Adios, Cuba querida.

 La nueva amenaza.

(Mi agradecimiento a los varios lectores que han intentado encontrar en Internet el nombre del libidinoso anciano del que hablo en mi Instantánea anterior. Ha sido infructuoso, así que dejemos que el hombre, sin duda muerto hace años, descanse en paz.)

Mi padre Arsenio Mariño. 1930
Aquella primavera de 1967 mi padre pareció rejuvenecer de pronto 30 años. La furia que le provocó mi desafortunada historia con el cónsul de España en Cuba le transformó de nuevo en el joven luchador que durante la guerra civil española se había dedicado, con el único uniforme que en toda su vida había aceptado vestir, el de enfermero, a salvar vidas en los campos de batalla. O en aquel adolescente que llegó a la isla de polizón y gracias al coraje y la lucha diaria logró rescatar a su familia de una Galicia paupérrima. (Ver Instantáneas 2 y 4). Al día siguiente de que le contara lo sucedido, con los ojos brillantes y los músculos en tensión propios de un muchacho, se dirigió, a pesar de mis intentos de disuadirle, al Consulado Español dispuesto a defender a capa y espada a su humillado cachorro.
Según me contó a su regreso, el "señor" cónsul  estuvo largo rato negándose a recibirle con variados pretextos, hasta que mi padre, airado, solicitó  los papeles para poner una denuncia oficial contra él. Solo entonces fue recibido. El anciano diplomático, tras  rechazar indignado mi versión de los hechos, le dijo que  la visa de salida se me negó porque  el consulado había sido notificado de que existía una causa judicial pendiente contra mí. Aseguró que la comunicación recibida del gobierno cubano fue que yo no podría abandonar el país hasta someterme a uno de esos  “juicios populares” que se estaban poniendo de moda.

Retrato mío realizado por Korda. 1960
Estos increíbles  Tribunales Populares, como el gobierno los denominó, estaban compuestos  por los miembros del Comité de Defensa de la Revolución encargado de vigilar la manzana donde tuviese su residencia el acusado, y carecían totalmente de las garantías legales que  aportarían, en un verdadero juicio, un abogado o un  juez cualificado,  celebrándose en casa de alguno de los miembros del Comité o hasta en la propia calle. Aunque en ellos se juzgaban causas menores estos individuos tenían el derecho a imponer penas hasta de cárcel, según fuese el acusado más o menos del agrado del “tribunal”. Esta es la triste verdad.

Pero la humillación que la víctima  sufría al ser acusado ante sus propios vecinos de cosas de las que no podía defenderse, el ver airear sus “trapos sucios” ante conocidos y desconocidos, debía ser una experiencia terrible. Oírse tildado de  “gusano”, “traidor a la revolución”, "maricón" o “vende Patria”, con el solo pretexto de haber encontrado en su poder algún producto fuera de  la tarjeta de racionamiento, recordemos que recurrir al  mercado negro estaba penado, o por ser sospechoso de adulterio o de homosexualidad,  era, creo yo, el peor de los castigos. Lo increíble resultaba que el público solía asistir a esos juicios con el ánimo jubiloso del que se  dirige a ver una representación teatral. Así de aletargada, a base de miedo y consignas, estaba la conciencia y sensibilidad de una gran parte del pueblo cubano. La idea de que algo semejante me pudiese suceder me llenaba de terror.
Retrato 1962
Así que, al día siguiente de  visitar  mi padre  la embajada , él y yo, dejando en casa a unas mellizas sumidas en la expectación, nos dirigimos al Ministerio del Interior con el fin de obtener una información más fidedigna.  Aquello era como retroceder a la terrible época del encarcelamiento de Homero Gutiérrez del que tanto he hablado. Pero esta vez el problema no provenía de un bulo lanzado por una "supuesta compañera" llena de radicalismo y envidia  sino que era una orden proveniente del propio gobierno, al menos según las palabras del cónsul.

Foto para la revista Cuba. 1966
Pero en el Ministerio no conseguimos aclaración. alguna.  No sé cuantas veces volvimos papá y yo para obtener una explicación que me exonerara  o inculpara. Cualquier cosa era mejor que un fantasma  contra el que no se podía luchar. Siempre aseguraban no saber de qué estábamos hablando. El Ministerio del Interior guardaba un sádico silencio. 
Y los meses pasaban.

