosa espera, sumiéndome cada vez más  en las más felices efemérides de mis experiencias cubanas, a momentos inolvidables, a mi primera aparición en la gran pantalla, a  la imagen de mis primeras y queridas amigas. 


Homenaje a mis primeras amigas. 


Lucy, Miriam, Emilia y Zoilita

Lucy, Miriam, Emilia y Zoilita.  Esas que se convirtieron en mis hermanas gracias a un romántico “pacto de sangre” tan eficaz que, pese al tiempo y la distancia, nos ha mantenido unidas durante casi 60 años. Mis amigas de la infancia y de la vejez. 

Zoilita, la que, a los 11 años,  mientras mi anatomía era poco más que un garabato formado por líneas rectas y largas, ya prometía exuberancias, con los senos y las caderas en evidente floración y una inocente y plena aceptación de aquellos regalos de la naturaleza.

Miriam, avasalladora como el sol de Cuba, con olores a galán de noche y al salitre de su ciudad natal, Cienfuegos. La única que, entre zalamerías y testarudez, (tras la desesperada rendición de mi madre) lograba arrancarme de las interminables horas de estudio al piano,  esa muchachita con la que, en su Hillman rojo, me llevaba hacia unas aventuras de quinceañeras que la férrea disciplina alemana, (empeñada en que nada me distrajese de mis múltiples estudios), me tenía prohibidas.

Lucy, mi primer descubrimiento de que existieran niñas de chocolate con ojos de  miel. Ambas recorrimos del brazo 18 años de la historia de Cuba, a veces a trompicones y puñetazos con la vida. Esos terribles años de la pubertad, el calvario del autoaprendizaje, el desconcierto. Siempre apoyándonos. En las tristezas y en las alegrías.

Emilia, introvertida y silenciosa, que llegó un día a nuestro grupo con timidez y a la que siempre intentábamos sacar de la profunda tristeza que la absorbía. De su casa salía continuamente el olor a lejía y a jabón lagarto con el que lavaba las ropas de los más privilegiados del barrio. Nunca olvidaré la impresión que causaban a mi  espíritu infantil sus pequeñas manos siempre rojizas, mostrando la marca de los productos  químicos que usaba y corroían su piel. Sabe Dios qué avatares habían convertido a aquella criatura de once años en un ser huidizo y ácido, pero el caso es que le había sido imposible superarlos. Así que entre todas nos esforzábamos por  dibujar en su bonito rostro esa sonrisa de la que tan necesitada estaba.
Zoilita y Miriam fueron enviadas a EE.UU. por sus padres al comenzar las canalladas del gobierno Castrista. ¡Dos  de las innumerables castraciones familiares que marcaron aquella época cubana! Tras superar la lucha que conlleva el exilio, Zoilita vive con la familia que ha formado en Miami. Miriam comparte su tiempo entre España, donde años después  se compró una casa, y su hogar de N.Y. Lucy permaneció en Cuba, se casó y tuvo dos hijos. Del primero, Alex, nacido durante mi estancia en la isla, yo soy la madrina.  Emilia, mi cuarta hermana de sangre,   tras el triunfo de la revolución, por motivos que nunca entenderé, se hizo miliciana y presidente del Comité de Defensa de la Revolución del  barrio. Esto, naturalmente, cortó nuestra relacion, pero no logró dañar el profundo cariño que nos tenemos, según me ha demostrado el paso del tiempo. El tiempo que todo lo cura. Si le das oportunidad.

PD. Un amigo me ha sorprendido enviándome esta foto.


Foto sacada del documental
Los cuentos del Alhambra..
 Mi imagen como la Abeja Reina.
Cuando mi amigo Julio Gómez me llevó aquella tarde de 1962 a la Cinemateca no sospechaba yo lo que me esperaba. "Es una sorpresa", me dijo Julio. Y vaya si lo fue. Proyectaban en privadoun documental de Manuel Octavio Gómez titulado Los cuentos del Alhambra. El Alhambra había sido un famoso teatro, especializado en el género bufo cubano, por el que a principios del siglo veinte habían pasado  las mejores figuras del género, Blanquita Becerra, Enrique Arredondo, Candita Quintana, en fin, un elenco de artistas que trasciende la capacidad de mi memoria. El caso es que Manuel Octavio Gómez había rodado un documental "como cálido homenaje a aquel teatro y sus artistas de antaño". Pero mi sorpresa fue que gran parte del mismo eran escenas y números musicales de la obra La Isla de las cotorras, que yo había representado en el teatro Amadeo Rodán. Los artistas nunca fuimos informados  de esta filmación ni de lo que se proyectaba hacer con ella, por lo cual supongo que mi sorpresa fue compartida por el extenso elenco de la obra. Así era el ICAIC. Omnipotente. Sintetizando: esa fue mi primera y sorpresiva aparición en la gran pantalla cubana.



Próximo capítulo. Homenaje a Cuba.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Instantánea 43 - La nueva amenaza.



(Mi agradecimiento a los varios lectores que han intentado encontrar en Internet el nombre del libidinoso anciano del que hablo en mi Instantánea anterior. Ha sido infructuoso, así que dejemos que el hombre, sin duda muerto hace años, descanse en paz.)

Mi padre Arsenio Mariño. 1930
Aquella primavera de 1967 mi padre pareció rejuvenecer de pronto 30 años. La furia que le provocó mi desafortunada historia con el cónsul de España en Cuba le transformó de nuevo en el joven luchador que durante la guerra civil española se había dedicado, con el único uniforme que en toda su vida había aceptado vestir, el de enfermero, a salvar vidas en los campos de batalla. O en aquel adolescente que llegó a la isla de polizón y gracias al coraje y la lucha diaria logró rescatar a su familia de una Galicia paupérrima. (Ver Instantáneas 2 y 4). Al día siguiente de que le contara lo sucedido, con los ojos brillantes y los músculos en tensión propios de un muchacho, se dirigió, a pesar de mis intentos de disuadirle, al Consulado Español dispuesto a defender a capa y espada a su humillado cachorro.

Según me contó a su regreso, el "señor" cónsul  estuvo largo rato negándose a recibirle con variados pretextos, hasta que mi padre, airado, solicitó  los papeles para poner una denuncia oficial contra él. Solo entonces fue recibido. El anciano diplomático, tras  rechazar indignado mi versión de los hechos, le   informó que  la visa de salida se me negó porque  el consulado había sido notificado de que existía una causa judicial pendiente contra mí.  Aseguró que la comunicación recibida del gobierno cubano fue que yo no podría abandonar el país hasta someterme a uno de esos humillantes “juicios populares” que se estaban poniendo de moda.

Retrato mío realizado por Korda. 1960
Estos increíbles Tribunales Populares, como el gobierno los denominó, estaban compuestos  por los miembros del Comité de Defensa de la Revolución encargado de la manzana donde tuviese su residencia el acusado, y carecían totalmente de las garantías legales que  aportarían, en un verdadero juicio, un abogado o un  juez cualificado,  celebrándose en casa de alguno de los miembros del Comité o hasta en la propia calle. Aunque en ellos se juzgaban causas menores estos individuos tenían el derecho a imponer penas hasta de cárcel, según fuese el acusado más o menos del agrado del “tribunal”. Pero la humillación que la víctima  sufría al ser acusado ante sus propios vecinos de cosas de las que no podía defenderse, el ver airear sus “trapos sucios” ante conocidos y desconocidos, debía ser una experiencia terrible. Oírse tildado de  “gusano”, “traidor a la revolución”, "maricón" o “vende Patria”, con la única justificación de haber encontrado en su poder algún producto fuera de  la tarjeta de racionamiento, recordemos que el mercado negro estaba penado, o por ser sospechoso de adúlterio o de homosexualidad,  era, creo yo, el peor de los castigos. Lo increíble resultaba que el público solía asistir a esos juicios con el ánimo jubiloso del que se  dirige a ver una representación teatral. Así de aletargada, a base de miedo y consignas, estaba la conciencia y sensibilidad de una gran parte del pueblo cubano. La idea de que algo semejante me pudiese suceder me llenaba de terror.
Retrato 1962
Así que, al día siguiente de  visitar  mi padre  la embajada , él y yo, dejando en casa a unas mellizas sumidas en la expectación, nos dirigimos al Ministerio del Interior con el fin de obtener más información.  Aquello era como retroceder a la terrible época del encarcelamiento de Homero Gutiérrez del que tanto he hablado. Pero esta vez el problema no provenía de un bulo lanzado por una supuesta compañera llena de radicalismo y envidia  sino que era una orden proveniente del propio gobierno, al menos según las palabras del cónsul.

