Últimos años del siglo XX

Los últimos años del siglo XX 
(1ª parte.)

Foto Jesús Alcántara

Tras cuatro meses de exhaustivos ensayos, en enero de 1998, se estrenaba  en el teatro Alcázar de Madrid  la obra La rosa tatuada, de Tennessee Williams, bajo la dirección de José Carlos Plaza, producida por Paco Marsó y protagonizada por Concha Velasco. El amplio reparto estaba compuesto por Paco Morales, “Mangiacavallo”, Cristina Arranz, “Rosa”, Paca Ojea, “Assunta”, Fidel Almansa, “el padre De Leo”, Tina Sainz, “Flora”, Pilar Ballona, “Betsy”, Concha Hidalgo, "Peppina", Yolanda Farr, “Miss Yorke” en los papeles más preeminentes y diez experimentados actores más en roles secundarios. El estreno fue clamoroso y a él asistió la flor y nata de la burguesía, del arte y la política, incluyendo al presidente del gobierno José María Aznar, quien tuvo a bien subir al escenario, una vez terminada la función, para felicitar a todo el elenco. Por cierto, creo que esa fue la primera y última vez que el mandatario acudió a un estreno teatral. (Y puede que hasta al teatro en general).


Cristina Arranz, yo, Concha Velasco y Paca Ojea en La rosa tatuada

Pero la  reacción del público dejó mucho que desear. Concha se había empeñado en interpretar aquel dramón con visos de neorrealismo italiano, pero sus admiradores, que eran muchísimos, preferían verla en esos lujosos musicales a los que últimamente les tenía acostumbrados y no en la piel de la desgarrada  y maltrecha Serafina. No se podría tachar a la obra de fracaso pero sin duda no fue el éxito al que la gran diva estaba acostumbrada.

Osky Pimentel y yo en La rosa tatuada

En cuanto al montaje, me temo que de nuevo los actores fuimos sufridas víctimas de la técnica. Carras que entraban y salían de los hombros del escenario, otras que avanzaban y retrocedían, decorados corpóreos subiendo y bajando del telar hicieron que la labor actoral se viese  entorpecida de continuo, sometida a los errores y tropiezos de la mecánica. Solo cuando Concha y el director decidieron limitar al mínimo esos movimientos la obra consiguió el ritmo y la fuerza dramática que Plaza había exigido de los actores durante los ensayos.

Con el director José Carlos Plaza 

Y hablando de José Carlos Plaza he de confesar que ese director es uno de los pocos con el que nunca llegué a tener buena comunicación. Su sistema de trabajo, exhaustivo pero veleidoso, no encajaba conmigo. Su forma de dirigir me resultaba mareante: solía darte instrucciones contradictorias, intentando encontrar, gracias a tu creatividad y agotamiento,  la versión del personaje que más le gustase. Lo cual, para colmo,  no garantizaba una aceptación definitiva pues al día siguiente podía cambiar de opinión y obligarte a recomenzar la búsqueda. Aquella era una forma de trabajo que algunos directores utilizaban pero que yo consideraba una gran pérdida de tiempo y energía. Mi método ideal consistía en analizar el personaje durante el trabajo de mesa e ir confrontando mis opiniones con las del director.  De esto ya he hablado con anterioridad. Pero el gran prestigio de Plaza hacía que todos, crítica incluida, respetasen y admirasen su trabajo, así que tal vez mi juicio sobre su método no tenga valor alguno.

Con Concha Velasco

Durante esos ensayos pude comprobar fehacientemente la capacidad de  trabajo y la gran disciplina de Concha Velasco. Siendo protagonista absoluta de la función, salía de cada larga sesión agotada y a veces hasta deprimida por las exigencias de Plaza. Aun así, al día siguiente era la primera en llegar al ensayo, llena de la más exultante energía. Aquello despertaba  asombro en el resto de la compañía. Ni siquiera los más jóvenes podían equipararse a esa mujer en ímpetu y perseverancia.

Fueron seis los meses que duró nuestra primera estancia en el teatro Alcázar, tiempo durante el cual admiré su disciplina en escena a la vez que descubrí  su descontrol en los camerinos. La razón  de su desequilibrio era que las relaciones entre Paco Marsó, su marido,  y ella estaban en una fase de amor-odio capaz de enloquecer a cualquiera. Cada vez que tenían una bronca o Paquito llegaba tarde a casa, las quejas más íntimas y los lamentos más fervientes de Concha rebotaban por las paredes de los camerinos sin pudor alguno. Pero si alguien cometía el error de apoyarla en sus críticas a su esposo se la podía oír gritar indignada, “¡oye, un momento, nadie puede insultar a mi hombre más que yo!”. Ni soy quién ni pretendo tener la capacidad para juzgar aquella conflictiva relación. Solo intento dejar constancia de la tensión que esos problemas personales creaban entre los actores.

