sábado, 28 de junio de 2014

Instantánea 122 - De Cuba llega un genio



Foto Jesús Alcántara

A modo de introducción, como nota curiosa y muy significativa os diré que en Cuba la primera conversación telefónica  se realizó en octubre del año 1877, tan solo siete meses después de que Graham Bell patentara su teléfono. A principios del siglo veinte, por supuesto bajo el férreo tutelaje de EE.UU., la American Telephone and Telegraph Company y Cuba firmaban un acuerdo para crear la Cuban Telephone Company,   lanzando  un cable submarino entre La Habana y Cayo Hueso.  Este cable estableció lo que fue la línea telefónica más larga del mundo en aquellos tiempos.

Central telefónica del siglo XIX

Y todo siguió su proceso, siendo  introducidas en la isla las mejoras que EE.UU iba incorporando a su propio sistema de comunicaciones.  Hasta que en el año 1960 las instalaciones de la Cuban Telephone Company fueron expropiadas y nacionalizadas por el recién estrenado gobierno de Fidel Castro. A medida que pasaban los años, la falta de recursos materiales, el uso chapucero y el inexorable deterioro que ocasiona el tiempo, hicieron que el contacto telefónico con la isla resultara cada vez más caótico llegando a convertirse con frecuencia en  imposible.

En el año 86 una drástica avería en el cable submarino provocó que las llamadas debieran ser establecidas a través de terceros países. Era necesario por lo tanto recurrir al servicio internacional de larga distancia. Esto te dejaba en las manos de unas telefonistas que generalmente, no sé el porqué, asumían una desagradable y displicente actitud cuando pedías hablar con la isla de Cuba. Casi nunca había línea y si la había  no era extraño que algún cubanito desconocido contestara a tu llamada desconcertado y desde un número equivocado.

Años después, cuando por fin se restableció la línea directa con Cuba, mi comunicación con Lucy pudo ser mucho más fluida. Al menos dos veces al mes nos poníamos al día de nuestras respectivas vidas y avatares. Gracias a eso pude seguir el progreso de los estudios musicales de su hijo Gabriel, el cual desde pequeño dio señales de poseer grandes condiciones pianísticas.  Ya en su temprana adolescencia el muchachito participó en celebrados conciertos y ni siquiera esa difícil etapa de la vida logró distraerle de su devoción hacia la música.

Yo con Gabriel
Y un día mi amiga me dijo, llena de emoción, que Gabriel había sido seleccionado para participar en un concurso internacional de piano que se celebraría, en fechas muy cercanas, en la ciudad de Valladolid, España. A pesar de la vergüenza que aún le provocaba el comportamiento de su otro hijo, Alejandro, ese ahijado mio que había traicionado, años atrás, nuestra confianza y desdeñado nuestros intentos por ayudarle, (ver Instantáneas 104 y 105) tras asegurarme que la situación y los personajes eran totalmente distintos, me rogó nos ocupáramos de Gaby durante el tiempo que durara su estancia en la península pues, como de costumbre en estos casos, el muchacho venía tan solo con los viajes sufragados por el gobierno de Cuba y muy escaso de equipaje. “Gabriel no les va a dar problema alguno”, me aseguró, “él y su hermano son como las dos caras de una moneda. Y no teman que intente quedarse en el país. Nunca  se le cruzaría esa idea por la cabeza. Su arraigo familiar es demasiado fuerte, al igual que su sentido de la responsabilidad.” Como comprenderéis, a pesar de saber hasta qué punto puede ser ciego el amor maternal, aceptamos encargarnos de “el niño”, (que por aquel entonces tenía tan solo veinte lucidos añitos). Lucy era mi hermana y siempre haría por ella todo lo que estuviera en mis manos.  Y os aseguro que nunca nos tuvimos que arrepentir de tener a Gaby con nosotros.

El chico resultó ser encantador y sus facultades al piano excepcionales. Durante las jornadas que permaneció en nuestra casa de Madrid solo una cosa nos pidió; que le consiguiéramos un piano para continuar sus prácticas. Debía sentarse al instrumento al menos cuatro horas diarias para no perder digitación.

Gabriel Urgell
Por fortuna en la calle donde vivíamos había una pequeña escuela de música a la cual me dirigí con el fin de alquilarle un salón. Y allí, estudiantes, maestras del centro, y por supuesto yo, nos enamorábamos cada día del Prokofiev, del Debussy, del Mahler que salía de los privilegiados dedos de aquel jovencísimo mulato.

Cuando lo dejamos en Valladolid para participar en las pruebas de selección, le di tan solo un consejo; “Gabriel, tienes una técnica impecable pero por favor no pierdas esa sensualidad que da a tus manos y a los matices de tus interpretaciones reminiscencias de lamentos y tambores africanos. Esa es tu gran baza y lo que te diferenciará de tus competidores.”

Por supuesto pasó sin problema la primera criba y fue aceptado como concursante en ese prestigioso premio “Flechilla Zuloaga”.

Eran muchos los participantes y a todos fue desbancando en las eliminatorias.  Hasta llegar a ser uno de los tres afortunados finalistas.

