De la comedia al dramon.

Chicho Ibáñez Serrador y nuestro encuentro



Foto Jesús Alcántara


Después de  más de un año representando Ocho mujeres en el teatro Fígaro y  la posterior gira de tres meses por las plazas más importantes de la península, la disolución de la compañía, eso que debía haber significado un descanso  para nosotras, fue en realidad una dolorosa separación que nos negábamos a aceptar. Por lo tanto durante meses  las ocho actrices permanecimos en  contacto.  Pero, como es usual en estos casos, nuestros encuentros y llamadas se fueron espaciando. Así fue con la excepción de tres casos en los que la amistad arraigó de tal manera que nos ha mantenido unidas durante todos estos años. Elisenda Ribas, Pepa Sarsa y Eva Higueras tienen desde entonces su particular altar en la catedral de mis afectos.  


Playa La Carihuela. Torremolinos
La cuestión es que, después de esa larga etapa laboral, Jesús y yo decidimos regalarnos un mes en nuestro apartamento de Torremolinos, un municipio de Málaga a tan solo 14 kilómetros de la capital, el reducto al cual solíamos correr "huyendo del mundanal ruido”, buscando oxigenarnos cada vez que el trabajo nos lo permitía, llegando incluso a iniciar nuestro viaje, algunas veces,  un domingo tras la función teatral de la noche y regresando a Madrid el martes tan solo con el tiempo suficiente para la representación de la tarde. ¡Y se trataba de atravesar casi 600 kilómetros de la geografía española de ida y otros tantos de vuelta! Señor, que jóvenes y algo inconscientes éramos en aquellos tiempos.

Vivir en Madrid solo tenía un problema para mí. A pesar de que esa ciudad a la que amo lograba alimentarme sobradamente de belleza, de cultura, de actividades lúdicas, de relaciones amistosas, una parte de mi alma añoraba a gritos algo que me había rodeado durante mis largos años en Cuba y de lo que nunca me cansé de disfrutar. Ni siquiera en los meses de supuesto invierno isleño en el que los cubanos hacen caso omiso de esas maravillas que les rodean: las playas.


El mar fue siempre para mí como un imán y el sol como una droga de la que nunca me saciaba. Cuántas veces, en lugar de finalizar en nuestro apartamento esos largos trayectos, atendiendo a mi necesidad perentoria de comprobar que el mar aún estaba ahí, Jesús me dejaba sobre una  hamaca  mientras él, demasiado sensible a los rayos solares, se dedicaba a desempacar y después a leer un libro en alguno de los muchos chiringuitos de la playa. Mientras, yo permanecía  en apasionado romance con un sol que, en reciprocidad a mi afecto, jamás mordió mi carne, jamás hirió una piel que desde niña se le había entregado incondicionalmente. 

Ahí me quedaba horas y horas, obedeciendo tan solo la  ley del “vuelta y vuelta”, hasta ver que mi fulgurante amado, negándose a abandonarme,  se aferraba  al cielo mientras resbalaba hacia la inevitable despedida cotidiana.



Carmen vistiéndome para la Feria

Ya que durante nuestras muchas visitas a la ciudad nunca lo habíamos hecho, estando en el mes de agosto y coincidiendo con la famosa Feria de Málaga, ambos decidimos que aquella ocasión era idónea para nuevas experiencias, para sumergirnos en el conocimiento de tradiciones populares. Aunque parezca mentira ni a Jesús ni a mí nos gustaron nunca las aglomeraciones. Ese jolgorio del bailoteo y el chateo, que para muchas personas eran solo accesibles en “bodas y bautizos” y ferias llevaba años formando parte de nuestra obligatoria “vida social” y de “relaciones públicas”. Por lo cual la cosa carecía del interés de la novedad.






Jesús y yo



Así que,  desconocedores en la materia, pedí ayuda e información a la familia malagueña. Y con qué acierto. Meli, la hermana de Jesús, me prestó un vistoso vestido de gitana que su madre Carmen se dedicó a ajustar a mi cuerpo y, Laló, su hermano, aportó una chaquetilla corta para Jesús, porque  era indispensable, a la vez que divertido, participar en la fiesta con trajes típicos andaluces, sobre todo las mujeres, que se ufanaban de ir medio escondidas entre flores y volantes, es decir con el típico vestido de faralaes. Y hacia el tumulto nos dirigimos aquel día, soportando los jocosos comentarios familiares de que yo parecía una sueca disfrazada.

Este acontecimiento  que está plenamente vigente, la feria, tiene dos facetas; la diurna transcurre por el casco histórico de la ciudad, abarrotando las calles, los bares y los "colmaos" con un público bullicioso y variopinto. Tanto turistas como nacionales, se lanzan al asalto de plazas y  patios y entre “sevillanas” van y “finitos” vienen, típico vino blanco de Jerez, agotan sus fuerzas y la paciencia de los pocos no participantes desde las nueve de la  mañana hasta bien pasado el medio día. La segunda faceta, mucho más selecta, transcurre en el recinto ferial situado en la carretera Málaga-Torremolinos, comenzando al anochecer y llegando hasta una hora indeterminada de la madrugada.



Caballistas y coche tirado por mulas.

Calles formadas por casetas a ambos lados hacen las veces de pasarela  para caballistas vestidos con las clásicas "toreras" y las cabezas cubiertas con sombreros cordobeses, así como para hermosas mujeres montadas airosas en coches tirados por mulas o caballos  enjaezados con esmero. Pero es dentro de las casetas donde los visitantes se nutren, hasta las claras del día, de copitas de vino, tapas surtidas y de un ritmo que  nunca he llegado a dominar: esas “sevillanas” que aquí bailan con gracia hasta las palmeras del Paseo Marítimo.


Jesús, su madre Carmen y yo
Estos festejos, que comienzan con una serie de majestuosos fuegos artificiales, unos de los más largos y suntuosos de España,  duran una semana y al parecer no están resultando afectados ni siquiera por la crisis que afronta este país  en la actualidad.