El primer día de Alex en la casa
Aquella primavera en casa sufrimos una pérdida irreparable; nuestro  adorable perro Labrador Alex enfermó de legmaniosis, mal que en aquellos momentos no tenía ni cura ni posible prevención, así que, tras una  serie de intervenciones quirúrgicas, viendo el patente deterioro físico del que había sido un potente animal de cuarenta kilos, con el fin de evitarle más sufrimientos nos vimos forzados a sacrificar a nuestro querido amigo. 

Con Alex a los seis años

Ya que nunca habíamos tenido una mascota más cariñosa, dócil y alegre, su muerte fue para nosotros, más que nunca,  semejante a la de un familiar. Además mi madre perdió al compañero cálido y sumiso que solía yacer a sus pies, haciéndole compañía, durante los pocos momentos en que yo me permitía dejarla sola. Tras ese trauma me juré que, a partir de entonces, definitivamente no volvería a tener un perro.

Llegado el verano se nos propuso interrumpir el trabajo durante un mes, renunciando a nuestro sueldo pero con la garantía de regresar, cumplido ese lapso, al mismo teatro y con las mismas condiciones del debut. Por supuesto, aunque sin mucho entusiasmo, todos aceptamos. No estaba la cosa para ser tiquismiquis.

Concha, Paco y sus hijos, Manuel y Paco junior, deseaban aprovechar ese descanso para hacer un viaje de 15 días a New York, al cual no podían llevar a su revoltoso Yorkshire enano. Así que, impulsados por la buena amistad que nos unía a Marsó, Jesús y yo decidimos ofrecerles una solución; nosotros nos quedaríamos con Leo, la perrita, durante el tiempo que ellos estuvieran fuera. Pero ni remotamente sospechábamos en lo que nos estábamos metiendo. Aquel animal, aparte de estar malcriado, tenía un genio demoníaco. Yo estaba asombrada pues nunca me había relacionado con un perro tan arisco y caprichoso. La peor de sus manías era que cada vez que mi madre intentaba moverse por la casa,  se colocaba delante de su andador ladrando cual posesa. Aunque eso a mami, amante de los perros, no la amilanaba mi temor era que en algún momento el animal  le provocase una caída. Así que durante los 15 días que la tuvimos hospedada jamás los dejamos solos, con lo cual quedaron suprimidas nuestras a visitas a cines o a restaurantes en los cuales estuviera prohibida la entrada con animales.  Tan solo podíamos acudir a terrazas. Pero eso no era lo peor.

Leo resultó ser una noctámbula empecinada. Durante las horas del día daba gloria verla dormir envuelta en su largo, dorado  y supercuidado pelaje. Pero al llegar la noche se convertía en Mister Hyde. Cualquier mínimo ruido en la calle o en la escalera era respondido con una retahíla de agudísimos y desagradables ladridos a consecuencia de lo cual dormir se convirtió para nosotros en una misión imposible. Era tan marcada su actitud de “furioso perro guardián nocturno” que Jesús y yo llegamos a una conclusión; Concha la había adiestrado de esa manera para saber con exactitud a qué hora de la madrugada volvía Paco de sus frecuentes escarceos.

En fin que,  a la vuelta de la familia Velasco-Marsó, despedirme de un perro fue, por primera vez en mi vida,  una auténtica liberación. 

Lucy y yo frente al teatro Alcázar
Pero algo maravilloso ocurrió durante esas vacaciones de verano. Después de tantos años Lucy y yo volvimos a encontrarnos. Había venido a España por medio de ese “intercambio cultural” del que hablo en mi Instantánea anterior.

El cazatalentos de una asociación artística zaragozana, durante una visita “de prospección” a Cuba, descubrió a un grupo musical llamado Elé y, al quedar prendado por su buen hacer, tramitó de inmediato con el INIT la contratación. El coro lo componían cuatro chicos y tres chicas que, a capella, cantaban música cubana e internacional con una depurada polifonía. Pues bien, la directora, arreglista y una de las sopranos era mi Lucy del alma, a la que no veía desde mi única visita a Cuba en el año 85. (Ver instantáneas 99 y 100).

