Mi reencuentro con Cuba y otros eventos.


Foto de Jesús Alcántara


ENTRE LAS DESPEDIDAS Y LOS REENCUENTROS.

(Primera parte)


Aquel 1985, que yo había elegido como mi  “año sabático”, se convirtió en un continuo manantial de emociones contradictorias. Conmovedores reencuentros, y dolorosas despedidas. Despedidas de esas que cambian tu vida y dejan en tu corazón agujeros imposibles de rellenar. Todo empezó con una desbandada de los amigos que durante años fuesen proveedores de cálida compañía y bulliciosa felicidad  para mí. Por una de esas casualidades del destino habían decidido abandonar Madrid casi al unísono, buscando otros derroteros para sus carreras, para sus sueños, en fin, para sus vidas.
De derecha a izquierda Tomás Picó, Almudena Cotos, Salvador Vives
Jesús y yo en 1976
Salvador Vives volvió a su ciudad natal, Barcelona,  con el fin de dedicarse a la difícil y poco apreciada profesión de doblador de cine, en la cual, con su bella voz de barítono,  se convirtió casi de inmediato en una gran estrella. Tomás Picó decidió alejarse del “mundanal ruido” y de ese Madrid que no había sabido apreciar toda su valía. Dirigió  sus pasos a la hermosa e indómita región de Tarifa, Andalucía, y allí formó una compañía de teatro de aficionados con la que, al pasar el tiempo,  consiguió un gran prestigio nacional.
Carlos, Jesús, Norberto y yo
en una de nuestras muchas
fiestas de carnaval

Norberto Sosa que, bajo el nombre artístico de Norton, había tenido su “minuto de gloria” como cantante a principio de los setenta, tras comprobar que no sólo de arte y del bien hacer se nutre esta profesión, volvió a la hermosa isla donde había nacido, Gran Canaria, para hacerse cargo de los negocios familiares. Y aunque ya debía estar acostumbrada a estos frecuentes desgarros, teniendo en cuenta mis exilios de España a Cuba y viceversa o la disolución de aquella comuna que había aliviado las nostalgias y penurias de mis primeros años en España, despedirme de personas tan entrañables me llenó de una sensación de soledad y hasta de desamparo. Pero el más triste y dramático de los adioses fue el que vi en la mirada de nuestro querido foxterrier Bobby en el momento de su última entrada a un quirófano.  Carcomido por un cáncer contra el que no valieron ni rezos ni cirugías, perdió las fuerzas y el deseo de vivir,  así que un día tomamos la terrible decisión de acabar con sus sufrimientos.
Rodeando a mi madre, Norberto, Carlos, Picó y yo




No había transcurrido más de un mes cuando  Salmerón me hizo una propuesta a la vez apetecible y amedrentadora; emprender juntos un viaje a Cuba. Si lo hacíamos ese sería el regreso de ambos a parte de la  infancia, a la totalidad de la adolescencia y a los primeros años  de nuestra plenitud, ya que teníamos unos antecedentes muy similares; españoles llevados a la isla durante la niñez y repatriados a España a finales de los 60. Era aquella una decisión difícil de tomar; o bien nos enfrentábamos al  triste presente en que se había convertido nuestro pasado cubano o seguíamos, como hasta entonces, sumidos en las ensoñaciones y la idealización de un tiempo que ya no existía. Eso aparte del temor a  las posibles represalias que podíamos sufrir en la isla como venganza por nuestra “huida”. Aunque el formar parte de un grupo de turistas en un viaje organizado por una agencia y el estar  provistos de esos pasaportes españoles que nunca habíamos perdido nos hacía confiar en que pasaríamos  inadvertidos, el temor persistía.
Jesús y yo en el aeropuerto de Barajas, Madrid,  momentos
antes de que yo tomara el avión para Cuba

Finalmente ambos decidimos descorrer las espesas cortinas del miedo y la nostalgia y desafiar a los poderes de la autocracia que dieciséis años atrás nos habían obligado a abandonar en Cuba la casi totalidad de nuestras vivencias.

Ni él ni yo teníamos ya parientes en la isla, pero sí contábamos con grandes amigos que se alegrarían  de volver a vernos. Así que cargados con algunas de tantas y tantas cosas que faltaban en ese infortunado país, desde los sencillos polvos de  talco o la pasta de dientes hasta la ropa y el calzado, desembarcamos una noche en un aeropuerto José Martí que nos pareció tan solo  un deteriorado hangar. (Más tarde supimos que nuestra llegada coincidió con obras  de ampliación y restauración del lugar.)

Foto de Jesús Alcántara
La primera sorpresa con que nos topamos los viajeros al salir del avión fueron los “puntos de control de pasaportes”. Para nuestro asombro, tras descender del avión y atravesar la pista a pie, vimos ante nosotros cinco habitáculos de cemento que medían más o menos metro y medio por metro y medio, y que se hallaban adosados a una larga pared. Nos indicaron que hiciéramos cola ante ellos y allí nos quedamos durante largo tiempo las cinco filas de viajeros, como obedientes borreguitos. Mientras, nuestros ojos se clavaban, hipnotizados, en unas estrechas puertas de hierro que se abrían automáticamente para dejar entrar a cada pasajero, cerrándose rauda tras su paso. 
  
Cuando me llegó el turno de acceder a uno de los cubículos lo hice llena de ese sentimiento crónico  de culpa que el régimen cubano había inculcado en todos los que, en un momento determinado, elegimos el exilio.

Una vez dentro, casi escondida tras mi tembloroso pasaporte y ya cara a cara con el miliciano encargado de ponerle el ansiado sello, las luces se apagaron de súbito y sobre mi corazón cayó algo parecido a la losa de un sepulcro. ¡Estaba perdida! ¡Me habían reconocido y el fantasma del juicio popular con el que me amenazaran años atrás y que había logrado eludir gracias a mi salida en diciembre de 1967, al fin me poseería y me destruiría! (Ver Instantánea 44). Nunca iba a volver a Madrid, jamás me arrebujaría de nuevo en el cálido amor de mi madre y de Jesús. Mi angustia convirtió la oscuridad en una masa solida y pegajosa que me impedía respirar. De pronto oí una voz gritando desde fuera “¡esto es un apagón general, compañeros turistas, agarren sus equipajes porque no nos hacemos responsables de los robos!”. Durante los pocos minutos que pasé sumida en la oscuridad,  prisionera entre esas puertas de hierro que, al funcionar por electricidad, habían quedado bloqueadas, experimenté algunos  de los momentos más angustiosos de mi vida. 

Por suerte  con el regreso de la electricidad la puerta de salida se abrió.  Entonces, el desagradable individuo que había permanecido conmigo en aterrador silencio,  me entregó, sin siquiera mirarme,  el pasaporte sellado y con un gesto de la mano indicó que me fuera. Pero mi odisea en el aeropuerto no había terminado.

Foto de Jesús Alcántara
La recogida de los equipajes se hizo eterna. Los milicianos abrían cada maleta, revolvían   en su interior, hacían algún comentario al respecto  y la devolvían a sus propietarios por completo desordenadas y con gesto de condescendencia.  El gran problema fue que, al llegar mi turno, yo llevaba ¡tres valijas llenas hasta rebosar de las más diversas prendas! Y aquello requirió un largo proceso de explicaciones y  negociación. “Pero, ¿cuántos días te piensas quedar en Cuba, compañera?”, “Trece”,  respondí con mi más cuidado acento castellano y mi más cautivadora sonrisa, “Lo que pasa es que me han dicho que aquí se suda mucho y yo soy muy limpia”. Para mi sorpresa aquello hizo soltar al miliciano una carcajada. A medida que iba revolviendo mi equipaje hacía comentarios como “¡lo que daría mi negra por un par de medias de estas!”, o “fíjate, esta camiseta es de la talla de mi hijo”. Como imaginaréis, cuando al fin recogí mis tres maletas su peso se había aligerado a causa de mis “donaciones”. 

Al salir por fin al exterior vi que una guía turística, de la que emanaba un inconfundible hedor a comisaria política, esperaba y reunía a “mi grupo” alrededor de la guagüita que nos debía conducir al hotel contratado para nosotros por la agencia. Y entre ellos distinguí a mi amigo Salmerón, iluminado por  una sonrisa de felicidad que le atravesaba la cara de este a oeste. Así que hacia allí me dirigí.

Pero cuál no sería mi sorpresa al escuchar a mis espaldas un pequeño coro de voces entonando con entusiasmo  mi nombre. Sí, Lucy, mi inolvidable “niña de chocolate” su marido, Tomás, su hijo pequeño, Gabriel y su otro hijo y ahijado mío, Alejandro, habían conseguido un viejo coche prestado y estaban esperando  mi arribo exultantes de emoción. Aquello fue una sorpresa enorme pues, aunque yo me las había arreglado para comunicarles los detalles de mi llegada,  al no tener ellos auto,  la posibilidad de que se desplazaran hasta Boyeros era prácticamente nula.  (Hay que aclarar que el servicio de transporte público en la isla era muy escaso, y a ciertas horas, inexistente.)

Por supuesto aquel encuentro cambió mis planes. Mientras decía a Salmerón  que me iría con mis amigos  y que, al día siguiente nos veríamos   en el hotel como surgida de la nada, apareció a nuestro lado la supuesta guía diciéndome de forma imperativa, “¡compañera, usted no puede separase del grupo!” a lo que mi inmediata respuesta fue, “pues a ver cómo me lo impides”. ¡De pronto el dulce aire nocturno habanero y la luz de alegría que irradiaban los rostros de Lucy and company me habían llenado de valor!
Mientras me alejaba de la mujer por fortuna oí  estas palabras suyas:  "¡Oiga, compañera, que no vamos al  Habana Libre, que nos han reubicado en el hotel Presidente!” Aquello era una arbitrariedad de la cual no quisieron  hacerse responsables ni los cubanos ni la agencia de viajes española. Nosotros habíamos pagado por un hotel de primera, el Habana Libre, anteriormente llamado Habana Hilton, sito en el meollo de L y 23, rodeado de lugares que habían sido testigos de gran parte de mi vida y ahora, sin explicación coherente, nos colocaban en uno de bastante menos categoría y ubicado en Calzada y G,  es decir, alejado de aquella Rampa y aquel Radiocentro por los cuales yo había planeado pasear mis recuerdos. Por fortuna, y gracias a las agrias protestas de todo el grupo, una semana más tarde éramos trasladados a nuestro destino inicial, el hotel que tantos recuerdos  me traía y que siempre sería para mí "El Hilton." (Ver Instantánea 22).

