sábado, 31 de mayo de 2014

Instantánea -119 - ¡Dios mío, llegó el euro!



Foto Jesús Alcántara

El 1 de enero del 2002 el euro, la moneda oficial de la eurozona formada por 18 de los 28 miembros de la Unión Europea, entró en vigor en 12  países. Entre ellos figuraba España. (Diez países habían rehusado adoptarla: Bulgaria, Croacia, Dinamarca, Lituania, Hungría, Polonia, Reino Unido, República Checa, Suecia y Rumania).

Como es natural la equivalencia con la moneda vigente hasta aquel  momento en cada lugar era distinta  y el obligatorio cambio resultó una auténtica debacle, causando durante mucho tiempo interminables colas en los Bancos dedicados a  tal menester.


Tintados en azul, los países
de la eurozona
En España cada euro representaba 166.386 de nuestras pesetas. No creo que muchos españoles de a pie comprendieran en un principio lo que aquello significaba para nuestra economía. Las calculadoras de bolsillo se vendieron como rosquillas. Suponiendo, con supina ingenuidad, que el cafecito de la mañana por el que acostumbraban pagar 100 pesetas  ahora les costaría  0.60 céntimos de euro, la sorpresa fue morrocotuda a la hora de pagar. Los comerciantes habían decidido, ante la impasibilidad del gobierno,  que eso de los céntimos era mucha complicación y que resultaba más sencillo partir de un número redondo; el café ahora costaba un euro.  


Es decir que, de la noche a la mañana, con esa equiparación, la vida del español encareció en más de un sesenta por ciento. Incluso aquellas tiendas de chinos, surtidoras de misceláneas, que se habían puesto tan de moda y en cuyas puertas aparecía en grandes letras el reclamo de “todo a cien”, lucían ahora, con todo descaro, este nuevo letrero: “Todo a un euro”. Es decir que aquella velita por la que en diciembre del 2001 habíamos pagado como mucho cien pesetas  ahora costaba la absurda cantidad de166.386 pesetas.


Poco tardó en llegar este desmesurado aumento a  compras más importantes como ropa, comida, gasolina,   gastos domésticos de luz, teléfono,  agua y a los bienes inmuebles. De esta  arbitraria manera los egresos se desbocaron. Para más escarnio los ingresos, los sueldos, en ningún caso  se elevaron consecuentemente. ¡Pero España era rica, como no,  y el español era descendiente a medias de Sancho Panza y de don Quijote por lo que no había dragón que le amedrentase ni desgracia de la cual no poder sacar alguna chanza! Así que pocas o ninguna voz se levantaron advirtiendo del agravio que aquel cambio de moneda iba a significar para el país. Tanto empeño teníamos en borrar de la opinión general la frase de que “Europa empieza en los Pirineos” que estábamos dispuestos a pagar cualquier precio con tal de ganarnos una plaza en nuestro viejo continente.

Así la vida fue haciéndose más cara para los españoles  a la vez  que alejaba a esos turistas para los que nuestra divisa anterior, al efectuar el cambio con la suya, había convertido España en “la tierra de Jauja”.

Pero dejemos el tema de la economía e internémonos de nuevo en mis experiencias artísticas y personales, que es lo nuestro.

En la vida de todo ser humano hay cosas que no apetece nada recordar…Sucesos luctuosos, fracasos profesionales, amores no correspondidos, enfermedades…Dramáticos eventos que inevitablemente tienen un lugar y un momento en nuestra existencia, por muchas velas que pongamos a los santos o muchos pensamientos positivos que nos esforcemos en cultivar. 

Es tan aleatoria y frágil la línea entre la felicidad y la desgracia que, en dos segundos, un día esplendoroso puede convertirse en un enfurecido huracán de penalidades.


