Cuba. Llegó la revolución

 La odisea.



Desde niña mi vida ha sido como una montaña rusa. Subidas espectaculares y bajadas que dejan sin resuello. Como si los astros estuvieran empeñados en prepararme encerronas con el fin de comprobar mi resistencia. Como si solo a través de superar situaciones límites pudiera demostrar mi derecho a vivir.
La enorme felicidad de descubrir el amor, esos momentos de éxtasis en los escenarios y el inigualable regalo de poder compartirlos con la persona amada iban a tener un alto precio.

Aquellos últimos meses de 1959 y los primeros de 1960 habían sido plenos y maravillosos. La prensa se ocupaba de mí con frecuencia, procurándome la popularidad tan necesaria para los artistas.

Mi afición al teatro había casi equiparado mi devoción por el perdido ballet. A medida que mi amor y mi experiencia teatral se iban desarrollando, mi corazón se hacía más grande y, junto con él, mi capacidad para apreciar la belleza. Amaba los atardeceres en esa isla de ensueño, amaba la cálida lluvia tropical, la bipolaridad del mar que bañaba sus costas, los poetas que iba descubriendo… Amaba a Bécquer, (“por una mirada un mundo, por una sonrisa, un cielo; por un beso…¡yo no sé qué te diera por un beso!”),  a José Ángel Buesa, (“...y así son dos orillas tu corazón y el mío, pues, aunque las separe la corriente de un río, por debajo del río se unen secretamente”) a Dulce María Loynaz (“amor es apretarse a la cruz y clavarse a la cruz y morir y resucitar…”)  Amaba aquel amor que me drogaba, que zarandeaba mis 19 años entre el dolor de saber que Homero, siendo un hombre casado,  nunca sería  mío del todo y el agradecimiento por las horas  que compartíamos.

La pícara cigüeña




(La foto que incluyo pertenece a la que sería mi última representación teatral durante años: La Pícara cigüeña, en la sala El Sótano, con Paco Alfonso, María Ofelia Díaz y Julián Betancourt, en octubre de 1960.)




Desde  el comienzo del “fidelismo”, sin el pueblo saberlo, en la cocina del gobierno se estaban guisando platos ponzoñosos.  Después de que Regino Botti, ministro encargado del Consejo Nacional de Economía, presentara un proyecto de ley que se denominaba Junta Central de Planificación, el totalitarismo se fue, poco a poco, implantando en Cuba.


Momumento a  La Coubre en La Habana.
Realizado con restos del barco
Por desgracia,  el 4 de Marzo del 60, una catástrofe conmovió  la isla; el vapor francés  La Coubre, cargado de armas y municiones belgas, explotaba en el puerto de La Habana, dejando un saldo aproximado de 100 muertos y 200 heridos. Este oscuro suceso, nunca  aclarado del todo, sirvió de estupenda excusa para que el gobierno revolucionario acusara a la CIA de perpetrar un atentado contra Cuba, alimentando así el sentimiento nacionalista y antiamericano del pueblo. Y al día siguiente Fidel pronunció su famoso discurso con la consigna “Patria o Muerte. Venceremos”. Poco después Cuba y la URSS firmaban un tratado comercial. Empresas privadas americanas comenzaron a ser confiscadas, por ejemplo la United Fruit Company  y la Texaco. Como reacción Eisenhower, presidente en esos momentos de EE.UU., suspendió  la compra, que durante años hacía a Cuba, de su producción azucarera íntegra. Toda una increíble vorágine de acontecimientos. Un año después Fidel proclamaba , sin ningún recato y ante las cámaras, que sus primeras declaraciones de total independencia nacional habían sido falsas. La isla pues, desde ese momento, era declarada comunista y prosoviética y las empresas privadas de cubanos comenzaron a ser también confiscadas. Aquel mismo verano algunos revolucionarios  excombatientes de las guerrillas pero anticomunistas, sintiéndose engañados se separaban del sistema.


¿Que cómo vivía el pueblo estos avatares? Aquellos que se nos comunicaban eran de tal forma manipulados que parecían actos de justicia revolucionaria. Para cuando llegó la declaración de comunismo nos habían pintado a EE.UU. y su gobierno como algo tan maquiavélico que a la mayoría de la población las expropiaciones y actos antiamericanos  le parecieron   de merecida venganza. En cuanto a los rusos, comenzaron a ser mirados con agrado. Ya sabéis eso de “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. Creo que muchos cubanos se tomaron aquello como un juego.  Los que no lo hicieron fueron los  precursores del sangrante  éxodo cubano que llega hasta nuestros días.

Volviendo atrás en las efemérides, en julio del 60 la revista Bohemia empezaba a publicar noticias sobre nuevos grupos de alzados en las zonas montañosas, atentados dinamiteros en las ciudades y la quema de cañaverales como forma de sabotaje. Por supuesto, aquellos actos, que realizados por ellos habían sido "heroicos", ahora eran “traiciones de vende patrias”.
En La Habana se comenzaron a formar grupos anticastristas como el MRR (Movimiento de Recuperación Revolucionaria), el MRD, (Movimiento de Recuperación Democrática), el MDC, (Movimiento Demócrata Cristiano) y varios más cuyas siglas no recuerdo. Demasiados en mi opinión e  inconexos para resultar efectivos. La ciudad comenzó a verse plagada de pegatinas reivindicativas y algún que otro "petardazo" rompía el silencio de las madrugadas habaneras.

El 28 de Septiembre de 1960 se instituían en La Habana los temidos Comités de Defensa de la Revolución con el propósito, palabras textuales, de “desempeñar tareas de vigilancia colectiva frente a la injerencia extranjera y los intentos de desestabilización del sistema político cubano”. Pero este tema, por su aterradora trascendencia,  merece un capítulo aparte. Y ¿ qué sucedía en el resto del mundo? ¿Pero es que acaso existía un resto del mundo?
La cuestión es que, el nefasto 30 de noviembre de 1960, comenzó para mí la mayor odisea que me haya tocado vivir.

Acabábamos de empezar con  La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, y aquella tarde Homero no se presentó al ensayo. Como eso era algo totalmente irregular, la inquietud hizo presa en mí. 

Estaba desesperada. La imposibilidad de contactar con su familia me dejaba sin noticias sobre lo que yo estaba segura había sido un accidente de coche. Ninguna otra causa justificaba, para mí, su ausencia. Al día siguiente, sin tener a quién recurrir me dirigí a Radiocentro, esperando que alguno de nuestros mutuos amigos supiera de él. Y entonces fue cuando los cielos comenzaron a desplomarse sobre mi cabeza. La noticia de que había sido detenido por el G2 era pública y notoria. Los amigos o compañeros a los que intentaba acercarme me esquivaban con tanta obviedad que mi desconcierto fue casi tan grande como mi dolor.