La cuestión es que, tras los besos, abrazos y sollozos, ya apretujados en aquel Buick del 54 que mis amigos habían conseguido para ir a recogerme, me dirigí a su casa, dispuesta a  disfrutar, entre charlas, mimos y rememoraciones,  de cada minuto de esa mi primera noche en Cuba.

En casa de Lucy.
De derecha a izquierda el primo Ulises, mi ahijado Alejandro, yo, Lucy, Gabriel y Tomás.
En el centro la abuela paterna Aleja

Y en el próximo capítulo, queridos todos,  os seguiré narrando mis experiencias en una isla que reencontré desconocida y hasta inhóspita.



 Entre las despedidas y los reencuentros. 
(Segunda parte).





Este capítulo y el anterior están dedicados a los que, estando fuera de Cuba, han seguido el proceso revolucionario intoxicados por la mentirosa propaganda gubernamental. Cada palabra vertida en él es absolutamente cierta y vivida  en persona.


Desde mi habitación del Habana Libre, con la hermosa bahía habanera de fondo
El reencuentro con Lucy fue algo maravilloso. Mi “niña de chocolate” y yo seguíamos conectadas por unos hilos invisibles que la distancia y el tiempo no habían podido destruir. 

La noche de mi llegada a Boyeros no fui al hotel para unirme al grupo turístico con el que había viajado.  Las dos permanecimos hasta el amanecer en su hogar de Ampliación de Almendares, echadas en su cama, poniéndonos al día la una de la otra y, como era inevitable, reviviendo esas miles de  cosas que, desde nuestra niñez, habíamos compartido.  

Mi casa de 70 y 13
Al levantarnos aquella mañana de noviembre del 85, medio drogadas de sueño y de emoción, lo primero que hicimos fue un recorrido por los lugares más cercanos y emblemáticos para mí. Nuestro primer destino fue  70 y 13,  es decir  la esquina en la que  estaba ubicada mi antigua casa, mi residencia durante los 18 años de mi estancia en Cuba.¡Y no la reconocí! Estuve a punto de pasar de largo sin identificarla.

Tan solo se mantenía incólume el balcón, testigo de todas las etapas de mi vida cubana, ese decorado desde el cual mi familia y mis perros, Laura y Nana, formando un cuadro que era  la imagen misma de la desolación, me habían dado el último adiós mientras yo, rota hasta extremos indescriptibles, me alejaba hacia el aeropuerto de Boyeros, es decir, hacia el exilio.  Después mi amiga y yo enfilamos la avenida 13 en busca del  cine Metropolitan donde nuestras hormonas adolescentes, muchos años atrás, se habían convulsionado al ritmo de las caderas de Elvis Presley y de su primera película, Love me tender. 
Los restos de mi Colegio Cima.
Foto cortesía de Tony Pisani

Pero fue la visión de mi colegio Cima, justo frente al cine, la que me rompió el corazón. Por sobre aquel magnífico chalet parecía haber pasado, no el tiempo, sino el más devastador ciclón de indiferencia y desamor, como si una turba de desalmados troles hubiese querido destruir todo lo que aquel centro de cultura y civismo había significado.

Caminando entre nubes llegamos a Miramar, al chalet de mi abuela Jenny,  tan solo para verlo convertido en una especie de “solar”. Sus paredes lloraban desconchones, algunas ventanas habían sido tapiadas con desmaño y  su frondoso jardín trasero era un estercolero. Y el  peregrinaje siguió.
El chalet de mi abuela Jenny

Tras dedicar un larguísimo tiempo a la espera de esa ruta 2 de mi adolescencia y de  mi primer “desengaño amoroso”,(ver Instantánea 21), llegamos hasta la playa de la Concha, hasta el Conney Island que yo recordaba bullicioso y radiante de pronto  convertido en una triste ruina herméticamente cerrada. Había decidido enfrentarme de inmediato a todos mis recuerdos más cercanos e íntimos, pero la experiencia resultaba desoladora
Casi todo el tiempo que estuve en La Habana lo pasé visitando las tiendas para extranjeros, esas “diplotiendas” en las que sólo se podía comprar con dólares y donde los cubanos tenían prohibida la entrada. Por cierto que, para mayor escarnio, el dólar era una moneda hasta tal punto prohibida para ellos que su posesión era castigada con penas de cárcel. Allí adquirí para mis amigos, y para los amigos de mis amigos, cosas de primera necesidad como bragas, sostenes (sujetadores), compresas, pañales para niños, ventiladores, jabón, y hasta, increíblemente, CAFÉ….Si, amigos, en Cuba, que poseía algunos de los mas frondosos cafetales del mundo, donde el “cafecito” era un rito diario y repetitivo, las raciones que se repartían por la libreta eran mínimas y muchas veces hasta inexistentes. La cartilla de racionamiento, instaurada en julio de 1963, no solo no había desaparecido en los 22 años transcurridos si no que se había convertido en algo mucho más famélico e incierto. Lo único que se podía comprar con el peso cubano, moneda sin valor alguno en el resto del mundo, era lo que cada familia tenía asignado por la libreta y que resultaba en extremo escaso para una satisfactoria manutención. Aquello hacía aun más indignante que diplomáticos y turistas dispusieran, en las tiendas antes mencionadas, de un amplio surtido en artículos de aseo, ropa, aparatos eléctricos y hasta alimentos, llegando al extremo de poder encontrar productos envasados en cuya etiqueta decía, con absoluto descaro, “excedente de la producción cubana”. ¡Vaya desvergüenza!




Lucy y yo frente a su casa
Al finalizar aquel primer día de grandes desencantos, de nuevo en ese Buick del 54 prestado con el que me habían recogido la noche anterior en Boyeros, Lucy, su marido y su hijo Alejandro, mi ahijado, me llevaron al hotel donde estaba alojado mi grupo; el Presidente. Allí me esperaban con ansia dos personas provistas de muy distintas intenciones; mi amigo Salmerón y  la desagradable guía-comisaria política que nos habían asignado. “¡Usted no puede hacer esto, desaparecer así. Yo soy la responsable del grupo y le advierto que, de ahora en adelante, si piensa faltar a alguna de las excursiones que les tenemos preparadas, tiene que avisarme con tiempo y decirme donde puede ser localizada”!, me espetó la mujer. Aquello me pareció el colmo del intento de control así que le respondí con estas palabras; “desde este mismo instante está avisada de que no debe contar conmigo para excursión alguna.  Yo soy una adulta y he venido para conocer Cuba a mi ritmo y no para ser llevaba y traída como una niña alumna de las monjas Ursulinas.” Para mi sorpresa esas palabras, o tal vez mi decidida actitud, la dejaron muda.  Nunca  volví a tener un encontronazo con ella.

Con Salmerón frente al Templete
Salmerón, en cambio, me esperaba en el lobby ansioso por escuchar todo sobre mis emocionantes reencuentros. Él, a causa de las malas comunicaciones interprovinciales que hacían casi imposible el desplazamiento por la isla y del deficiente trasnporte urbano   había decidido sumarse a los viajes organizados por la agencia, pero tras realizar un par de ellos, uno a Viñales y otro a Sancti Espíritus,  comprendiendo  que estaba siendo manipulado y abrumado por la información sesgada, decidió alquilar un cochecito y dedicar más tiempo a las personas queridas que a su partida había dejado en La Habana. Parece que mi ejemplo ahuyentó sus temores haciéndole comprender que a los ojos de los “vigilantes” éramos ahora tan solo turistas y eso nos cubría de un manto protector.  A partir de aquel momento nuestra vida cambió. Cada día recogíamos a varios amigos y ellos nos instruían sobre  lugares típicos que, prácticamente escondidos, aún existían. Chiringuitos clandestinos, camuflados a orillas de alguna de las muchas playas cubanas, en los que solían servir masitas de puerco, frijoles negros y hasta yuca,  productos conseguidos   en el mercado negro, es decir,  corriendo el riesgo de ser encarcelados.

También descubrimos antros nocturnos, sitios mucho más auténticos que aquel cabaret Tropicana, del cual yo había sido figura en el año 63, (ver Instantánea 35), y que en mi inevitable visita durante aquel viaje encontré carente de su más significativa característica; el glamour.  En esos recónditos bares te servían un ron  de producción casera, hay que admitir  que espantoso, pero el único que se podía comprar  fuera de la  libreta,  mientras disfrutabas  de algún  trovador espontáneo que, guitarra en mano y con esa musicalidad innata en el cubano, daba al personal una “descarga” de guarachas y boleros. Lo importante es que al fin podías departir con el auténtico pueblo.