Aunque radicando todos en la ciudad de Zaragoza, donde sus contratantes cumplían con el compromiso de brindarles hospedaje gratuito, Lucy aprovechó su primera dieta y un par de días sin actuaciones para venir a visitarme. Y en casa se presentó una tarde dándome la inesperada alegría de poder compartir con ella momentos que se me hicieron demasiado cortos. Por fin Jesús conoció a la entrañable persona de la que tanto le había hablado, y mi madre derramó lágrimas de emoción al volver a ver, hecha una bella mujer, a la muchachita que, tantos años atrás, había dejado en Cuba.

Al informarnos Lucy que, unos días más tarde, Elé actuaría de madrugada en la cercana ciudad de Getafe decidimos  estar presentes.

Lucy, yo y Jesús

Excuso decir que tanto Jesús como yo ardíamos en deseos por verles actuar. Lo que no podíamos ni imaginar era el gran impacto que su trabajo iba a tener  en nosotros y en un público que, abarrotando el local, celebró al septeto dándoles una emocionante ovación final, puestos en pie y llenando la noche de sonoros bravos.

La próxima semana continuaré con esta emotiva historia.


Los últimos años del siglo XX. 
(2ª parte).


Foto Jesús Alcántara

Como os contaba en el capítulo anterior, la noche en que Jesús y yo vimos actuar al grupo Elé, la sorpresa y la emoción que nos embargaron fueron enormes. No solo por la calidad de las polifonías que Lucy había conseguido en canciones tan conocidas como El manisero, Siboney, La Macorina o Alfonsina y el mar, sino también por la divertida e inteligente manera en que los cantantes imitaban el sonido de tumbadoras, contrabajos y hasta   de una armónica que no existían más que en la garganta de alguno de los integrantes del grupo.

Actuación del grupo Elé

En un principio el público los recibió con cierta frialdad. Era obvio lo que esperaban de un grupo de jóvenes cubanos: salsa y meneíto. Pero tras un par de interpretaciones los aplausos eran  entusiastas. Lo cual demuestra que lo bueno acaba abriéndose paso entre la mediocridad, es decir, que los espectadores, capaces de tragarse casi todo lo que se les echa, en el fondo de sus almas conservan la virtud de reconocer  la belleza y la calidad. Solo hay que abrirles las puertas a su disfrute y dejar de adocenarlos con productos basura.  

Los componentes de Elé eran Tamara, soprano, Tatiana, contralto, Lucy, soprano o mezzo, según se terciara (y como ya he dicho, directora), Luis, tenor, Franquel, tenor, Denis, barítono y como bajo Pedro, que años más tarde vino a vivir a España y con quién mantengo una buena amistad: siete cubanos de pura cepa llenos de vitalidad, simpatía y, como era de esperar, deslumbrados por el mundo que estaban descubriendo.

La emoción con que se enfrentaban a esta experiencia los llenaba de una fragilidad que me hacía temer por ellos, así que intenté informarles someramente sobre las peligrosas alucinaciones, los espejismos que la opulencia del capitalismo solían producir. Todo lo imaginable estaba al alcance del pueblo, pero nada era gratis. Las tensiones que imponía el consumismo eran en realidad frustrantes y agotadoras.  Pero sobre todo quise abrirles los ojos a la despótica forma en que algunos empresarios trataban a los artistas de la isla, traídos por medio de un “intercambio cultural” que les dejaba  desprotegidos y  explotados. 


CD del grupo

Por fortuna ellos tuvieron suerte. Salvo el  hacerles viajar cada día a una plaza distinta de la geografía nacional, apretados los siete y el representante en una furgoneta con capacidad para seis, el tener que actuar en jardines públicos, polideportivos sin condiciones, centros culturales donde desconocían el significado de la palabra cultura, sin tiempo para un ensayo o para familiarizarse con la megafonía, en el caso que la hubiese, salvo por la dificultad de alimentarse con la escuálida dieta que tenían asignada, ellos se declaraban felices y agradecidos por la experiencia. Sobre todo en los frecuentes casos en  que, a causa de las exigencias del público, una representación que debía durar hora y media, pasaba de las dos a consecuencia de bisar y bisar.