Su origen se remonta al año 1491 y se iniciaron como conmemoración de la expulsión morisca y la toma de la ciudad de Málaga por los Reyes Católicos. Se considera que, en la actualidad, atraen a unos dos millones de visitantes, muchos de ellos turistas, estimándose el impacto económico en unos 35 millones de euros. ¡Ahí es “na”!


Foto del programa Un, dos, tres.
De izquierda a derecha Valentín Tormos,
Ibáñez Serrador y Bobby Deglané
Pues bien, en pleno disfrute de playa y juerga flamenca, a mediados de agosto recibí una llamada telefónica ofreciéndome un trabajo que no estaba dispuesta a rechazar: el polifacético Narciso Ibáñez Serrador me ofrecía un papel en su próxima producción teatral. Aquel hombre, nacido en Uruguay de dos prestigiosos actores españoles, Narciso Ibáñez Menta y Pepita Serrador, llevaba años revolucionando la televisión del país con sus magníficos inventos, programas que copaban los más altos ratings de audiencia.

Historias para no dormir, en el año 67, Historias de la frivolidad, en el 68 y el imperecedero Un, dos, tres, responda otra vez, el concurso más recordado de la T.V., estrenado en el 72 y cuya emisión paralizaba cualquier otra actividad, son algunos de sus logros. Pero esa era solo una de sus facetas. Las otras consistían en la dirección de películas de  éxito, un poco frecuente trabajo como actor y una amplia labor como guionista y escritor teatral que ejercía bajo el seudónimo de Luis Peñafiel.


Ibáñez Serrador y yo
Aprobado en castidad era una función escrita para su madre en el año 59 y que la gran actriz había estrenado en Argentina con notable éxito. Pero Chicho, como gusta ser llamado, llevaba cargando con la frustración de su relativo fracaso en la España franquista. Culpaba de ello a  la censura, que le había forzado a cambiar el título original por el de Aprobado en inocencia, así como a retocar algunas castas escenas que los maléficos ojos de los censores veían como pecaminosas. Aquello le había llevado a suspender las representaciones a los pocos días del estreno

La cuestión era que, a estas alturas de su vida, y a consecuencia de un dramático hecho del  que solo más tarde me enteré, decidió darle al original de la obra una nueva oportunidad, con el  aliciente de ser él uno de los protagonistas. Naturalmente aquello prometía ser un clamoroso éxito. ¿Quién no iba a querer ver a ese gran  personaje en su casi desconocida faceta de actor?




El reparto estaría completado por Susana Canales, estupenda actriz, ya retirada del teatro pero que conservaba el prestigio ganado durante las décadas de los 50 y los 60, Andrés Resino, Mari Begoña, Carlos Urrutia, Nieves Aparicio y el debut y creo que única aparición teatral de una jovencísima Sandra Barneda, la cual es en la actualidad, además de exitosa escritora,  una de las más populares presentadoras de televisión.

Pero de estos actores y de las venturas y desventuras de Aprobado…hablaré en mi próximo capítulo.



“Sorpresas nos da la vida…” (1ª Parte)


Foto Jesús Alcántara




A principios de septiembre del 2001 ya estábamos  ensayando Aprobado en castidad, esa obra de Narciso Ibáñez Serrador escrita hacía muchos, como narro en mi capítulo anterior. El autor, director y actor estaba eufórico y encantado con el reparto escogido minuciosamente por él. Haber convencido a Susana Canales, su amiga desde tiempos pretéritos, para que volviera a las tablas lo llenaba de ilusión. Por cierto que aquella mujer, retirada desde hacía años, no solo resultó una formidable actriz sino que como persona y como compañera era incluso  mejor. 


Con Susana Canales en Aprobado en castidad

Antes de comenzar la obra, con el telón aún cerrado pero ya ocupando nuestros puestos en el escenario,  yo me dedicaba a relajarla con amenas charlas y algún que otro chiste, intentando reafirmar su seguridad perdida durante tantos años de ausencia teatral. Esos momentos, que siempre suelen ser tensos, eran angustiosos para ella. Si no pertenecéis a la profesión seguramente ignoráis lo que significa ser los protagonistas de la primera escena de una obra. Ver alzarse o abrirse la cortina  y tener que comenzar la representación a tono brillante y plenamente dentro del personaje es una de las cosas más difíciles para un actor. 

Transcurrido un corto lapsus se va cogiendo el ritmo y ya todo suele ir sobre ruedas. Naturalmente así pasaba con la gran Susana. Desde el primer día, después de esos iniciales minutos desconcertantes, su actuación era impecable.  Pero la humildad con que pedía mi apoyo antes de comenzar resultaba algo tan conmovedor, en quien había sido una estrella,  que me hizo cogerle un gran cariño.

Contar con Andrés Resino, con el que durante trabajos anteriores ya había mantenido una excelente relación, era una gozada, pues su especial sentido del humor y su buen hacer me encantaban.

Sandra Barneda, en su primer y último trabajo teatral, resultaba un ser tierno y ansioso por aprender con el cual era fácil y agradable trabajar y Nieves Aparicio, también debutante, encajaba   a la perfección en el papel de pizpireta doncella. Es conocido que a Chico le gustaba dar “primeras oportunidades” a gente joven.

Yo con Sandra Barneda
Hasta Mari Begoña, que comenzó su carrera como vedette en los años 50, convirtiéndose posteriormente en una eficaz actriz, sobre todo en la línea de la comicidad, esa mujer que tenía fama de resabiada, resultó una buena compañera. En realidad Chico poseía la capacidad de domesticar hasta a las fieras.

Pero mi gran descubrimiento fue un joven galán de nombre Carlos Urrutia, una de las personas más amables que he conocido. Y puedo certificarlo por propia experiencia. Un par de meses después del estreno, sufrí un agudo ataque de ciática que prácticamente me impedía caminar. Pues bien, ese muchacho, teniendo estudios de medicina rehabilitadora, se ofreció a venir a mi camerino antes de cada función y darme exhaustivos masajes. Os aseguro que gracias a él pude continuar con mi trabajo, dolorida pero en pie, durante el tiempo que me duró el ataque. Como comprenderéis el agradecimiento y la amistad que le profeso  serán eternas.


Nieves Aparicio, Carlos Urrutia y Susana Canales
En cuanto a Ibáñez Serrador es tanto lo que se podría escribir sobre él que prefiero ir dosificándolo de acuerdo con los acontecimientos.

Así que daré un salto atrás hacia esos primeros días de nuestros ensayos y al terrible hecho del que el mundo entero fue testigo y que estuvo a punto de suspender nuestro estreno.

Foto del segundo avión a punto de estrellarse
contra las Torres Genelas

El día 11 de septiembre del 2001 la humanidad se conmocionó con la noticia del más cruento atentado de la historia. Prácticamente en directo, milagros de la tecnología, a lo largo y ancho del planeta los televidentes pudimos observar como dos aviones chocaban contra esas Torres Gemelas de Nueva York que eran una característica fundamental en la fisonomía de Manhattan. El primero impactaba en la torre norte a las 8.46 de la mañana (2.46, hora española), momento en que la inmensa mayoría de los españoles estábamos comiendo  en nuestras casas frente al televisor. La impresión inicial fue que aquello había sido un espantoso accidente. Pero mientras el anonadamiento y el dolor nos sacudían, en medio de una absoluta conmoción veíamos, a las 9 A.M., tan solo unos minutos más tarde, un segundo avión estrellándose esta vez contra la torre sur. Aquella imagen dantesca, que tan solo sería superada por la visión posterior del derrumbamiento de esos dos colosos, está sin duda clavada a fuego en la mente de millones de personas que, en medio del caos informativo de los primeros momentos, se estrujaban el cerebro y el corazón intentando aceptar tanta tragedia. No faltaron personas que llegaron a creer que se trataba de un desafortunado montaje semejante al que Orson Welles había organizado con su emisión radiofónica de La guerra de los mundos, tantos años atrás.

A esa barbarie hay que añadir el posterior atentado contra el Pentágono y el sublime acto de heroísmo realizado por los viajeros del vuelo de United Airlines que sacrificaron sus vidas para evitar que el avión llegase al punto previsto para llevar a cabo la tercera masacre.

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Alicia Esteve
(Alias Tania Head)
Como detalle escabroso  no lo suficientemente difundido, os contaré la historia de Tania Head.  Durante 6 años esta retorcida mujer vivió en EE.UU. haciéndose pasar por una superviviente. Hasta tal punto fue elaborada con minuciosidad la supuesta historia de su odisea que llegó a  ser nombrada presidenta de la Red de Supervivientes del World Trade Center. Años después, gracias a las arduas pesquisas del diario The New York Times, se descubrió su fraude y  el periódico español La Vanguardía investigó y desveló su verdadera identidad: era una barcelonesa llamada Alicia Esteve que ni remotamente había estado dentro de las Torres en el momento de los atentados.

Si os parece bien volveré a los ensayos de Aprobado en Castidad. Por supuesto durante un par de días los mismos se suspendieron. No creo que nadie estuviese en condiciones de reiniciar  de pronto una vida normal. Aparte del lado inhumano de los hechos, todos temíamos que la subsiguiente crisis económica de ese gran país que es Norteamérica paralizase la economía mundial.

Pero para nuestra sorpresa la vida, aunque a trancas y barrancas, continuó.


Yo, Susana e Ibáñez Serrador

Así que el 4 de octubre, en medio de una España aún conmocionada y temerosa ante las posibles consecuencias políticas de la masacre del 11 de septiembre,  se estrenaba,  sobre el escenario del Teatro Infanta Isabel, la nueva versión de Aprobado en castidad. Los medios se volcaron ante la reaparición como actor de Ibáñez Serrador. Los invitados, al final de la representación, abarrotaron los pasillos y camerinos durante más de una hora. He de confesaros que hace ya tiempo no me fío en absoluto de los comentarios y felicitaciones de ese público “estrenista”. Gracias a haber estado, tanto en el patio de butacas como en los camerinos durante muchas de esas primeras representaciones, con demasiada  frecuencia he sido asombrado testigo de cómo, por las mismas bocas que minutos antes manaban despreciativos y hasta injuriosos comentarios sobre lo que veían, una vez en presencia de los interesados salían los más grandilocuentes halagos. Me temo que la hipocresía es algo consustancial con gran parte de nuestra profesión. 

 Así que habría que esperar  la opinión de los críticos y  la futura asistencia del público para aquilatar nuestro posible éxito.

A medida que avanzaban las representaciones me fui enterando de cosas, algunas muy importantes, sobre Chicho, aquel  personaje tan admirado.

Por ejemplo, le encantaba estar rodeado de gente joven que  le mimase y su camerino estaba en general lleno de nuestros jóvenes compañeros y de alguna admiradora  que reuniera esas mismas condiciones. A pesar de no pertenecer yo a ese grupo he de admitir que siempre trató con respeto mi trabajo y que en muchas ocasiones le lanzó piropos a mi profesionalidad y hasta a mi persona.

Pero aquella puesta parecía haber nacido bajo una mala estrella. Fueron varios los problemas e incidentes de los que fuimos víctimas durante su estancia en cartel.  


Foto de los saludos. De izquierda a derecha Nieves Aparicio, Sandra Barneda, Andrés Resino,
Narciso Ibáñez Serrador, Susana Canales, Yolanda Farr, Carlos Urrutia y Mary Begoña

Nuestra primera sorpresa fue que aquel teatro Infanta Isabel no se viniera abajo ante la reaparición y anunciada despedida teatral de un personaje como Narciso Ibáñez Serrador. Tras los primeros días de natural euforia el aforo del local tan solo se cubría discretamente. Los actores nos preguntábamos cómo era posible que alguien de su prestigio pasara tan casi desapercibido para el público y la prensa.