La situación económica amenazaba convertirse en catastrófica para la familia Mariño-Pfarr. Sin la posibilidad de trabajar en mi profesión, al igual que le sucedía a cualquiera que solicitase la salida del país, inhabilitada para percibir oficialmente un sueldo (ver instantánea anterior), las mellizas pretendieron intensificar su labor de costureras, pero la falta de materiales había diezmado sus posibilidades. Por otra parte las personas que podían permitirse el lujo de confeccionarse ropa eran cada día más escasas. Aquellas mujeres de la alta sociedad a las que ellas vistieran, en un principio más como hobby que por  necesidad, habían abandonado Cuba. Y entonces apareció Gladys, mi hada madrina, con una oportunidad de "trabajo clandestino" que iba a aliviar nuestros problemas económicos.

Calonge, Gladys Triana y yo. 1966

Mis amigos Gladys y Gilberto trabajaban de “free lance” para el INIT, Instituto Nacional para la Industria Turística, vendiéndoles cuadros de producción propia con los que decorar sus instalaciones. Calonge, un buen hombre que tenía un alto cargo en ese Instituto, les había abierto aquella puerta. De pronto mi  amiga tuvo una idea genial. Se le ocurrió que, poseyendo acceso a una serie de naves en las que el INIT almacenaba muebles viejos, sillas en desuso pero forradas de estupendo cuero, estanterías de caoba y roble, incautadas a sus antiguos dueños, es decir los desechos del ministerio de Recuperación de Bienes, se le ocurrió, repito, la posibilidad de  reconvertir esos trastos en obras de arte, pues  cortando las baldas de maderas nobles en cuadrados o rectángulo , a base del duro mordisco de las gubias, podrían ser transformadas  en decorativos y originales cuadros. Realizó una muestra que encantó a Calonge y fue así como mi padre, convertido en ayudante de Gladys, se volvió a sentir útil durante unos meses. Recuerdo a Arsenio con una tabla sobre su regazo,  manejando con entusiasmo las gubias hasta conseguir la textura de los fondos o  el realce de aquellas figuras geométricas dibujadas por ella. Gracias a esa ocupación, papá lograba olvidar, durante el tiempo de la dura tarea, pasados angustiosos y dudosos futuros.

Retrato para la entrada al Salón Rojo
del Capri. 1966
También me viene a la memoria la imagen de Gladys, de Gilberto y  mía trabajando sobre una larga y gruesa madera,  que había sido la barra de un bar, empeñados hasta el agotamiento en hacer de ella un gran tótem. Finalizamos el trabajo   tras un mes de denodado esfuerzo y más de un accidente laboral, pues aquellas gubias, aquellos martillos y cinceles, únicos instrumentos con  que contábamos para traspasar sus treinta centímetros de grosor, podían ser  en realidad  muy   peligrosas. Pero el hermoso resultado obtenido nos hizo sentir que todo  había merecido la pena. Nuestro espíritu artístico se sentía realizado.  El dinero que Gladys recibía por los trabajos era compartido generosamente con nosotros.

En una ocasión mientras visitaba esos almacenes, al ver los yacientes cuerpos  de aquellos sillones y sofás que sin duda extrañaban sus días de esplendor, muchos aún portando sus lujosos ropajes de fino cuero, se me ocurrió rescatar algo de esa grandeza para alegría de clientes y amigos. Se pidió permiso a Calonge para despojar las deterioradas piezas del material que las cubría, permiso concedido con la condición de que todo se realizase en el mayor de los secretos. Y así fue como aquellos trozos de costosa piel se convirtieron en sencillos pero bonitos bolsos y en cinturones que salían de las primorosas manos de las mellizas, adornos que las amigas y las amigas de las amigas compraban con esa naturalidad ante  la clandestinidad a la que la escasez nos tenía acostumbrados. Así logró subsistir la familia Mariño Pfarr. Escamoteando materiales, creando y vendiendo a escondidas original artesanía.
Pero los días pasaban, las semanas pasaban y nada referente a mi salida o a la amenaza de aquel “juicio popular” se movía. Esa “calma chica” me estaba enloqueciendo. En busca de una respuesta  recurrí incluso a un mundo que siempre había rechazado; la santería. 

Se decía que por esos  años existía en Regla una santera excelente. Aseguraban que era la hermana de Olga Guillot, con la que antes de su salida de Cuba yo había tenido una cierta amistad, así que, en el colmo de mi desesperación, un día me dirigí a su casa. Me temo que fue una experiencia nada fructuosa. La mujer me recibió rodeada de toda la parafernalia de su “profesión”. La habitación era oscura y un humo perfumado en demasía cubría todo con un mareante  velo de misterio. Al fondo, sentada en una mecedora, estaba una mulata que sostenía en los labios un descomunal habano.