Regresé a casa, sintiéndome una apestada. Como es natural la noticia conmocionó a mi familia. “Yolincita, eso es un error, ya verás cómo mañana está de nuevo en la calle”. Pero al día siguiente todo continuaba igual. Pese a la actitud evasiva de los compañeros, acudí de nuevo a CMQ, esperando  que todo hubiese sido un mal sueño, pero los ojos seguían eludiéndome y la tensión que provocaba mi presencia se podía cortar con un cuchillo.

Subí aquellas escaleras que llevaban a los estudios de grabación como un zombi, siguiendo el rastro aún fresco de su olor, buscando a Ofelita, a Guillermo, a alguno de los muchos que tan solo hacía 48 horas habían sido nuestros amigos, pero aquel salón estaba extrañamente vacío. De pronto oí la voz de un compañero llamándome, sentí un brazo asiendo el mío y fue tal mi sensación de agradecimiento que me deje llevar por aquel contacto humano mientras las lágrimas brotaban de mis ojos.
Edwin Fernández

Al fin iba a poder compartir mi angustia con alguien. “Yolanda, tienes que hacer una declaración pública de repudio. Di que no sabías nada de las actividades contrarrevolucionarias de Homero y táchale de traidor. Sabemos que no estás involucrada pero reniega públicamente de él o te vas a ver envuelta en serios problemas”.  Era Edwin Fernández, ataviado con su uniforme verde olivo de miliciano y su revolver al cinto. Fue tal mi indignación ante esa propuesta que de un empujón estampé su insignificante figura contra la pared. Y salí de CMQ con la sensación de que sus palabras habían lapidado mi corazón.

El día siguiente era fecha de cobro, así que, haciendo de tripas corazón, me dispuse a enfrentarme de nuevo a aquella inusitada actitud de total rechazo. Mi única intención era  cobrar mis trabajos realizados y volver a refugiarme en mi madriguera como el conejito asustado que era. No sospechaba que lo peor estaba a punto de pasar. Al enfilar las escaleras, Violeta Jiménez,  enfundada en su uniforme militar y apuntándome con una pistola, me obstruía el paso. Con actitud iracunda me dijo, tras dedicarme  algunas “lindezas”, que a partir de ese momento mi entrada en CMQ estaba totalmente prohibida por "gusana". Demasiados golpes, uno tras otro, para que esa muchachita de 19 años pudiese reaccionar. Así que me fui y durante meses estuve ida, incapaz de asimilar lo que me estaba pasando, la pérdida de Homero, la desilusionante reacción de los supuestos amigos y para colofón, ese veto que  corrió como la pólvora por los medios artísticos de La Habana, cerrándome todas esas puertas que, hacía tan solo tres días, se me abrían llenas de promesas.


Yolanda Farr había sido juzgada sin procedimiento judicial, declarada culpable de amar  y condenada al ostracismo.


 Las circulares de Isla de Pinos.


Prisión Modelo. (Las circulares). Isla de Pinos

Fue un viaje interminable, primero en la guagua que me llevaba a Batabanó  y luego en el barquito que me cruzó a Isla de Pinos, ahora convertida en una prisión de alta seguridad. Un viaje en el que tuve al temor y la ansiedad como continua compañía. En realidad el temor y la ansiedad se habían convertido en una constante  en mi vida desde aquel nefasto 30 de noviembre de 1960.
Al llegar, la pavorosa imagen de las circulares que conformaban La Prisión Modelo, parecía ocupar toda la extensión de la isla y el aire se hizo más espeso y acre, como si las penas y suspiros de los hombres allí hacinados lo hubiesen contaminado. Me puse en cola, junto con decenas de otros rostros angustiados, todos guardando un silencio casi religioso mientras nos acercábamos al primer control. Allí me cachearon, revisaron mi bolso y me pasaron a una habitación donde una miliciana hacía una exploración vaginal y anal a las mujeres. Intenté abstraerme de vejación que me esperaba fijando mi atención en un calendario que colgaba de una gris pared de cemento: 10 de diciembre de 1961.

Cuando llegó mi turno aguanté estoicamente la violación de mi cuerpo. Por fortuna mi cerebro era inviolable. Estaba blindado dentro de un solo pensamiento: él estaba allí esperándome, en el patio interior de una de las circulares. Iba a verle tras más de un año de creerle muerto. Homero, mi amor, mi maestro, él, que había sido apresado y  acusado de actividades contra revolucionarias y cuyo rastro se había esfumado  hasta que, unos días atrás, un misterioso individuo  llegara a mi casa para dejar en mis manos una aún más misteriosa misiva: “Él está en Isla de Pinos. Lo tiene todo arreglado para que el próximo sábado, día de visita, pueda usted entrar a verle. Esté en la prisión a las 10 de la mañana.” Así de escuetas fueron las letras que me sumieron en una mezcla de euforia y pavor. La euforia de pensar que mi amado estaba vivo y que tendría la posibilidad de volver a encontrarle, el pavor de que todo fuese una broma macabra o, peor aún, una especie de trampa.

Desde su detención yo vivía esperando que el temido G2, la policía militar del régimen, llegase a mi casa y efectuase conmigo uno de sus ya famosos actos mágicos de desaparición. Sentada junto a la puerta, sintiéndome  poseída por un morboso sopor, aguardé, durante meses, lo que temía y a la vez deseaba; compartir el destino de Homero. Decenas de personas de mi entorno habían sido borradas del mapa en el dramático último año. A partir de que el gobierno hiciera pública noticia de la existencia de varios grupos anti castristas, estos  fueron eliminados como por arte de birlibirloque. Un solo infiltrado lograba desintegrar toda una célula y de ella solía salir un hilo conductor que llevaba al descubrimiento y consecuente aniquilación de otra célula. Y así fueron cayendo cientos de personas, algunos amigos y pertenecientes a la profesión como Vivian de Castro,   Albertico Insúa, Cary Roque o Griselda Noguera… 
                       Cary Roque                      Alberto Insúa               Griselda Noguera


Ya desenmascarado el comunismo, tras las tajantes palabras de Castro durante uno de sus interminables discursos, “aquí no valen términos medios. ¡O conmigo o contra mí!”, la represión se había desatado y nada quedaba de la Cuba libérrima a la que habíamos llegado mi familia y yo tantos años atrás, ni de aquella revolución prometedora de verdores y justicia, de paz y blancas palomas. Una especie de delirio persecutorio tenía enfermos a miles y miles de cubanos que solo deseaban que se aceptara su neutralidad, poder seguir sus vidas sin que pusieran a la fuerza en sus cintos una pistola y sobre sus cuerpos el uniforme de la milicia, requisito imprescindible para ser vistos con buenos ojos por el sistema.
La instauración de los Comités de Defensa de la Revolución, sitos  en cada manzana de la Habana, acabó controlando totalmente la vida del pueblo. Con plenos poderes de registros y vigilancia sobre su “jurisdicción” nada podía hacerse sin pasar por su control. El hecho de que un grupito de tus propios vecinos tuviera esas potestades, era cuando menos, humillante. Y así vivíamos cada día los que no nos habíamos sometido a las imposiciones militaristas  de Fidel.