En cuanto a los accidentes e incidentes que saturaron esa obra estos son los más notables: un corto circuito provocó un pequeño pero peligroso incendio en el foro, tras el decorado, durante una representación, llenando de humo sobre todo la zona de los camerinos lo cual nos obligó a suspender la función mientras los actores y el público salíamos huyendo. Por cierto que la tragedia no fue devastadora gracias a Carlos Urrutia y a Daniel, ayudante de Chico quienes, extintores en mano, lograron contener el fuego antes de que llegaran los bomberos. Por fortuna el decorado no resultó dañado y pudimos realizar la función de la noche.

En otra ocasión la taquilla del teatro fue atracada una noche, llevándose los ladrones los ingresos del fin de semana.

Y en medio de todos esos percances, estuvo el dolorosísimo ataque de ciática por el cual casi hube de ser sustituida o sacada a escena en silla de ruedas. Lo que resultaba increíble era como, tras necesitar incluso ayuda para bajar a “la pata coja” las escaleras desde mi camerino, al pisar las tablas lograba moverme con un casi imperceptible renqueo. Ay, esos extraordinarios milagros de curación tan frecuentes en los artistas al momento de enfrentarnos con el público.

 Cuando, en el mes de enero, Chicho reunió a la compañía en el escenario para darnos una “mala noticia”, aquello que algunos tomamos como el aviso de rescisión del contrato, resultó algo mucho más terrible. Algo realmente dramático.


Fotos de la función, Jesús Alcántara.


 “Sorpresas nos da la vida”. (2ª parte).



Foto Jesús Alcántara

Sin duda aquella reunión a la que Narciso Ibáñez Serrador nos convocó, allí en el escenario del teatro Infanta Isabel, resultó dramática y conmovedora. Todos quedamos anonadados por las palabras que salieron de la boca de ese personaje famoso por su creatividad y vitalidad: “Muchachos, me ha sido diagnosticada una hidrocefalia. Y como ya se han intentado conmigo tratamientos menos agresivos sin resultado alguno, los médicos han decidido que la única solución es una complicada y urgente operación cerebral. Por ello, muy a mi pesar, las representaciones de Aprobado en castidad quedarán suspendidas al finalizar este mes de enero.” Podréis imaginar la impresión que aquello nos causó. 

Susana Canales, Ibáñez Serrador y yo en el restaurante
Casa Cándido de Segovia. Año 2001

Tras los primeros segundos de desconcierto, en mi mente se fueron esclareciendo detalles que desde el principio me habían llamado la atención: su empeño en montar, tras tantos años, la obra que había sido su primer estreno como escritor, seguramente buscando el milagro de retroceder a un tiempo para él mucho más feliz,  su insistencia en decir que aquel sería su regreso y despedida del teatro, sus  a veces tambaleantes pasos en escena, que yo había achacado al reuma o a la artrosis, su deseo de buscar la compañía de gente muy joven y animosa  y los  ratos que pasaba, antes de la función, encerrado en su camerino con Carlos Urrutia y que, ahora veía claro, estaban dedicados a recibir esos maravillosos masajes de los que, durante mi ataque de ciática, yo también había resultado beneficiada. Chicho, temiendo cercana la muerte, tenía la necesidad de rodearse de cosas agradables que distrajeran su mente. 

Aquella triste tarde de su confesión, la súplica de Ibáñez Serrador  de que no difundiéramos la noticia de su enfermedad e inminente cirugía, debe haber sido  atendida con rigor por todos ya que, ni siquiera en las actuales búsquedas en Google,  se menciona ese angustioso momento de su vida. La cuestión es que el final de Aprobado se pareció mucho más al de una tragedia griega que al de una comedia.

Ante mi completo desconocimiento sobre la afección que le aquejaba, me dediqué en los días siguientes a recopilar datos que ahora os trasmito, por si algunos de vosotros sois tan legos en el tema como yo lo era.

La hidrocefalia es una acumulación de líquido dentro del cerebro que causa su inflamación y provoca consecuencias tales como discapacidades intelectuales, motrices y neurológicas, llegando a causar algunas veces el fallecimiento del paciente.

El tratamiento habitual es la derivación. Esto consiste en introducir en el cerebro un catéter encargado de conducir el exceso de líquido a través del cuello, el tórax y el abdomen, hasta el peritoneo, donde puede ser absorbido nuevamente por el flujo sanguíneo.

(Este sistema, riesgoso y que, incluso en el mejor de los casos, requiere revisiones de por vida ha salvado a muchos enfermos, por ejemplo a Chicho quien, a pesar de una desgraciada caída sufrida años después y que le tiene amarrado a una silla de ruedas, sigue, en este 2014, vivito y coleando y gozando de unas buenas aptitudes mentales.)

En este capítulo, más que a todas las virtudes intelectuales de ese gran creador, quiero dejar constancia de mi admiración al hombre que, ya avanzada su enfermedad, salía cada día al escenario dándonos lecciones de fortaleza, entusiasmo y amor por la profesión y por la vida.

Jesús y yo

Pero no todo fueron disgustos durante las representaciones de Aprobado en castidad. El día de mi sesenta y un cumpleaños, 22 de diciembre de aquel 2001, recibí una conmovedora sorpresa.

Jesús había organizado una cena en un exclusivo restaurante de Madrid a la que algunos íntimos amigos y todos los miembros de la compañía estaban invitados. Fue un ágape emotivo. La asistencia masiva y el sincero afecto que todos me demostraron tuvieron mi alma al borde de las lágrimas.


 De izquierda a derecha  Sandra Barneda, alguien que no reconozco, yo,  Carlos Urrutia y Belén, su esposa.