Retrato colocado a la entrada del
Salón Rojo del Capri.
"Los tiempos de mamá y papá". 1966
Mientras me hablaba, tras un prolegómeno de toses y sonidos ininteligibles, yo permanecía hipnotizada por ese enorme puro que, milagrosamente, se resistía a   caer de  sus labios en constante y exajerado movimiento. El  encantamiento se rompió cuando, con un acento extraño, pronunció estas palabras. “Ja caraj, niña tú “sabe” bien que ese hombre no te conviene. Va por tu dinero. ¡Sáfate!”. Ante tamaño desatino abandoné la habitación convencida de nuevo de que mis relaciones con la santería y el espiritismo eran imposibles. Yo había acudido a ella con una acuciante pregunta, "¿qué  pasa con mi salida?", y ella se había perdido, tras una visión superficial de mi persona,  por “los cerros de Úbeda”.

Ante el silencio oficial y mi desesperación decidí tocar otra puerta así que acudí a un antiguo admirador; el hermano del importante comandante Vallejo. El hombre me recibió con amabilidad y prometió averiguar qué sucedía con aquella Yolanda Farr que él admiraba y a la cual ya creía fuera de Cuba. Y de esa afortunada visita saldría, en diciembre de 1967, un sorprendente resultado.

Contraportada de la revista "Romances"
Corresponde a la portada editada en la Instantánea anterior.

 De como rechacé las proposiciones de Humberto Solás



En medio de aquellos meses de 1967, tan llenos de angustias y hambruna profesional, en medio de la crisis ocasionada por mi solicitud de salida de mi querida y surrealista isla, la esencia misma de la Cuba que yo tanto amaba, es decir  las almas de las gardenias y buganvilias, de los totíes y sinsontes,  me estaban organizando  una sorpresa. Un emocionante regalo de despedida. Debo aclarar que en la isla nada, bueno o malo, era impensable y las posibilidades  resultaban tan innumerables como aquella flora que había sido mi primer impacto sensorial al pisar  su suelo en ese año 1948 tan lejano ya en el tiempo pero no en mi memoria.
Humberto Solás
La búsqueda de una respuesta al rechazo de mi solicitud de salida, aquella fantasmagórica amenaza de un “juicio popular”, seguía sin explicación. 

Una mañana en mi casa se recibió una sorprendente llamada: “¿Yolanda Farr, por favor?” dijo una agradable y juvenil voz masculina. “Sí, soy yo, ¿quién eres?” Así comenzó mi última gran aventura artística en la isla.
La voz pertenecía a Humberto Solás, un joven y prometedor director del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica) al que las lenguas viperinas llamaban “el niño mimado” ya que en su corta carrera había conseguido del Instituto las mejores condiciones de rodaje, el mejor equipo, en fin, todo lo que se le antojara para su trabajo. Humberto me pidió una cita personal con el objeto de hacerme lo que el llamó "una proposición muy especial"  Así pues, llena de curiosidad, ese mismo día acudí a aquellas oficinas del ICAIC que había creído cerradas para mí  “per sécula”.
La cuestión es que, inesperadamente, me vi en medio del rodaje de una película que sería la consagración de Humberto Solás; Lucía. Se trataba de un largometraje conteniendo la historia de tres mujeres llamadas Lucía durante distintas etapas de la historia de Cuba, la época de los mambises,  la del  machadato y los comienzos de la revolución castrista.  En la parte de la narración que transcurría durante la dictadura de Machado, es decir, en los años treinta, Solás iba a incluir  una multitudinaria orgía para la cual había solicitado y obtenido la participación desinteresada de la “crema de la intelectualidad” habanera. Pero necesitaba una actriz que representara un personaje específico y esa, según él, tenía que ser yo.