Mi Lucy

En las dos semanas que estuvieron en España tuvimos la oportunidad de volver a verles actuar, con el mismo éxito rotundo. Pero poder gozar de la compañía de Lucy fue imposible. A ellos los tenían demasiado ocupados y para mí el desplazamiento a Zaragoza era imposible. Ya conocéis el forzoso enclaustramiento al que la salud de mi madre me tenía sometida. Cuando marcharon a Cuba en mi alma quedó una mezcla de desazón y alegría. Lucy se había convertido en una estupenda músico y su corazón se conservaba tan cálido y puro como cuando, recién llegada a la isla a finales de los 40, yo descubriera gracias a ella que existían “niñas de chocolate y ojos de miel”. 

La cuestión es que, en agosto de 1998, la compañía en pleno de La rosa tatuada estaba de nuevo actuando en el teatro Alcázar de Madrid. Pero la zozobra convirtió para mí los meses que duró nuestra rentrée en una tortura. 


Mami y yo en su último cumpleaños
A partir del 88 cumpleaños de mi madre los síntomas de su depauperación se iban acentuando  con una  agresividad aterradoras. La primera constancia que tuve fue comprobar que ya no reconocía a los amigos de siempre cuando la visitaban. Personas que habían formado parte de nuestras vidas desde hacía años se convirtieron de pronto en desconocidas para ella. Pero solo cuando perdió el apetito vi con claridad precipitarse el final. Aquella mujer que tanto disfrutara de cualquier plato, mientras más picante y sabroso mejor, comenzó a rechazar la comida. Su incontinencia urinaria me obligaba a ponerle durante todo el día unos pañales  humillantes para ella pues por aquel entonces aún tenía suficiente consciencia como para comprender lo que le estaba pasando. Su angustia era patente y mi dolor al no poder ayudarla, una corona de espinas sobre mi corazón.


Yo como Miss Yorke en
La rosa tatuada

Las horas que debía pasar  en el teatro me resultaban una agonía. A pesar de que contratamos una enfermera para que permaneciera a su lado durante mis horas de trabajo, ni un segundo logré recuperar, durante ese periodo, mi usual disfrute del escenario. Los compañeros,  conociendo  mi situación, intentaban inútilmente solidarizarse con un dolor cuya magnitud les era imposible aquilatar. 

No os debe, pues,  sorprender mi alivio cuando Paco Marsó nos comunicó que a principios de noviembre se disolvería la compañía. Concha Velasco había decidido terminar antes de tiempo en Madrid y suspender la gira para irse a rodar la película París-Tombuctú, dirigida por Berlanga, con Michel Piccoli y Amparo Soler Leal. Eso resultó un palo inesperado para los compañeros, ilusionados con la promesa de una larga y exitosa temporada de bolos. Para mí, en cambio, fue un alivio.

Visto eso, en el mes de noviembre Yolanda ya estaba en casa, acompañando las veinticuatro horas del día a su madre en su desmoronamiento, siendo testigo de cómo esa catedral de fortaleza y coraje iba convirtiéndose en ruinas. Y fue entonces cuando comenzó la peor parte de esta historia.

El brillante cerebro de Dora comenzó a sufrir micro infartos cerebrales. Hasta dos veces en una semana fue ingresada en urgencias, estabilizada y dada de alta. Pasaba de confundirme con su madre a mascullarme palabras en su idioma natal, un alemán que poco tiempo antes  ella aseguraba no recordar en absoluto. Y ni siquiera se daba cuenta. En uno de esos ingresos, durante los cuales yo permanecía  sujetando su mano toda la noche, un joven médico, el único que  nos había prestado la debida atención, quiso tener una conversación conmigo. Una vez en el pasillo me explicó que los micro infartos de mi madre serían cada vez más frecuentes y devastadores.

Me mostró entonces una radiografía cerebral que me dejó pasmada; de los dos hemisferios en que se divide el cerebro el izquierdo presentaba una imagen mucho más pequeña y arrugada, algo parecido a una nuez seca. Me aseguró estar sorprendido de que la portadora de ese cerebro aún conservara la consciencia y me aconsejó ingresarla en un hospital donde estuviera debidamente atendida durante el poco tiempo que le quedara de vida. Me habló entonces de uno administrado por la Seguridad Social, poseedor de dos plantas especializadas en enfermos terminales y me prometió que, a pesar de la larga lista de espera para los ingresos, él me conseguiría una plaza. Nunca supe por qué, pero aquel muchacho se preocupó por nuestra situación con un interés encomiable. Demasiadas veces había comprobado  en esos días la frialdad, cuando no la incompetencia, con que los pacientes eran tratados en Urgencias y aquella actitud me conmovió.