Pero ni imaginar podía que esa era solo la primera parte de mi regalo. Estando todos reunidos alrededor de una larga mesa, la sala se inundó de la perfecta armonía de unas voces  que inmediatamente reconocí. Era el grupo Elé, septeto que, como narro en mis capítulos 112 y 113, mi querida Lucy montara allá en Cuba  y cuyo virtuosismo Jesús y yo habíamos descubierto durante ese primer contrato que el Intercambio Cultural les había conseguido en España el año 1998.


Con mi admirada Susana Canales
La primera impresión fue que estaban pasando por megafonía un CD de sus canciones. Pero mi corazón se arrebató  al ver a mis amigos cubanos entrar en carne y hueso al salón, emocionados mientras entonaban mi canción favorita: Alfonsina y el mar. Esa era la gran sorpresa que Jesús me deparaba y, sin duda, el mejor regalo que  podía haberme ofrecido.

El día anterior, mientras yo hacía mi labor cotidiana en el teatro, Lucy había llamado diciendo que estaban en Madrid de nuevo contratados. Entonces urdieron esta trama: Jesús no me diría nada  de su llegada y ellos se presentarían de improviso en el restaurante para darnos un pequeño recital. 


El momento del pequeño recital. De pie yo, Lucy, Tamara, Tatiana y Pedro.

Fue una noche gloriosa.  Una opípara cena seguida por un Manisero y un Siboney ejecutados a capela entusiasmó a mis invitados e hicieron que esas lágrimas de emoción que amenazaban brotar de mis ojos se desbordaran al tiempo que abrazaba a mi querida “niña de chocolate” ante los conmovidos ojos de los presentes.

Por desgracia, esta vez la estancia del grupo en España resultó mucho menos grata que la anterior. Aunque contratados por el mismo organismo zaragozano, su gira peninsular resultó desmesuradamente apretada y el trato recibido por la empresa mucho menos complaciente. Los abrumaban de trabajo y cada día descuidaban más las  condiciones de los lugares donde debían actuar. Como auténticos jabatos, aquellos cubanos aguantaban las presiones y sinsabores,  e incluso alguna que otra demora en el cobro de sus salarios, con esa resignación a la que tantos años de tiranía les tenía acostumbrados.  

Y todo desembocó en un terrible, aunque no sorprendente final: al cumplirse el tiempo de su contrato, forzado como estaba su regreso a Cuba en una fecha  fijada por el gobierno castrista, bajo pena de una sanción tan grave que podía llegar hasta el encarcelamiento o la definitiva prohibición de entrada a la isla, se toparon con que sus contratantes españoles afirmaban no poder abonarles sus últimas nóminas. Aducían pérdidas y aseguraban no haber recibido aún de los ayuntamientos el pago por sus actuaciones. Les proponían que abandonaran el país, prometiéndoles que en fecha próxima la cantidad adeudada les sería enviada a Cuba por medio del INIT. (En mi Instantánea 111 hablo conextensión sobre lo que era en Cuba el Instituto Nacional de la Industria  Turística y su absoluto control sobre los artistas, así como de ese leonino sistema de contratación del mal llamado Intercambio Cultural que por aquellos años el gobierno de Fidel puso de moda.)

Aquello era un verdadero drama para mis amigos. Aun confiando en la buena fe de esa promesa, entre el burocratismo y la corrupción reinante en la isla temían no ver, de aquella postrera  semana de arduo trabajo, ni una sola peseta. (He de recordaros que el sueldo de los artistas que salían por vía del Intercambio era cobrado  en dólares directamente por el INIT, mientras que las "nóminas" que aquí recibían estaban compuestas por el escaso dinero de las dietas y les eran entregadas en nuestra moneda nacional vigente hasta el 2002, es decir, la peseta).

El último día que tenían de plazo para tomar el avión lo pasaron los siete en nuestro chalet de Madrid, destrozados, varios de ellos derrumbados en colchonetas que se les colocaron en el suelo de nuestro sótano. Ningún español puede aquilatar el valor que  algunas pesetas tenían para ese pueblo que vivía en la miseria y que tan solo podía encontrar solución a las graves carencias de la Libreta de Racionamiento en una moneda extranjera que les daba acceso al mercado negro y solo así  a muchas de las cosas más elementales. 

Lucy y yo dedicamos  esa jornada a hacer llamadas de presión a los morosos empresarios españoles y a intentar localizar en el consulado cubano alguien que pudiera dar a aquellos muchachos estafados una solución a su problema  o al menos que les facilitaran una prórroga en la fecha de regreso. Pero sin resultado alguno. Era alucinante comprobar la total indiferencia de los funcionarios y el consecuente  desamparo que sufrían los cubanos, aunque, como en el caso del grupo Elé, hubiesen venido legalmente contratados por el INIT.   Así que, puesto que nos fue imposible encontrar solución alguna, al día siguiente Jesús y yo nos encargamos de llevarlos al aeropuerto.

Y hacia la isla volaron, agotados y decepcionados, esos siete excelentes cantantes, Tamara, Tatiana, Lucy, Luis, Franquel, Denis y Pedro,  doloridos sobre todo al comprobar la arbitrariedad de las leyes cubanas  para con sus propios ciudadanos. Comprenderéis que en esta ocasión la despedida con mi Lucy fue aún más dolorosa, avergonzada como estaba por el comportamiento de mis compatriotas, indignada por el desidioso comportamiento del Consulado Cubano y sin saber si alguna vez mi amiga del alma y yo podríamos volver a reunirnos.

(Por cierto que según he sabido con posterioridad el dinero adeudado al grupo por los contratantes españoles jamás llegó a manos de los interesados).



. ¡Dios mío, llegó el euro!