Por supuesto, siendo cameos, ninguna de estas personas aparecerían en los créditos de la película. Tanto insistió aquel joven director en contar conmigo y de tal manera me instó a olvidar mis miedos ya que  él me garantizaba que no habría ningún problema con la ley,  que durante dos días estuve rodando  esa escena de Lucia, consciente de estar rodeada de actores e intelectuales que nunca volvería a ver, aprovechando aquellos momentos para despedirme en emocionado silencio de cada foco, de cada cámara, de cada técnico, conocido o no, de cada compañero de rodaje, amigo o no, en fin, de cada persona, animal o cosa con la que coincidí durante el rodaje. Fue como un milagro.
 Imágenes mías en la película Lucía
Nunca he dejado de sentirme agradecida a Humberto Solás por aquel inestimable regalo. Pero allí no terminan mis buenos recuerdos de ese muchacho. Al acabar el rodaje del segundo día,  con sus tiernos veinte y pocos años  me  agradeció la colaboración y me pidió que considerase lo de mi marcha de Cuba, asegurándome que él podía arreglarlo, a niveles oficiales, como si mi solicitud de salida nunca hubiese existido. “Déjalo en mis manos,” afirmó. Me dijo que había muy pocas actrices cubanas de mis características y que mi partida iba a dejar (esto dicho con una sonrisa pícara) a la burguesía isleña sin representación cinematográfica. Pero ya era demasiado tarde. Demasiadas desilusiones habían debilitado mi adicción a Cuba.  La posesión de aquellas características físicas  que él   había señalado con tanto acierto, me convencían aún más de lo oscuro que era mi futuro en una industria que se dedicaba a refocilarse en personajes e historias del proletariado y en figuras marcadamente étnicas. Eran aquellos unos años en los que todo lo que oliese a burguesía era rechazado. Así que, aunque muy agradecida por su interés, rechacé las generosas proposiciones de ayuda de Humberto Solás. 
Tras esa maravillosa experiencia volví a la angustiosa espera, y, como último recurso, haciendo acopio de fuerzas, me sumergía con avidez en las más felices efemérides de mi vida en Cuba, reviviendo momentos artísticos inolvidables, solazándome en  el  recuerdo entrañable de mis primeras y queridas amigas, aquellos cuatro personajes que  hicieron llevadera esa terrible etapa  de la adolescencia y a las  que, pasara lo que pasara, nos separaran años y   kilómetros, sabía nunca iba  a olvidar.  Me era indispensable evadirme de la angustia que me provocaban el paso de los días,  sumida como estaba  en el desconcierto y la desinformación. Así que,  a  ellas dedicó el final de este capítulo.
Homenaje a Cuba.



Vista aérea de la La Habana

          ¡Ay, Cuba hermosa,  primorosa,  por qué sufres hoy tanto quebranto!
¡Ay,  Patria mía, quién diría que tu cielo azul nublara el llanto!
Martilleando en  mi cabeza las  quejas de esta canción de Eliseo Grenet,  Lamento Cubano, por la cual fue expulsado de Cuba durante la dictadura de Machado en los años 30, recorrí, durante días, aquellos lugares de La Habana que tantos recuerdos me traían. Sitios donde habían transcurrido los mejores años de mi vida.


El Parque Central y la presencia inevitable y adorable  en él de aquel excéntrico Caballero de París, (quien  por cierto, no tenía ni un pelo de  parisiense), el Capitolio,   lo que quedaba del  Paseo del Prado, el impresionante Centro Gallego...


También estaba la escalinata de la Universidad, escenario de tantas manifestaciones estudiantiles en contra del gobierno (fuese el que fuese), el malecón, flanqueado  por un belicoso mar  y por casas que comenzaban a mostrar un doloroso deterioro, el entronque emblemático  de L y 23 con el Edificio  Odontológico en el cual años atrás triunfaban las salas de teatro Idal y Talía.  También  el gran cine  Radiocentro,  sobre cuya enorme pantalla había visto, en mi infancia,  la primera película en sistema Cinerama  a su espalda el ICR, Instituto Cubano de Radiodifusión y CMQ, única emisora televisiva que funcionaba en Cuba.

Durante mis caminatas  varias veces  intenté entrar en la fabulosa heladería Coppelia,  a cuya inauguración, en junio de 1966, asistiera  "oficialmente invitada".  Allí  se elaboraba un sinfín de helados de los  sabores más imaginativos. Pero,  a causa de las largas colas, en esos momentos era casi imposible acceder. Sobre todo siendo yo  en esos momentos considerada una cubanita más, con todas las limitaciones que eso conllevaba. 

Y dirigiéndose hacia el mar, hacia el hermoso pero  nada fiable cinturón que ceñía la isla, estaba la Rampa.  Bordeando el Hotel Habana Libre  la amplia avenida se deslizaba en suave pendiente, con sus aceras cubiertas de joyas, hacia el Malecón, adornada con grandes mosaicos realizados en cerámica  y empotrados en el suelo, ideados  por los mejores pintores de Cuba; Amelia Peláez,  Raúl Martínez, Wifredo Lam etc.