La idea de alejar a mi madre de mí me parecía espantosa, pero estaba claro que yo no podía atenderla como ella necesitaba y que ni mi cuerpo ni mi alma eran lo suficientemente fuertes para soportar por mucho tiempo el esfuerzo físico de manejarla y el desgaste espiritual de verla irse sin poder hacer nada al respecto.

El hospital en cuestión se llamaba La Fuenfría. El único problema era que estaba en Cercedilla, pueblo situado en la sierra de Guadarrama y a sesenta kilómetros de Madrid.

El camino hacia el hospital
Cuando a la mañana siguiente comenté todo esto con Jesús, aprovechando que aquel médico-ángel había logrado ingresar a mi madre en planta, lo cual nos daba libertad de movimiento, decidimos inspeccionar el lugar antes de tomar una  decisión tan drástica. Y, tras un viaje de  casi una hora por carretera  hasta Cercedilla y una corta subida a los montes por un camino bordeado de hermosos pinos y abetos, nos topamos  con un gran y luminoso edificio que parecía dejado caer entre la frondosa vegetación por las hadas del bosque. (Continuará).


Hospital de La Fuenfría


 Los últimos años del siglo XX.
(3ª parte).


Foto Jesús Alcántara

El interior del hospital de La Fuenfría resultó tan amplio y luminoso como su exterior hacía prever. Amplios pasillos, desahogadas habitaciones con tan solo dos camas y provistas de un balcón por donde entraba a raudales la luz y desde el cual se podía admirar la maravillosa vista del bosque circundante. El médico director de las dos plantas dedicadas a enfermos terminales, con el cual inmediatamente establecí contacto,  era  encantador.

En nuestro primer encuentro, al ver aquella increíble radiografía del deformado cerebro de mi madre me confirmó este diagnóstico: el proceso de deterioro era imparable y, por supuesto, no había esperanza alguna de recuperación. Al mismo tiempo me aseguró que allí se ocuparían de que su final fuese apacible e indoloro. Aceptar que solo eso  se podía hacer por aquella mujer tan importante en mi vida me rompía en mil pedazos.


Mi madre Dora. 1928
 A la mañana siguiente, acompañé a mi madre en una ambulancia hasta La Fuenfría. No estaba segura de que entendiera mis palabras, pero le conté una mentira piadosa: estaba siendo trasladada a un hospital que contaba con los equipos técnicos y el personal idóneo  para curarla. Ella se limitó a tomarme la mano y sonreír. No es posible describir   el remordimiento que sentía al alejarla de mí y de su entorno, aunque ya había comprobado como su cerebro desorientado tenía consciencia casi nula de lo que la rodeaba. Cien veces le repetí, durante el largo viaje, que vendría a estar con ella a diario y cien veces me respondió con una sonrisa y un “ya, mama” que me envolvía en una mezcla de ternura y desolación.

Dos meses  estuvo allí ingresada y ni una sola vez falté a mi promesa. Cuando a Jesús le era posible me llevaba en nuestro coche. Cuando no era así, por la mañana temprano tomaba en Atocha el tren de cercanías hasta Cercedilla y, una vez en el pueblo hacía uso de un autobús de la empresa Larrea dedicado en exclusiva a cubrir, cuatro veces al día, el viaje de ida y vuelta al hospital. En total, un recorrido de casi dos horas. Con el fin de darle yo misma la comida siempre estaba allí antes de que sirvieran el almuerzo y me iba después de la cena. Me empeñaba en que comiera, con un tesón casi enfermizo, como si eso fuese a devolverle la vida. Y así pasaron largos días, viendo como aquel manantial de energía y brillantez iba agotándose pacíficamente, sin estridencias pero de manera irremisible.

Hasta que una mañana se desataron todos los demonios del infierno.