Foto Jesús Alcántara

El 1 de enero del 2002 el euro, la moneda oficial de la eurozona formada por 18 de los 28 miembros de la Unión Europea, entró en vigor en 12  países. Entre ellos figuraba España. (Diez países habían rehusado adoptarla: Bulgaria, Croacia, Dinamarca, Lituania, Hungría, Polonia, Reino Unido, República Checa, Suecia y Rumania).


Como es natural la equivalencia con la moneda vigente hasta aquel momento en cada lugar era distinta y el obligatorio cambio resultó una auténtica debacle, causando durante mucho tiempo interminables colas en los Bancos dedicados a tal menester.

Tintados en azul, los países
de la eurozona
En España cada euro representaba 166.386 de nuestras pesetas. No creo que muchos españoles de a pie comprendieran en un principio lo que aquello significaba para nuestra economía. Las calculadoras de bolsillo se vendieron como rosquillas. Suponiendo, con supina ingenuidad, que el cafecito de la mañana por el que acostumbraban pagar 100 pesetas  ahora les costaría  0.60 céntimos de euro, la sorpresa fue morrocotuda a la hora de pagar. Los comerciantes habían decidido, ante la impasibilidad del gobierno,  que eso de los céntimos era mucha complicación y que resultaba más sencillo partir de un número redondo; el café ahora costaba un euro.  

Es decir que, de la noche a la mañana, con esa equiparación, la vida del español encareció en más de un sesenta por ciento. Incluso aquellas tiendas de chinos, surtidoras de misceláneas, que se habían puesto tan de moda y en cuyas puertas aparecía en grandes letras el reclamo de “todo a cien”, lucían ahora, con todo descaro, este nuevo letrero: “Todo a un euro”. Es decir que aquella velita por la que en diciembre del 2001 habíamos pagado como mucho cien pesetas  ahora costaba la absurda cantidad de166.386 pesetas.

Poco tardó en llegar este desmesurado aumento a  compras más importantes como ropa, comida, gasolina,   gastos domésticos de luz, teléfono,  agua y a los bienes inmuebles. De esta  arbitraria manera los egresos se desbocaron. Para más escarnio los ingresos, los sueldos, en ningún caso  se elevaron consecuentemente. ¡Pero España era rica, como no,  y el español era descendiente a medias de Sancho Panza y de don Quijote por lo que no había dragón que le amedrentase ni desgracia de la cual no poder sacar alguna chanza! Así que pocas o ninguna voz se levantaron advirtiendo del agravio que aquel cambio de moneda iba a significar para el país. Tanto empeño teníamos en borrar de la opinión general la frase de que “Europa empieza en los Pirineos” que estábamos dispuestos a pagar cualquier precio con tal de ganarnos una plaza en nuestro viejo continente.

Así la vida fue haciéndose más cara para los españoles  a la vez  que alejaba a esos turistas para los que nuestra divisa anterior, al efectuar el cambio con la suya, había convertido España en “la tierra de Jauja”.

Pero dejemos el tema de la economía e internémonos de nuevo en mis experiencias artísticas y personales, que es lo nuestro.

En la vida de todo ser humano hay cosas que no apetece nada recordar…Sucesos luctuosos, fracasos profesionales, amores no correspondidos, enfermedades…Dramáticos eventos que inevitablemente tienen un lugar y un momento en nuestra existencia, por muchas velas que pongamos a los santos o muchos pensamientos positivos que nos esforcemos en cultivar. 

Es tan aleatoria y frágil la línea entre la felicidad y la desgracia que, en dos segundos, un día esplendoroso puede convertirse en un enfurecido huracán de penalidades.


De izquierda a derecha Eva Higueras, Elena Maurandi, Karola Eskarola, Elvira Travesi
Gemma Cuervo, Yolanda Farr, Pepa Sarsa, Alfredo Alba  y Ana Soriano
Algo así se gestaba esa mañana de junio del 2002 mientras, ignorantes de la maléfica sombra que nos acechaba entre cajas, ensayábamos, por primera vez en el escenario del Teatro Fígaro, ¡Hay motín, compañeras!, la obra del autor, ganador de varios premios literarios,  Alberto Miralles  y que dirigía  Ángel García Moreno.

En realidad nada vaticinaba la tragedia. En el reparto estábamos de nuevo Elisenda Ribas, Pepa Sarsa, Eva Higueras y Elena Maurandi, reencontrándonos felizmente tras aquella maravillosa experiencia que había sido trabajar juntas en Ocho mujeres, un año y pico atrás. 

Con Pepa Sarsa
Trabajar con personas afines centuplica el ya de por sí enorme placer de actuar frente al público. Gemma Cuervo, Alfredo Alba, Ana Soriano y Elvira Travesi se incorporaban al montaje de esta árida pero interesante pieza que se adentraba en la compleja psicología de sus personajes al tiempo que describía los entresijos de una cárcel de mujeres. Yo estaba entusiasmada con poder lograr una caracterización en la que ni mi mejor amigo pudiera reconocerme, algo totalmente distinto a las señoras sofisticadas o estupendas y a los musicales que en general se me ofrecían. Era este papel el de una dura lesbiana, instigadora de un motín carcelario, un ser lleno de ácida filosofía y enferma, a consecuencia de los malos tratos recibidos por su marido, de rencores hacia el macho en particular y hacia la sociedad en general y que sostenía auténticos duelos verbales con el personaje de Gemma Cuervo, una periodista de la prensa amarilla que venía a cubrir la noticia y que, según la visión del autor, debía representar todos los tópicos y la superficialidad del mundo que nos rodea.

Aquella tarde de marras, García Moreno comenzó a distribuirnos por el escenario; unas en la chácena, tras unas imaginarias rejas y otras reteniendo a Elvira, la carcelera a la que habíamos sometido. Gemma, Alfredo y Ana, es decir la periodista, su ayudante y un fotógrafo de prensa se integrarían a la acción al entrar al salón en el cual estábamos reunidas las presas amotinadas. Yo estaría esperándoles con la actitud hostil que merecían los intrusos en un momento así mientras que Elisenda, que encarnaba a otra de las presas, los vigilaría sentada en una silla situada en el proscenio, peligrosamente cerca del borde y de espaldas al público.

Todo parecía ir sobre ruedas, a pesar de estar trabajando bajo esa espantosa luz de ensayos que sume a los actores en una enfermiza y amarillenta semipenumbra a la que cuesta acostumbrar la vista.

Y de pronto el escenario se llenó de gritos  cuyo significado, metida como estaba en uno de mis intensos parlamentos, no pude  descifrar en un principio. Tan solo al fijarme en que la silla de Elisenda estaba volcada al mismo borde del abismo un doloroso relámpago de comprensión me atravesó. Mi  amiga se había precipitado al vacío, yendo a caer al patio de butacas. Efectuando un salto, muy poco propio de mi edad, en un segundo me encontré a su lado y de inmediato  me di cuenta de la gravedad del asunto. La cabeza de Elisenda, durante la caída, había golpeado tanto contra el borde del escenario como sobre el brazo de una de las butacas, dejándola esto  inconsciente.

Ante la angustia de no verla volver en sí algunos de los compañeros nos auto asignamos una actividad dirigida a ayudar, Pepa Sarsa llamando al servicio de urgencias, el SAMUR, Ana Soriano intentando localizar por teléfono a su marido médico para que nos diera instrucciones sobre cómo aplicarle unos primeros auxilios y Alfredo Alba a mi lado tratando de reanimarla con palabras y suaves masajes en brazos y piernas, eso sí, sin moverla por temor a empeorar cualquier posible fractura. Nuestras queridas niñas, Eva Higueras y Elena Maurandi y la encantadora anciana Elvira Travesi se limitaban a sollozar en una esquina del patio de butacas, procurando hacer lo más acertado en esos momentos; no estorbar. Tanto al director, García Moreno como a Gemma Cuervo les perdí la vista inmediatamente. Tan impactados estaban.

Gemma Cuervo, Alfredo Alba de espaldas, yo y Ana Soriano
La cosa iba yendo a peor.  Eli comenzaba a ponerse morada y a tener unos extraños estertores. No podría decir de dónde me vino la inspiración,  cómo intuí que se estaba tragando la lengua.  El caso es  que ni corta ni perezosa, mientras Alfredo le abría las mandíbulas, metiendo mis dedos en su boca conseguí tirar de ella para despejar la tráquea y poder hacerle de inmediato un boca a boca. 
Con Eva Higueras. Detrás Karola Eskarola

Aunque seguía inconsciente Alfredo y yo conseguimos regular su respiración y que recuperase un ritmo cardíaco que, momentos antes, aterrados, no lográbamos hallarle. Estoy segura de que durante unos segundos mi querida amiga estuvo muerta. 20 minutos habían transcurrido cuando llegó la ambulancia del SAMUR. ¡20 interminables y angustiosos minutos en los que ya no sabíamos que más hacer!

Una vez en urgencias le fueron diagnosticados tres hematomas subdurales que la mantuvieron en la UCI al borde de la muerte durante varios días.

Para finalizar esta primera y dramática parte de los ensayos de ¡Hay motín, compañeras! y sobre todo para dar de nuevo constancia de que los toreros y los actores estamos hechos de una pasta distinta al resto de los humanos, os diré que esa maravillosa persona, Elisenda Ribas, un par de meses más tarde estaba llevando una vida normal,  recuperada del todo y ansiando subirse de nuevo a un escenario. Pero en la situación en que se encontraba en un principio nuestro director y productor decidió que esperar a su posible recuperación no era factible.

Así que la obra de Miralles, atendiendo al despiadado dicho de “the show must go on”, siguió ensayándose con Karola Eskarola en el papel de la accidentada. Podréis imaginar lo que nos costaba a todas borrar de nuestra mente la imagen de su cuerpo desmadejado en el patio de butacas. 
Pepa, Elvira, Yo, Karola, Eva y Gemma
Como ya habréis supuesto la inflexible disciplina de la farándula se fue imponiendo y  la obra se estrenó en julio de  ese año 2002. Pero fiel al  refrán popular de que “lo que mal empieza, mal acaba”, tanto los ensayos como el corto tiempo que duró la obra en cartel fueron para todos, pero en especial para mí, una continua tortura. ALGUIEN  se empeñó en hacernos la vida imposible. Pero para más jugosos detalles tendréis que esperar a mi próxima Instantánea.


 Una mente desequilibrada.


Foto Jesús Alcántara

Siempre que he de contar alguna experiencia negativa con un compañero o compañera de profesión el teclado se rebela bajo mis dedos como intentando disuadirme. Pero debo luchar contra mi renuencia, ya que mi propósito ha sido siempre haceros partícipes, queridos lectores, de mis más significativas vivencias. Buenas o malas. Son muchas, muchísimas las maravillosas personas con las que me he topado en esta profesión. Y de ellas he hablado sin escatimar halagos. He vivido momentos gloriosos sobre un escenario y aunque algunos lo han sido menos, en ningún caso, en ninguno, un conjunto de hechos se habían aliado para hacer que mi trabajo sobre las tablas se convirtiese en lo más parecido a un infierno. Parecía que el accidente de Elisenda Ribas hubiese hecho caer sobre Hay motín, compañeras una maldición cuyo punto álgido estuviese asentado sobre mi cabeza.

Yo, Alfredo Alba, Gemma Cuervo y A. Soriano

Desde el momento en que reiniciamos los ensayos, el peso de la tragedia vivida, la inseguridad sobre la supervivencia de nuestra compañera, que continuaba en la UCI en estado crítico, nos sumía en una brumosa sensación de angustia, alimentada aun más por los dramáticos textos sobre los que cada día debíamos trabajar, es decir las tristes historias de aquellas reclusas. Sin duda todo colaboró en crear el mal ambiente que reinaba.

Pero como se suele decir sabiamente, “comencemos por el comienzo”.

La mañana en la que Ángel García Moreno, nuestro director y productor, nos citó a Eva, Elena, Pepa, Elvira, Alfredo, Ana y a mí para tener nuestra primera reunión de compañía, tras los abrazos y saludos de rigor, nos dimos cuenta de que faltaba la que creíamos sería nuestra primera actriz: la encantadora María Luisa Merlo.

Alberto Miralles
Todos pensábamos que para ella sería ese papel de vanidosa y superficial periodista de la prensa amarilla que tan bien había dibujado el autor Alberto Miralles, así que las palabras de Ángel nos dejaron de piedra: María Luisa no estaría con nosotros porque le había salido una importante serie en televisión, algo que ningún actor puede darse el lujo de rechazar. En su lugar vendría Gemma Cuervo, una mujer con un gran currículo pero a la que últimamente no se veía ni en la pantalla ni sobre los escenarios.  Entonces nuestro director nos informó del porqué de esas ausencias. “Gemma está pasando por un momento muy malo. Su separación de Fernando Guillén, su marido y compañero teatral durante tantos años, la ha desquiciado hasta tal punto que se ha vuelto conflictiva y la gente de la profesión prefiere prescindir de ella. Como es mi amiga  desde hace años, he decidido darle esta oportunidad de demostrar al público y a los empresarios que  aún está en  forma. Solo os suplico que tengáis paciencia,  mimándola y apoyándola en todo lo posible para que recobre la seguridad en sí misma”. Como es natural, acatamos las órdenes del director. 

Siendo los papeles de Gemma y el mío por igual de protagónicos, durante esas agudas controversias que nuestros personajes sostenían, en las cuales el autor dejaba clara la superficialidad de la periodista y la acre pero profunda filosofía de la presa, estaba marcado que yo fuese la parte dominante y ella acabase siendo la dominada. Pero, como si ni siquiera se hubiese leído la obra, la actriz se negaba a aceptar esas posiciones. Continuamente interrumpía nuestros diálogos pretextando que se sentía incómoda, llegando un día a decirle al director, ante toda la compañía, que no podía tolerar que yo la agrediera de esa manera. Es decir, YO, no mi personaje. Todos intentamos, convencerla de que su enemiga no era Yolanda Farr sino el personaje que interpretaba. No había manera de hacérselo entender. Hasta tal punto estaba la pobre desorientada. 

Un día durante el ensayo aseguró, a gritos descompuestos, en un  brote de histeria, que no estaba dispuesta a trabajar con alguien que la humillaba ex profeso en escena. Ese desvarío ya me resultó imposible de tolerar y anuncié que me despedía de inmediato. Aquello fue la hecatombe. Ángel me suplicaba entre sollozos que cambiase de opinión, alegando que él estaba encantado con mi trabajo, y además que a esas alturas sería imposible  sustituirme.


Karola Eskarola, Eva Higueras, yo y Pepa Sarsa
Las compañeras me intentaban calmar recordándome las palabras de advertencia de García Moreno el día de nuestra primera reunión.  Alegaban que si yo me iba ellas harían lo mismo y que perderían el trabajo y el esfuerzo invertido hasta el momento. En fin que entre todos lograron domeñar mi amor propio y me rendí. Continuaría con Hay motín soportando la tortura a la que el injusto y desordenado comportamiento de Gemma me sometía. Como comprenderéis, ese ensayo se suspendió y todos marchamos por nuestro lado con la aguda desazón que esos altercados suelen dejar en el alma.

Karola Eskarola y yo

Pero aquella noche recibí una llamada sorprendente. Mi “enconada enemiga” me pedía  perdón por su comportamiento. Con voz acongojada me aseguró que estaba pasando por una etapa de descontrol y de depresión que le obnubilaba el  juicio, que estimaba en mucho mi trabajo y llegó a confesarme que, en algunas ocasiones, había recurrido al viejo truco de cortar una escena utilizándome de pretexto  porque en realidad lo que le sucedía era que no recordaba sus lineas. Al parecer, debido a su estado, no lograba retener en su memoria los textos.  Mi respuesta fue que pasáramos página intentando, de ese momento en adelante, tener bien claras las diferencias entre mi furioso personaje y Yolanda Farr, su compañera y admiradora. Sus confesiones y excusas me habían conmovido.




Y así, entre conatos de agresividad, que al parecer le resultaban imposibles de contener, y posteriores disculpas, llegamos al estreno de Hay motín, compañeras en el Teatro Fígaro. Esto sucedía a principios de junio. A pesar de excelentes críticas para pieza y autor, buenas para toda la compañía y tal vez las mejores de mi vida para mi trabajo  el público rechazó de plano un tema tan árido y nos negó su apoyo.

No puedo quitarme de la cabeza que algo maléfico se cernió sobre la obra desde el principio, arrebatándoles su gran oportunidad a unos textos y a un tema que merecían mucha mejor fortuna, y privando a los actores del disfrute de una buena labor y de un largo tiempo de trabajo.

Para terminar esta narración os contaré que Gemma jamás llegó a aprenderse los diálogos. Sin duda en algún momento posterior la Cuervo salió del oscuro pozo en el que se encontraba pues, cuando le otorgaron un papel de continuidad en una serie televisiva, lo  realizó con gran eficiencia y eso reverdeció sus laureles. De lo cual con toda sinceridad me alegré.

No sé qué recordará ella de aquella infortunada experiencia en Hay motín, pero por desgracia yo nunca podré olvidar qué convirtió mi mayor placer, la actuación,  en una diaria tortura.

Para calmar a alguno de sus admiradores a quien mis palabras puedan ofender he de repetir que mi única intención en este blog es contar anécdotas de mi vida y que cada una de mis historias es hija legítima de una experiencia puntual. 



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