Rampa arriba, Rampa abajo, evitando por respeto pisar esas obras de arte, pasé muchas horas de aquellos días de rememoraciones, con la terrible dicotomía en mi corazón de querer retroceder el tiempo o adelantarlo hasta que la tristeza que me producía dejar todos esos amados lugares  se mitigase.

La ruta 30
Interior del cementerio de Colón
Montada en una guagua de la ruta 30, que mis amigos y yo llamábamos “mi limousine”, al pasar por delante de la Necrópolis de Colón, como en más de una vez me bajé para admirar la belleza de tantas y tantas estatuas, mausoleos y criptas cuya grandeza había hecho que el lugar fuese declarado Monumento Nacional. En su interior el espíritu se llenaba de cualquier sensación  menos  la de la muerte.  Como si de los cuerpos enterrados allí, a pesar de sus antiguos sufrimientos materiales, emanasen tan solo sensaciones de amor y paz.
Cuba era una fabulosa diva,  empeñada inutilmente en ocultar los efectos devastadores de la edad y el descuido. Una “Perla de las Antillas” venida a menos.

Lo que queda en estos momentos de la Academia Cima y del cine Metropolitan
Fotos obsequio de Tony Pisani

Las caminatas por los alrededores de mi antigua casa se hacían aún más dolorosas. Mi  academia bilingüe Cima,  destrozada desde que  la habían expropiado, provocando este acto que su admirable directora, Mrs. Cima, antes de ser despojada de su reino, se suicidara en su interior. El dominguero cine Metropolitan, desconchado y deteriorado, mi Ateneo de Mariano, fuera de funcionamiento desde la muerte de su director Don Mario Luque, (ver Instantánea 30),  la playa de La Concha y el Coney Island, en absoluta decadencia... Todo, no sé por qué milagro, recuperaba, ante mis postreras miradas, el esplendor de tiempos pasados. Fueron unos días de reencuentros llenos de una falaz hermosura..
Y esta era la razón de todos mis nostálgicos recorridos: Una mañana de diciembre del 1967, había llegado a casa la comunicación de que se  me había concedido,  al fin, el permiso de salida. Así, sin más. Sin una explicación sobre qué había pasado  con aquella supuesta amenaza de “juicio popular”. Tan solo la comunicación de que  debía recoger mi pasaje, ya fechado, en el Consulado de España  en Cuba.

Allí se nos informó, a mi padre y a mí,  que el “señor cónsul”, no se encontraba en Cuba en esos días. Había tenido que viajar a España por motivos personales. ¡Qué casualidad! Nos atendió su secretaria, así que me quedé con las ganas de “despedirme” de aquel repulsivo personaje. Pero mi padre, caballero español, de vuelta ya de tantas cosas, exigió una explicación  sobre aquellos vaticinios amenazantes que, salidos de la babosa boca del cónsul,  se habían convertido, durante casi ocho meses, en una angustiosa “espada de Damocles” pendiendo sobre mi cabeza. (Ver Instantánea 42).  

Con una  angustiada expresión en el rostro, la secretaria nos aseguró que el consulado no había recibido ninguna información adicional a la de que mi salida estaba autorizada. Sin duda con la mejor de las voluntades nos aconsejó que no insistiéramos en el asunto y celebráramos la buena nueva con la mayor discreción posible.  Pero por mi cerebro seguía rondando aquella amenaza de "juicio popular" y la necesidad de resolver ese misterio me corroyó hasta que, años más tarde y ya en España, me llegó la información completa por boca de la persona más conocedora del caso. 

Carlos Rodríguez y yo. 1971
Debo dar  un salto adelante de años para contaros  como se desentrañó el misterio: un querido amigo que entraría a formar parte de mi vida  tras el regreso a mi patria,  Carlos Rodríguez, y con el cual compartía piso en el 1971,  me dijo que una amiga  acababa de llegar al exilio y me propuso que la recogiéramos en nuestra casa. Por aquel entonces yo estaba ya unida en cuerpo y alma a una persona que iba a continuar conmigo a lo largo de todos los años que desde entonces han transcurrido: Jesús Alcántara. De esto hablaré unos capítulos más adelante. La cuestión es que, siendo nuestro hogar  lugar de acogida de muchos cubanos recién aterrizados, acepté de inmediato la sugerencia de Carlos. Así reapareció  Cecilia Villegas.