La situación en mi casa, tras el encarcelamiento de Homero, se convirtió en un caos. El fin de mi carrera había sido sentenciado cuando la actriz, Violeta Jiménez, allí en la escalera de C.M.Q., me dijera a voz en cuello y de sopetón “¡tu presencia está prohibida aquí, gusana, después de que encubrieras al “vende patria” de tu amante! Recuerda que te tenemos vigilada”. Como una bola de sucia nieve, aquellas palabras fueron rodando y creciendo hasta contaminar todo el espectro artístico de mi país de adopción. Estaba vetada. A pesar de no haber tenido problema directo alguno con la policía se me había “descatalogado” y mis intentos por indagar el origen de tamaña arbitrariedad se perdían en ese laberinto sin fin de la  burocracia  y la desidia que tan bien describiera Kafka en su inacabada novela El proceso.
El estado anímico de mi padre empeoraba por días, incapaz de digerir la realidad de como sus ideales se derrumbaban en medio de injusticias y desmanes. Hacía meses el famoso Teatro Shanghai había sido cerrado y como consecuencia Arsenio se había quedado sin trabajo. Pero lo más terrible para él era comprobar que sus utópicos sueños del “paraíso socialista” se iban a pique.
En cuanto a las mellizas, con sus benditas y recién descubiertas mañas de costureras, brotadas de su inacabable caudal artístico, de la imperiosa necesidad y de su desbordante amor hacia la familia, lograban mantener la casa.
Y de pronto aquel misterioso individuo llegó a mi puerta. “Está en Isla de Pinos…” ¡Un rayo de luz después de tanto tiempo de rigurosa noche!
Prisión de La Cabaña

Al comienzo de su cautiverio, durante su estancia en la prisión del Castillo de San Carlos, la Cabaña, y aún en espera de juicio, Homero  había logrado hacerme llegar subrepticiamente cartas, palabras rebosantes de pasión y esperanza, papeles que tras su lectura quedaban plagados de los manchones que mis lágrimas formaban al amalgamarse con la tinta.
Paredón de fusilamiento de La Cabaña



De pronto, un día, se cerró el grifo de mis alivios, cesaron sus mensajes, y del terrible agujero que aquel silencio dejó en mi vida comenzaron a brotar tigres, buitres y lobos rabiosos empeñados en destrozarme a mordiscos las entrañas. Era tal la impotencia de no saber lo que ocurría que, armándome de un valor inusitado, me dirigí un día a la cárcel de La Cabaña. Solicité hablar con el comandante y, por uno de esos misterios insondables, el hombre aceptó recibirme. “Hace un mes ese traidor fue juzgado y condenado a pasar por el paredón. La sentencia ha sido ya ejecutada”, fueron sus únicas y heladas palabras.
Pero  de súbito, un año después de aquel día, llegaba hasta mis manos la misteriosa nota:  "está en Isla de Pinos”. No valieron dudas o miedos. La mera posibilidad de verle, de que la noticia de su fusilamiento hubiese sido  una sádica mentira  puso alas a mi corazón y motores a mis pies. Aquel sábado, de madrugada, salí a escondidas de mi hogar, no queriendo someter a mi familia a los tenebrosos “acasos” que ese misterioso viaje conllevaba,  mi escapada fue sigilosa. En el más total de los secretos había tomado la guagua que me llevaría a Batabanó  y luego el barquito que me transportaría  a Isla de Pinos, asfixiada por los más dispares sentimientos.
Patio interior de una circular.
 Prisión de Isla de Pinos
Y ya estaba allí, dentro de una de aquellas moles de cemento y rejas, superados los registros y vejaciones, esperando encontrar su amado rostro entre los cientos de otros rostros macilentos,  empujada  por la ansiedad  de los demás visitantes, buscando su amada cabeza entre la muchedumbre. Y de pronto, Dios mío, lo vi, tan hermoso como siempre, sobresaliendo entre todos, luminoso como un olímpico dios. Sí, volví a verle. Volví a verle, pero no le vi. No al Homero que yo recordaba. No al dulce amor de mis 18 años. Vi a un hombre endurecido por la prisión.  Allí, en ese patio común, entre el montón de almas perdidas que nos rodeaba, me habló de cosas, tan ajenas a lo que había sido nuestro pequeño y particular mundo, que me parecieron dichas en un idioma  ininteligible. Con un tono de voz que no reconocía me habló de lucha, de derechos atropellados, de política, de venganza, ¡pero ni una palabra de amor! Homero al fin me hablaba. Pero no era mi Homero. Y yo le oía pero no le entendía. Al llegar el momento de la despedida me extendió su mano en un gesto que congeló mi alma: “Hay que disimular. Mi mujer viene a verme la próxima semana”.
Aquel año de prisión, y sabe Dios  qué clase de humillaciones y sufrimientos, habían trasformado a mi amado. Cuando le  pregunté qué iba a ser de nosotros sus palabras acabaron por desecar las pocas gotas de sangre que aún quedaban en mi cuerpo. “No quiero que vuelvas a verme. Mi vida ya es en sí demasiado dura y dificil”. Así de tajante y de sencillo. “No quiero que vuelvas a verme”. El epitafio para mi gran historia pasional. En ese momento mi corazón se fraccionó en pedazos tan pequeños que sentí que nunca podría reconstruirlo.
He ahí el motivo por el cual digo que, ni aquel barco que volvía de Isla de Pinos esa mañana del mes de diciembre de 1961, ni la guagua que  regresaba a La Habana me llevaron realmente en sus destartalados vientres, no a mí, no a Yolanda. Solo trasportaron un cuerpo sin corazón, sin esperanza, sin futuro. Un desarticulado pelele de 20 años.  Ella, la verdadera, se había quedado suspendida entre el limbo y el infierno, tras los muros de aquella cárcel de alta seguridad donde entró una mañana llena del amor que había sido su única fuerza y apoyo y de la que ya nunca más salió.

 Bahía de Cochinos.