Desde La Fuenfría me comunicaron telefónicamente que, durante la madrugada, mi madre se había caído de la cama fracturándose por varios lugares un fémur. Cuando llegué a su lado la imagen de su pierna escayolada hasta la ingle me hizo romper a llorar con desconsuelo. Me garantizaron que no tenía dolores, drogada como estaba, y que así la mantendrían, pero yo sabía el significado de todo aquello: había llegado el auténtico final. Nunca más volví a ver esa radiante sonrisa con la cual muchos años atrás deslumbrara a amigos y admiradores, la misma que hasta ese accidente había encandilado, durante sus numerosos ingresos, a médicos y enfermeras. Nunca más su mano agarró la mía. Y el 17 de febrero de 1999, pocos meses antes de cumplir los 90 años, Dora Pfarr de Mariño, la inseparable melliza de Yenny, la abnegada esposa de Arsenio, una de las integrantes de esa pareja de bailes, Las Farry Sisters, que el público tanto había admirado durante las décadas de los  20, 30 y 40, mi  madre, dejaba este mundo en el que tanto había luchado y del que también había disfrutado a plenitud.

Dora y Yenny, las Pfarry Sisters

No pienso extenderme en la narración de cuan larga y profunda fue mi depresión tras su muerte. Solo os contaré que, en los meses siguientes, rechacé varias propuestas de trabajo y  la invitación de amigos a pasar en sus hogares, dentro y fuera de España, el tiempo que desease. No me sentía capaz de abandonar mi casa. Aunque suene increíble  añoraba de manera enfermiza  los años de cuidados y hasta la falta de libertad dedicados a la invalidez de mi madre, estaba tan aferrada a ese olor suyo impregnando cada rincón, que Jesús decidió que debíamos mudarnos. Con un resto de lucidez comprendí cuanta razón tenía. Aquella actitud morbosa de refocilarme en los recuerdos era insana, debía pasar página y reanudar mi vida, como Dora, aquella valerosa superviviente de tantas pérdidas, hubiese deseado.

Nuestro adosado en Estrecho de Corea

Por lo tanto en noviembre de 1999 nos mudamos a un chalet adosado de tres plantas en la Calle Estrecho de Corea, una zona residencial prácticamente en el centro de Madrid.

Y la terapia funcionó. La mudanza, la ardua labor de acondicionar nuestro nuevo hogar, su “presentación en sociedad” hizo que mis biorritmos fuesen poco a poco recobrando una relativa normalidad. 

Jesús y yo, primera nevada en el chalet

La cuestión es que llegó el 1 de enero del nuevo siglo sin que el negro vaticinio de Nostradamus sobre el fin del mundo se cumpliera: la tierra siguió girando, la nieve cayó límpida y hermosa ese invierno y, al llegar la primavera no solo los árboles renacieron y las plantas florecieron; también milagrosamente lo  había hecho mi carrera. 


Rodeando a Maria Luisa Merlo, desde el suelo y siguiendo las agujas del reloj;  Eva Higueras,
Yolanda Farr, Ana Labordeta, Verónica Luján, Elisenda Ribas, Queta Claver y Elena Maurandi



Ángel García Moreno, director y gestor del teatro Fígaro de Madrid me había ofrecido, en septiembre del 99, hacer una de las dos protagonistas en “Ocho mujeres”, de Robert Thomas. Y os aseguro que jamás he disfrutado tanto con un papel ni me he sentido más cómoda y arropada como entre aquellas siete  actrices que completaban el reparto: María Luisa Merlo, Elisenda Ribas, Queta Claver, Eva Higueras, Verónica Luján, Ana Labordeta y Elena Maurandi. Si, amigos finalizar ese terrible año haciendo “Ocho mujeres” fue un bálsamo para mi tristeza.



 La Merlo y otras siete grandes mujeres más.


Foto Jesús Alcántara

Supongo que recordáis la histeria colectiva que provocó el “efecto 2000”, o Y2K,  en el mundo de los ordenadores. La amenaza de una debacle informática se sumó, el mes de diciembre de 1999, a las catastróficas predicciones del fin del mundo sostenidas por Nostradamus  and company”. Los informáticos temían que una vez alcanzado el año 2000, es decir el final del milenio,  si el planeta tierra aún existía, las fechas en los ordenadores marcarían tan solo 00, lo cual nos retrotraería al 1900. ¿Cuál era la causa? Algo tan sencillo como incomprensible en tan doctas mentes. Las limitaciones iniciales de los equipos, la falta de memoria y capacidad de almacenamiento habían hecho que los programadores señalaran los años con tan solo las dos cifras finales; 68 por 1968 o 90 por 1990, por ejemplo. Es decir que 2000 quedaría marcado como 00, indicando eso automáticamente que estábamos ¡en 1900! Las consecuencias, en un mundo que vivía regido por la cibernética, podrían haber sido  catastróficas. Al descubrir este fallo garrafal los países invirtieron miles de millones en tratar de remediar tal absurda falta de previsión. Por fortuna los daños  fueron mínimos y puntuales y a las pocas horas del nuevo siglo estaban solucionados. Es decir que llegamos a enero del XXI vivitos, coleando y ubicados en el tiempo con corrección.