Jesús y yo. 1972

El año 1966,  esta bailarina había sido mi compañera en un espectáculo del cabaret Riviera, estableciéndose entre ambas una cierta amistad. A veces se unía a los paseos nocturnos que Sergio Salom y yo emprendíamos cuando me venía a recoger. (Ver Instantánea 38). Durante esas largas caminatas que me servían de relajación Cecilia nos contaba sus penas, sus profundos desacuerdos con el régimen, sus malas relaciones con una madre paranoica, la angustia de vivir con ella en una casa que la mujer había convertido en un abigarrado centro de santería, en fin, una serie de vicisitudes que despertaban nuestra conmiseración. 

Todo fue bien hasta que una madrugada en medio de la calle y ante el desconcierto  mío y de Sergio, Cecilia intentó besarme en la boca. Mi inmediata respuesta fue de rechazo, no porque me sintiera ofendida, ya que siempre me he aplicado aquello de “nada humano me es ajeno”, sino por que aquello me parecía una flagrante falta de respeto. A  partir de esa noche   nuestra pequeña amistad se disipó como por ensalmo. Ambas nos limitábamos a intercambiar corteses saludos.  Al finalizar el show del Riviera no volví a saber de ella. Pero en España, recogida Cecilia en nuestra casa, y olvidado el desafortunado affaire, nuestras charlas  se reanudaron gratamente. Hasta un día.
Desconozco el motivo por el cual  la mujer estaba tan comunicativa esa tarde. De repente me espetó que algo  la recomía por dentro y que necesitaba contármelo. “Yolanda,” comenzó a decir, “un tiempo después de terminar nuestro trabajo en el Riviera   la policía, me detuvo. Me acusaron de lesbiana, cosa que no podía ni quería negar y, tras varios días de encierro, me comunicaron que solo me dejarían libre y sin cargos si les hacía una lista de personajes importantes que fueran homosexuales. Las amenazas de "eterno encarcelamiento" me aterraron de tal manera que acabé confeccionando la maldita lista. Mi peor pecado fue que incluí en ella a personas de cuya vida sexual no conocía absolutamente nada. Y entre esos nombres puse el tuyo.” ¡Allí estaba la respuesta, la explicación a aquella amenaza de "juicio popular" que me había robado la tranquilidad durante meses! Pendía sobre mi una acusación por homosexualidad, inclinación sexual que, como ya he contado, estaba considerada delictiva. Es posible que por intercesión del comandante Vallejo, al que yo había solicitado ayuda durante mis días de mayor desesperación o quizá tan solo porque sí, como sucedían tantas cosas en Cuba, mi caso de pronto se había desestimado.
Pasados los años he llegado a comprender y hasta a perdonar el acto de Cecilia. No fue ella la única persona presionada para realizar esas delaciones, muchas veces falsas. Recuerdo el terror que el siniestro G2, cuerpo policíaco castrista,  provocaba con solo su mención. Terrible debe haber sido estar en sus garras y humano buscar, como fuese, una posible salida. Pero en el momento de su confesión,  aun frescos los recuerdos de los meses angustiosos que aquello me hizo pasar,   mi reacción fue expulsarla de nuestra casa y de mi vida para siempre. Como dije con anterioridad, esta es la historia, el estúpido porqué de casi ocho meses de penalidades y temores que precedieron a mi salida de la isla. Si, estas cosas sucedían en Cuba con abrumadora frecuencia.

En mi próxima instantánea intentaré describir  el 23 de diciembre de 1967 y  el dramático viaje  desde mi casa hasta el aeropuerto,  las horas pasadas en la acongojante "pecera” y el momento en que llegué a  pisar suelo español. Es decir la trayectoria desde mi intensa vida anterior hacia el inminente futuro  del exilio, que yo preveía solitario e incierto, y de como fui dejando por el camino  trozos sangrantes de mi corazón.


Finalmente, el adiós.

La fortaleza del Morro y la bandera cubana
Aquel 23 de diciembre de 1967 está  sumido en una insondable neblina. Hay enormes lagunas que sin duda ocultan momentos demasiado dolorosos. Casi toda esa jornada esta en mi memoria grabada en  forma de un esbozo,  como algo  realizado por la mano temblorosa de un niño pequeño.
Hacía días que las despedidas estaban siendo desgarradoras, a pesar del consabido latiguillo de “no te preocupes, esto no puede durar en Cuba”, afirmación que a esas alturas no nos convencía en absoluto. Demasiadas ausencias definitivas habíamos ya sufrido. Más de siete años de comprobar como nuestra isla se desangraba nos habían convertido en escépticos. Aquellas golondrinas que viéramos partir, contradiciendo el poema de Bécquer, nunca volvieron. Incluso mis hermanas de sangre Miriam y Zoilita, (ver Instantánea 21),  a causa de sus muchos problemas y del malísimo funcionamiento del correo, se fueron desvaneciendo en la vorágine del exilio. A mis  amigos de esos momentos y a mí, aunque mil veces nos jurábamos que a nosotros eso no nos pasaría, nos destrozaba el temor de una separación eterna.  
Papá, mi tía, yo y mi madre