Foto para la revista Cuba. 1966

Pero en el Ministerio no conseguimos aclaración. alguna.  No sé cuantas veces volvimos papá y yo para obtener una explicación que me exonerara  o inculpara. Cualquier cosa era mejor que un fantasma  contra el que no se podía luchar. Siempre aseguraban no saber de qué estábamos hablando. El Ministerio del Interior guardaba un sádico silencio. 
Y los meses pasaban.

La situación económica amenazaba convertirse en catastrófica para la familia Mariño-Pfarr. Sin la posibilidad de trabajar en mi profesión, al igual que le sucedía a cualquiera que solicitase la salida del país, inhabilitada para percibir oficialmente un sueldo (ver instantánea anterior), las mellizas pretendieron intensificar su labor de costureras, pero la falta de materiales había diezmado sus posibilidades. Por otra parte las personas que podían permitirse el lujo de confeccionarse ropa eran cada día más escasas. Aquellas mujeres de la alta sociedad a las que ellas vistieran, en un principio más como hobby que por  necesidad, habían abandonado Cuba. Y entonces apareció mi hada madrina con una oportunidad de "trabajo clandestino" que alivió nuestros problemas económicos.

Calonge, Gladys Triana y yo. 1966

Mis amigos Gladys y Gilberto trabajaban de “free lance” para el INIT, Instituto Nacional para la Industria Turística, vendiéndoles cuadros de producción propia con los que decorar sus instalaciones. Calonge, un buen hombre que tenía un alto cargo en ese Instituto, les había abierto aquella puerta. De pronto mi  amiga tuvo una idea genial. Se le ocurrió que, teniendo acceso a una serie de naves en las que el INIT almacenaba muebles viejos, sillas en desuso pero forradas de estupendo cuero, estanterías de caoba y roble, incautadas a sus antiguos dueños, es decir los desechos del ministerio de Recuperación de Bienes, se le ocurrió, repito, que esos trastos podrían ser reconvertidos en obras de arte. Pensó en cortar las baldas de maderas nobles en cuadrados o rectángulos y, a base del duro mordisco de las gubias, convertirlos en decorativos y originales cuadros. Realizó una muestra que encantó a Calonge y fue así como mi padre, como ayudante de Gladys, se volvió a sentir útil durante unos meses. Recuerdo a Arsenio con una tabla  sobre su regazo,  manejando con entusiasmo las gubias hasta conseguir la  textura de los fondos o  el realce de aquellas figuras geométricas dibujadas por ella. Gracias a esa ocupación, papá lograba olvidar, durante el tiempo de la dura tarea, pasados angustiosos y dudosos futuros.

Retrato para la entrada al Salón Rojo
del Capri. 1966
Me viene a la memoria la imagen de Gladys, de Gilberto y  mía trabajando sobre una larga y gruesa madera  que había sido la barra de un bar, empeñados hasta el agotamiento en hacer de ella un gran tótem. Finalizamos el trabajo   tras un mes de denodado esfuerzo y más de un accidente laboral, pues aquellas gubias, aquellos martillos y cinceles, únicos instrumentos con los que contábamos para traspasar sus treinta centímetros de grosor, podían ser  en realidad  muy   peligrosas. Pero el hermoso resultado nos hizo sentir que todo  había merecido la pena. Nuestro espíritu artístico se sentía realizado.  El dinero que Gladys recibía por los trabajos era compartido generosamente con nosotros.

En una ocasión mientras visitaba esos almacenes, al ver los yacientes cuerpos  de aquellos sillones y sofás que sin duda extrañaban sus días de esplendor, muchos de los cuales aún portaban sus lujosos ropajes de fino cuero, se me ocurrió rescatar algo de esa grandeza para alegría de clientes y amigos. Se pidió permiso a Calonge para despojar las más deterioradas piezas del material que las cubría, permiso que nos fue concedido con la condición de que todo se realizase en el mayor de los secretos. Y así fue como aquellos trozos de piel se convirtieron en sencillos pero bonitos bolsos y en cinturones que salían de las primorosas manos de las mellizas, adornos que las amigas y las amigas de las amigas compraban con esa naturalidad ante  la clandestinidad a la que la escasez nos tenía acostumbrados. Así logró subsistir la familia Mariño Pfarr. Escamoteando, creando y vendiendo artesanía.
Pero los días pasaban, las semanas pasaban y nada referente a mi salida o a la amenaza de aquel “juicio popular” se movía. Esa “calma chica” me estaba enloqueciendo. En busca de una respuesta  recurrí incluso a un mundo que siempre había rechazado; la santería. 