Genocidio en Namidia. 1904.                                             Campo de concentración Nazi. 1945

El siglo XX se había marchado llevando sobre sus espaldas algunos importantísimos descubrimientos científicos, muchos útiles inventos, emblemáticos acontecimientos que propiciaron libertades civiles, pero también  grandes contiendas y terribles masacres.

Parecía que no hubiese pasado un solo día de esos largos cien años sin asesinatos indiscriminados, genocidios, guerras mundiales o tribales  y luchas sangrientas por defender o expandir fronteras. El siglo de los extremismos, (hambre aniquiladora junto a la más exagerada riqueza), de la tecnología, del nacimiento o muerte de mártires y de asesinos había dejado lugar a un siglo XXI que nos asustaba por la velocidad con que la técnica se desarrollaba, llegando incluso a inspirar en el individuo el temor a resultar desplazado por las máquinas. Pero también  nos dejaba, a los optimistas,  la esperanza de que el ser humano hubiese aprendido con sus errores. Viéndonos supervivientes de tan negros vaticinios tal vez recapacitásemos y enmendásemos el daño que nos hacíamos los unos a los otros y, aún más importante, a nuestra Gran Madre, esa tierra que desde hacía tiempo esquilmábamos y maltratábamos.


María Luisa Merlo y yo en Ocho mujeres

Y daba la impresión de que el 2000 venía con buenas intenciones, al menos para Jesús y para mí. Aquella función, Ocho mujeres, estrenada el 11 de noviembre de 1999 en el Teatro Fígaro, estaba teniendo un éxito espectacular gracias a las actrices que componíamos el reparto y a la flexibilidad del director, Ángel García Moreno. Paso a explicar el porqué de mi afirmación. Durante los ensayos fuimos descubriendo que la obra, concebida por el autor parisino Robert Thomas como un thriller puro y duro, con tan solo darles una “vuelta de tuerca” a los personajes, podía convertirse en una divertida comedia de suspense. Las situaciones, muchas veces límites, se prestaban bien para ello. Y así, sin cambiar ni una palabra del texto, día a día fue brotando sobre el escenario la versión que los franceses  llevarían al cine con posterioridad y que tantas veces se ha representado desde entonces. Cuando el film llegó a Madrid las actrices que estrenáramos la obra, llenas de curiosidad, nos reunimos para ir a verla  y vaya si nos llevamos una sorpresa: era como si el director hubiese estudiado nuestro montaje imitándolo sin pudor alguno.  Y  aquello no podía ser una coincidencia pues incluso parte del vestuario era similar.

Pero volvamos a nuestras representaciones en el Fígaro.

De izquierda a derecha, Verónica Luján, María Luisa Merlo, Eva Higueras, Queta Claver,
Ana Labordeta,  Elena Maurandi, Yolanda Farr y Elisenda Ribas en Ocho mujeres

Estas eran las actrices y estos sus roles: María Luisa Merlo, la madre de familia de la que yo, ex cabaretera y oscuro personaje, era antagonista, Elisenda Ribas, la inquietante ama de llaves, Eva Higueras, Ana Labordeta y Verónica Luján, las tres hijas, revestidas de una inocencia demasiado subrayada para resultar creíble, Queta Claver, la escurridiza y mentirosa abuela, y Elena Maurandi, la casquivana doncella. Todas éramos sospechosas del asesinato de un dueño y señor de la casa que nunca llegaba a aparecer físicamente. Así, con gran inteligencia, se iba desarrollando la trama hasta llegar al más sorprendente final, el cual no voy a contar pues sería destripar la obra para cualquiera que decida ver el montaje o la película.

Con María Luisa Merlo
Como en el mejor de los sueños, aquellas mujeres y yo, fuera de escena, nos convertimos en una familia bien llevada. La Merlo resultó ser una persona entrañable, a veces hasta demasiado ingenua y soñadora pero siempre plena de bondad y compañerismo. Hasta tal punto era una profesional que, a pesar de haber sufrido una fractura de tibia unos días atrás y estar escayolada, se negó a retrasar el estreno. Esa mujer, que llegaba de la calle arrastrando su blanca y elefantiásica pierna como si le pesara treinta kilos, en el escenario manejaba su escayola con la gracia y el donaire de la bailarina de ballet que un día fue.