De izquierda a derecha Eva Higueras, Elena Maurandi, Karola Eskarola, Elvira Travesi
Gemma Cuervo, Yolanda Farr, Pepa Sarsa, Alfredo Alba  y Ana Soriano
Algo así se gestaba esa mañana de junio del 2002 mientras, ignorantes de la maléfica sombra que nos acechaba entre cajas, ensayábamos, por primera vez en el escenario del Teatro Fígaro, ¡Hay motín, compañeras!, la obra del autor, ganador de varios premios literarios,  Alberto Miralles  y que dirigía  Ángel García Moreno.

En realidad nada vaticinaba la tragedia. En el reparto estábamos de nuevo Elisenda Ribas, Pepa Sarsa, Eva Higueras y Elena Maurandi, reencontrándonos felizmente tras aquella maravillosa experiencia que había sido trabajar juntas en Ocho mujeres un año y pico atrás. 

Con Pepa Sarsa

Puesto que nuestra amistad continuaba en su plenitud la oportunidad de volver a compartir escenario nos encantaba. Trabajar con personas afines centuplica  el ya de por sí enorme placer de actuar frente al público. Gemma Cuervo, Alfredo Alba, Ana Soriano y Elvira Travesi se incorporaban al montaje de esta árida pero interesante pieza que se adentraba en la compleja psicología de sus personajes al tiempo que  describía los entresijos de una cárcel de mujeres. Yo estaba entusiasmada con poder lograr una caracterización en la  que ni mi  mejor     amigo       pudiera     reconocerme, algo totalmente distinto a las señoras sofisticadas o estupendas y a los musicales que en general se me adjudicaban. Era este papel el de una dura lesbiana, instigadora de un motín carcelario, un ser lleno de ácida filosofía y enferma, a consecuencia de mentiras y malos tratos recibidos,  de rencores hacia el macho en particular y hacia la sociedad en general y que sostenía auténticos duelos verbales con el personaje de Gemma Cuervo, una periodista de la prensa amarilla que venía a cubrir la noticia y que, según la visión del autor, debía representar todos los tópicos y la superficialidad del mundo que nos rodea.


Con Eva Higueras

Aquella tarde de marras, García Moreno comenzó a distribuirnos por el escenario; unas en la chácena, tras unas imaginarias rejas y otras reteniendo a Elvira, la carcelera a la que habíamos sometido. Gemma, Alfredo y Ana, es decir la periodista, su ayudante y un fotógrafo de prensa se integarían a la acción al entrar al salón en el cual estábamos reunidas las presas amotinadas. Yo estaría esperándoles con la actitud hostil que se merecen los intrusos mientras que Elisenda, que encarnaba  a otra de las presas, los vigilaría sentada en una silla situada en el proscenio, peligrosamente cerca del borde y de espaldas al público.

Todo parecía ir sobre ruedas, a pesar de estar trabajando bajo esa espantosa luz de ensayos que sume a los actores en una enfermiza y amarillenta semipenumbra a la que  cuesta acostumbrar la vista.

Y de pronto el escenario se llenó de gritos y lamentos cuyo significado, metida como estaba en uno de mis intensos parlamentos, no llegué a descifrar. Tan solo  al  fijarme en que la silla de Elisenda estaba volcada al mismo borde del abismo un doloroso relámpago de comprensión me atravesó. Mi  amiga se había precipitado al vacío, yendo a caer al patio de butacas. Efectuando un salto muy poco propio de mi edad en un segundo me encontré a su lado y de inmediato  me di cuenta de la gravedad del asunto. La cabeza de Elisenda, durante la caída, había golpeado tanto contra el borde del escenario como sobre el brazo de una de las butacas, dejándola esto  inconsciente.