Se decía que por esos  años existía en Regla una santera excelente .

Olga Guillot

Aseguraban que era la hermana de Olga Guillot, con la que antes de su salida de Cuba yo había tenido una cierta amistad, así que, en el colmo de mi desesperación un día me dirigí a su casa en busca de ayuda. Me temo que fue una experiencia nada fructuosa. La mujer me recibió rodeada de toda la parafernalia de su “profesión”. La habitación era oscura y un humo  perfumado en demasía cubría todo con un mareante  velo de misterio. En el fondo, sentada en una mecedora estaba una mulata que sostenía en los labios un descomunal habano.

Retrato colocado a la entrada del
Salón Rojo del Capri.
"Los tiempos de mamá y papá". 1966






Mientras me hablaba, tras un prolegómeno de toses y sonidos ininteligibles, yo permanecía hipnotizada por ese enorme puro que, milagrosamente, se resistía a   caer de  sus labios en constante movimiento  al tiempo que daba la impresión  de no irse consumiendo ni un centímetro. El  encantamiento se rompió cuando, con un acento extraño, pronunció estas palabras. “Ja caraj, niña tú “sabe” bien que ese hombre no te conviene. Va por tu dinero. ¡Sáfate!”. Ante tamaño desatino abandoné la habitación convencida de nuevo de que mis relaciones con la santería y el espiritismo eran imposibles. Yo había acudido a ella con una acuciante pregunta, "¿qué  pasa con mi salida?", y ella se había perdido, tras una visión superficial de mi persona,  por “los cerros de Úbeda”.
Ante el silencio oficial y mi desesperación Gladys decidió que acudiéramos al hermano del comandante Vallejo,  vecino y conocido de los Triana. El hombre nos recibió con amabilidad y prometió averiguar, por medio de su hermano, qué sucedía con aquella Yolanda Farr que él admiraba y a la cual ya creía fuera de Cuba. Y de esa afortunada visita saldría, en diciembre de 1967, un sorprendente resultado.

Contraportada de la revista "Romances"
Corresponde a la portada editada en la Instantánea anterior.


NECROLÓGICA.

Cito al periódico La Vanguardia editado hoy viernes 31 de Agosto del 2012.
“Muere el actor Carlos Larrañaga a causa de complicaciones por la descompensación cardíaca por la que tuvo que ser hospitalizado en una clínica de Marbella la semana pasada”

El artículo se extiende en la descripción de una vida que, por agitada y bohemia, yo prefiero narrar  con mis propias palabras.

Carlos Larrañaga
Este enorme galán, hijo de actores, se inició en el teatro a los 4 años. Fue Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y Premio al Mejor Actor por el Círculo de Escritores Cinematográficos. En su haber tiene más de setenta películas pero su gran popularidad, como suele suceder, la obtuvo en la televisión. Aunque su trabajo en ese medio fue fecundo, su mayor éxito fue en la serie Farmacia de Guardia que estuvo en pantalla de 1991 al 1995 y después varias veces repuesta.

Su agitada vida sentimental, compuesta de innumerables y sonados romances y cuatro matrimonios, no logró eclipsar su valía como actor. Gozaba, sobre todo,  cuando podía imprimir en sus personajes esa retranca e ironía que le caracterizaban.

Aunque sus últimos años estuvieron marcados por las enfermedades, en sus más recientes declaraciones, al ser preguntado sobre el tema de la vejez afirmó, “quiero envejecer con dignidad pero alegremente” y ante la pregunta inevitable sobre su vida sexual dijo, “hijo, yo ya no jodo, yo molesto”.
Que en la muerte halle esa paz que, sin duda, no fue su objetivo primordial en vida.

¡Dios, España se está quedando sin sus maravillosos galanes maduros!


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