Lucy y yo. 1961

No hay palabras que describan mi desolación en aquel tiempo. Sin poder trabajar en mi profesión, aniquiladas todas mis esperanzas amorosas, habiendo despedido con tristeza a mis amigas Zoilita y Mimi, a las que sus familias, temerosas por lo que estaba sucediendo en Cuba, habían enviado al exilio con el corazón roto por la separación, con Emilia de presidenta del Comité de Defensa del barrio…(A pesar de que su elección política  obstaculizó en aquellos días nuestra amistad, ahora estoy segura de que  esa circunstancia, su posición política, me salvo numerosas veces de presiones y hasta de las persecuciones y represalias a las que los comités eran tan aficionados).
Pero el  hecho era que tan solo me quedaba Lucy, mi querida niña de chocolate, para desahogarme. ¡Cuántas lágrimas y quejas soportaron, ella y su adorable madre Cira, en esas visitas a su casa  en las que volcaba mis angustias! 
Aeropuerto Antonio Maceo bombardeado
En Abril del 61, mientras yo aún creía que Homero había sido fusilado, sucedió algo que a los miles de personas desilusionadas por el derrotero que había tomado la revolución, nos hizo vibrar de esperanza. El día 15 de ese mes, aviones norteamericanos bombardeaban las bases militares de Ciudad Libertad, en la Habana, San Antonio de los Baños y Antonio Maceo, en Santiago de Cuba. Estando mi casa bastante cerca de Ciudad Libertad, (el antiguo Columbia desde donde el dictador Batista había salido huyendo el 31 de Diciembre de 1958), pude oír  las explosiones y hasta sentir los aviones sobrevolando mi casa. Tal fue mi entusiasmo que, con la complicidad de mi piano, el cual se había convertido en mi amigo y aliado, puse al bombardeo el fondo musical de fogosas piezas como el Estudio Revolucionario de Chopin, El Vuelo del Moscardón de Rimsky-Korsakof  o La Danza del Sable, de Jachaturiam y estoy segura que nunca resultaron esas notas ejecutadas con tanta fiereza. Fueron horas llenas de emoción en las que por las calles de la Habana se oían atrevidos gritos de “¡al fin seremos libres!” y otras euforias por el estilo.
Pero "poco dura el pan en casa del pobre". En la madrugada del siguiente día, enjambres de enfurecidos policías del G2 y de miembros de los comités de defensa entraron a saco en los hogares, cargando con opositores, comprobados o probables. Estas recogidas se extendieron durante todo ese día. Aquel que fuese mínimamente sospechoso de ser “contrarrevolucionario”, todo el que tuviese algún familiar en el exilio fue detenido sin explicación alguna. Como las cárceles no daban abasto, miles de habaneros fueron recluidos en teatros o centros deportivos y allí hacinados permanecieron durante tres días, sin  condiciones sanitarias,  de forma inhumana y sin comunicación alguna con el exterior. Yo no fui tocada, en lo cual veo ahora, como digo con anterioridad, la protectora mano de mi amiga Emilia haciéndome eso comprobar que la amistad puede ser más fuerte que las mayores diferencias políticas.

Y el día 17, la Brigada 2506, compuesta por aproximadamente 1400 cubanos exiliados y con el apoyo de la aviación y la Marina Norteamericana, llegaban a la playa de Bahía de Cochinos. Su propósito era establecer un gobierno provisional que, tras las 72 horas de rigor que exigía la OEA, podría ser declarado oficial. Pero no es imaginable un  más nefasto  desembarco que el de esos brigadistas. Para empezar, la zona de Bahía de Cochinos estaba rodeada de un intrincado manglar, la Ciénaga de Zapata, plagada de cocodrilos y de la más variada colección de agresivos insectos.

Además la ayuda interna que esperaban, en forma de levantamientos en las ciudades, había sido  castrada por aquel previsor  encarcelamiento de opositores. Para colmo la aviación castrista derribó 7 aviones americanos B26 y hundió los buques Houston y Río Escondido, cargados de armamento.

John F. Kennedy
Ante la noticia de tamaños desastres, el presidente de los EE.UU., John F. Kennedy, retiró al desembarco el resto del prometido apoyo militar, dejando a la tropa en tierra inhóspita y  abandonada a su suerte. Creo que nadie ha comprendido nunca tan tremendo desaguisado. En cuanto a los aviones de retropropulsión T 33 y los cazas Sea Fury que utilizaron los castristas para repeler el desembarco, paradógicamente, habían sido obsequios del gobierno norteamericano a Fulgencio Batista, anterior dictador de la isla, poco tiempo antes de su rastrera huida del país. Lo que sí quedó claro fue que los informadores del gobierno eran auténticos linces. Luego se supo que Castro estaba al tanto de la invasión gracias a una comunicación cifrada que el periodista argentino Rodolfo Walsh, el cual se encontraba trabajando en Cuba, había interceptado y descifrado.

Brigadistas prisioneros.
El día 18 los brigadistas, sintiéndose abandonados, traicionados y hambrientos, se rindieron. Lo que a esto siguió solo puedo catalogarlo como denigrante. Muchos de los capturados fueron exhibidos y enjuiciados por televisión y hay que admitir que sus declaraciones y actitudes resultaron lamentables. Tal como lo vi lo relato. Los detractores de Castro intentábamos justificar a esos hombres diciendo que  estaban drogados o coaccionados, que tal vez el gobierno había amenazado con tomar represalias contra sus familiares en la isla, pero el caso es que el espectáculo que dieron fue penoso.

Carlos Alberto Badías
Foto cortesía de
Mª Argelia Vizcaíno
Me sorprendió sobremanera ver entre ellos a Carlos Alberto Badías, hijo del gran actor Carlos Badías y uno de esos apuestos jóvenes que tanto había admirado en mi adolescencia, cuando  formaba parte del famosísimo programa de radio De Fiesta con los Galanes. (Ver Instantánea 20). Cuando lo vi, enfrentándose a aquel despiadado interrogatorio ante las cámaras, rogué para que su actitud fuese más hidalga que la de sus compañeros pero lamento decir que no se diferenció en mucho a la tónica general. Tiempo después, tras conversaciones y tratos entre los gobiernos de EE.UU. y Cuba, estos hombres fueron intercambiados por 53 millones de dólares en alimentos, medicinas y tractores. Un “coup de grace” formidable para las intenciones propagandistas de Fidel Castro. 

No he querido pasar por alto mi visión de estos hechos ni mis experiencias vividas durante esos frustrantes días. Aquel fracaso fue el desencadenante de aún más férreas represiones y muchos cubanos murieron por su causa. Aparte de los 176 muertos, de ambos bandos, contabilizados durante los días de contienda, algunas de las personas detenidas en las redadas preventivas del día 16 de abril no volvieron nunca a sus hogares y, según se dice, en las prisiones de Cuba se desató una oleada de fusilamientos. No tengo constancia de esto último pero sí la tengo del odio mortal que se desató entre hermanos de distinta ideología, algo que se convirtió en una enfermedad de la que Cuba nunca se ha curado.

Y el 1 de mayo, en uno de sus interminables discursos, Fidel pronunciaba estas palabras que acabarían de abrir los ojos de algunos cubanos indecisos: “elecciones, ¿para qué?”

La Alborada.




Mi casa no tenía "siete balcones" como la de Alejandro Casona. Uno solo tenía, pero luminoso y muy comunicativo. Durante 18 años desde allí  observé   la vida pasar. Mientras, él veía acercarse por la acera, cada año, a una Yolanda distinta. Comenzando por aquella niña de nueve inviernos  que regresaba día a día del colegio con los libros bajo el brazo y nuevas experiencias en el corazón, hasta llegar a la mujer de 26 que,  el mes de diciembre de 1967, allá en La Habana,   camino del aeropuerto de Boyeros, le dirigiría una última y angustiada mirada. Pero esa historia ya llegará.