¡Y qué decir de mi amada familia, de las estoicas mellizas, mis madres, y de mi dulce y amoroso padre! Hasta mis dos perritas Nana y Laura parecían presentir la separación y contagiarse con el dolor que nos abrumaba. Sobre todo Laura, aquel adorable ser que, recién nacido, yo había salvado de una muerte segura ,. (Ver Instantánea 23).
Laura y yo


Ella, que nunca había tenido conciencia de su condición perruna, llevaba días  pegada  a mis piernas.  Sus inquisidores ojos de miel me perseguían. Sus miradas desconcertadas me rompían el alma. ¡Es increíble el sexto sentido que tienen los animales!

Desde que nos confirmaron la concesión de mi permiso de salida, la primera reacción de alegría y triunfo se había ido convirtiendo en una sensación insoportable de desgarro. La familia Mariño-Pfarr que, a partir de su fundación en los años 30 nunca se había separado, iba a tener que dejar marchar a su miembro más frágil. Era impresionante verlos languidecer a medida que se acercaba el día de mi viaje y advertir los esfuerzos que hacían para que yo no lo notase, intentando darme fuerzas para los terribles momentos de soledad y lucha que sabían me esperaban. Aunque no albergaban duda alguna de que los mandaría a buscar lo antes posible, lo antes posible no era suficiente para mitigar su dolor.
María Luisa, el doctor Fernández Huso, Calonge,
el comante Montiel, yo, Gladys Triana, Gilberto Álvarez,
mi tía, mi padre y mi madre.
Varias fueron las reuniones de despedida que mis amigos me organizaron, pero tal vez la más conmovedora fue la que se muestra en la fotografía que ilustra este párrafo, tomada en el Salón Rojo del Hotel Capri. Aquella noche me asaetearon  infinitos recuerdos, incluso algunos  jocosos. Por ejemplo el día en que, habiendo el gobierno  dictado la orden de que al finalizar los espectáculos los artistas en pleno saliésemos  al escenario y cantásemos la Internacional Socialista. En aquella misma pista que tenía ante mí, algunos de nosotros, confieso que en voz bastante baja, habíamos optado por entonar esta versión: “¡Arriba los americanos, que viva el queso y el jamón, que vuelvan todos los cubanos y que llegue la invasión!”. Por supuesto, aquello era una chiquillada, sobre todo porque teníamos  buen cuidado de que nuestras voces no sobresaliesen entre las del resto, lo cual nos hubiese señalado mortalmente. Pero nos parecía humillante que si lo que se pretendía era hacer patriotismo no se entonase mejor el precioso himno cubano, La Bayamesa, compuesto en 1867 por Pedro Figueredo.

Por otra parte, aquella letra que cantábamos, creada por el ingenio callejero,  no reflejaba en lo más remoto las  importantes carencias que abrumaban al pueblo cubano. No era la falta de jamón o queso lo que nos rebelaba, sino la ausencia total de libertades. 

La reunión de que hablo  había sido organizada, con inusual valentía, por varios miembros del INIT que siempre me habían apoyado. En la foto aparecen, entre otros, María Luisa, alta empleada del INIT, el doctor Fernández Huso, amigo de mi familia, Calonge y  el comandante Montiel, altos cargos  del organismo, Gladys Triana, Gilberto Álvarez y, a la derecha, mis tres amores, mi gente. Fue una noche llena de ojos húmedos y sonrisas forzadas.
Por fin llegó el día de presentarme en el aeropuerto para el pre chequeo. Allí me entregaron una hoja con los requisitos para que pudiese subir al avión el día siguiente Era el 22 de diciembre, casualmente el día de mi cumpleaños y también el de mi llegada a Cuba, tantos años atrás. Fecha emblemática.  Incluyo dicha hoja completa y a toda página como información para todos aquellos incrédulos que se niegan a aceptar la complicada historia de la Cuba castrista. Este es un documento auténtico y la información que contiene vale un “Potosí”. (Fijarse especialmente donde dice NOTA).