Pero una mañana tuve mi  más estremecedora confrontación con el sistema. Había pedido a Lucy que viniera a buscarme al hotel Presidente con la finalidad de continuar a su lado mi periplo habanero,  ahora por la zona del Vedado. Mi plan era tomar malecón abajo hasta llegar a La Rampa,  subir por ella hasta L y 23 y una vez allí degustar unos helados en Coppelia, como en tantas ocasiones hiciéramos ambas durante nuestra adolescencia.
En el cabaret del hotel  Internacional de Varadero

Estando en mi habitación, una llamada telefónica me avisó que "cierta mujer llamada Lucy" preguntaba por mí en  recepción.  “Por favor dígale que suba”, fue mi respuesta. Pero estas palabras de la telefonista me dejaron patidifusa: “Compañera, ningún cubano puede entrar al hotel y mucho menos a las habitaciones”. No podía dar crédito a mis oídos. Hecha una auténtica fiera bajé al vestíbulo, sintiendo en mis carnes la humillación que aquello significaba para mi querida amiga y, según parecía, para el resto de los nacidos en esa isla kafkiana. ¿Es decir que ellos, los nativos, los auténticos dueños de aquella tierra tenían prohibido el acceso, no tan solo a las “diplotiendas” sino también a lugares públicos como los hoteles y, según supe más tarde, a gran parte de los restaurantes? A excepción de políticos y militares, por supuesto. Mi enfrentamiento con la recepcionista fue antológico. Le dije que "aquella mujer", Lucy Reyes, era la directora del coro polifónico más prestigioso de la isla, que yo era una actriz y cantante famosa en España, que la había citado para tratar temas profesionales y que si persistía en su actitud absurda y segregacionista, acudiría con mis quejas a los más altos estamentos culturales de su país y a la prensa del mío. Mi amiga me miraba con expresión asustada  y sorprendida al descubrirme una faceta guerrera,  desconocida tanto para ella como para mí.
En la playa del Internacional de Varadero
En realidad la más sorprendida ante mi arrojo era yo, la pusilánime Yolanda que mientras vivió en Cuba sufrió callada tantas tropelías, las cuales, si sois seguidores de mis narraciones, conocéis de sobra. (Ver Instantáneas 27 y 46). La cuestión es que mi trola funcionó y a consecuencia de ello Lucy tuvo libre acceso al hotel durante el tiempo que duró mi estancia en él. Sin duda las vírgenes católicas y los santos yorubas me protegieron durante ese viaje. Días más tarde fuimos trasladados al hotel que debíamos haber ocupado desde el principio; el ahora denominado Habana Libre. Una vez allí  vi que el maravilloso mural de Amelia Peláez que ocupaba todo el frontal, ese que yo había visto instalar,  había desaparecido. Nadie pudo explicarme el motivo. Ay, los grandes misterios de los que el castrismo ha gustado rodearse siempre.  (Según me han contado, en estos momentos el mural  vuelve a estar en su lugar.)

Un par de días antes de nuestra vuelta a la Madre Patria, Cuco Garrudo, un arquitecto cubano, compañero de aventuras de Salmerón desde la adolescencia, decidió hacer una reunión en su casa invitando a los amigos de ambos y a algunos de mis antiguos compañeros de la farándula. Fue una alegría ver nuevamente los queridos rostros de personas como Helmo Hernández, Raquel Revuelta, María de los Ángeles Santana y su marido Julio, Pastor Vega y Adolfo Llauradó, gente con la que, en mis días dorados, había compartido platós y escenarios. Pero, a pesar nuestro mutuo afecto y de su valiente asistencia, que agradecía de corazón, no pude evitar sentirme desplazada e incómoda entre gente con la que los temas de conversación era escasos y en cuyos rostros se adivinaba la tensión que les provocaba estar reunidos con una exiliada, cosa tan mal vista por el régimen. Tal vez eran imaginaciones mías, pero sentí como si yo hubiese evolucionado mientras que ellos, oprimidos por el sistema y por la censura, tuviesen cortadas las alas de su desarrollo humano y espiritual.  No, la realidad es que aquellos reencuentros no me dejaron el buen sabor de boca  esperado.


La mañana de mi partida, con Lucy
frente al Habana Libre
Finalmente llegó el momento de regresar a España. y las despedidas con Lucy y su familia fueron tristes, muy tristes. 

Solo dos cosas positivas logré sacar de aquel descorazonador viaje a Cuba. La primera fue la reconciliación con Emilia, esa gran amiga de mi infancia con la que  hube de romper relaciones a causa del ciego fervor revolucionario y del ataque de radicalismo que sufrió a principios de los 60.  (Ver Instantánea 21). El tiempo y los desencantos le habían hecho comprender que nada debía ser más poderoso que la amistad. Fue reconfortante constatar  su proceso de maduración,  hermoso y positivo. Y la segunda y más importante fue la confirmación de que abandonar la isla había sido una de las decisiones más oportunas y acertadas de mi vida. Aquel reencuentro puso fin a mis frecuentes devanéos con las dudas y la nostalgia. La isla, más que nunca, se había convertido en un país inaudito.

De izquierda a derecha, Lucy, yo y Emilia en la heladería Coppelia
Y así, con mi vuelta a ese Madrid que ya respiraba libertad a pulmones llenos, nos vamos acercando a un 1986 que me tenía deparada una experiencia artística inigualable.



 El Music Hall Lola.




Retrato de Jesús Alcántara

Al volver de aquel mi primer y último regreso a Cuba, durante algún tiempo mi corazón estuvo dividido  entre la tristeza de lo visto y la emoción de lo experimentado. 

Intenté comunicar mis sentimientos a Jesús y a mi madre, pero  no encontraba las palabras ni los adjetivos justos para hacerlo. Tanto en sus innatas virtudes como en sus inducidos defectos, sentía que Cuba, sus problemas y sus bellezas, eran cosas que solo  se podían apreciar en persona.


Con Dora, mi querida madre
Un día del mes de Enero recibí una llamada telefónica que me llenó de ilusión. Una muchacha desconocida, de nombre María Gracia Mateu, afirmó representar a  una sociedad que  tenía la pretensión de inaugurar un music-hall restaurante. Me dijo que, según su opinión y la de los socios principales, "tan solo la mujer que ha sido parte tan activa en el Music Hall Top Less, (ver Instantánea 78), está capacitada para crear  un sofisticado show que encaje con  la prestigiosa cocina del Restaurante El Amparo, poseedor de una Estrella Michelín,  y con la “alta clase” de nuestros socios inversores". O sea, que me creí ganadora del premio gordo en la lotería.

Me proponían  que  pusiera en pie un espectáculo de menos de una hora y que lo dirigiera y coreografiase,   todo eso en los  tres meses que, según estaba planeado, faltaban para la inauguración. Y naturalmente que lo protagonizara.  

Tan solo una semana después de nuestro primer contacto, estaba yo presentando un detallado proyecto del show ante Carmen Guasp y algunos más de los socios principales. Y quedaron encantados. Así que ya solo era cuestión de comenzar las audiciones para seleccionar las cuatro chicas y los cinco chicos que formarían el ballet y comenzar los ensayos. La elección del elenco no fue tarea fácil puesto que todos los bailarines debían ser buenos en su oficio, bellos, lo bastante dúctiles para poder desempeñar distintos personajes y, en el caso de las chicas, tenían que estar dispuestas a hacer semi desnudo, ese toque de erotismo indispensable en todo music-hall que se precie.

De izquierda a derecha: Ellas, Ana González Sun, Sara Fernández  e Isi Fuster.
Ellos, Gustavo Masulli,  Manuel Hurtado y Joaquín Arjona
Finalmente la elección recayó en nueve jóvenes que encajaban  con mis exigencias. Las chicas eran  Isi Fuster, Mari Carmen García, Ana González Sun,  Sara Fernández; y los chicos, Paco Grimón, Joaquín Arjona, Tente Barrachina, Gustavo Masulli y Manuel Hurtado.  

Así que el reparto quedó compuesto por nueve bailarines y yo. Ese era todo el personal artístico  que cabría en un escenario de 5x4 metros. Y hablo en futuro ya que en esos momentos el local como tal aún no existía. Un cabaret de Madrid estaba siendo reconstruido enteramente para las necesidades de mi espectáculo. Aunque provisto de un pequeño escenario, el susodicho contaría con dos ascensores, uno central giratorio y uno  lateral que desembocaría en una balconada semi circular que lo rodeaba y sobre la cual estaba previsto colocar también mesas. Todo lo que se me antojaba me era conseguido por María Gracia, entusiasmada con el proyecto casi tanto como yo. Ella era la mediadora entre la parte artística y los inversores y creédme que mediaba de maravilla.

Con Paco Grimón y Gustavo Masulli
Pero fue en las excavaciones para colocar el ascensor giratorio donde comenzaron una serie de problemas que se fueron complicando hasta llegar a parecer una maldición.

A pesar de que las obras eran dirigidas por un prestigioso arquitecto, al llegar a un punto en la extracción de tierra se advirtió que  por las paredes del agujero  se filtraba el agua de un riachuelo subterráneo con cuya existencia nadie contaba. Aquello era una hecatombe. Solo había dos posibles soluciones: o se suprimía el ascensor giratorio, con el correspondiente desdoro para el show, o había que traer máquinas de drenaje, aparatos secadores y después impermeabilizar las paredes. Aquello causaría una demora de meses en la fecha de la inauguración. Por suerte "los jefes" optaron  por la segunda opción y, aunque con una lentitud que nos desesperaba, las obras siguieron adelante. 


Como Marlene Dietrich


























El segundo tropiezo fue que el dueño del local adyacente, con la adquisición del cual se había contado para ampliar el aforo, de repente se echó atrás en su oferta de vender, a causa de lo cual el salón del  restaurante, previsto para más de cuarenta  mesas, vio reducida su capacidad al esmirriado número de veinte. Aún así se continuó con el proyecto. 

La cuestión es que,  tras nueve meses de tensos  ensayos, durante seis de los cuales hube de bregar con depresiones, stress generalizado y hasta conatos de deserción por parte de los bailarines, en octubre de 1986 abría sus puertas, con éxito apoteósico,  el cabaret-restaurante más exclusivo de Madrid. Lola Music-hall.


Como Rita Hayworth en Gilda

Se me había ocurrido basar el espectáculo en algo  siempre efectivo: la nostalgia. Tres partes de veinte minutos, sin intermedios, que comenzaban con Cuba años 30, continuaban con Alemania en los 40 y finalizaban con Hollywood años 50, regalaban al público pinceladas de música cubana, imágenes de la Alemania nazi, inspiradas en la película Cabaret y, para finalizar, parte del esplendoroso mundo del cine musical americano.


Como Cyd Charisse en Cantando bajo la lluvia.