Por mi balcón entraba el sol y la luna, las furiosas ráfagas de lluvia ciclónica en otoño o las nubes de polen primaveral, los gritos de mis amigas de la infancia llamándome, los pregones de los vendedores ambulantes, el ruido del tráfico, en fin, entraba la vida. Por mi balcón fueron saliendo, sucesivamente, los expectativos ojos de mi gata Kitty, los ladridos de bienvenida de mis perros, las poéticas letras de aquellos tangos que mi tía Jenny amaba entonar, las vacilantes notas de mi piano que, poco a poco, se fueron convirtiendo en estudios, fugas, rapsodias…

Y gracias a él, gracias a mi luminoso y comunicativo balcón,  un buen día llegó  a mi vida la llave que abriría la cárcel de tristeza y soledad.
Abandonada por la suerte y el amor, con el solo apoyo de mi familia, había intentado sobrevivir a mis angustias y frustraciones con dos placeres solitarios; la poesía y la música. Cada día, me cobijaba en el condescendiente regazo de mi piano y sostenía largas charlas melódicas con Bach, Tchaikovski, Ravel, Beethoven, Chopin…Durante estas cotidianas “descargas”, sobre la acera de mi calle se formaban corrillos de viandantes que detenían su paseo al oír la música y de vecinos que, en las cálidas veladas cubanas, sacaban sus sillas al relente para disfrutar del  concierto y del ligero fresquito que regalaba el cercano mar. Eso me contaba mi amigo Gelasio Rosales, devoto aficionado a todas las artes, el cual, viviendo cerca de mi casa, solía formar parte de mi audiencia. Por cierto que nunca olvidaré un comentario que me hizo en una ocasión: me aseguró que podía detectar mi estado de ánimo por las piezas que interpretaba aquel día y por la forma de hacerlo. Sensible observación.
Pues sucedió que, en una de esas noches, entre La Pavana para una infanta difunta de Ravel y el Claro de Luna de Debussy, una noche especialmente melancólica,  oímos tocar  a nuestra puerta. Al abrirla apareció un señor que, haciendo caso omiso al calor veraniego, lucía un anticuado pero elegante traje  de chaqueta y una corbata de seda que hablaba de lejanos tiempos de esplendor. Ver a un cubano vistiendo un terno era algo tan inusual en aquella época de furor comunista como ver un pingüino tomar el sol en la playa de Varadero. El individuo se dirigió a nosotros diciendo que era “el señor Rodríguez”, secretario del presidente del Ateneo de Marianao, y con un gesto tan arcaico como adorable, nos extendió una manoseada tarjeta de presentación.

A continuación nos explicó que cada noche, cuando en su camino hacia la casa del señor presidente pasaba bajo nuestro balcón,  se detenía y formaba parte de mi público callejero. Después se dirigió a mí con estas palabras: Señorita, ante mis loas sobre su virtuosismo y extraordinaria sensibilidad musical, el señor presidente del Ateneo, don Mario Luque, desea solicitarle que nos brinde un concierto en la sede del mismo. ¿Podría acudir a su casa para iniciar contactos? El vive a solo unas cuadras de aquí pero, por su avanzada edad, le ruega que sea usted quien se desplace a su domicilio. En compañía de su señor padre, por supuesto. Si están ustedes de acuerdo yo pasaría a recogerles mañana sobre esta hora.” Todo dicho  con ese estilo decimonónico.
Con la junta directiva del Ateneo de Marianao.
En el centro y a mi derecha D. Mario Luque. Detrás de él, el Sr. Rodríguez 
 
Aunque la situación rayaba en lo grotesco decidimos acceder a la invitación, pensando que nada se perdía con seguirle el hilo al asunto. Y por fortuna lo hicimos pues mi encuentro con Mario Luque y el Ateneo de Marianao fue el milagroso balón de oxígeno que me devolvió  la vida.

La  conexión espiritual con aquel adorable anciano de ochenta y muchos años fue instantánea y nuestras visitas a su chalet se convirtieron en casi cotidianas. Mi padre había encontrado el perfecto interlocutor. Cuando se reunían, ambos se enfrascaban en las más fascinantes charlas que imaginarse pueda, así que aquel milagroso balón de oxígeno era algo que los tres compartíamos.
Antonio Maceo

Aunque las conversaciones abarcaban un amplio abanico de temas, por lo general terminaban de la misma forma, con Don Mario narrando anécdotas de la guerra de independencia cubana. Él había formado parte  de las valientes legiones de mambises que, en 1895 y bajo las ordenes de Antonio Maceo, habían luchado contra la dominación española.  Mi padre, por su parte,  desgranaba sus experiencias en la guerra civil de nuestro país  y de sus  sangrantes avatares de la posguerra.


Un mes después de nuestro encuentro inicial yo ofrecía mi primer mini concierto en la recoleta sala de música del Ateneo, al que siguieron recitales de poemas de Góngora y Argot, de José Martí, de Rubén Darío e incluso, a instancias de Don Mario, al que yo llamaba “mi protector”, de mis propios poemas. En un principio el temor a injerencias policíacas, o a que Violeta Jiménez, mi pesadilla recurrente,  apareciera frente  a mi con sus amenazas y su pistola, nublaba mi entusiasmo y el disfrute de estar de nuevo frente a una audiencia. (Ver Instantánea 27.)  Pero nada de eso sucedió.

   Cintio Vitier        Carilda Oliver Labra      Roberto Cazorla
Durante los actos culturales que allí se ofrecían conocí a personalidades como Cintio Vitier,  jóvenes poetas como Roberto Cazorla o Carilda Oliver Labra,  quienes solían acudir al refugio y fuente de abastecimiento espiritual que era el Ateneo. Muchas veces me he preguntado cómo era posible que, en aquella isla llena de odios y belicismo, lograse sobrevivir, durante algunos años, aquel “Parnaso”, aquel pequeño pero fecundo territorio dedicado a la cultura y al sosiego.
Fue  esa bella y talentosa mujer, Carilda,  la que me facilitó el acceso  al segundo y decisivo peldaño hacia mi “liberación”. Gracias a su intercesión fui invitada a formar parte de un pequeño grupo de poetas que se reunía semanalmente, con mucho sigilo y bastante miedo. Cada día cambiábamos nuestro punto de reunión, intentando evitar las sospechas de aquellos Comités de Defensa que tenían la orden de prohibir y reportar cualquier reunión de más de cuatro personas. Allí donde tocase,  nos leíamos nuestros versos, intercambiábamos libros prohibidos como El lobo estepario de Hermann Hess, El tambor de hojalata de Günter Grass o aquel  premonitorio Rebelión en la granja de George Orwell, sintiéndonos al hacerlo subversivos y peligrosamente clandestinos.

La cuestión es que de aquellas reuniones iba a surgir, sin que yo pudiese ni soñarlo, el adalid que, descifrando arcanos, rompiendo silencios y aporreando puertas me abriría de nuevo el camino hacia  mi profesión. El Orfeo de cuya mano iba a salir de los infiernos, en este caso con éxito, Eurídice-Yolanda.

Y estábamos ya en el año 1962.

El 3 de enero, el Papa Juan XXIII, excomulgaba  a Fidel Castro tras  declararse este comunista. En mayo se casaban, en Atenas, Grecia, Juan de Borbón y Sofía de Grecia, actuales Reyes de España. En julio USA lanzaba el primer satélite de telecomunicaciones, el Telstar, inaugurando una nueva era en las comunicaciones.

Foto aérea de las instalaciones de misiles
Y en octubre un avión espía norteamericano retrataba, durante un vuelo rutinario sobre Cuba, unas instalaciones militares rodeadas de gran movimiento de tropas. Washington, tras estudiar las imágenes, descubrió que se trataba de misiles y de plataformas de lanzamiento. El día 22 Kennedy anunciaba el bloqueo naval en torno a la isla con el fin de impedir la entrada de más misiles atómicos, enviados  por la U.R.S.S. Por supuesto EE.UU. no iba a tolerar una base nuclear a las puertas de su casa y durante unos días, con las dos grandes potencias enfrentadas,  el mundo estuvo al borde del holocausto nuclear. Al fin, el 28 de ese mismo mes, después de arduas negociaciones, Jruschov aceptó las demandas de Kennedy, retirando los cohetes de Cuba con la condición de que Norteamérica desmontara su base de misiles atómicos de Turquía.  Así se puso fin a “la crisis de octubre”. Las condiciones del pacto se cumplieron. Por una vez los políticos obraron con cordura.

Ametralladoras antiaéreas 
frente al hotel Habana Riviera
Yo viví en Cuba esos “13 días que estremecieron al mundo”. Mi querida, y en esos tiempos aún preciosa ciudad de La Habana, estaba plagada de cañones y ametralladoras antiaéreas y por la madrugada el atronador rugido de los tanques pasando por mi calle solía despertarme, dejándonos la imagen matutina de un asfalto  destrozado y el aire anegado de un pestilente olor a guerra. Lo curioso es que el pueblo llano pasó por esos momentos aterradores sin conocer ni el motivo ni la magnitud de lo que estaba sucediendo. Aunque parezca mentira los habitantes de la isla vivíamos ignorando la existencia de esos misiles atómicos en nuestro suelo y, por lo tanto, atravesamos esa crisis con el desconocimiento del verdadero peligro al que la megalomanía  de Castro nos había expuesto. Así se vivía, y se vive, en Cuba. Sumidos en el secretismo y víctimas de los caprichos de Fidel. Del “Caballo”, como solían llamarle.



.El lento renacer.
(Primera parte.)




Aquel pequeño grupo de poetas, aquel regalo del Ateneo de Marianao, (en el cual llevaba ya bastante  tiempo ofreciendo representaciones de todo tipo), seguía reuniéndose cada semana, por supuesto de forma clandestina.  Ora aquí, ora allá, como conspiradores errantes, empeñados en abatir a la Hydra de mil cabezas de la intolerancia blandiendo nuestros sonetos, nuestras odas o nuestras elegías. Aquellas eran nuestras armas de guerra. Siempre en guardia frente a algún ruido sospechoso que proviniera de la escalera, trepara por una ventana o se deslizara bajo la puerta del lugar donde nos encontráramos. Siempre con la adrenalina corriendo a chorros por nuestros cuerpos. Lo dicho, como auténticos conspiradores.
Seis éramos las personas que compartíamos esa “clandestinidad”; Roberto Cazorla, Julio Trujillo, Ana, una encantadora mujer de cuyo apellido, desgraciadamente, no logro acordarme, Teresita Fernández, Humberto Mitjans y yo. Carilda Oliver Labra, siendo matancera y ejerciendo allí el magisterio, a pesar de oficiar como nuestra madrina, poco podía acudir a estas reuniones.  Julio y Cazorla, actores, Teresita, cantautora, Ana también maestra, Mitjans, director de televisión y yo formábamos ese grupo de bardos. Con el tiempo comenzaron a estrechase esos lazos de amistad que el peligro compartido suele fortalecer. A todos conté mi caso un buen día y todos me ofrecieron una entrañable solidaridad. 

Empecé a dar largos paseos con Cazorla,  joven hecho de pura sensibilidad. Nos dirigíamos al malecón y allí sentados, tomados de la mano, nos dejábamos poseer por la belleza acuática de ese azul universo de vida y muerte.


Mis momentos con Julio eran distintos. Él, volcán de energía, analizaba furioso mi caso, intentado contagiarme su rabia ante la injusticia cometida contra mí.  Decía que mi alma necesitaba una espita por donde los malos humos pudiesen salir o acabaría convirtiéndome en una chimenea obstruida, es decir, que  explotaría. Con Ana se estableció una hermosa relación maternal. Muchas veces, sin motivo aparente, me abrazaba con los ojos llenos de húmedas estrellas. Teresita me dedicó una canción en la que convirtió mi tragedia en un cuento de hadas con final feliz. Ella no podía ver la vida de otra manera. En cuanto a Mitjans, siempre silencioso e introvertido, tan solo al despedirnos solía apoyar su mano sobre mi hombro con una efímera pero cálida   presión.
Mas sucedió que un día, tras nuestra semanal sesión de catarsis, aquel  hombre me pidió  una cita  privada pues, según él, tenía algo importante que decirme. Confieso que la inesperada solicitud me sobresaltó. Temí que ciertas proposiciones, a las que yo era  renuente, mancharan nuestra amistosa relación. Desde la pérdida de mi gran amor, Homero,  mi cuerpo se había mantenido tan virgen como destrozado estaba mi corazón.  Me sentía una vieja catedral derrumbada en cuyo altar jamás volvería a celebrarse una misa.  no No queriendo herir los  sentimientos de Mitjans, decidí aceptar la propuesta y, por lo cual, quedamos citados para el día siguiente en el parque del Río Almendares.
Aún ahora puedo sentir los temblores que recorrieron mi humanidad aquella tarde cuando, para mi sorpresa, lo vi acercarse  vistiendo el temido uniforme verde olivo, pistola en la cadera y paso militar. “Este es mi fin”, pensé, “ahora voy a pagar por mis pecados de amor. Desapareceré  dejando en la vida de mis padres un agujero de impotencia y dolor semejante al que por tanto tiempo ha absorbido mis energías.”

Ninguno de estos pensamientos debió reflejarse en mi rostro pues Mitjans, ya a mi lado, esbozando una algo incomoda sonrisa, pronunció unas palabras que fueron cayendo sobre mi como bendito rocío. “Nada debes temer de mí. Tu historia me ha conmovido y asombrado. Dentro de mi concepto de la justicia y mis ideas sobre la revolución no caben tamañas arbitrariedades. Durante un tiempo he dudado en intervenir entendiendo que al hacerlo descubriría mi secreto. Mi pertenencia al ejército rebelde. En mi  época estudiantil los esbirros de Batista torturaron y asesinaron a mi mejor amigo, lo cual me impulsó a unirme a los rebeldes en la Sierra del Escambray,  bajo las órdenes del comandante  Eloy Gutiérrez Menoyo."
"Sé que el conocimiento de estos hechos haría que un grupo tan  antimilitarista como es el vuestro me rechazara y eso sería un terrible golpe para mí.  Yo tan solo deseo  rodearme del ambiente lírico que es mi verdadera pasión. Por lo cual te ruego que ocultes todo esto al resto de los compañeros. Dadas mis relaciones puedo indagar, en las altas esferas, qué sucede con tu veto. Todo es demasiado oscuro e impreciso. Si  te parece bien  de inmediato me encargo de remover toda esa mierda.” Dicho esto,  por unos segundos nos miramos en silencio, como en una foto fija, unos segundos acompañados por el fondo musical que componían los latidos de mi desaforado corazón y el murmullo de las hojas de los árboles que nos rodeaban.  Y de pronto el hombre se alejó con el mismo decidido paso militar que antes me llenara de terrores.
Unos días después, cuando nos reencontramos en  la  reunión de nuestro grupo poético, las primeras palabras que le dirigí fueron  aquellas “sí, quiero” que la sorpresa, en su momento, me había impedido articular. Por supuesto no había comentado en el grupo nada de lo ocurrido . La verdad era que no podía juzgarle por dejar que le deslumbrara una revolución que, en un principio,  había cegado a casi toda la isla. Ese hombre podía, sin duda, utilizar su pertenencia al sistema y su profesión de director de televisión para ayudarme y era conveniente mantenerlo cerca.  Bueno, si sus palabras eran sinceras. Cosa que mi intuición y la expresión que había visto en su rostro me inclinaban a creer. ¿Sería posible que esos dos años en la cárcel de mi aislamiento estuvieran a punto de convertirse en mi pasado? ¿O era aquello tan solo otra trampa de mi negro destino? Lo sabréis en el próximo capítulo.


El lento renacer.
(Segunda parte.)



En uno de los balcones de
la sala Prometeo
En esos días de expectación, mientras aguardaba el “dictamen de mi caso”, una continua desazón enfermaba mis días y mis noches. Era posible que al remover la mierda, como había dicho Mitjans, la latente amenaza que se cernía sobre mí   saliera de su letargo y sin más me devorara. El gobierno no necesitaba demasiadas justificaciones para borrarme del mapa. Esas arbitrariedades eran de sobra conocidas. Por otra parte ardía en deseos de que alguien me explicara, de forma oficial, porqué una muchacha de 19 años había sido anatemizada solo por negarse a hacer una “declaración pública de repudio” contra el hombre que amaba y de cuya vida no conocía más que la parte artística y amorosa. Lo cierto es que aunque hubiese sabido que Homero era un disidente activo jamás habría permitido que me utilizaran como un arma política contra él, eso estaba tan claro como el agua. (Ver Instantánea 27. La Odisea), Él había sido hecho prisionero, acusado de “actividades contrarrevolucionarias”. Yo ni siquiera había sido interrogada por el temible G2. Y sin embargo mi veto laboral era obvio ya que nadie, a partir de entonces, me había llamado para trabajar. El rechazo de mis compañeros de CMQ fue evidente. Ni una llamada amistosa había recibido de ellos desde entonces, ni mucho menos una visita. Estaba aislada por completo de lo que había sido mi mundo. Sí, era el momento de “tomar al toro por los cuernos”.
Mis experiencias en el Ateneo, mis reuniones con el grupo de poetas habían sido como transfusiones de sangre valerosa. Y un día tuve la bendita idea de ir a un estreno en la sala Prometeo, ¡el primer espectáculo al que asistía desde hacía dos años!
  
Francisco Morín
Esa pequeña sala-teatro rebosaba del prestigio que su director, Francisco Morín, se había ganado a base de años de hacer buen teatro, teatro sin concesiones,  de enfrentamientos con la mediocridad  y de un antagonismo total hacia todo lo establecido. Se contaba que en el año 48, siendo director del grupo ADAD, en contra de la opinión en pleno de la directiva, había luchado con dientes y uñas para estrenar Electra Garrigó, del inmenso Virgilio Piñera, jugándose con ello su cargo y hasta sus amigos. Eso le valió, dentro del teatro y desde entonces, la fama de luchador empecinado y progresista.


La primera vez que mis pies se detuvieron frente a la sala Prometeo experimenté una avalancha de sensaciones. Subí la estrecha escalera que conducía al hall  como si toda mi vida hubiese estado esperando ese momento. Una vez arriba, los postreros rayos del  sol que   penetraban por los balcones, tiñiendo mi cuerpo de oro viejo,  sumergiéndome en una eclosión de dorados y rojos tan irreales  me parecieron premonitorios de bellas y luminosas cosas por venir. Y no me equivocaba. Ese mismo día conocí a personas que iban a ser de una importancia vital en mi vida.

En el hall estaban Pepe Triana, poeta y autor teatral, (Medea en el espejo, La noche de los asesinos), Lyda Triana, actriz llena de talento y belleza y Gladys Triana, pintora. Estupenda pintora y sobre todo mujer poseedora de una de las almas más generosas que he conocido en mi vida.  Ella fue quien me facilitó, en primer lugar, el acceso a la programación de aquella sala  y  posterioriormente al auténtico mundo de la intelectualidad cubana, aquel prolijo universo en el que los Triana se desenvolvían como peces en el agua. Nuestra amistad fue como un flechazo y mi relación con Gladys una alianza  tan poderosa que ha llegado incombustible hasta nuestros días.