Ante la angustia de no verla volver en sí algunos de los compañeros nos auto asignamos  una actividad dirigida a ayudar, Pepa Sarsa llamando al servicio de urgencias, el SAMUR, Ana Soriano intentando localizar por teléfono a su marido médico para que nos diera instrucciones sobre cómo aplicarle unos primeros auxilios y Alfredo Alba a mi lado tratando de reanimarla con palabras y suaves masajes en brazos y piernas, eso sí, sin moverla por temor a empeorar cualquier posible fractura. Nuestras queridas niñas, Eva Higueras y Elena Maurandi y la encantadora anciana Elvira Travesi se limitaban a sollozar en una esquina del patio de butacas, procurando hacer lo más acertado en esos momentos; no estorbar. Tanto al director, García Moreno como a Gemma Cuervo les perdí la vista inmediatamente.

Gemma Cuervo, Alfredo Alba de espaldas, yo y Ana Soriano
La cosa iba yendo a peor.  Eli comenzaba a ponerse morada y a tener unos extraños estertores. No podría decir de dónde me vino la inspiración,  cómo intuí que se estaba tragando la lengua.  El caso es  que ni corta ni perezosa, mientras Alfredo le abría las mandíbulas, metiendo mis dedos en su boca conseguí tirar de ella para despejar la tráquea y poder hacerle de inmediato un boca a boca. 
Con Eva Higueras. Detrás Karola Eskarola

Aunque seguía inconsciente Alfredo y yo conseguimos regular su respiración y que recuperase un ritmo cardíaco que, momentos antes, aterrados, no lográbamos hallarle. Estoy segura de que durante unos segundos mi querida amiga estuvo muerta. 20 minutos habían transcurrido cuando llegó la ambulancia del SAMUR. ¡20 interminables y angustiosos minutos en los que ya no sabíamos que más hacer!

Una vez en urgencias le fueron diagnosticados  tres hematomas subdurales que la mantuvieron en la UCI al borde de la muerte durante varios días.

Para finalizar esta primera y dramática parte de los ensayos de ¡Hay motín, compañeras! y sobre todo para dar de nuevo constancia de que los toreros y los actores estamos hechos de una pasta distinta al resto de los humanos, os diré que esa maravillosa persona, Elisenda Ribas, un par de meses más tarde estaba llevando una vida normal,  recuperada del todo y ansiando subirse de nuevo a un escenario. Pero en la situación en que se encontraba nuestro director y productor esperar a su recuperación resultaba imposible.

Así que la obra de Miralles, atendiendo al despiadoso dicho de “the show must go on”, siguió ensayándose con Karola Eskarola en el papel de la accidentada. Podréis imaginar lo que nos costaba borrar de nuestra mente la imagen de su cuerpo desmadejado en el patio de butacas. El intento de recitar nuestros diálogos sobre ese escenario desde el que trágicamente se había precipitado se convirtió durante días en una labor llena de angustia.

Pepa, Elvira, Yo, Karola, Eva y Gemma
Como ya habréis supuesto la inflexible disciplina de la farándula se fue imponiendo y  la obra se estrenó en julio de  ese año 2002. Pero fiel al  refrán popular de que “lo que mal empieza, mal acaba”, tanto los ensayos como el corto tiempo que duró la obra en cartel fueron para todos, pero en especial para mí, una continua tortura. ALGUIEN  se empeñó en hacernos la vida imposible. Pero para más jugosos detalles tendréis que esperar a mi próxima Instantánea.

Necrológica
Luis Carbonell en su juventud


El 26   de  mayo de este 2014, a los noventa años de edad, ha fallecido en La Habana, Cuba, el que sin duda fue el más popular de todos los declamadores cubanos, conocido también como “El acuarelista de la poesía antillana”. Nunca olvidaré su interpretación de los poemas de García Lorca y sobre todo los de Nicolás Guillén, tan plenos de cubanidad.También hay que mencionar su menos conocida pero prestigiosa labor como pianista acompañante de grandes figuras.

Confío en que su arte emocione o haga reír a los que ahora le rodeen con la misma intensidad con la que conmovió a varias generaciones de cubanos.



Próximo capítulo: Una mente desequilibrada

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