El resultado era casi una hora  trepidante, sin pausas ni para aplausos  y escasos minutos para cambios de vestuario, durante los cuales yo pasaba de bolerista cubana a Marlene Dietrich, de Marlene a Cyd Charisse en Cantando bajo la lluvia, de Cyd a Rita Hayworth en Gilda y de Rita a Marilyn Monroe en Some like it hot. Complicadas caracterizaciones que debía realizar mientras los bailarines se lucían en escena haciendo de Carlos Gardel, de Drácula, de marineros americanos, de prostitutas,  de campesinas alemanas o de soldados nazis en coreografías realizadas  por mí y por la estupenda maestra y coreógrafa Nadine Boisbert.  Un trabajo de fina orfebrería. Un festín de música e imágenes.

Como Marilyn Monroe en Some like it hot,  con Paco Grimón y Tente Barrachina


Pero todos los esfuerzos  parecían haber valido la pena. Lola Music Hall se convirtió en un lugar obligado para el jet set y para los personajes importantes que visitaban España. Por ejemplo, el presidente de Venezuela, Jaime Ramón Lusinchi, durante su viaje oficial a este país, hizo reservar el local en pleno para él, su séquito y sus amigos. Philippe Junot, el ex marido de Carolina de Mónaco, siempre acompañado por personalidades  de la alta sociedad, era frecuente cliente y entusiasta fan del show.




Todas las grandes figuras políticas y artísticas pasaron por allí. Pero nuestra más emocionante visita fue la de Rod Stewart, que estaba en España con el fin de dar un concierto en la Plaza de Toros de las Ventas. Puesto que su actuación no terminaría hasta pasadas las 12 de la noche, su representante  pidió que hiciéramos el espectáculo a las 2 de la madrugada para facilitar que el roquero, su equipo y algunos amigos pudieran disfrutar de lo que les habían definido como “la mejor cocina y el mejor show de Madrid”. Y así lo hicimos.


Al finalizar el show, Rod Stewart y yo
Aquello fue algo memorable. Al finalizar el pase, Rod solicitó que acudiese a su mesa y en ella, tras escuchar sus parabienes, nos dieron las claras del alba charlando de mil cosas.

Sin duda el lugar aparentaba ser un gran éxito. Lista de espera de semanas y lleno total cada noche... Pero lo que el público no sabía era que, por muy abundante que fuera la clientela, el número de empleados  superaba al de clientes: dos aparcacoches, dos técnicos de luces y sonido, diez camareros, dos maîtres y más de una docena, entre chefs y ayudantes evolucionando en una cocina mayor que el escenario. Eso aparte de los diez artistas que hacíamos el show.

Justo antes de Navidades del 86, Carmen Guasp,  casi la única cara que conocíamos de aquella sociedad que nos había contratado, nos comunicó que al finalizar el actual periodo de 31 días de contrato este no sería prorrogado y que aquel Music-Hall, ese íntegro parto de mis entrañas, cerraría definitivamente. Adujo que  había resultado no ser un  buen negocio. Así, de repente.

Por supuesto el palo  fue tremendo. Enterrar un trabajo tan lleno de vida y al cual todos habíamos dedicado tanto tiempo y amor nos resultaba muy doloroso. Pero lo que más nos sorprendía era cómo  esos socios invisibles, tan importantes, tan doctos en los negocios, con tanta experiencia, entre otras cosas, en hostelería, no habían previsto, desde el momento en que la capacidad del local había quedado reducida a menos de veinte mesas, la absurdez de abrir un negocio cuya empleomanía  debía ser  igual al mayor número posible de clientes atendidos.



A Jesús y a mí siempre nos pareció  que algo raro había en ese proyecto, que la ligereza con que se aceptaron los enormes gastos extras causados por los problemas surgidos durante la rehabilitación del local no correspondía con la mentalidad de empresarios curtidos en esos menesteres de "adorar la peseta". Llegamos a pensar que se había tratado de una manera de justificar  pérdidas ante Hacienda o  de un asunto de blanqueo de dinero.

La única realidad fue que casi un año de trabajo físico e intelectual dio como fruto, aparte de las innegables satisfacciones personales, a tan solo tres meses de representaciones. Eso sí, de hermosas, exitosas representaciones. Lola desapareció injustamente pero la experiencia para mi fue intensa.

Las fotos de Lola Music-Hall:  Jesús Alcántara.



 Inmersa en la música.



Recreación fotográfica de Jesús Alcántara.

Mientras aguardaba esas doce campanadas que anunciarían el final de 1986, sentados en una mesa que habían preparado ¡en la cocina! para los bailarines, para mi madre, para Jesús y para mí, mientras observaba los jóvenes rostros de mis chicos ensombrecidos por el cercano e inminente momento de las despedidas, el inicial desconcierto que me había producido la noticia del cierre de Lola Music-Hall se iba convirtiendo en rabia.

Tanto esfuerzo creativo, tanto amor puesto en el proyecto, tantos meses de estrés a duras penas superado mientras las obras de habilitación del local se dilataban, tanto clamoroso éxito de público se irían al traste por motivos oscuros. A pesar de que el libro de reservas estaba lleno hasta tres meses en adelante, a mediados de enero, fecha en que vencía nuestro contrato mensual, Carmen Guasp y el resto de los socios anónimos, nos pondrían de patitas en la calle con nuestras destrozadas esperanzas como único equipaje.

Isi Fuster con Manuel Hurtado y Joaquín Arjona en el cuadro de Drácula.
La música era el Adagio de Albinoni

Mi introductora en el proyecto,  María Gracia Mateu, se había despedido unos días atrás, después de sostener  una enorme discusión con Carmen Guasp. De manera incomprensible esa mujer boicoteaba nuestro espectáculo. Tras autoproclamarse dictatorial portavoz  de la sociedad   prohibió, con el pretexto de que eso molestaría a los comensales, la realización de videos y fotos durante el espectáculo, entorpeciendo con esto su promoción y provocando el disgusto de algunos bienintencionados periodistas. (Que haberlos, haylos). Decía que SU local no precisaba de ese tipo de publicidad, que era muy capaz de abastecerse hasta la saciedad con los propios socios, sus muchos amigos y el “boca a boca” entre la gente de la alta sociedad y que por lo tanto nosotros sobrábamos, Una buena vocalista acompañada por el piano de cola sobre el que yo cantaba en el primer cuadro sería más que suficiente ya que Lola en realidad debía ser una especie de club privée pues SU cocina, es decir la sofisticada nouvelle cousine de El Amparo, no podía ser apreciada por el populacho. Creo que parte de esa actitud desdeñosa hacia nosotros respondía al hecho de que muchos de los que llamaban pidiendo reserva preguntaran si era posible asistir tan solo al show y prescindir de la comida. Eso exacerbaba su soberbia. La cuestión es que mi amiga María Gracia decidió que no podía seguir luchando contra tanto  absurdo y nos abandonó.



Mari Carmen García, Tente Barrachina e Isi Fuester
en el número Two Ladies, de la película Cabaret
A mi entender  la humillante realidad era que habíamos sido utilizados. Cada vez se afirmaba más en mi cerebro la sensación de que los inversores en realidad habían logrado sus propósitos, justificar gastos y blanquear dinero, que nadie dejaba morir, o quizá debía decir AYUDABA a morir, a un ser querido con tanta indiferencia y que la cuerda se estaba rompiendo, como siempre, por su parte más débil; la de los artistas. Es decir que ese mentiroso 1986 terminaría exultante de música, de lujo y de la algarabía de la clientela abarrotando el local, un público desconocedor de que, relegados a la cocina, aquellos a los que había aplaudido y vitoreado un momento antes, intentaban asimilar la inesperada e injusta decapitación de sus sueños. 

Así que intenté mitigar mi rabia haciendo un somero resumen mental de lo que aquel año 86 había significado para mí.


Desde que en el mes de enero se me ofreciese el fascinante proyecto de crear y protagonizar un espectáculo para el Lola Music-Hall  aquello había ocupado casi todo mi tiempo y mis energías. Es decir que a excepción de algunas intervenciones en importantes series de televisión y el honor de representar a España en el Festival de Knokke con un programa musical que me permitió disfrutar de una semana hospedada en el hotel-casino de ese maravilloso balneario belga, solo la preparación y los ensayos del show de Lola ocupaban mis días y casi la totalidad de mis noches. Parecía que la música se estaba convirtiendo en una constante laboral para mi y aquello me encantaba. Los empresarios teatrales, conocedores del importante proyecto en el que estaba inmersa, se abstuvieron de ofrecerme trabajo y  eso me venía  bien, al menos de momento. 


Guido en una clase con Isabel Presley

En mi deseo de poner en orden mi musculatura, decidí buscar un profesor de baile que se ajustase a mis necesidades actuales. Nada de esas aburridas, estúpidas e ineficaces “reuniones” para actores que ofrecían algunos coreógrafos y que solo servían para entretener "al personal", pero tampoco una férrea disciplina de ballet que ya estaba fuera de mis posibilidades físicas. Y un día mi amiga, la actriz Rosa Valenti, me habló de un profesor cubano que daba clases de varios niveles en una academia ubicada en la calle Amor de Dios, es decir en el centro de Madrid. Su nombre era Guido González del Valle.

No exagero al decir que a partir de nuestra primera experiencia conjunta la conexión fue extraordinaria. 



Aquel hombre que pasó por una auténtica odisea antes de tomar la traumática decisión de abandonar Cuba,  conservaba un sentido del humor de la más cultivada clase y una actitud tan positiva ante el presente que todo en él irradiaba energía y optimismo. Habiendo sido alumno aventajado de Ramiro Guerra en la técnica Graham, me confesaba que, cuando lograba eludir la  dictadura de su maestro, picando el cebo que el también estupendo profesor Fernando Alonso le ofrecía, acudía a unas clases del Ballet de Cuba en las cuales escaseaba el elemento masculino. Así que un día optó por cambiar de estilo y permanecer con la escuela clásica. Pero aquello no duró mucho. Su espíritu crítico y fuerte personalidad le fueron convirtiendo en elemento “non grato” para la diva, Alicia Alonso, y todos los que hemos estado bajo su inflexible control sabemos lo que eso significa. La señora le hizo la vida imposible.

Así que en el año 63 se separó del Ballet y fundó el prestigioso Grupo de Danza Contemporánea,  tan solo para volver a chocar contra la pared de la incomprensión. Y esta vez el choque fue aún peor ya que en el 68  su grupo fue desmantelado por la UMAP, "la gran devoradora". Ya he hablado con abundancia de esos aberrantes campos de concentración que la tiranía castrista creó con el fin de absorber el alma, y muchas veces la vida, de cualquier cubano que, por un motivo u otro, "desagradase " al régimen. (Para información más amplia sobre lo que fue la UMAP leer Instantánea 38.)

La cuestión es que, desilusionado y presionado al límite, logró abandonar la isla en una fuga digna de una película de acción y afincarse en esta España que le recibió sin objeciones.   Lo curioso es que fue aquí, en España, donde tuve la oportunidad de conocer al maestro y disfrutar con la mistad de ese hombre tan especial.


Con Guido y Manuel en el 2001
Un día, en una de sus visitas a casa, se presentó acompañado por un agraciado muchacho de nombre Manuel al que definió como su “querido compañero”. Aquello me llenó de satisfacción. Aunque el   sexo no era uno de nuestros temas preferidos,  sabía de   su homosexualidad y presentía cuan mal  llevaba la soledad. Sin duda formaban una pareja encantadora; la experiencia y la mesura equilibrando a la juventud y al ímpetu… El saberlo feliz me hizo aceptar con cariño al nuevo personaje que entraba en mi vida: Manuel Navarrete. Lo que yo no sospechaba era que ese  simpático hombre me iba a desvelar el intrigante misterio que había rodeado las noches de despedida de mis más recientes trabajos teatrales: el origen de los conmovedores regalos que, escondido tras el anonimato, alguien había dejado para mí en los teatros María Guerrero y La Comedia.

Resultó que aquel admirador secreto que me hacía llegar unos primorosos álbumes llenos de recortes periodísticos sobre mi trabajo ERA ÉL. Si, ese muchacho encantador y amante de las artes que había llegado al corazón de Guido y conquistado mi casa gracias a su dulzura y sensibilidad.  ¡Curiosos caminos tiene la vida, que se trenzan y se destrenzan a su  albedrío!

(Adelantándome al momento en que trascurre este capítulo os contaré que, en el año 2005, Guido y Manuel contrajeron matrimonio, siendo la suya una de las primeras bodas entre homosexuales que tuvieron lugar en Madrid. Eso sí, celebrada con la total discreción que correspondía a dos auténticos caballeros. Pero lamento que esta bonita historia de amor tenga un luctuoso final: un día Manuel se encontró cara a cara con un cruel adversario al que le fue imposible vencer: el cáncer.  En 2011, siendo aún muy joven, tras una lucha larga y valerosa, Manuel Navarrate moría derrotado por ese implacable asesino. A él, y a mi querido y atribulado Guido, va dedicada esta parte de mi narración.)

Y regresando al punto de partida, es decir al  31 de diciembre de 1986, en la cocina del Music-Hall Lola donde habían colocado irreverentemente una mesa para mis bailarines, para mi madre, para Jesús y para mí, viendo los atribulados rostros de mis chicos, oyendo los gritos y risas de la clientela en el salón y rodeada de la música que había regido mi reciente trayectoria, me dispuse a escuchar las 12 campanadas que anunciarían la llegada del año 87. Menos de un mes nos quedaba para disfrutar de aquel espectáculo que tan contrapuestas experiencias nos había aportado y tan solo nosotros, los que habíamos pasado por ellas, sabíamos cuanto nos dolía esa injusta defenestración.


El interior del reloj de la Puerta del Sol

Fue necesaria la primera campanada, el primer tañido  brotando del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, ese que anunciaba a España entera el nacimiento de un nuevo año,  para que yo saliera de mi ensimismamiento. Los inevitables brindis y besos que siguieron tenían  algo de mecánicos y un rescoldo de dolor.  Mientras,  en mi cerebro palpitaba  esta inquietante pregunta: ¿qué nos depararía al mundo y a mí ese 1987?


Recreación fotográfica de Jesús Alcántara


Al ritmo de un blues




Retrato de Jesús Alcántara

En general no empezaba bien ese 1987. Y no es que el año 86 hubiese sido un dechado de paz y ventura mundial, es solo que mi absoluta entrega al espectáculo del Music-Hall Lola había absorbido todo mi tiempo, minimizando a mis ojos sucesos luctuosos ocurridos a lo ancho y largo de nuestro planeta.

La tripulación del Challenger. Elison Onizuca, Mike Smith
Judy Resnik, Richard Scobee, Ron MacNair , Christa MacAuliffe y Gregory Jarvis
En enero del 86 el transbordador espacial Challenger había estallado a los 73 segundos del despegue ocasionando la muerte de sus siete tripulantes. Este accidente  hizo que la Nasa suspendiera sus vuelos espaciales hasta  1988.

En febrero, en Estocolmo, Suecia, era asesinado el ex primer ministro Olof Palme. Mientras paseaba en compañía de su esposa un desconocido le había disparado por la espalda. Palme era un político comprometido con la problemática de los países del Tercer Mundo, así como con  la democracia y el desarme. La autoría de este asesinato aún está en entredicho.

En la madrugada del 26 de  abril, debido a consecutivos errores humanos, en la central nuclear de Chernobyl, URSS, se producía una gran explosión. Segundos más parte una segunda deflagración  hacía volar por los aires la losa del reactor. Se estima que la cantidad de radiactividad liberada fue 200 veces superior a la de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki. 31 personas murieron durante el accidente, víctimas fulminantes de las altas dosis de radiactividad. Alrededor de 600.000 trabajadores especializados, voluntarios, encargados de control y limpieza que trabajaron en las largas labores de desescombro fallecieron con posterioridad. Se estima que 270.000 habitantes de las áreas contaminadas rehusaron abandonar sus tierras, pagando un alto precio en salud. Los casos de cáncer se multiplicaron y las muertes se prolongaron durante años. Este terrible hecho alertó al mundo  sobre el devastador rostro de la radiactividad.

En julio y en España, la banda terrorista Eta cometía otro de sus sangrientos actos en la Plaza de la República Dominicana, dejando un saldo de 12 víctimas mortales. Una furgoneta-bomba estallaba al paso de un convoy de vehículos de la Guardia Civil.

Y como ya he mencionado en varias ocasiones esas siglas asesinas, creo que es el momento de hacer, sobre todo para aquellos que me leéis desde países lejanos, una pequeña reseña del como, el cuándo y el porqué surgió en España esa banda que, a lo largo de casi cincuenta años,  ha llenado al país de sangrantes heridas.

Todo comenzó cuando, en 1952, unos universitarios que consideraban obsoleto el nacionalismo del PNV (Partido Nacionalista Vasco), se reunían en Bilbao, capital de la provincia de Vizcaya.  Este partido, temeroso del riesgo que suponía la aparición descontrolada de un grupo  marginal, lo integró en sus filas. Pero el espíritu beligerante de aquellos jóvenes causaba tales tensiones dentro de un organismo separatista pero de fondo democrático que en 1959 llegó la escisión. Así nació Euskadi ta Askatasuna es decir, ETA. Por supuesto durante la dictadura franquista todo esto sucedía dentro de la más absoluta clandestinidad.

En 1964 ETA se planteó el empleo de la lucha armada, arguyendo que solo por la fuerza podía Euskadi conseguir la “libertad”, y se creó un frente militar. Esto llevó a nuevas escisiones, esta vez en su propio seno, que no lograron debilitar el espíritu exterminador de la facción más violenta del grupo.

A consecuencia de la férrea vigilancia ejercida por un gobierno autoritario que estaba aún en su apogeo no fue hasta 1968 que Eta pudo realizar sus dos primeros asesinatos. Pero en 1973, tras el espectacular atentado contra el presidente del gobierno Carrero Blanco,  la banda alcanzó gran popularidad. Habiendo sido aquella una acción  política y antifranquista, una parte del pueblo comenzó a catalogarles como héroes.

El atentado de ETA en Madrid contra la cafetería Rolando
Tan solo un año después, en el 74 y en la cafetería Rolando de Madrid, ocurrió el primer atentado indiscriminado de ETA dejando un saldo de 12 muertos y 84 heridos, todos inocentes civiles. Aquello evidenció los propósitos asesinos de la banda.

La llegada de la democracia y las libertades, contradiciendo  lo esperado, auspició un auge del terrorismo. ETA, que en un principio atracara bancos para conseguir dinero con que comprar armamento, comenzó la lucrativa táctica de extorsionar y secuestrar a empresarios vascos, exigiendo altas sumas de dinero por sus vidas y las de sus familiares. Algunos de ellos fueron ejecutados. Muchos se trasladaron con sus empresas y familias a otras comunidades.

Entre 1978 y 1980 hubo un gran despliegue de  actividad terrorista siendo, en ese lapso, asesinadas 234 personas.  Progresivamente la violencia y agresividad de la banda se fue incrementando dejándonos décadas de sangre e iniquidad.


Comunicado de ETA frente a la televisión,
reivindicando la autoría de algún atentado

Y aquí finaliza esta sinopsis de las raíces y de las actividades de ETA hasta 1986.

Como anticipé al comienzo de esta Instantánea, Al ritmo de un blues, aquel año empezó para mi de mala manera. Una mañana a finales de enero, recién finiquitado mi contrato con el music-hall,  mi madre me anunció a gritos desde su lecho que los dolores no la dejaban ponerse en pie. Ya he contado que la artrosis y la osteoporosis maltrataban su cuerpo desde hacía tiempo, pero siempre había soportado con estoicismo los dolores en sus frágiles caderas y el sufrimiento de unos dedos, tan hábiles antaño, que se le iban retorciendo de manera angustiosa. Así que llamamos a un médico de urgencia de la Seguridad Social. El hombre, que no tardó demasiado en llegar, le preguntó si había tenido una caída y ante la respuesta negativa dictaminó que sus males eran reuma, artrosis y “mimos”, haciéndome prometer que la obligaría a moverse o su futuro cercano era apoltronarse y quedarse en la cama para siempre.

Con mi madre en su primera salida tras el incidente

Nunca me perdonaré esos días en los que, obedeciendo las instrucciones de aquel “doctor poco docto”  la forzaba  a moverse por la casa entre conmovedores ayes. Comprendiendo que aquello no resultaba normal en absoluto, pues mi madre era una mujer de una entereza y una claridad mental admirables,  decidí trasladarla a urgencias del Hospital de la Paz con este resultado: tras examinarla el traumatólogo  ordenó su inmediato ingreso. 

Un mes tardó en salir de allí. Tras las radiografías  el dictamen fue que tenía una fisura en la cadera izquierda, que el único tratamiento era reposo absoluto y que, de haber yo seguido forzándola a caminar, aquello se hubiese convertido en una fractura mucho más difícil de soldar. No cabía en mi corazón tanto sentimiento de culpa. Pasé a su lado la mayoría de las horas de los treinta días que duró su hospitalización.

Durante ese tiempo recibí un par de ofertas de trabajo que no acepté alegando que mi madre estaba ingresada y que me necesitaba, sin sospechar que personas mal intencionadas habían decidido convertir aquel rechazo, aquella imposibilidad circunstancial en algo permanente.

A finales de febrero mami ya estaba en casa, aún incapaz de  moverse sin ayuda pero llena de esa fortaleza que siempre la había caracterizado. 

Y un par  de meses después, cuando mi estoica madre ya podía moverse  con la ayuda de un andador y recibir esas visitas de mis amigos que tanto la estimulaban, uno de ellos me contó que algo turbio se estaba urdiendo a mis espaldas.  Se había corrido la noticia entre la profesión de que yo ya no quería trabajar. Es decir, ¡que pretendían retirarme! Me comuniqué entonces con algunos directores y productores, asegurándoles que deseaba ardientemente regresar al trabajo. Les informé que solo había un problema: de ahora en adelante; esas largas giras fuera de Madrid  se habían acabado para mí. Y me dispuse a esperar, pues era plena temporada y todos los proyectos estaban ya en marcha. Pero llegó el mes de junio sin que el teléfono sonase. Estar lejos de los escenarios o los platós resultaba una verdadera tortura. Los días se me hacían interminables.

Así que cuando Alberto Masulli, el gran coreógrafo argentino que desde hacía muchos años radicaba en España,  me propuso ser la estrella de una revista que se iba a representar en el Teatro Calderón de Madrid, no dudé ni un minuto en aceptar.

Y de esta manera empezó una de las experiencias más agradables de mi carrera.


En dos sainetes: izquierda con Pepe Álvarez y  derecha con Pepe Ruíz

No hay nada más satisfactorio que trabajar en un ambiente de perfecta camaradería, cosa que no sucede con demasiada frecuencia, sobre todo en un grupo tan amplio como el que formaba la compañía. Pepe Álvarez y Pepe Ruíz,  los “cómicos”, aparte de su calidad como actores, resultaron poseedores de aún mayor calidad humana,  Marga Herrera, la joven vedette, era una belleza de cuerpo estilizado y de una ternura muy difícil de encontrar en ese medio, Amparo Bravo tenía un preciosa voz y derrochaba juvenil encanto,  y el ballet Fiesta estaba compuesto por diez bailarinas jóvenes, simpáticas y colaboradoras. También estaban Gustavo y Andrea, hijos de Masulli, que hacían de entusiastas comodines.


Dos de mis números musicales

Masulli, coreógrafo de teatro y televisión desde hacía décadas, los dos Pepes, y yo nos dedicamos en cuerpo y alma, durante el escasísimo tiempo de 20 días,  a componer el espectáculo, buscando sketches de los mejores autores del género y seleccionando la música. Fue una labor ardua y conjunta  que tuvo un precioso resultado.

Con parte del ballet en el inevitable número de las
prostitutas.
Y digo esto pues el espectáculo, de título “Y si encuentra algo mejor…”, pensado para cubrir tan solo los meses de verano julio y agosto en el Calderón, tuvo tal aceptación que logró desplazar la programación que seguía  un par de meses.

Los Pepes y yo disfrazados de los hermanos Marx
La apoteosis final  entusiasmaba al público. Salíamos los Pepes y yo cantando y disfrazados de los Tres Hermanos Marx.

En un momento determinado yo, que hacía de Harpo, oculta por las bailarinas que desfilaban delante de mí, desaparecía de la vista del público, reapareciendo en un segundo hecha una vedette del Follies 

Bergere, con el mínimo de ropa cubriendo mis partes más púdicas y rodeada de plumas. Aquello alborotaba al público. Así terminaba cada una de esas funciones en las que tanto disfrutábamos público y artistas. 


Como no estaba prevista gira alguna, principal razón por la que había aceptado el trabajo, el último día en Madrid fue también el de la disolución de la compañía. Para nuestra general tristeza.

Toda la compañía en la apoteosis final.
De izquierda a derecha en primera fila, Andrea Masulli, la vedette Marga Herrera, Pepe Álvarez, yo, Pepe Ruíz
y a su lado Amparo Bravo.

No podéis imaginaros  la satisfacción que me produce terminar este capítulo inmersa en la música, con aires de fiesta, radiante de éxito, rodeada de la mejor compañía y  en el paraíso de los faranduleros: el escenario.

Fotos del espectáculo; Jesús Alcántara


LAS MUJERES TORERAS




1988 comenzaba para mí con un prometedor regreso a las grandes pantallas. El director Roberto Bodegas me ofreció un interesante papel en su próxima película, Matar al Nani,  basada en un hecho real;  la vida delictiva de Santiago Corella. El  joven ladrón de joyerías contaba en sus fechorías con la demostrada complicidad de altos mandos de la policía a pesar de lo cual,   tras una rutinaria detención, desapareció tan misteriosamente que persona alguna  volvió a saber de él.


El guión se atrevía a mostrar el turbio submundo policial  y era una brutal crítica a los cuerpos de seguridad del estado de principios de los ochenta. El protagonista del film fue un encantador muchacho francés, Frédéric Deban, con el cual compartí casi todas mis escenas, incluida esa inevitable violación que desde hacía años me perseguía en el cine.

El rodaje del film estuvo llenó de interrupciones y obstáculos organizados, de forma solapada, por la policía. Pero Bodegas, haciendo uso de un tesón y valentía admirables, logró finalizar una película que se convirtió en vibrante alegato contra la injusticia institucionalizada. En cuanto a Frédéric y a nuestra escabrosa escena, he de decir que el muchacho sufrió casi más que yo durante el su rodaje.

Cartel de Matar al Nani
con Frédéric Deban
Al finalizar cada toma, con cara compungida y en su delicioso francés, me pedía perdón con una actitud tan tierna y sincera que me hacía casi olvidar el mal rato de estar desnuda, rodeada de técnicos, forzosamente vapuleada por mi violador y, para colmo, pasando frío. Cosas que hube de soportar durante toda una jornada de rodaje. Y para finalizar esta parte dedicada a Matar al Nani, os contaré que, al día siguiente de mi "violación" recibí en  casa un ramo de flores con una nota que decía; "Je me excuse, Yolanda. Vous ete une grande dame". Frédéric. Todo un caballero.

En mi hogar todo iba  bien. Mamá, con su entereza tantas veces demostrada, superaba la minusvalía desenvolviéndose cada vez mejor con su andador o taca-taca, lo cual me animó a volver a los escenarios. Un día Enrique Cornejo, empresario con el cual había trabajado ya en varias ocasiones, me pidió  que le hiciera un favor; que sustituyera a Paca Gabaldón en Entre mujeres, obra  de Santiago Moncada  dirigida por Jesús Puente, ese gran actor con el que había rodado en el año 84 Violines y Trompetas. A Paca le acababa de surgir una oferta más interesante y estaba a punto de dejar a Cornejo y a la compañía colgados, cosa que no solíamos hacer los actores, pero que de vez en cuando ocurría en esta profesión tan variopinta. Más que nada por amistad accedí a su petición.  A los actores  nos resultan ingratas las sustituciones ya que las comparaciones son siempre nefastas. 



Programa de mano de Entre mujeres.
Fotos Jesús Alcántara

La función contaba la historia de cinco amigas, compañeras de estudios, que volvían a reunirse 25 años después de su graduación. Cada una había seguido un camino divergente, lo cual aportaba a la acción enfrentamientos que amenizaban la trama. El autor  logró plasmar, de forma descarnada,  el mundo femenino, íntimo, extravagante, contradictorio a veces y siempre  fascinante. Las actrices éramos Julia Trujillo, yo, Inés Morales, Esther Gala y Sara Mora.


De izquierda a derecha, Esther Gala,  Julia Trujillo, yo y Sara Mora en Entre mujeres

Mi personaje era de un marcado dramatismo; una famosa escritora que, tras grandes luchas internas, había llegado a confesar su condición de lesbiana. La fuerza de aquella mujer, su heroico enfrentamiento con la sociedad me inclinaron a utilizar en sus contundentes parlamentos un tono de voz bastante más grave y potente del mio normal. Pero aquella virguería le ocasionó a mi garganta un problema tan serio que me vi obligada a abandonar  la compañía a los pocos meses pero antes de que el asunto se convirtiera en algo irreversible.  Ay, la  garganta, hipersensible pieza de esa “perfecta máquina” en la cual nos mandan a este mundo, pero sin darnos el libro de instrucciones. 

Ese incidente me dejó bien claro que nadie puede jugar impunemente con su tesitura. Error que no he vuelto a cometer. Por fortuna una estupenda logopeda, en cuyas manos tuve la suerte de caer, solucionó la peligrosa distensión de las cuerdas vocales que estuvo a punto de causarle daños irreparables a mi carrera.




Sabía que el reposo y la rehabilitación eran las dos únicas cosas que me salvarían de una afección crónica, así que, tras despedirme de la compañía, para evitar cualquier tipo de tentación, me pasé treinta días sin casi salir de casa y aferrada a una libreta en la cual apuntaba cada palabra que mi rebelde garganta pretendía pronunciar. Y gracias a mis cuidados, en septiembre del mismo año, pude estrenar Ancha es Castilla(Ginestiada), una deliciosa comedia escrita por la también actriz Isabel Hidalgo.

Aquella fue una maravillosa experiencia pues las cuatro actrices y el actor que componíamos el reparto habíamos logrado esa conexión artística y humana, en escena y fuera de ella, que convierte este trabajo en algo extraordinariamente placentero. Inés Morales, Isabel Hidalgo, Alicia Tomás, Manuel Aguilar y yo formábamos el entusiasta elenco de la obra. El argumento versaba sobre cuatro hermanas y un hermano que se reunían cada año para celebrar la Navidad y para ponerse al tanto los unos de los otros, ya que cada cual vivía en un país distinto. Aunque el formato fuese similar al de Entre mujeres, la autora de esta pieza escogió desarrollar la trama en tono de  simpática comedia, lo cual fue un acierto.



De izquierda a derecha con Isabel Hidalgo, con Alicia Tomás y con Inés Morales

Portada de Alicia Tomás en Pronto

Mi gran descubrimiento entre aquel reparto fue Alicia, bella vedette de finales de los sesenta, antes de decidirse por la comedia había sido una de las pocas mujeres toreras de España. La narración de sus experiencias frente al toro y el vigor que de ella emanaba convertían su compañía en algo  estimulante y divertido. A pesar de mi rechazo al mundo taurino y a todo lo que pienso tiene de cruel y sangriento, las charlas con ella eran una fuente inagotable de información.  De su boca supe  la ancestral lucha femenina por vencer esa renuencia general a admitir mujeres en los ruedos.

Según me contó, la primera torera de la que se tenía constancia era Francisca García, a la que muchos escritos situaban en 1774.



 Nicolasa Escamilla. Grabado de Goya.

En 1816 Francisco de Goya inmortalizaría a Nicolasa Escamilla en el grabado número 22 de su serie La Tauromaquia y en 1882 Gustavo Doré haría lo mismo, dedicando a Teresa Bolín uno de sus hermosos grabados.

 Teresa Bolín. Grabado de Doré.






A mediados  del siglo XIX aparecieron varias cuadrillas de toreras, por ejemplo la de Marina García y la de las Noyas.  Puesto que los hombres se negaban a compartir cartel con ellas, las féminas decidieron formar pequeños grupos y crear sus propios espectáculos, llegando a tener un gran  éxito.

Pero en junio del 1908, Juan de la Cierva, ministro del gobierno de Antonio Maura, dictaba una Real Orden prohibiendo a las mujeres tomar parte en corridas de toros. Esto desveló un curioso caso de travestismo dentro de la tauromaquia; María Salomé, durante años supuesta torera, confesó su auténtica identidad masculina con el fin de poder seguir toreando. Agustín era el verdadero nombre de ese precursor del tranvestismo.


Cuadrilla de Las Noyas

La mencionada orden estuvo en vigor hasta ser abolida por la Segunda República Española, en el año 1934, dando esto lugar a que surgieran grandes figuras, siendo tal vez Juanita de la Cruz la más señalada. Por desgracia para estas aguerridas mujeres el veto reapareció a la llegada del fascismo.


Juanita de la Cruz
Aunque de forma solapada, a finales de los 60 algunas mujeres volvieron a aparecer por los cosos taurinos, entre otras Rosarito de Colombia, Alicia Tomás, mi compañera de teatro en aquellos momentos y trasmisora de toda esta jugosa información y Ángela Hernández, seguramente la que se tomaba su profesión con más seriedad,  ya que, gracias a su tenaz lucha en los juzgados, consiguió, en el 74, que se publicara una orden ministerial autorizando de nuevo el toreo femenino.




Ángela Hernández
Me he extendido en esta información tan solo por lo que tiene de significativo ese veto, esta reiterada discriminación, en un campo o en otro,  de la que suele ser victima la mujer. Pero no continuaré la historia de mi vida hasta dejar firme constancia de mi absoluto rechazo al toreo en si.

Y ya dicho esto, paso a narraros las circunstancias en las que recibí, aquel año 88, un inesperado regalito desde Cuba.



Una fría madrugada de finales de noviembre, el insistente timbre del teléfono me hizo saltar de la cama. Con toda la desmañada rapidez que me fue posible, intentando que aquel estridente sonido no despertara a mi madre, la cual dormía en la habitación colindante, descolgué el auricular y escuché, aún entre jirones de sueño, estas palabras: “Madrina, soy Alejandro. Estoy en el aeropuerto de Barajas. Vengo con el ballet de Tropicana y vamos a  pasar ocho horas aquí esperando la conexión con un vuelo hacia Moscú. Nosotros no podemos salir del aeropuerto pero me gustaría tanto verte y abrazarte…¿Tienes manera de entrar y pasar un rato conmigo?”  Aquello estaba prohibido pero mis amigos y admiradores se hallaban diseminados por “todo el territorio nacional” y confiaba en que surgiría alguno en aquel Barajas casi inactivo a esas horas de la madrugada, alguien con autoridad suficiente para permitirme el acceso a la zona reservada a los enlaces.. 

La cuestión es que menos de sesenta minutos después, provista de un grueso abrigo de Jesús, un jersey y unos calcetines de lana, improvisada ayuda para el frío que sabía esperaba a Alejandro en Rusia, Jesús y yo estábamos en la terminal del aeropuerto. Y solo unos minutos más tarde, gracias a un policía que me reconoció como “la artista Yolanda Farr de mi admiración”, Alejandro y yo nos estrechábamos en un  abrazo. Como no quisimos abusar de aquel amable guardia que me había colado en zona prohibida, a riesgo sin duda de recibir como mínimo una amonestación, decidimos que Jesús se quedara fuera y regresase a casa ya que yo pensaba permanecer con mi ahijado hasta que tomase su vuelo hacia Moscú.

Era angustiosa la imagen de  aquel grupo de cubanos varados en la zona de tránsito. Es posible que tan solo yo, que conocía la situación en la isla, pudiera leer y entender los mensajes  de miedo y a la vez ilusión  escritos en sus rostros. Siendo aquel, para la mayoría, su primer viaje al extranjero, la expectación les mantenía en continua tensión, haciendo que de manera instintiva  formasen un grupo cerrado  del que no se atrevían a separarse. Tan solo Alejandro y yo constituíamos una pareja que, cogidos de las manos, conversaba a cierta distancia. Había miles de temas que tratar,  pero el que mi ahijado me planteó de súbito me dejó  petrificada.

Fotos de teatro, Jesús Alcántara.


Un regalito desde Cuba. 
.


Foto Jesús Alcántara

Alejandro, ese bebé que 21 años atrás yo había sostenido en mis brazos mientras era ungido con las aguas bautismales,  ese hijo de mi hermana de sangre, se había convertido en un mozarrón de radiante sonrisa y cautivador encanto. Cuando, durante una de esas escasas conexiones telefónicas que se lograban establecer con Cuba, Lucy me había comunicado la afición de su hijo por el ballet y su deseo de estudiarlo, me sentí responsable. Pensé que, de alguna manera, yo le había  contagiado mi gran y frustrada pasión por ese arte, sufrido y dictatorial pero cautivador.

Alejandro y yo, cuatro años atrás, durante
mi viaje a Cuba. (Ver Instantáneas 99 y 100)
Y ahora el muchacho estaba allí, en el aeropuerto de Barajas, frente a mí, emanando aún olor a  galán de noche, a salitre, a palma real, a sinsonte y tocororo, a Lucy,  a los adorados aromas de mi querida Cuba. Todo iba transcurriendo de forma bella y emotiva hasta que de su boca salieron, casi musitadas, estas apabullantes palabras; “madrina, necesito exiliarme. Allí me tienen vigilado. Mi negativa a integrarme,  a pertenecer a las milicias está cerrándome todas las puertas. Me siento presionado y observado hasta tal punto que temo por mi libertad y por la seguridad de mi familia.” Aquellas palabras, que podían sonar a paranoia, tuvieron el efecto de penetrar en mi alma haciéndome recordar los momentos más negros de mi vida cubana, y  a consecuencia  provocaron en mí una explosión de empatía.

Tenía que ayudar a mi ahijado fuese como fuese y costase lo que costase. Y debía ser en ese mismo momento pues con toda seguridad nunca se presentaría una mejor oportunidad. 

Así que lo primero que hice fue buscar un teléfono público y plantearle a Jesús el atolladero en que nos encontrábamos. Su reacción, tal y como era de esperar conociendo su generoso corazón, fue de total apoyo. Debíamos conseguirle el estatus de exiliado y recogerle en el seno de nuestro hogar el tiempo que fuese necesario. Esa parte del problema estaba resuelta. Ahora quedaba la más difícil: cómo, dónde y ante quién se podían hacer las gestiones  para la petición de asilo INMEDIATO. Y de pronto vi cerca de mí al amable policía que unas horas atrás me había facilitado la ilegal entrada a la zona de tránsito del aeropuerto. Y hacia él me dirigí con mis preguntas.

Todo lo que ocurrió a continuación fue como un  milagro. “Yolanda, esta no es la primera vez que aquí se presenta una situación semejante” fueron las palabras del buen hombre, “has tenido suerte de que esta noche me tocara guardia. Hace tan solo unos meses, solucioné un problema idéntico a dos músicos cubanos que viajaban hacia Checoslovaquia formando parte de una orquesta. Atiende; dentro de este espacio hay dos wáteres públicos, uno ahí cerca y otro hacia la mitad de  ese largo pasillo”, dijo mientras me los señalaba. “Colocaré un cartel de “fuera de servicio” en el más cercano, así tu ahijado tendrá una justificación para alejarse del grupo. Dile que dentro de media hora vaya hacia allí, eso sí, debe ir solo o no habrá nada que hacer. Le esperaré en la puerta y le llevaré con disimulo a la comisaría por el acceso del que disponemos en esta sala. En cuanto a ti has de salir y dirigirte a la entrada principal de la comisaria, decir que vas en mi nombre y esperarnos para hacer el resto de los trámites. Si todo va bien, pronto nos reuniremos contigo y tras rellenar unos cuantos formularios es casi seguro que esta noche el joven pueda dormir en tu casa. El jefe de policía es mi padre. Tanto él como yo odiamos lo que el comunismo está haciendo en Cuba y nos solidarizamos con los que piden exilio político. Tendréis unos días para realizar las subsiguientes gestiones.”. Aquello me parecía una locura pero, moviéndome como una marioneta manejada por los hilos de la excitación, un cuarto de hora más tarde me encontraba en el despacho del jefe de policía y tan solo minutos después veía entrar en él a un desencajado Alejandro y a ese ángel de la guarda disfrazado que Dios nos había enviado para ayudarnos.

A partir de ese momento, para mi sorpresa, todo comenzó a salir rodado. Tras firmar unos papeles en los cuales me identificaba con mi DNI, me comprometía a hacerme cargo económicamente de Alejandro y me responsabilizaba por sus actos legales en el país, nuestro salvador nos acompañó al coche en el que éramos  esperados por Jesús, a quién yo había informado del desarrollo de las gestiones desde el teléfono de la comisaría. 

Jesús y mami aceptaron al joven con los brazos abiertos y yo estaba feliz de poder compensar en algo la gran amistad que su madre, Lucy, me había dedicado durante toda nuestra infancia y adolescencia.

Mi madre y yo con Alejandro en su primera Navidad española

Fue enternecedor mostrar las “abundancias del capitalismo” a un Alex que se detenía ante los escaparates con la mandíbula desencajada, o enseñarle la majestuosa arquitectura del Madrid de los Austrias y los enormes rascacielos que bordeaban el interminable Paseo de la Castellana…Todo le deslumbraba. Cuando llegaron las Navidades, ansiando compensar la carencia de atención y de afecto que yo había sufrido durante  los primeros meses tras el regreso a mi  patria, (ver Instantáneas 48, 49 y 50), nos dedicamos en cuerpo y alma a hacer de las celebraciones navideñas algo pleno y feliz para él, algo que pudiese aliviar un poco su inevitable y dolorosa nostalgia familiar.

Alejandro.
Foto Jesús Alcántara
Sin duda la España de aquellos tiempos  era distinta a la actual y sus leyes infinitamente más flexibles. El tan latino “amiguismo” campaba a sus anchas.  

Aunque nuestro propósito era legalizar sin fisura alguna su presencia en el país ni siquiera sus primeros trabajos, aún antes de tener en regla los papeles, resultaron un problema. Cuando  Alejandro manifestó su deseo de trabajar, se me ocurrió recurrir a un buen amigo  coreógrafo que en esos momentos tenía un programa semanal en la tele, Ricardo Ferrante, el cual, tras audicionarle,  me alabó sus grandes condiciones y lo aceptó.  Así que, cobrando en lo que ahora se llama “dinero negro”, mi ahijado se convirtió, a los dos meses de su llegada,  en “bailarín de TVE”.

Puesto que nuestro hogar tan solo tenía dos dormitorios, el de mami y el que ocupábamos Jesús y yo,  durante un corto tiempo Alex hubo de dormir en el sofá del salón. Poco después   Jesús habilitó para él un espacio en su gran estudio de la calle Príncipe, hizo remozar el cuarto de baño y le entregó a aquel muchacho las llaves de lo que era su santuario.  Hasta allí, y mucho más lejos,  llegó su generosidad. En compañía de aquel “mulato jabao” iba arriba y abajo por Madrid, a veces presentándolo a sus amigos, con esa tierna ingenuidad que lo caracterizaba, como su hijo, broma que yo me encargaba de desdecir pues no nos dejaba a ninguno de los dos en buen lugar y si llegaba a oídos de la “prensa del corazón” hubiera podido complicar bastante mi existencia. (Para aquél que desconozca el término; como “mulato jabao” se  conoce en Cuba a personas de piel y cabellos bastante claros pero con facciones negroides).

Por desgracia no tardaron mucho en surgir entre mi ahijado y nosotros graves desavenencias.

Jesús, fotógrafo oficial del Teatro de  La Zarzuela desde hacía unos años, tenía influyentes amigos en aquel centro que, por esa época, albergaba también la sede del CDN, es decir del Conjunto de Danza Nacional. Un día le preguntamos a Alejandro si no le convendría reanudar seriamente sus estudios de ballet a lo que accedió no con demasiado entusiasmo. El muchacho, sin problemas económicos, casa y comida asegurada, estaba disfrutando de su libertad, del dinero que ganaba en la televisión y tantas facilidades hacían que comenzara a “perder el norte”. Creíamos que la disciplina del ballet le devolvería a la realidad  y que comprendería la gran  importancia que tenía labrarse un futuro. Jesús le consiguió una audición privada con míster Barra,  coreógrafo del CDN en aquellos tiempos, y Alex, gracias a sus innegables condiciones para el ballet y  a esa simpatía con la que sabía cautivar a la gente, fue no solo admitido en las clases sino que le prometieron que, pasado un año, sería contratado en la prestigiosa compañía del Ballet Clásico. Por lo tanto comenzamos a acelerar los tramites para obtener  sus imprescindibles papeles de residencia, recurriendo de nuevo a amigos que tuvieron la  habilidad de colocar su solicitud entre las primeras de la lista. Total que en menos de cuatro meses su situación estaba legalizada.

Pero aquella posibilidad de ser contratado, que hubiese sido el sueño de decenas de aspirantes, no satisfacía a Alejandro. Un día, a principios de los 90, tan solo unos meses después de haberse integrado a las clases, se presentó en casa a una hora inusual. “¿Qué haces aquí, no estás en horario de lecciones?”, le preguntamos y su absurda respuesta nos dejó boquiabiertos. “Hay un nuevo director, Nacho Duato, y no me gusta. No estoy dispuesto a  aceptar instrucciones de un maricón, así que me niego a seguir asistiendo”. Ahora resultaba que mi ahijado era homófobo, ¿cuál podía ser nuestra reacción al respecto? El chico era mayor de edad y supuestamente capacitado para escoger la que iba a ser su vida. Así que decidimos pasar por alto esa y otras absurdeces suyas, como aquella afirmación de  que “ los capitalistas me debeis todo el tiempo y las cosas de las que no he podido disfrutar durante mi adolescencia, así que todo lo que hagais por mí es poco”, con la que en una ocasión nos sorprendió. Pero seguimos acogiéndole e intentando inculcarle nuestro conocimiento  de este difícil  mundo lleno de tentaciones materiales que eran meras trampas.

Un día comprobamos que mi amigo el coreógrafo Ricardo Ferrante había dejado de usarle en su programa. Debido a la amistad  que nos profesábamos decidí  preguntarle el motivo y no puedo decir que su respuesta me sorprendiera: “Lo siento, Yolanda, pero la falta de disciplina de Alejandro y su renuencia a obedecer directrices me estaban causando problemas con el resto del ballet.”

Paco Marsó
Así que Jesús recurrió a Paco Marsó, amigo desde muchos años atrás y en aquellos momentos marido y mánager de la gran Concha Velasco. Puesto que la estrella estaba en antena con un programa de variedades llamado Viva el Espectáculo, Paco contrató a Alejandro, ya con sus papeles legalizados, como bailarín fijo y un más que generoso sueldo semanal. Resumiendo, que mi ahijado estuvo casi un año ganando un dinero que le alcanzó hasta para comprarse una moto de alta cilindrada. Pero un día el muchacho dejó caer en el vaso de nuestra paciencia esa famosa última gota que lo derramaría.

Conociendo su desahogada posición económica Jesús le preguntó cuanto dinero  estaba mandando  a Cuba para sus padres a lo que el joven respondió, ni corto ni perezoso: “Oigan, cuando me fui de allá rompí con la isla y con todo lo que hay en ella”. ¡Por supuesto aquello era intolerable! Si le habíamos recibido, atendido y cuidado durante tanto tiempo era  en homenaje a esa madre suya, Lucy. Entonces Jesús le dijo taxativamente que si él había roto  con su familia nosotros rompíamos con él. Que abandonara el  estudio de calle Príncipe, que alquilara algún lugar donde vivir y que se olvidara de nosotros como él estaba haciendo con los de su sangre.

Y así fue. Poco volví a saber de él y lo poco era siempre malo. Alejandro, despreciando las oportunidades que se le habían ofrecido, tomó un camino equivocado.

Solo lo vimos en otra ocasión, aquella en la que vino a casa para decir que España era una porquería, que se iba a EE.UU y que le dejáramos dinero para el pasaje. En lugar de acceder a eso, conociendo ya el percal, le compramos el pasaje y le pusimos en el avión.

Aunque nuestra relación se rompió de mala manera no fue así con la que nos unía a su madre y a mí.  Informada  de todo por  amigos de la profesión que viajaban con frecuencia a Cuba, aseguró no estar en absoluto sorprendida y sus mensajes para mí fueron de encarecidas disculpas y eterno agradecimiento. Al parecer, Alejandro, que nunca había estado perseguido políticamente, como afirmaba, era desde la niñez un ser conflictivo, mentiroso y egoísta.

Pero ya está bien de escribir sobre mi ahijado y sobre aquella frustrante experiencia.


Jesús y yo junto al gran bailaor "El Tano". A la derecha Alex y una amiga

Nunca he vuelto a tener noticias de él de manera directa. Por Lucy sé que su vida en Estados Unidos ha sido errática y conflictiva y que sigue fiel a su actitud de no ocuparse de su familia cubana. Con un email muy de vez en cuando siente que sus obligaciones  para con ellos están cumplidas. Y eso es todo. Mi eterna amiga y yo hemos hecho el pacto de no hablar de un tema tan doloroso para ambas.

El auténtico propósito de este capítulo es dar constancia de mi primera confrontación con una triste realidad: los años de tiranía castrista habían corrompido, en una parte de la juventud, esos valores tan cubanos de la lealtad, el honor y la amistad.





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