Al finalizar estos trámites regresé por última vez  al lugar que había sido mi hogar durante 18 años, esa casa a la que, en 1950, había entrado una niña ingenua y atemorizada y de donde iba a salir una mujer llena de las más dispares experiencias.

Mi hogar. 70 y 13 Ampliación de Almendares
El pensamiento de abandonar la protección de sus paredes me parecía tan terrible como la amputación de un miembro de mi cuerpo sin anestesia . De hecho, en una de las lagunas que menciono al principio de este capítulo, se quedó hundido para siempre el momento exacto en que traspasé la puerta de la calle. No lo recuerdo. Sólo viene a mi cabeza, como grabado a fuego, durante la última  mirada atrás,  este cuadro: en el balcón de la casa mi padre abrazando a mi madre, mi tía sosteniendo a la perrita Nana en sus brazos y el negro hociquito de mi Laura asomando por entre las rejas. Curiosamente no distingo los rostros, tan solo las figuras, como en una lejana y desdibujada fotografía muy antigua. 

Gladys fue quien me llevó al aeropuerto de Boyeros. Bajo ningún concepto quise que ellos vinieran a despedirme. Creo que de haberlos tenido allí, alargando  los adioses, me hubiese roto en mil fragmentos, frágil y vulnerable como me sentía, quebradiza como el cristal.

Mientras subía la escalerilla que me conducía al avión de Iberia, saber que abandonaba mi amada isla y  que nunca podría volver a ella, casi me enloquecía. Una vez cerrada la puerta del avión, sintiéndose a salvo en suelo español, los numerosos exiliados que compartían conmigo el vuelo estallaron en  abrazos, risas y lágrimas de felicidad, en fin, una algarabía de la cual yo no me sentía capaz de participar. Muy por el contrario, arrebujada en mi asiento, mis sentimientos eran de total desesperación. Llegué incluso a desear, durante unos fugaces instantes, ser una diminuta mota de polvo y, pegada a una de esas butacas, hacer el viaje de vuelta a la isla, suplicar a los “todopoderosos” perdón por mis "desvíos", jurarles sumisión eterna, cualquier cosa con tal de que me permitieran regresar al cálido regazo familiar. Cualquier cosa menos el oscuro túnel de soledad que presentía me esperaba. Pero era indispensable hacer acopio de fortaleza.  Acababa de quemar mis naves y de ese momento en adelante debía centrar mis pensamientos en rehabilitar mi vida, en recomponer mi corazón con el fin de dar cabida en él a nuevas experiencias, a nuevos amigos.  Y debía hacerlo de prisa. Acababa de cumplir 27 agitados años, ya no era ninguna adolescente, y tenía que reunir el dinero de los pasajes de mi familia y mis perras antes de que fuera demasiado tarde para ellos. Así que me concentré en este objetivo; comenzaría con firmeza una nueva vida pero siempre “mirando hacia atrás sin ira”.





PD. Queridos amigos, los de siempre o los que a lo largo de este camino de 46 capítulos se han ido uniendo a mi paso, gracias de todo corazón. Sé que, en  gran mayoría, mis seguidores han sido cubanos en el exilio. Mi sorpresa ha sido descubrir que en Rusia, en Ucrania, en Japón, en Dinamarca, en Bélgica, en Bulgaria, en Los Emiratos Árabes, en Francia, en Suiza, en gran parte de Iberoamérica, muchos se han interesado por las aventuras y desventuras de una cubanita de adopción. Mis amigos de Cuba, ya que prácticamente nadie allí tiene acceso a Internet, otro injusto medio de aislamiento, han debido seguir mis peripecias por terceras personas del “mundo libre". Espero que la información que he intentado dar, sin odios y lo más objetivamente posible, haya abierto los ojos de muchas personas que, sobre todo aquí en España, han vivido con el mito de una Cuba libre y justiciera.
A partir de ahora mis Instantáneas tomarán otros derroteros. Ojalá mis fieles amigos continúen interesados. Les aseguro que de mis experiencias en mi patria, España, también hay cosas muy jugosas que contar. Os abrazo a todos.


Próximo bloque: Y ahora, España.


1 comentario:

  1. YOLANDA, CADA VEZ QUE LEO TU HISTORIA,TUS RECUERDOS Y VIVENCIAS ,ME HACEN LLORAR.MI CONSEJO... PUBLICA TU HISTORIA. YO SERE TU PRIMER COMPRADOR. HAZME CASO. Y.....COMO DICE EL.CHISTE-REFRAN..... TE LO DICE PILAR.....QUE SABE COCINAR

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