En los entreactos o entre funciones solía contarnos historias de su padre, el gran actor Ismael Merlo, nos narraba momentos vividos junto a su veleidoso ex marido Carlos Larrañaga, o nos relataba anécdotas de esos hijos que tan orgullosa le hacían sentirse: Juan Carlos, Pedro, Luis, y Amparo, (por cierto que estos últimos, Luis Merlo y Amparo Larrañaga han resultado  ser unos estupendos actores).

Elisenda Ribas se convirtió en mi gran hallazgo. Aunque conocía con anterioridad su buen hacer teatral  jamás hubiese podido sospechar la ternura y la generosidad que se escondían tras su avasalladora personalidad. Virtudes estas que consolidaron una amistad entre nosotras que llegaría hasta nuestros días.

Con Eva Higueras
Con  Elena y  Eva, jóvenes y neófitas pero ansiosas de aprender, se estableció desde el principio una relación provechosa para las tres. Cada día antes del primer pase se dirigían a mi camerino y allí les enseñaba y practicábamos ejercicios de respiración, de colocación de voz, de expresión corporal… Huelga decir cuanto nos beneficiábamos de esto, pues nunca un actor está lo suficientemente preparado como para abandonar los calentamientos previos. Muchas lesiones musculares  y de cuerdas vocales se hubiesen podido evitar siguiendo esta sencilla regla, cosa  poco frecuente entre los a menudo indisciplinados actores españoles.

Ana Labordeta era una agradable muchacha, de carácter un poco retraído, pero muy eficiente como actriz y fácil como compañera.




En cuanto a Queta Claver, aquella hermosísima mujer que durante su juventud había sido una importante vedette de revista con sobrado poder para enloquecer a los hombres, logró con los años convertirse en una buena actriz dramática. Lo que nunca consiguió fue abandonar las actitudes de estrella adquiridas durante su apogeo. Aunque sin exageración, nos miraba a todas con un aire de superioridad que, teniendo en cuenta su edad y su inevitable deterioro físico, en realidad nos hacía gracia y nos inspiraba ternura. Nunca formó al cien por ciento parte de la familia pero todos la aceptamos como a una pariente excéntrica pero, en el fondo, querible.

Y con pleno éxito se mantuvo Ocho Mujeres en el teatro Fígaro de Madrid durante más de un año. Como suele suceder cuando las obras tienen una larga duración en cartel, hubo que hacer sustituciones, en este caso a Labordeta y a Luján, pero con tanta fortuna que las sustitutas, Pepa Sarsa y Marisa Lahoz, encajaron en el grupo y en sus papeles a la perfección.


Montaje de Jesús en la galería Margarita Summer

Por su parte Jesús expuso su obra en la prestigiosa sala Margarita Summer de Madrid en Marzo del 2000. Hay que admitir que fue un éxito más de crítica que de ventas. Su estilo seguía levantando roncha. Sus colores explosivos y su originalidad encandilaban a una gran parte del público pero el  tamaño de sus lienzos y su peculiar forma de tratar las figuras ahuyentaban a conservadores y pequeños compradores.  

Frente a uno de sus cuadros


Ya que era muy difícil vivir de la pintura, su trabajo como  fotógrafo del Teatro de la Zarzuela y del teatro Español era la base principal de nuestros ingresos.  Sin duda a Jesús le hubiese gustado dedicar todo el tiempo a su verdadera vocación, pero muchas veces la vida se opone a nuestros deseos.  A lo largo de mi azarosa existencia yo había comprobado que contra eso nada se podía hacer.

Pero no quiero terminar este capítulo sin reiterar lo maravillosa que fue aquella etapa de Ocho Mujeres para mí. Y no solo a nivel profesional: de esa experiencia conservo grandes amigas.  Por ejemplo Elisenda Ribas, Pepa Sarsa y Eva Higueras, de las que hablaré más adelante.


De izquierda a derecha Eva Higueras, Anne Igartiburu, yo, María Luisa Merlo, Luis Merlo, Queta Claver, Ana Labordeta, Verónica Luján, Elisenda Ribas y Elena Maurandi en la celebración de las primeras cien
representaciones de Ocho mujeres

Volveremos a vernos la próxima semana.

Fotos de Ocho mujeres, Jesús Alcántara.







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