Gladys Triana

Esa misma tarde Gladys me presentó a Francisco Morín quién, de esa forma suya tan directa, me preguntó el porqué de mi actual ausencia del mundo teatral.  Con una espontaneidad poco frecuente en mí,  le conté la historia de mi veto y él, impactado por lo absurdo de la situación, obedeciendo a su innata rebeldía, me ofreció  el papel protagónico de su próxima obra, Tierra Baja, del autor catalán Ángel Guimerá. Estas fueron sus palabras en ese momento; mira muchachita, yo soy Francisco Morín, un hombre libre que no admite absurdas imposiciones. Ni en mi vida ni en mi profesión. Te llamaré muy pronto para empezar los ensayos.” 
Ensayo general de Tierra Baja. Sala Prometeo

Y ya estábamos ensayando Tierra Baja  Raúl Xigés, Jorge Martínez, Estela Padrón, Luisa María Güell, yo y varios actores más que completaban el amplio reparto, cuando un día, tras una de las reuniones de nuestro grupo de poetas, Mitjans me repitió con sigilo esas palabras, tengo algo importante que decirte, que tanto me habían conmocionado dos semanas antes. Así que quedamos en vernos, como la vez anterior,  en el Parque del Río Almendares. Sabía que  ese momento iba a ser trascendental para mí. Allí se decidiría mi futuro, se acabarían las incertidumbres y, para bien o para mal,  me enfrentaría cara a cara al monstruo que me había mantenido, con total iniquidad, dos años en un mundo de zozobra. Ni yo ni mi familia, a la que como es natural tenía al tanto de todo lo que estaba sucediendo, pudimos pegar ojo aquella noche. Los tres me presionaban para acudir conmigo a la cita y al fin conseguí que solo mi padre me acompañara, con la condición de que su presencia fuese invisible a los ojos de Mitjans. Le hice jurarme que, a menos que observase alguna actividad  alarmante, se mantendría alejado y en total anonimato.  Así que, aquella mañana, con mi padre  escondido entre los árboles como en una película de espías, sentada en el mismo banco que la vez anterior, esperé la llegada del “mensajero de mi destino”.
Nada más verle acercarse, vestido con el temible uniforme verde olivo, pistola al cinto, paso militar, pero en esta ocasión con una expresión  de evidente alegría en el rostro, todos los músculos de mi cuerpo se fueron “descontracturando” y los hermosos colores de la naturaleza que nos rodeaba comenzaron a cobrar ante mis ojos su verdadero fulgor. Era como si mi vida estuviese pasando de ser una película en blanco y negro a una en maravilloso tecnicolor. Y  estas fueron sus palabras. “He indagado en todas las fuentes que me ha sido posible. He mencionado tu nombre y tu problema a altos cargos políticos y ni a diestra ni a siniestra han podido darme una explicación. Nadie del gobierno  o de la policía parece saber de tu caso y en lo que se refiere a tu veto,  te aseguro que en ningún sitio figura constancia oficial de su existencia. Así que, dado lo kafkiano de la situación, he decidido que actuarás en mi programa  Intermezzo dentro de dos semanas. Veremos si alguien se atreve a hacer objeciones”.

Qué estaba pasando? ¿Tal vez las malignas erinias, aburridas ya de la monotonía de mi vida, se habían mudado? ¿Acaso los dragones que vigilaban mi mazmorra se habían jubilado? ¿Qué sucedería dentro de dos miércoles, cuando mi imagen, transportada por las ondas hertzianas, penetrara de nuevo en los hogares cubanos?

Pues, bien, llegó el miércoles de marras y salvo que hice el peor trabajo profesional de mi vida, atenazada como estaba por el miedo y los nervios, no pasó NADA. Tras la emisión en directo, Mitjans y yo permanecimos en el plató, ya vació, sentaditos en sendas sillas y con nuestros corazones palpitando al unísono, esperando una llamada de reprobación o alguna visita uniformada. Pero nada sucedió. Ni ese día ni en los sucesivos. Como si nunca hubiese existido en realidad aquel veto. ¿Sería tal el terror reinante en Cuba que las solas palabras de una odiosa mujer hubiesen causado esa avalancha de rechazos? ¿Que aquella frase   “¡tu presencia está prohibida aquí, gusana!” pronunciada tiempo atrás por Violeta Jiménez,* hubiese sido tan solo un acto de rencor personal, sin base oficial alguna? (Ver Instantánea 27. La Odisea.) ¿Hasta tal punto era corrosivo y paralizante el temor general que nadie  osó siquiera  hacer un intento por  llegar al fondo de aquel veto que había castrado mi vida? 
La cuestión fue que, gracias al coraje y la amistad de Humberto Mitjans, a partir de ese programa de prueba, me convertí  en personaje casi fijo de aquel hermoso Intermezzo que, con tanta sensibilidad, él dirigía.  

Poco después estrenaríamos, en la Sala Prometeo, Tierra baja, en una magnífica puesta en escena de Francisco Morín.
Y de esta manera estaba a punto de empezar para mí un fecundo año1963.


* No es la primera vez que narro mi terrible encontronazo con Violeta Jiménez ocurrido en Cuba en 1960, pero en esta ocasión voy a dar un salto hacia adelante en el tiempo para contar mi último encuentro con ella, ya en España, y en el año 1971.
Miguel Llao, Armando Soler y Violeta Jiménez.
Foto de la TV cubana, cortesía de J. Cueto-Roig

Tras mi exilio, el cual debido a mi nacimiento español   fue en realidad una repatriación, durante los primeros años en mi patria, solía trabajar a menudo con un prestigioso productor-director de teatro llamado Manolo Collado. El reencuentro con Violeta tuvo lugar durante el tercer montaje que iba a hacer con él, Romeo y Julieta, en el cual yo interpretaría a la señora Capuleto, madre de Julieta. El día antes de la primera reunión de compañía, el director y amigo me llamó con el fin de notificarme que tenía una sorpresa para mí. Iba a contratar a una actriz cubana, una "compatriota". Cuál no sería, en efecto, mi sorpresa cuando, al llegar al teatro,  me encontré frente a frente con aquel ser que había torturado mi vida: Violeta Jiménez. Collado me dijo entonces que estaba recién exiliada   y me pidió referencias de su trabajo en Cuba.
Durante unos segundos me debatí entre la repulsa que me provocaba el recuerdo de su comportamiento conmigo, su archiconocida actitud proselitista y radical en la isla, y lástima por la angustia que se dibujaba en sus  prematuramente envejecidas facciones. Pensé que era el remordimiento lo que nublaba sus ojos  y contraía los músculos de su cara. En aquel momento, gracias a la amistad que me unía con Collado,  su futuro inmediato en España  estaba en mis manos. Curioso teje y maneje del destino. La cuestión es que  decidí no sembrar cizaña, limitándome a decirle al director que en efecto, ella era una actriz  muy estimada en Cuba. Y la reunión de aquel día  terminó mientras evitaba cualquier contacto personal con ella. Pero el pensar que tendría que compartir tiempo y escenario con Violeta me resultaba tan doloroso que llegué a considerar el despedirme del montaje. Para mi sorpresa eso no iba a ser necesario.
Al día siguiente, al llegar al ensayo, mi amigo el director, con una irónica sonrisa en los labios me preguntó qué le había hecho yo a mi "pobre compatriota” pues la susodicha Violeta nada más acabar la reunión del día anterior  le había dicho, llena de furia, que jamás volvería a trabajar con "esa", es decir, conmigo, y le instó a que escogiera entre las dos. "O ella o yo", así, sin más explicaciones. "¡Vaya  mujer tan loquita!", apostrofó Collado. Huelga decir que yo estrené la función y que a ella no volví a verla nunca.

Próximo bloque. Cuba. De nuevo en el candelero.



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