La gran final, que tuvo lugar en el Auditorio de Valladolid,  resultó un espectáculo inenarrable. Ver a ese muchacho, al que a  consecuencia de su escaso vestuario  habíamos tenido que comprar un traje de chaqueta  para la ocasión,  sentado al piano de cola, con una orquesta de cuarenta músicos detrás, nos emocionó  como si se tratara  de nuestro propio hijo. A medida que iba desgranando sobre el teclado las difíciles notas del Concierto Número 2 Opus 18 de Sergei Rachmaninoff, pieza que eligió para la ocasión, la tensión en la sala, casi sexual, se iba incrementando. No solo sus notas eran claras y precisas. Su imagen, fibrosa, trémula y llena de sensibilidad en los “pianísimos” y de fiereza y pasión en los “fortes”, era casi hipnótica. Al terminar su ejecución, con la totalidad de los asistentes en pie, hubo un estallido de bravos y una ovación que duró varios minutos. Y lo más significativo de todo fue ver a la orquesta en pleno levantarse y aplaudirle. A pesar de la excelente labor de los otros dos finalistas tan solo él recibió ese máximo honor que los músicos acompañantes ofrecen a veces a un solista o a un director.




(Os incluyo un vídeo actual de Gabriel tocando el Concierto de Rachmaninoff)

Paseando, aun emocionados, por los salones de aquel gran Auditorio, durante los minutos del intermedio fijado para que los jurados decidieran a quién otorgarían los premios, constatamos que los comentarios del público daban como innegable ganador a Gabriel.


Entonces, para nuestra sorpresa, el presidente del jurado se acercó a nosotros, “los padres postizos del artista”, y nos dijo con voz contrita: “Señores, tenemos un gran problema. Todos estamos de acuerdo en que el merecedor del primer premio es Gabriel Urgell. Pero en las bases del contrato se  estipula que el ganador, aparte de recibir 10.000 euros, se compromete a realizar, en el lapsus de un año, un alto número de conciertos en España patrocinados por nuestra fundación. Ayer hemos hablado con Cuba y nos han dicho que bajo ningún concepto le darían permiso para permanecer un año fuera del país y que la opción de que realizara tantos desplazamientos de ida y vuelta les saldría demasiado gravosa. Nosotros no podemos comprender semejantes razones pero eso nos impide obrar con justicia. Así que hemos decidido otorgarle el Segundo Premio y el  Premio del Público que se ha ganado de forma tan abrumadora”. Y así fue como la estupidez del gobierno castrista frustró un año de conciertos y experiencias que seguramente hubiesen cambiado la vida de aquel joven cubano y llevado a la isla el prestigio de un primer premio de interpretación pianística.  

Gabriel Urgell. Foto Jesús Alcántara
Un par de días más tarde despedimos en el aeropuerto de Barajas, Madrid, a aquel muchacho que nos dejaba en el alma la dolorosa sensación de impotencia de no poder hacer nada por quien tenía todas las posibilidades de convertirse en una estrella  y que, sin embargo, en su patria era ignorado.

(Durante los años que siguieron Gabriel Urgell continuó ganando, de forma esporádica, concursos internacionales, siempre regresando, más que a Cuba, al seno familiar. Un tiempo después consiguió una beca de estudios en el Conservatorio Nacional Superior de Música y Danza de París. En la actualidad, con nacionalidad española que le conseguimos,  vive en Francia, realizando en ese centro las labores de profesor y haciendo a la vez exitosos conciertos para satisfacción inconmensurable de su madre Lucy.)

Hasta aquí la historia de ese gran pianista que, sin ayuda alguna de su país pero con tesón y sacrificio, ha logrado convertirse en un personaje notorio dentro del mundo musical europeo.

Aquella emotiva experiencia tuvo serias consecuencias en mi vida: mis adormilados instintos artísticos se despertaron hambrientos de escenarios y sedientos de aplausos. La paz y el distanciamiento de los que me había rodeado últimamente volvieron a parecerme tan solo una traición a mi verdadero yo. Así que cuando Gustavo Pérez Puig, el director y productor, me propuso volver a interpretar a la divertida Mujer Barbuda en la obra de Miura Tres sombreros de copa, me reintegré a la farándula más que encantada.



Tres sombreros de copa. De izquierda a derecha, Sara Montalvo, Pepe Álvarez, Begoña Blanco, Carmen Martínez Galiana
Jordi Soler, Miguel de Grandy, Cipriano Lodosa, Ángeles Martín,José Luis Coll, Carlos Urrutia, Yolanda Farr, Pepe Sanz, Luis Hacha y Estefanía Nusso.

Tal vez recordaréis que ya en el año 1995 había aceptado hacer esa colaboración especial en un proyecto que tan solo  duró unos meses de “bolos de ida y vuelta”. (Ver Instantánea 109). Ahora la oferta era de un año en Madrid, en el teatro Príncipe, y otro de gira por España. El reparto era distinto en su casi totalidad. Tan solo repetíamos Luis Hacha, Antonia Paso, Jordi Soler, que en esta ocasión interpretaba a Don Sacramento en lugar de al Negro Buby, y yo. Pero las nuevas incorporaciones eran magníficas: Cipriano Lodosa y Ángeles Martín, en la pareja protagonista, José Luis Coll, Carmen Martínez Galiana, Raquel Pérez Puerto, Sara Montalvo, mis amigos Miguel de Grandy hijo,  Carlos Urrutia, Manuel Medina, Pepe Álvarez, Pepe Sanz y Kike Espildora, Estefanía Nusso, Begoña Blanco, Paco Galindo y Andrés Arenas. Un magnífico reparto con grandes nombres y un grupo de actores jóvenes que formaron una refrescante y divertida compañía teatral. Y fue con ellos, durante esos ratos en los camerinos, mientras permanecíamos fuera de escena y los protagonistas se refocilaban cara al público en los maravillosos textos de Miura, cuando tuve la oportunidad de aquilatar las dificultades de los jóvenes y novatos actores para hacerse un sitio dentro del moribundo mundo del teatro de aquellos días. Pero de eso hablaré en el próximo capítulo.

Próximo capítulo. ¡Que vida la del artista!



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada